GUILLERMO CABRERA INFANTE: EL LIBRO DE LAS CIUDADES

Buscando en casa un libro para uno de mis paseos (para caminar leyendo o leer caminando) encontré en un estante uno que había olvidado y cuyo re-descubrimiento me produjo enseguida un entusiasmo inusual.

Me estoy refiriendo a El libro de las ciudades de Guillermo Cabrera Infante (La Habana, 1929-Londres, 2005).

Para empezar, este libro no es un libro.

Mejor dicho, no debió ser concebido así por Cabrera Infante. Se trata más bien de una colección de artículos del autor de muy diferente fecha e intención varia.

Así, hay alguno (de 1977) dedicado a la ceremonia inglesa del té, junto a otros que reinciden en Londres (la segunda patria del cubano) y que muchas veces repiten la temática e incluso datos concretos.

ENTREVISTA DE JOAQUÍN SOLER A CABRERA (1976)

Patentemente, los artículos incluidos no fueron concebidos como partes de un libro.

Esto, sin embargo, es -a la vez- la ventaja y la desventaja de este interesantísimo compendio de artículos.

Me explico.

Por un lado, deja expuesta al aire como una fea herida la maniobra del editor (haciendo creer con el título lo que no es).

Por otro, gana con la absoluta libertad estilística de cada uno de los artículos. La falta de unidad le confiere cierta gracia agregada, el atractivo de la variedad bien usada.

Alguno de ellos parece la variación jazzística de otro(s): los años pasados en Londres no podían pasar desapercibidos en la obra de un autor del que ya se ha dicho que se pasó la vida -y su obra- escribiendo la novela de su vida.

En otro artículo, el dedicado a la Ciudad Luz –París lue par– el lector se enfrenta a un ejercicio literario que de golpe lo deja estupefacto, especialmente si no domina la lengua francesa (la lingüística) ni conoce la obra de cierto autor francés del siglo XIX.

En París lue par (‘París leído por’) salvo un inicio en castellano, la mayor parte del texto (más o menos 33 líneas contra 27) está en francés.

Tiene algunas frases que empiezan en nuestro idioma pero terminan en el otro. Luego sigue media página entera -de las dos totales- solo en francés, para terminar, finalmente, en castellano.

Cabrera era dueño de una interesante erudición.

En París lue par nos juega, sin embargo, una pasada.

Afirmando no haber pisado sino una sola vez la capital de Francia (cuando tenía 14 años: “Nunca había estado en París, nunca después estuve”, “El año era 1943 y París estaba ocupada”), nos intercala más de medio texto en el idioma de Sartre y Le Clézio.

¿Qué pretendía?

Recién en la última línea se aclara el misterio.

“La ciudad es en efecto la creación de Guy Maupassant”, nos dice allí, cerrando el artículo.

Quien no ha leído a este último autor francés, no puede saber que Cabrera ha ido intercalando en el texto líneas enteras de la novela Bel-Ami (1885) de Maupassant.

(Bueno, yo tampoco lo he leído, pero me he tomado el trabajo de desentrañar la sibilina boutade cabrerainfantil; vamos, su fanfarronada.)

En otros artículos, ese empeño erudito resulta -como siempre debería ser- un viaje excitante y satisfactorio.

(Aunque también está el artículo dedicado a los templos consumistas de Londres, titulado -oh, qué revelación- con el nombre de su segunda esposa y compañera del resto de su vida: Miriam Gómez va de compras. El cual, personalmente, pasé dando un salto por encima y tapándome la nariz.)

El libro de las ciudades, sin ser lo mejor del maestro cubano del retruécano y la paronomasia, es un libro interesantísimo y singular.

(Queda por ver qué hubiera escrito de haberse propuesto dedicar expresamente los capítulos de un libro a las ciudades por las que pasó o vivió.)

Los malabares lingüísticos de Cabrera Infante pueden hacer pensar en un payaso sumamente inteligente y culto, sin que esto tenga absolutamente nada de ofensivo.

Al contrario, los mejores payasos no solo hacen reír y maravillan (pienso en el genial Popov, por ejemplo), sino que dan qué pensar y siempre dicen algo profundo con sus acciones.

(Los peores payasos son los de las caídas y empujones, los del ketchup y las bofetadas zotes.)

Lo que sí llama la atención de este libro no libro sobre ciudades es la parcial ausencia de sus dos grandes temas: la libido (autolubricante y autoexcitante) (y digo esto a pesar de que uno de los artículos lleva el título de Taxi y sexo) (tranquilos, no es lo que se imaginan) y su recalcitrante anticastrismo.

Infaltable, eso sí, su amor por el juego con las palabras.

Especialmente su gusto por la aliteración.

Es decir, por la repetición consecutiva y -en su caso- muy cercana de un mismo fonema o fonemas similares o hasta de palabras (y frases) enteras apenas diferenciadas por una sola vocal o letra.

Su peculiar gusto por la rima inicial, final e interna, tan característica y genial en toda su obra.

El gusto, en fin, por la sonoridad rítmica de las palabras de este habanero, escritor, guionista y crítico cinematográfico y Premio Cervantes de 1997.

Visto así, el título de una de sus novelas más conocidas –Tres tristes tigres– no es casual.

Es programa anunciado (en el título).

El choteo cubano y la parodia constituían su forma de respirar literalmente.

Allí está, como otro ejemplo -desde el título-, La Habana para un Infante difunto, otra parodia, esta, de Pavana para una infanta difunta, famosa pieza para piano solo de Ravel.

El 16 de noviembre de 1996 dio en París una  charlaArs poética o El oro de la parodia – que inició así:

Esta charla debía llamarse “Parodio no por odio”. Pero creí que si tenía un título en latín ustedes pensarían que soy un hombre culto, cuando soy un hombre oculto.

(De paso, descubro un error obvio en la fuente citada. La frase de Goethe debería ser: “Nunca he hecho un secreto de mi enemistad por las parodias”.)

Transcribo parte de esa charla para ilustrar lo aquí expuesto:

Creo que es pertinente avisarles que soy el único escritor inglés que escribe en cubano y el único escritor cubano que escribe en inglés de Inglaterra. Pero la parodia da para más. Paridora. Para reidora.
Hablando de improbables ingleses, quiero recordarles un dicho inglés que dice que la familiaridad engendra siempre desprecio. Es por ello que tantos proverbios, lemas, refranes, aforismos y frases hechas, además del ocasional jingle oído por la radio, que la televisión hace odiovisual —y en esta palabra, odio viene de detesto no de texto—, nos parecen insoportablemente familiares, más odiosos que sosos. Alguien observó que el primer hombre que comparó a la mujer con una rosa era un poeta, pero el segundo, que dijo que la mujer era como una rosa, era un idiota detestable por detectable. Quiero añadir de mi parte que el poeta que cogió a una mujer como una rosa debió sufrir las espinas.
Hablando de poetas, mujeres y rosas, es evidente que de una manera o de otra todos somos idiotas alguna vez en la vida. Creo que fue Andy Warhol, artista pop, quien dijo que todos merecíamos ser idiotas al menos durante quince minutos. ¿O dijo famosos en vez de fatuos? Siempre somos loros literarios, dados a repetir la voz del amo de ocasión. Para evitar parecer ser siempre idiota o loro está el oro de la parodia. (Por favor, que ningún bilingüe entre ustedes acentúe el parecido entre parodia y parrot: pan y parodia para el loro.)

(Un chilango, acaso, podría decir que Cabrera Infante llevaba un mexicano alburero dentro. Los de Café Tacuba, por ejemplo, tienen una canción que dice así:)

“Ya chole chango chilango/ que chafa chamba te chutas/ no checa andar de tacuche y chale con la charola”

De mis primeros años en Colonia, recuerdo una velada literaria con Cabrera Infante de invitado principal.

Fue allá a finales de los años ochenta, cuando ya era uno de los autores más reconocidos de nuestra lengua, aunque apenas conocido en Alemania.

Esa noche seríamos unas veinte personas en total acomodadas en los espacios libres de una diminuta librería colonesa. Más sitio no había en el local.

No puedo olvidar el gesto de “¿Para esto me han hecho venir hasta acá?” en su rostro.

Un Cabrera refunfuñante, pensé entonces.

(Ignorando que esa era una de sus características contradictorias: el lenguaje gozoso proveniente de un rostro adusto, taciturno. No podíamos saber que había pasado por problemas mentales y que un psiquiatra le había llegado a diagnosticar una ‘esquizofrenia temprana’. De la locuacidad había pasado a la taciturnidad, a una especie de mudez, según propia confesión.)

Los presentes no tuvimos la suerte de que soltara su ametralladora verbal y malabarista.

Los dos o tres castellanohablantes presentes, nos dejamos amedrentar por su aparente fiereza y no nos atrevimos a incentivarlo a hablar.

.

con

HjorgeV 15-03-2010

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One comment

  1. Estimado HJorgeV, le agradezco por incluir el dato de la fecha en que Cabrera Infante dictó la conferencia en París sobre su Ars Poética. Quisiera leer más de usted, sus novelas especialmente.
    Saludos.
    Hola, Macías. De nada y con mucho gusto. Los letraheridos siempre nos alegramos de poder dar y recibir detalles así, ¿no es cierto? Respecto a su/tu pedido. Acabo de terminar la corrección de mi última novela y la primera que me atrevería a publicar, y aún no sé qué destino darle, empujarle, encomendarle, endilgarle. He pensado que bien podría publicarla en la Red, aunque aún no sé bajo qué modalidad. Ya lo anunciaré en su momento y le/te pasaré la voz. Muchas gracias por escribirme. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

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