EPPUR SI MUOVE

Domingo de lluvia. Domingo de sol.

Contemplando el horizonte por el ventanal de la sala (va del techo al piso, casi de pared a pared) me pesco a mí mismo en mi contemplación.

¿Qué hago aquí?

¿Cuántas veces mi tendencia a treparme a las cosas o a una situación en concreto, como un animalito invisible con tendencia a la contemplación del paisaje o la escena que lo rodea, me ha jugado pasadas como esta?

Estoy. Pero no estoy.

(Soy el ojo de una cámara que pende del techo.)

Suena el timbre.

Como traído por los ángeles en los que no creo (ni en su jefe), aparece en el vano de la puerta la silueta de uno de los tres niños de una pareja vecina.

Tiene apenas cuatro años, la mirada del malandrín que quisiera ser y una taza vacía en las manos.

¿Qué desea?

Si le podemos dar un poco de leche.

Sonrío, porque la escena es surrealista.

Un niño, una mañana de domingo alemán, con una taza vacía en las manos preguntando por un poco de leche.

Es hijo de una familia más o menos promedio de este pueblucho semirrural de las afueras de Colonia.

De una familia de dos automóviles nuevos en la entrada, casa de jardín anterior y posterior, y de dos y hasta tres vacaciones al año.

Él se las pasa volando por toda Europa en viajes de negocios. (Cuando finalmente hace una pausa en casa, se desvive por el golf.)

Ella -estamos en Alemania- lleva sola la casa, hace de Taxi Mama gran parte del día, se da tiempo para correr por las mañanas y alguien le debe ayudar una o dos veces por semana con la limpieza (revolución) general de la casa, tal como se usa en este país.

Y, sin embargo, si muove.

La leyenda dice que obligado por la Santa Inquisición a abjurar de su visión heliocéntrica del mundo (el sol -el Helios griego- como centro alrededor del cual se mueve la Tierra y no al revés), el astrónomo, físico, matemático y filósofo italiano Galileo Galilei susurró una frase en el tribunal tras su abjuración formal:

«Eppur si muove».

Que significa, más o menos: ‘Y, sin embargo, se mueve’.

Vale decir, digan lo que ustedes digan señores de la iglesia, diga lo que yo diga, la Tierra no dejará de dar sus vueltas alrededor del sol.

Lo que pensamos no altera en un átomo la realidad.

No, directamente, al menos.

(No era moco de pavo ese acto de Galileo: de no haber abjurado, es decir, renunciado bajo juramento a su posición, este genio del Renacimiento habría ido a parar a la hoguera o a otro método -menos humoso pero- igualmente mortal de la Iglesia de ese entonces.)

Hago un gesto para rechazar la taza de mi jovencísimo vecino y le digo que me espere un momento.

De la refrigeradora -de la máquina que refrigera- tomo una caja de las varias de leche que tenemos. Escojo la marca preferida de mis hijos menores. (“La que cuesta el doble”, he escuchado llamarla a una señora en el supermercado.)

El niño pone cara de incomodidad y yo le digo que no hay problema, que tenemos suficiente para el fin de semana, que puede llevarse el litro entero.

Se va sin decir gracias.

Mi hijo de 9 me queda mirando y yo sé que se ha dado cuenta de que el vecino no ha agradecido el préstamo (o regalo, da igual).

Vuelvo a pensar: Eppur si muove.

La frase de Galileo tenía, claro, otro sentido: sintetizaba la testarudez de la fe religiosa frente a la evidencia científica.

Reducida y adaptada la frase a una versión doméstica y silvestre tendríamos: Y, sin embargo, nos quedamos sin leche en un domingo de sol y de lluvia.

De paso, en la mirada del niño he creído reconocer el gesto del rapazuelo que los seres humanos llevamos dentro: el gesto de la rapiña, del que corre para ponerse a salvo una vez cogida la presa, el alimento, el botín.

Es la misma actitud que nos permitió sobrevivir como especie antecesora al salir de África separándonos de los chimpancés, y enfrentándonos a nuevos escenarios, nuevos peligros, dificultades y enemigos.

La misma actitud que nos ha permitido “conquistar” todos los rincones del mundo a punta de rapiña (conquistar no es sinónimo de destruir), quitando a otros (la vida a otros animales y plantas, el alimento o la misma vida a nosotros mismos) no solo para sobrevivir sino también por simple medrar.

Ha sido un largo camino.

Naves espaciales, viaje a la Luna; Youtube, computadoras que antes ocupaban el espacio de toda una casa y que ahora caben en un bolsillo; microscopios y telescopios; modernos sistemas de transporte y locomoción, automóviles que viajan a velocidades increíbles casi sónicas; edificios inverosímiles, fortunas de una sola persona que superan las de países enteros.

Y, sin embargo, nos quedamos sin leche para el domingo.

Y, sin embargo, podemos fallar en lo más elemental.

Regreso al ventanal.

Mi comparación es necia.

Ha dejado de llover y el sol golpea ahora fuerte sobre la superficie de esta parte teutona del planeta.

Apenas un par de kilómetros más allá, en dirección norte, veo un manto blancuzco que se descuelga de un racimo de nubes grises y baja del cielo hacia la tierra como las cortinas de un gran teatro climático.

Desde lejos no lo puedo ver, pero sé que son gotas de una inmensa capa de lluvia.

Mis hijos -bilingües- están entretenidos con una serie que yo veía de niño, Los Picapiedra.

Es la magia de la Red, la de Youtube en particular. Y es mi forma particular de conseguir que refuercen su vocabulario en castellano.

Me acerco a la nueva caja tonta.

Los contenidos de la serie son para sonrojarse. Pero de vergüenza ajena.

¿Debo permitir ver esto a mis hijos?

Recuerdo el inicio de una película (¿Indiana Jones?) que estábamos viendo en familia.

En una de las escenas iniciales, un hombre golpea a otro en plena mandíbula y lo hace volar un buen trecho por el aire.

-¡Cómo puedes permitir que tus hijos vean esto! -me preguntó mi esposa.

-Por favor -le dije-, es solo un puñetazo. Si hubiera puñetazos en vez de balazos y bombas otro sería el mundo.

Quise argumentar que había muchas películas y videojuegos verdaderamente violentos y violentistas, pero la misma película se me adelantó, viniendo en mi ayuda. (“No me ayudes, compadre”, era una frase que no entendía de niño.)

En la siguiente escena, un tipo frente a una hilera de otros hombres levanta su metralleta y los cose en un instante a balazos.

Vuelvo al presente.

El cielo se vuelve a nublar.

Nos miremos por donde nos miremos, nos veamos por donde queramos, nuestra entidad humana es un cúmulo de contradicciones tristes, chistosas, trágicas, curiosas, fatales. Perversas.

Detrás de todo portento hay miseria, desolación y desventura escondida.

(Parodiando la Rima XXI de Bécquer, El Roto lo acaba de decir de forma especialmente graciosa refiriéndose a uno de los temas actuales: «¿Qué es piratería? Tú me preguntas, mientras introduces en mis aguas kilómetros de redes… ¡Piratería eres tú!»)

Por estos lares alemanes se acaba de desatar un escándalo de imprevisibles consecuencias. (Lo de ‘imprevisibles’ es un decir, todo quedará en nada, o sea, más o menos como siempre.)

La iglesia alemana ha empezado a reconocer decenas de casos de abusos sexuales por parte de sus miembros y empieza (¿empieza, he dicho?) a quedar claro que sus jerarcas han sido sumamente indulgentes con sus abusadores sacerdotes (adultos) y especialmente amnésicos e injustos con las víctimas (niños).

También ahora se sabe que Ratzinger fue en alguna -gran- medida cómplice del sacerdote pedófilo y pederasta Peter Hullermann, ocultado por la Iglesia en Baviera en 1980 cuando el actual Papa era obispo en Múnich, .

La Iglesia sabía de las advertencias del psiquiatra que había tratado a Hullermann y, sin embargo, hizo caso omiso de informes tan claros como los que decían que “no debía volver a trabajar con niños” y de que se trataba de un pederasta que “no manifestaba intención de cambiar”.

El actual Papa permitió que volviera a trabajar (con niños, además) a pesar de las acusaciones por abuso sexual y de las advertencias médicas. Cuando Hullermann volvió a abusar de un menor, Ratzinger ya se encontraba en Roma.

Mientras veo por el ventanal de la sala que un manto oscuro y cercano de nubes me impedirá leer en el paseo diario (y obligatorio) con nuestro perro que me espera, me imagino a Galileo Galilei frente al tribunal de la Santa Inquisición.

-¿Abjura de su afirmación canalla según la cual el sol es el centro del mundo y no la Tierra?

-Sí, abjuro. ¡El sol se mueve alrededor de la Tierra, su señoría católica!

-Muy bien, muy bien, hijo mío.

Cuatro siglos después, sigo escuchando el susurro de Galileo.

A pesar de las evidencias científicas (y empíricas) de que debajo del manto ilustre de tecnología y ciencia, de cultura y arte y religión del hombre se esconde una serie de tendencias e inclinaciones perversas y criminales, la tozudez humana calla.

O miente.

Eppur si muove.

.

.HjorgeV 21-03-2010

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