DOS DE PIRATAS

TRADUCIENDO PARA UN PAR DE NIÑOS EXIGENTES

A punto de terminar la jornada, antes de sentarme a escribir estas líneas, me sirvo una buena copa (es un vaso, en realidad) de espumante.

Sé que estoy corriendo el riesgo de quedarme dormido frente al teclado (acabo de escaparme por los pelos de una buena gripe y siento mi cuerpo deseoso de una buena terapia de sueño), pero la vida no se llamaría vida si no se corrieran ciertos riesgos.

Por lo menos este es trivial, pacífico e inocuo, me digo.

Antes, al momento de leerles el cuento de buenas noches a mis hijos bilingües, ya había notado cierta lentitud mental de mi parte.

Como les leo en dos idiomas, alternando el castellano con el alemán (en un mismo cuento), siempre tengo que traducir e interpretar al vuelo mientras voy leyendo. Por lo general, del alemán -la absoluta mayoría de sus libros están en el idioma de este país- a mi idioma materno y lúdico.

(Los niños aprenden un idioma jugando. Por eso, tal vez no haya nada más pernicioso para el buen aprendizaje que la disciplina idiotizante de una escuela de idiomas.)

Esta noche el tema fue el de una banda infantil de piratas comandada por una muchachita, tema que me dio más de un problema de adaptación de términos.

Debo aclarar que tengo que leer todo como si estuviera escrito realmente, para evitar las quejas, sobre todo del menor (de 5), quien últimamente ha empezado a reclamar que prefiere que le lean “en el idioma que habla en el nido”.

‘Nido’ es uno de los términos que se usa en mi país para lo que en España se llama guardería. Los otros dos términos son kindergarten (palabra alemana que significa ‘jardín de niños’ o ‘jardín infantil’) y ‘jardín de la infancia’, es decir, una traducción de la anterior.

En plena lectura me di cuenta de que desconocía una serie de términos marineros.

(Me levanto un momento para traer el libro en cuestión.)

¿Cómo se dice en castellano ‘Bug’, ‘Mastkorb’, ‘Strickleiter’, ‘Reling‘?

Tuve que improvisar como nunca para buscar palabras o imágenes que reemplazaran a ‘proa’, ‘cofa‘, ‘escala de cuerda’ y ‘borda’ o ‘barandilla’.

Por lo menos sabía que la expresión ‘Mann über Bord!’, aunque traducida literalmente es ‘hombre sobre la borda’ (o sea, como dice la Academia, ‘canto superior del costado de un buque’) significa ‘hombre al agua’, y sabía que ‘Deck’ es cubierta.

Pero para todo el resto tuve que hacer malabares, repito, para disimular que estaba traduciendo al vuelo.

Aunque parezca inverosímil, más problemas he tenido traduciendo para mis hijos que haciéndolo como un trabajo entre adultos.

Con ellos no me puedo permitir ningún error, porque notan enseguida cualquier interrupción del flujo narrativo.

LA VANIDAD JA, JA, JA, JA

Esta entrada debía llevar el título anterior.

Tenía pensado ocuparme de la vanidad de los escritores, a partir de un artículo del escritor Daniel Alarcón.

Después me ganó el cansancio, me puse a pensar -y escribir- sin habérmelo propuesto sobre las dificultades de un traductor e intérprete y luego me di cuenta de que había una coincidencia de temas.

El artículo en cuestión –La vida entre los piratas– me hizo reír un buen rato, especialmente con su final ingenioso.

Alarcón es un caso especial.

Siendo peruano, sus obras se traducen al castellano. (Su traductor es Jorge Cornejo Calle, ¿otro peruano?)

Alarcón vive en EEUU desde los 3 años, se crió en Alabama y escribe en inglés.

El tema de su artículo es la piratería editorial en el Perú.

Para los que no lo sepan, hay que explicar que muchas calles limeñas son un ejemplo de cultura callejera.

Lo he vivido.

Basta detenerse en un semáforo, bajar la ventanilla y abonar la mitad o la tercera parte de lo que se pagaría en una librería por un ejemplar para obtener inmediatamente cualquiera de los más exitosos títulos literarios del momento.

Alarcón cuenta que ese servicio llega hasta las playas del sur de la capital peruana y que la piratería editorial en el Perú mueve tanto dinero como los ingresos del sector legal y da trabajo a más gente que las editoriales y las librerías legales juntas. Hay que imaginárselo.

También cuenta cosas que un alemán -un europeo cualquiera, vamos- no creería.

Un ejemplo: el premiado novelista Alonso Cueto suele recibir informes de ventas de un vecino suyo que vende sus propias novelas (las de Cueto) pirateadas.

Lo que al comienzo le parecía al novelista un despropósito, un absurdo y una abierta conchudez (perdonen el adjetivo, no el sustantivo), ahora no le molesta.

Lo que le irrita es que el vendedor de marras le ande sugeriendo temas literarios que podrían vender más.

¿Cómo reaccionaría usted, lectora, lector improbable, si un libro o una obra suya fuera pirateada?

De entre todas las reacciones posibles, quiero imaginarme, son dos las más comunes (y no excluyentes entre sí, necesariamente):

Vanidad e indignación.

Pongo como ejemplo al bufo culto, desvergonzado y presidenciable llamado Jaime Bayly, quien además es un escritor con varias novelas en su haber.

Él es uno de los pocos a quien la piratería le tiene sin cuidado.

Tiene suficientes ingresos y ve el hecho de ser pirateado (su obra, no él) como un halago para su vanidad de escritor.

Pero su caso es una excepción.

(La vanidad de los escritores es tan grande como la de cualquier otro oficio.

La diferencia estriba en que un escritor puede hacer un tema de su propia vanidad.)

Alarcón termina su artículo con una confrontación.

Preocupado porque su libro seguía sin ser pirateado (una especie de termómetro del éxito comercial y del interés del público), se entera de pronto de que ya ha pasado al limbo de los pirateables.

Cuando finalmente, tras recorrer las calles limeñas, se encuentra con un vendedor de la versión bamba de su nueva novela, se acerca a él.

Reproduzco el diálogo:

En cuanto pude, crucé la calle y le llamé mientras señalaba mi libro.

“¿Cuánto?”, grité.

Me miró sorprendido; probablemente no estaba acostumbrado a vender a peatones.

“Doce soles”, dijo.

“Diez”.

“No sea codicioso. Es nuevo. Me ha llegado hoy”.

“Ya sé que es nuevo”, dije. “Lo escribí yo”.

Me miró como si estuviera loco. Estábamos en la mediana, muy estrecha, con el tráfico de la tarde pasando velozmente a nuestro lado. Dejó los libros en el suelo, los alambres apoyados contra la pierna. Saqué mi cartera y le mostré mi carné de identidad. Él lo agarró e inspeccionó mi nombre y mi foto, moviendo los ojos entre el carné, el libro y mi rostro.

(Había supuesto que Cornejo, el traductor era peruano, pero veo que el diálogo tiene una palabra improbable -‘codicioso’- en boca de un vendedor ambulante y otra inusual en el castellano del Perú, ‘mediana’, para referirse a lo que en mi país se llama ‘berma central’.)

Después de discutir por el precio, argumentando ser el autor del libro, Alarcón cierra la transacción.

Antes de que se me cierren los ojos, transcribo el final:

“Me está robando”, dije.

Era más una queja que una acusación.

Para mi sorpresa, Jonathon asintió. “Ya lo sé”. Casi no se oía su voz por encima del ruido de la calle. “Pero yo soy pequeño”.

No sé por qué, me pareció una confesión aplastante. Me sentí fatal. Y me pareció que Jonathon también. Dejó caer los hombros. Seguía con los libros apoyados en la pierna.

Saqué mi dinero, un billete de diez.

Él sonrió.

Como es natural, puesto que estábamos en Perú, lo primero que hizo fue comprobar si el billete era falso.

.

.

. . . HjorgeV 25-03-2010

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