CAMINATA BAJO EL SOL DE OTOÑO

La camioneta se nos averió y tuvimos que llamar a la ADAC (la asociación de automovilistas más grande de Europa con 17 millones de afiliados y la tercera del mundo tras la AAA de EEUU y su similar japonesa).

-Es el carburador -me dice el empleado enviado, con una amabilidad tal que me dan ganas de felicitarlo por ella.

Es la verdad.

Extraño, echo de menos, el simple buen humor que solo he visto sobre todo al sur de España y en Latinoamérica, además de en algunos africanos (muchas nacionalidades más no he conocido de cerca).

No exagero.

El mal humor que se gastan algunos de mis convivientes en este país puede llegar a hacerte creer que todos los alemanes son así, especialmente en esos días en los que todo el mundo se queja por lo mismo: que mucha nieve, que mucho calor, que no llueve hace semanas, que cuándo dejará de llover. (Menos mal que tienen para comer y para hacer una o dos vacaciones al año, diría una de mis tías.)

Entonces, como maná caído del cielo, te vuelves a encontrar con gente que te hace revivir la esperanza en la humanidad.

Este empleado de la ADAC es uno de ellos.

Ya lo dijo la Susanita de Quino de forma magistral. ¿Cómo era?

“Amo a la humanidad. Lo que me revienta es la gente.”

Lo sé: el ser humano es un especialista en desear lo que no tiene.

Ojo que esta característica ha sido, fue, una ventaja en nuestra evolución.

De no haber sido así, todavía estaríamos recolectando granos en las praderas africanas y peleándonos por la fruta con otros monos en los árboles. No habríamos aprendido a hablar siquiera.

No existirían el papel higiénico ni los zapatos. (Y el llamado y parcialmente inventado terrorismo no sería el mejor negocio de ciertos grupos de poder de varios países a los que ahora se sumará con toda seguridad Rusia.)

Ahora que menciono lo de que el ser humano es un especialista en desear lo que no tiene, recuerdo el caso de un amigo o conocido que tuve.

Soñaba con tener un Porsche.

Ese apellido alemán estaba en cada tres o cinco frases de cualesquiera de sus conversaciones.

-¿Por qué no te compras uno? -le pregunté una vez que se puso especialmente pesado y severo con el temita de marras y sabiendo que podía pagarse un aparato así.

-Ya lo he pedido -me respondió, con esa sonrisita que solo he visto en adúlteros profesionales.

Pasaron las semanas, dejé de verlo.

Cuando nos volvimos a encontrar, jugó a embestirme con su juguete nuevo. Me hizo pasar un susto tremendo.

-No te atrevas a volver a hacerlo -le dije-. No quiero volver a la cárcel.

Por lo menos pude asustarlo un poco con ese invento.

Conversamos un poco, quiso llevarme a pasear en su juguete adulto, pero le dije que no. Entre otras cosas porque nunca he podido entender por qué muchos hombres se hacen en los pantalones de placer cuando escuchan el ruido de un motor y sueñan con subirse a esos aparejos metálicos motorizados.

¿Qué les fascinará?

¿La sensación de cabalgar un brontosaurio mecanizado?

¿Las vibraciones en el trasero cuando este brama (o eructa), es decir, cuando se ponen en marcha los caballos de fuerza?

Yo he subido a un par de ellos: son bajísimos, incómodos y retumban y vibran como el motor del camión de la basura.

Lo sé.

Lo que les fascina es la sensación de superioridad, de control sobre los demás.

Una simple presión del pedal, un simple juego con el tobillo y todos los demás quedan atrás como muñequitos.

Bueno, eso es más o menos lo que consiguen también muchos -tanto metafórica como ‘realmente’- con las drogas, ¿no?

-¿Y cómo te va con tu nuevo Porsche? -le pregunté, sin entender su rígido ceño.

-El color es una mierda -me respondió, con el tono de voz de quien acaba de descubrir que su novia tiene testículos.

Me despedí de él. Sabía que el color de un automóvil no es algo que se pueda cambiar así nomás y que cuesta medio ojo de la cara.

Sabía también que mi amigo nunca estaría contento con lo que tuviera. Que cada nueva meta que se pusiera sería también su propia limitación y su insatisfacción garantizada.

El empleado de la ADAC se despide sin hacerme perder más tiempo.

Por suerte, llego al taller sin inconvenientes.

Le entrego las llaves al mecánico, un portugués criado en Alemania y casado con una rubia colombiana de ascendencia alemana. Me dispongo a regresar a casa.

Me esperan 7,2 km googlianos de recorrido.

El paisaje a la vista se me antoja la imagen campestre de un gigantesco televisor.

No es nada, me digo.

Recuerdo los 20 kilómetros o más que recorrí de adolescente por la Panamericana Norte con un amigo toda una tarde, esperando que nos jalara alguien.

Llevábamos nuestras mochilas a la espalda y nos creíamos unos aventureros.

La suerte quiso que unas muchachitas nos confundieran (por lo menos eso dijeron) y le rogaran a su padre que detuviera su camioneta en pleno desierto.

No sé qué hubiéramos hecho en ese enorme descampado, un arenal de decenas de kilómetros. Empezaba a anochecer y la próxima estación de servicio todavía estaba a varios kilómetros más adelante.

Esta vez estoy en terreno no desconocido. Al pie de la civilización, por así decirlo.

Me despido del portugués y camino hasta el paradero del autobús.

Según el plan horario, acaba de pasar tres minutos atrás.

Mala suerte.

Tengo tres posibilidades: esperar media hora hasta que llegue el siguiente, caminar esperando que mi suerte mejore o tomar un taxi. Unos 15 euros esto último, unos 23 dólares.

Conozco más o menos la zona. He pasado muchas veces en automóvil. Es un lindo día, frío pero con sol, ideal para andar un poco.

Empiezo a caminar.

Llevo un libro emocionante conmigo: una antología del poeta Antonio Cisneros (Lima, 1942), para muchos el poeta peruano vivo más importante. O algo así.

(A Cisneros me lo encontré una vez en un bar de Colonia.

En verdad fue al revés, porque como yo trabajaba allí, él fue el que me encontró a mí. Conocía su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, pero no se lo dije. Por esas cosas de la vida, terminamos cantando rancheras, boleros y valsecitos peruanos de madrugada en el departamento de una colonesa. Completamente borrachos, se entiende.)

No he avanzado cien metros, cuando escucho el ruido de un vehículo mayor, giro y veo que se trata del ómnibus que ya tendría que haber pasado.

Quiero hacerle una seña al chofer, pero me inhibo: estoy en Alemania, no en el Perú. En este país los vehículos del transporte público paran solamente en los lugares destinados para ese efecto. Y nada más que en ellos. Puede morírseles la madre dentro, pero los tipos no se detienen sino en los paraderos oficiales para recoger pasajeros.

El conductor me mira al pasar. Me lo quedo observando neutralmente.

¿Qué pensará?

El error es suyo, no mío.

Como el clima se mantiene benigno, me apresto a seguir caminando.

Avanzo un kilómetro y llego al final de Lövenich, el barrio donde me encuentro. Es el último de esta zona de Colonia. Más allá empiezan los verdes campos y otras juridiscciones, la periferia de la gran ciudad.

Varias veces pienso en estirar el brazo y tirar dedo (hacer ‘autoestop’ dice la Academia). Pero me vuelvo a inhibir. Estoy contento, por lo demás, con el libro que llevo en las manos.

Se trata de una versión bilingüe.

Hojeándolo, me doy cuenta de que quien ha hecho la traducción es un conocido, Carlitos Müller, un alemán que debe llamarse Karl, pero todo el mundo conoce como Carlos o Carlitos.

Lo conozco por la tertulia a la que asisto irregularmente (es uno de los organizadores) y porque fue él quien me proveyó de uno de mis primeros trabajos aquí en Alemania, como locutor de la Deutsche Welle.

Como la vida es una tómbola, también compruebo que quien ha escrito el interesantísimo colofón, el escritor y periodista español Ricardo Bada, estuvo sentado precisamente a mi lado hace un par de semanas en la presentación de un libro en la Feuerwache de Colonia.

Avanzo por los campos. Estoy acostumbrado a esas caprichosas coincidencias de la vida.

Los automóviles pasan raudos y sé que muchos conductores deben pensar que no debo estar bien de la cabeza.

Bueno, esto último ya lo sé, así es que no es motivo suficiente para cambiar mis planes ni alterarme la conciencia, me digo.

Cinco kilómetros a campo traviesa con un libro de poesía en las manos.

La idea me empieza a gustar.

El sol arriba parece estar de acuerdo.

Debe haber unos 10°C. Voy con la indumentaria adecuada, he bebido y comido lo suficiente.

El placer de la lectura aumenta con la distancia recorrida.

Los más de 5 kilómetros restantes los empiezo a asumir como un reto agradable.

La poesía se encarga de devorar las distancias.

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HjorgeV 30-03-2010

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