LA VIDA, UN MACGUFFIN CONTINUO

Leyendo un artículo del -para mí- normalmente intragable Vicente Verdú sobre la narrativa actual y la novela en particular (“Desde hace ya varios años, los autores latinoamericanos son siempre quienes ganan los mejores premios de narrativa en castellano”, comienza), me encuentro con el siguiente párrafo:

Esto, sin contar, los casos de novelas sin mayor fin que crear sudokus o sucesivos Macguffins, señuelos falsos al estilo de la serie Perdidos (EL PAÍS, 27-3-2010) y que no llevan a nada ni a nadie: sólo tratan de viajar por el mismo laberinto donde la narración se extravía y la literatura -o lo que sea- desaparece sin honor.

Aunque lo de Macguffins está inmediatamente explicado (“señuelos falsos… que no llevan a nada ni a nadie”), me quedo con tres dudas.

  1. ¿A qué se refiere con sudokus?
  2. ¿Qué es exactamente un Macguffin?
  3. ¿No es ‘señuelo falso’ una redundancia?

Por lo que compete a lo primero, debo barruntar que el señor Verdú nunca ha resuelto un sudoku de comienzo a fin. Creo que solo alguien que nunca los ha pergeñado podría usarlos como sinónimo de misterio o de tarea absurda.

Para lo segundo recurro a la Wikipedia.

Un Macguffin (originalmente MacGuffin, también McGuffin o maguffin) es un recurso o elemento narrativo cuyo único fin es enganchar al lector al desarrollo del relato, de manera que se mantenga en un estado de tensa atención, pero sin que ese elemento tenga verdadera importancia para la trama.

Es un ardid -o maña- utilizado no solo en la literatura, en el cine, en el drama o en la historieta.

También los magos y los charlatanes (aquellos que desean vender algo que, si supiéramos de arranque lo que es o de su inutilidad, lo despreciaríamos sin más) hacen uso de él.

Los géneros que más se valen de este recurso son el  género negro y el llamado de terror o suspenso (suspense en España).

De hecho, muchos programas y series de televisión hacen uso y abuso de este recurso. (Alguna vez la psicología demostrará que una de las típicas características humanas es nuestra capacidad para dejarnos embromar, atraer y manipular con MacGuffins o simples señuelos de todo tipo.)

(¿Cuántos hombres no se enamorarán de un simple señuelo, de unas largas piernas, de unas bellas manos o pies, de un lindo rostro o de unas curvas que al final no resultan lo que prometían? ¿Y las mujeres, “tradicionales” o no? ¿De qué señuelos se enamoran? ¿De la promesa de una buena cuenta bancaria? Existen, las conozco y he conocido. ¿O se enamoran del amor protector eterno?)

El señuelo cinematográfico más famoso es la palabra Rosebud.

La pronuncia el magnate de la prensa Charles Foster Kane poco antes de morir y es el comienzo de la película Ciudadano Kane de Orson Welles.

A partir de esa misteriosa palabra se recrea la vida de Kane y se arma el relato.

Al final resultará que Rosebud es algo completamente trivial: el nombre que Carlitos (Kane de niño) le había puesto a su trineo.

En otros casos, el señuelo es algo que nunca se llega a revelar.

¿Cuántas películas se mueven alrededor de una caja, ánfora o cofre, cuyo contenido nunca se llega a saber?

Me he puesto a pensar en esto de los MacGuffins, a propósito de los casos de pederastia (cristiana) recientemente destapados y reflexionando sobre la educación religiosa que, con el aval -moral y económico- del Estado, nos es inyectada por una (sola) religión (dominante).

En realidad, sin religión o con ella, nos pasamos la vida persiguiendo señuelos o MacGuffins.

(Para los que prefieran el inglés a nuestra lengua o acaso conozcan más ese idioma que el propio, hay que hacer notar que en castellano señuelo es una palabra interesantísima.

Denota tanto el objeto, símbolo o carnada que sirve para llamar la atención de un ser vivo y atraerlo para un determinado fin, como el ser que se utiliza con ese mismo objetivo.

Con un señuelo -una figura de ave con trozos de carne, por ejemplo- se puede atraer un halcón y otras aves.

Pero un ave misma puede ser utilizada como señuelo para atraer a otras y guiarlas a un lugar determinado.

De allí que opino que el ‘señuelo falso’ de Verdú es una redundancia, es como decir ‘prostituta que se vende’; en todo caso un pleonasmo. ¡Un señuelo siempre es falso! Sino, no lo sería.)

Bien visto, nos pasamos entonces la vida persiguiendo señuelos.

Un sacerdote también es un señuelo. Está allí desde el comienzo de la película de mucha gente, sin que -en realidad- nadie sepa su verdadero sentido.

Me pregunto si acaso el primer señuelo de nuestra vida no sea la figura del niño bueno.

El niño que no miente, se porta bien (definición complicada de por sí), es aseado, ayuda a sus padres y hermanos, hace sus tareas, no blasfema  y cumple con una serie de normas más.

Más tarde aparece un nuevo señuelo, uno que nos va a durar casi toda nuestra vida adulta.

La carrera.

Por la carrera somos capaces de sacrificar años enteros de nuestras vidas aprendiendo cosas que, seamos sinceros, por lo general no nos interesan y que muchas veces nunca llegamos a necesitar.

(Los que hacen de su vocación una profesión son la absoluta minoría.)

Y luego está el complicado señuelo de la felicidad.

Hay que ser feliz a toda costa.

Unos lo entienden como tener mucho dinero. Otros prefieren el simple poder (nunca desacoplado del primero).

Hay que ser feliz a como dé lugar.

Aunque en ello se nos vaya -justamente- la felicidad.

Como en una película, perseguimos una quimera en el mejor de los casos, un fantasma (casi siempre) o algo simplemente inalcanzable o fatuo.

También están los que persiguen un ideal y se entregan a él. (Benditos ellos si la concreción de su ideal no contempla destruir otras vidas humanas o juzgar y decidir arbitrariamente sobre ellas para conseguirlo.)

Creo que los que persiguen una carrera y cumplen su cometido tienen una ventaja.

Cuando alcanzan su objetivo están tan desgastados y curados de todo, que no pueden o no tienen ganas de quejarse por haber sido engañados o haberse engañado a sí mismos.

Otro de los señuelos, otro de los MacGuffins de la vida, es el de ser útiles a la sociedad.

Es una idea tan maleable, que, de haber sido realmente cierta especialmente en los últimos tiempos, el mundo no estaría como está.

Porque ese servir a la sociedad significa mayormente cerrar los ojos ante las injusticias y dedicarse a curar las heridas más superficiales del tinglado social.

A mi modo de ver las cosas, todo esto parte de un malentendido:

Nos creemos seres perfectos.

Pero no somos perfectos ni por el forro.

Nos hemos creído perfectos, por el simple hecho de hablar y pensar, de poder formular ideas.

Por el hecho de estar en la cúspide de la pirámide evolutiva, de no creernos animales.

Somos superiores a otros animales, sí, en cuanto podemos imponernos a ellos, pero ser superior a algo o alguien no significa ser perfecto.

Ser el mejor de un grupo no es garantía de calidad total.

Y nuestra calidad total, por llamarla así, es muy limitada además.

Junto a nuestro ingenio, ronda la perversión y la malicia.

Junto a nuestras ganas de vivir, la constante inclinación por la destrucción y la no aceptación del modo de pensar ajeno.

Junto a nuestros grandes pasos en cuestiones de simple civilización (la desaparición de la tortura, v.g.), en la cultura (la lucha contra el analfabetismo, v.g.), la tecnología (la Red, v.g.) y la ciencia (el desciframiento del genoma humano, v.g.), están nuestros Grandes Saltos Hacia Atrás o Retrocesos:

La reaparición de la tortura; la existencia de gente que sabe leer y escribir y eso no detiene sus impulsos destructivos ni perversos; el reemplazo de la televisión por la Red en la masiva estupidización de la humanidad; y nuestra imposibilidad para siquiera interesarnos con verdadera seriedad por los verdaderos problemas globales del ser humano: la pobreza, la violencia y el hambre.

¡La humanidad se gasta más dinero y energías combatiendo el consumo de ciertas sustancias prohibidas (que quizás mañana no lo estén y que algunos consideran simplemente recreativas) que en salvar al niño que se nos muere cada tres segundos de hambre!

¿Cuál es el origen histórico de esta presunción, la de creernos seres perfectos?

Me imagino que se debió a la conjunción de varios factores, en la que la Teoría de Darwin no jugó un rol despreciable. (Un tal Adolfo hizo su particular interpretación de ella).

Más o menos a comienzos del siglo XX debimos convencernos globalmente de que éramos el non plus ultra, el no va más, lo más más, lo máximo del Universo.

Era una época en la que ya no quedaban territorios por explorar en la Tierra, habíamos empezado a volar, dominábamos las comunicaciones y hasta podíamos hacer películas y hablar a distancia, teníamos telescopios y microscopios, habíamos logrado derrotar a muchas enfermedades, las máquinas empezaban a hacer el trabajo humano.

En ese momento debimos cimentar la idea de que éramos no solo una especie superior, sino la especie perfecta por excelencia.

Grave error.

Por otra parte, los seres humanos siempre nos hemos creído mejores y superiores a otros seres, incluso a nuestros mismos semejantes.

Forma parte de nuestra naturaleza: allí están los restos arqueológicos que van desde los romanos hasta los incas, desde los griegos hasta los egipcios. Allí está el ingente y absurdo listado de guerras de toda la historia de la humanidad.

Lo que no forma parte de nuestra naturaleza es el sentido crítico hacia lo que pensamos y hacemos.

Pero eso podría ser una simple tarea educativa.

La propongo como tal.

Un curso obligatorio escolar que llevaría por título La Deconstrucción del Mito Llamado Hombre Perfecto.

Propongo a los sacerdotes pederastas recientemente descubiertos (los otros, los -aún- no ampayados, desoyendo uno de los principios básicos de su propia iglesia que se llama arrepentimiento, no se presentarán ni con el rostro cubierto a pedir perdón a sus víctimas, ya lo sé) para impulsar esta iniciativa.

Finalmente, creo que abandonando su manía de inculcar señuelos a los demás y preocupándose más bien por cumplir sus propios preceptos (honestidad, bondad, sinceridad, confesión, arrepentimiento, penitencia), la Iglesia, qué digo, ¡todas las iglesias!, harían bastante por ti, hermana, por vos, hermano, por vosotros, por ustedes, por los demás, por sus infantiles e indefensas víctimas.

Por sí misma.

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HjorgeV 01-04-2010

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2 comments

  1. Que increíble eso de los macguffins… algo de eso experimenté con el tercer tomo de Millenium… qué buena reflexión Jorge, te felicito.

    Rpta.: Gracias, Eduardo. Lo mismo me pasó con el segundo tomo de Millenium, aunque más con el tercero. Un chiste que le gustaba repetir a un amigo uruguayo era más o menos como sigue. Un tipo que se está muriendo le dice a su hijo que se acerque: le quiere decir al oído un gran secreto antes de morir. El hijo se acerca. Justo cuando el tipo está empezando a decir el gran secreto, expira. ¿Quieres saber cuál es el secreto?, te preguntaba luego el uruguayo. Tú decías que sí y él te hacía señas para que te acercaras porque quería decírtelo al oído. Pero todo solo había sido un chiste para burlarse de tu curiosidad y terminaba imitando (a carcajadas) a alguien que se muere y no consigue decirte el gran secreto. Saludos desde las afueras de Colonia. HjV

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