CALENDARIO TERRESTRE

Uno de mis vecinos directos es un jubilado que media la sesentena. Se llama H.

Vive con su esposa, más o menos de la misma edad. Ambos son alemanes, como la mayoría de los 3.500 habitantes de este pueblo. (Hay dos o tres turcos, un portugués, dos tailandesas, un africano, un francés, un inglés y un peruano, yo.)

El otro vecino directo es un hombre en la cincuentena que vive solo en una casa de dos pisos, sótano y ático, y que sueña con jubilarse. Con el día en que, “por fin, ya no trabajará”.

-Qué aburrido -le dije el otro día.

Más allá vive una familia con tres niños pequeños. Muchos de los vecinos son gente mayor cuyos hijos ya han abandonado el hogar familiar.

Mi vecino H., el sesentón, acaba de terminar de hacer arreglos en su jardín.

Se ha pasado un par de meses transformando su terraza. Finalmente, un par de días atrás, me mostró con mucho orgullo su obra de arte: una construcción que podría resistir varios de esos terremotos que en Alemania no existen y que en nuestros países deben haber barrido con decenas de culturas enteras a lo largo de milenios.

A H. le ofrecí varias veces mi ayuda.

Me la rechazó, haciéndome sentir que había cometido un grave error al hacerlo. Me hizo sentir que, ofreciéndole mi ayuda, le estaba diciendo: “Anciano incapaz, deja que te ayude”.

Como no se siente -o no se quiere sentir como un anciano-, cargó solo con grandes vigas de madera y se trepó a su tinglado como en sus mejores años.

No lo tuvo fácil.

El invierno que acaba de pasar fue uno de los más fríos de las últimas décadas. Me contó que las manos se le congelaban al trabajar al aire libre.

Pero lo consiguió.

Solo en una  oportinidad me pidió ayuda para una operación delicada: había que elevar unas pesadas vigas hasta cierta altura.

Salvo para eso, no me llamó para nada más.

Ahora, que no ha pasado ni una semana desde que terminó con la terraza, ya me ha anunciado su próxima hazaña: quiere modificar la entrada de su casa.

Por supuesto, me ha advertido que no necesitará ayuda.

El caso de mi vecino H. me ha hecho recordar el de una de mis tías, hermana de mi abuelo por línea materna.

Mi tía J. llegó a vivir más de 100 años.

Creo que tras cumplir 101 debió haber sentido que había cumplido con su propia meta, y se despidió.

Recuerdo las veces que la vi cuando ya había pasado los noventa. Le gustaba leer de pie. Leía cuanto le caía en las manos. Como la vista le fallaba aún con lentes, tenía que pegar el objeto de su lectura a los ojos.

-Me gusta leer, pero ya no puedo ver, hijito -me decía, con ese tipo de sonrisa que no he visto por estos lares en las más de dos décadas que llevo viviendo aquí: una mezcla de vergüenza y sana resignación, templada con ánimo, buen humor y autosarcasmo.

Recuerdo una historia sobre mi tía J.

Ya había pasado los 90 y sus hijos y parientes cercanos esperaban su pronto fallecimiento.

Un día se despertó repentinamente, llamó a uno de sus hijos y le dijo, sorprendiéndolo:

-Tengo un deseo, hijito.

-Mamá, mamita, no hagas nada, tranquila, por favor, no te muevas. ¡Voy por el médico! -le respondió mi tío, con pánico. Su madre empezaba a morirse y él no sabía cómo reaccionar.

-¡Tengo un deseo! -le repitió mi tía, tratando vanamente de sujetarlo para poder expresarle su deseo.

-¡Ya, mamita, tranquila, tranquila!

Mi tío -su hijo- contó que salió a la carrera a buscar al médico y avisó al resto de la familia cercana: “Mi mamá quiere decir su último deseo”.

El médico llegó, le aplicó sedantes y la mantuvo en observación.

Tras un par de días con los familiares rodeando su lecho, el médico elevó los hombros y dijo que solo había sido un susto.

Cuando mi tía J. despertó, por fin pudo decir su voluntad.

¡Le había provocado tomar una cerveza malta!

(Aquí en Alemania es una bebida -sin alcohol- que toman los niños. En mi país -el Perú- es una cerveza con mayor contenido alcohólico que la normal, si no estoy recordando mal.)

Mi tío -su hijo- había supuesto equivocadamente que se trataba de su último deseo.

Otra de las aficiones favoritas de mi tía J. era coser. En sus últimos años de vida, cuando no encontraba qué coser, descosía adrede vestidos antiguos para volver a coserlos.

He recordado a mi tía observando la actitud de mi vecino H.

Hace un par de días vi que había unas cajas de botellas de agua frente a su puerta. Reaccionando automáticamente, cargué una caja y le pregunté dónde debía ponerla.

Se ofendió.

-¡Cuando tú todavía te limpiabas los mocos, yo ya había cargado centenas de estas cajas!

No supe cómo reaccionar.

Pensé en los abuelitos y en los ancianos de mi niñez en mi país. En cómo el hecho de ayudarlos en lo que se presentara era una forma de demostrarles nuestro cariño.

Tal vez lo hacemos así porque pensamos que una persona que se siente querida y atendida es más feliz.

Por otro lado, entiendo la forma de pensar de mi vecino.

No quiere resignarse a ser un anciano. Él sabe que la inmovilidad es sinónimo de extinción de la vida.

El día que no sea capaz de valerse por sí mismo será un duro día para él.

Mientras tanto, se inventa tareas, metas.

En la lucha contra el reloj de la vida, no le importa despreciar mi ayuda.

Lo que los abuelitos de mi infancia en el Perú veían como una bendición, mi vecino lo ve como una maldición y me lo expresa sin ambages.

¿Cómo seremos cuando nos llegue el momento de no poder valernos por nosotros mismos?

¿Agradeceremos cualquier ayuda?

¿O maldeciremos al que queriendo ayudarnos, nos hace notar el avance de nuestras limitaciones y, con ello, recordar la cercanía del final de nuestro calendario terrestre?

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HjorgeV 13-04-2010

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