¿Y EL TRIUNFO DE LA PÁGINA EN BLANCO?

CÓDIGOS PENALES

En el último Babelia leo una ponencia interesante: La derrota de la página en blanco.

De arranque, me divierto con las palabras de la mexicana Elena Poniatowska de quien conozco solo un par de textos cortos. Dice ella:

«Es más fácil poner un huevo que escribir. Escribir me cuesta un huevo y la mitad de otro. Bueno, como si yo tuviera huevos. »

Esther Tusquets -quien aún siendo editora se ha quejado de que antes se hablaba de literatura y ahora de mercado del libro- se queda corta al redundar en algo obvio: «La última página puede generar tantos problemas e inseguridades como la primera.»

Cada página, qué digo: ¡cada línea, cada palabra, puede generar lo mismo!

El vasco Bernardo Atxaga plantea su principal consejo centrándose en lo que él llama Código Penal, aquel reglamento que el escritor activa desde las primeras líneas al imponerse a sí mismo reglas que se derivan de las decisiones (conscientes o no) que toma al empezar a escribir.

Esto es interesante, porque creo que una de las cosas que más le fallan a muchos textos es la falta de consistencia o coherencia.

Con esto del Código Penal, no se trata solo de que exista coherencia en las características de un personaje y en el desarrollo lógico de la trama, también atañe al estilo y la voz narradora.

La voz que narra también debe guardar sus sutiles consistencias.

Existen obras enteras sustentadas en la sutileza y la fineza de la voz narradora, así como existen otras que solo se sustentan del devenir de las acciones que se relatan.

Juan Gelman, premio Cervantes del 2007, resume su consejo magistralmente:

«Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo.»

Gelman recuerda también las palabras de la poeta rusa Marina Tsvetáieva:

«El poeta no vive para escribir, escribe para vivir.»

Santiago Gamboa da a los novelistas un consejo que es como una granada (activada) en las manos:

«Conviene, al inicio, imaginar una novela descomunal, pues la escritura es un proceso de pérdida: se sueña con una catedral y al final se logra una iglesia de provincia.»

El peligro de proceder así, estaría -claro- en quedar atrapado en el laberinto que nos ha tendido nuestra propia ambición creativa.

Matilde Asensi, por su parte, generaliza -innecesariamente a mi entender- lo que debe haber sido su propia experiencia personal y se refiere a un tipo especial y concreto de escritor, aquel que va tramando mentalmente su historia incluso durante años antes de sentarse a escribir.

Opino que esto contradice la experiencia de la mayoría de autores: se escribe lo que se puede, no -necesariamente- lo que se quiere.

Personalmente, aprecio un libro de Ray Bradbury –Zen en el arte de escribir– sobre cómo escribir sin un plan preconcebido, haciéndolo simplemente a partir de una idea, de una situación o de un personaje, dejándose llevar luego por la voz intuitiva que todo escritor lleva dentro de sí.

Obviamente, tiene que existir esa voz que muchos se pasan la vida buscando en vano y en otros parece brotar como un manantial sin freno.

Sin garantía de éxito en ambos casos, cabe agregar.

A lo que apela Bradbury, en todo caso, es al trabajo del subconsciente, más valioso para él que el trabajo de creación consciente.

Su mayor enseñanza: a escribir se aprende solo escribiendo.

Continuando con la encuesta, el inefable Fogwill cita a Mallarmé después de lanzarse con un aserto:

«El de la página en blanco es un lugar común tributario de la mitología del artista, su padecer, sus sacrificios.»

Con su habitual majadería, el argentino concluye, refiriéndose al francés:

«Su consejo a los que temen a la página en blanco es enfrentar a la tormenta, naufragar y perderse hasta poder “atender-entender” el canto de los marineros. Tenemos la cabeza llena de cantos de marineros, campesinos, soldados y maestros de la lengua: escuchémoslos y dejémonos de mariconerías domésticas como los triviales ritos del escritor que cree temer a la hoja en blanco cuando lo acosa una deplorable blancura mental.»

Esto último -lo de la blancura mental- es de antología. Y una buena burla de las poses de ciertos autores fatuos.

Pérez Reverte hace recordar algo que los demás consejeros apenas han mencionado: la constancia y la dedicación en el trabajo del escritor.

Sus palabras:

«Escribir no es tanto cuestión de talento como de constancia. El trabajo, la dedicación y las lecturas son el camino más directo para tener éxito en la creación literaria.»

Ojo, escritores o aspirantes a escritores.

Pérez dice “éxito en la creación literaria”, no éxito en las ventas.

(Ni siquiera éxito en la publicación.)

Gamoneda, poeta español ganador del Cervantes en el 2006, se refocila más en retratar su caso particular como poeta que en dar algún consejo para derrotar a la página en blanco.

Por lo menos dice lo que, en su opinión, se debería evitar:

«Lo que no se debe hacer, sin que esto sea una ley de aplicación general, es crear un proyecto, programar, crear unas metas o significaciones previas con fines de escritura poética.»

Doña Ángeles Mastretta se permite un feo paso (en) falso:

Atribuye a Cortázar una cita del uruguayo Horacio Quiroga, el décimo término de su Decálogo del perfecto cuentisa:

«No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno.»

Gumucio es original en su propuesta:

«¿Aprender a ser escritor? Ser escritor es ser por escrito, ser más intensamente, más completamente por escrito que por cualquier otro medio. (…) Las materias que se necesitan aprobar son justamente las que no se enseñan en la universidad, pero las que se imparten en cualquier otra parte: la valentía, la honestidad, el descaro, la oportunidad, la lucidez, la gracia.»

Ramiro Pinilla se explaya de forma valiosa:

«Un buen sueño siempre merece la pena. Pero habrá que mantenerlo limpio. No conviene, desde un principio, pretender vivir de la literatura: es peligroso para el sueño. Nunca viví de ella, siempre tuve un par de empleos. ¿A qué viene este consejo? ¿Os suena la palabra libertad? Y luego, disciplina.»

Libertad y disciplina. Chúpense esa(s), como quien dice.

Pinilla también se refiere a la dificultad o incapacidad del escritor para plasmar algo que puede haberle parecido claro en la mente, como pensamiento, pero que, luego, expresado en palabras, resulta ser solo una sombra o un sucedáneo de esa entelequia. Lo expresa así:

«Nunca reneguéis de los insomnios, a los que suele acudir la imaginación. Un texto, una narración, nunca es lo suficientemente buena. Siempre pudo estar mejor. Te pueden alabar mucho una historia, pero tú sabes que lo hacen porque ignoran lo que tenías en la cabeza y no halló la forma perfecta. De mis novelas y cuentos sólo pequeñas partes alcanzaron la feliz conjunción fondo/forma que creía ver, no alcancé el sueño.»

Justamente, de la imposibilidad de alcanzar siempre ese sueño deviene la importancia del perseverar.

Los consejos de Andrés Neuman, el hispano argentino ganador reciente del Premio de la Crítica y del Alfaguara del año pasado, han resultado bastante oscuros para este bitacorero.

Los reproduzco, para que nadie vaya a creerme malintencionado con mi opinión:

«Aristócratas y pedagogos. ¿Se puede enseñar a escribir?, ¿hay unas reglas mínimas? Herméticos y aristócratas necesitan pensar que no. A pragmáticos y pedagogos les conviene pensar que sí. ¿Se puede ser un aristócrata pedagógico? Ay. No se debe… 1. No se debe escribir en estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. No se debe escribir novelas universitarias. 3. No se debe creer que hay cosas que se deben hacer. Sí se debe… 1. Se debe escribir sobre el estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. Se debe escribir novelas universitarias, si no hay más remedio. 3. Se debe creer lo que digan los personajes.»

El consejo de Marcos Giralt:

«…no creer en la inspiración sino en el trabajo; saber que éste empieza antes de ponernos a escribir, en la mirada, y que por eso hay que entrenar la pluma tanto como los ojos con los que vemos el mundo»

Debo anotar que ninguno de los expositores o consejeros ha hablado de leer también a los que escriben mal, puesto que de ellos también se aprende mucho: qué errores evitar.

Por otra parte, creo que no se debería despreciar el efecto (mental) que hace el lector sobre su propia lectura: el cómo sus prejuicios, sus expectativas y sus propios deseos respecto a la historia que está leyendo influye en esta, casi como si el lector mismo la reescribiera al leerla.

Eso explica, por ejemplo, por qué cada nueva lectura de un libro nos descubre nuevas cosas, un nuevo libro, a veces.

¿Por qué menciono esto?

Por la importancia del perseverar.

Muchas veces nos rendimos ante la (engañosa) perspectiva de completar algo que creemos demasiado imperfecto y que tal vez en los ojos del lector no lo es.

Y ya que se habla de la derrota de la página en blanco, de cómo derrotarla, ¿cuánto le debemos al triunfo de la página en blanco?

Es decir, ¿de cuántos malos textos nos hemos salvado solo por la manía de confundir la página en blanco con la ‘blancura mental’?

¿Han notado, de paso, que todos los consejos provienen de escritores con éxito comercial, es decir, conocidos y famosos?

Creo que muchas veces se confunden los consejos para escribir con aquellos para tener éxito comercial.

Termino repitiendo una paradoja ya conocida.

Se recomienda leer a los clásicos, pero Cervantes no podía haber leído el Quijote.

Ni a los demás autores que ahora conocemos como clásicos.

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HjorgeV 21-04-2010

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