APUNTES 2

I.

¿Cuál es la magia de la escritura, del oficio o actividad de escribir?

Reconozco varias facetas:

La del que escribe para vivir (el sueño de todo poeta).

La del que vive para escribir (profesionales mal pagados de la escritura, por lo general, condenados a escribir por encargo y para alimentarse, sumergiéndose aún en aquello que no les interesa un pepino y hasta les disgusta).

La del que ve en los libros (textos) una de las -pocas- buenas razones para catalogar a la vida como verdaderamente valiosa y entretenida (lectores como el que esto escribe: que pueden ser felices y viajar con una buena lectura).

La del que usa la escritura para ser ‘escuchado’ (gente que encuentra en la escritura el medio para decir lo que de otra manera no podría soltar o nadie quiere o puede escuchar; o gente que usa la escritura para soltar el torrente que, de otro modo, lo agobiaría por dentro de no soltarlo).

La del que usa la escritura como simple trampolín para su gran ego (Juan Cruz lo ha plasmado así: «La literatura es el ego escrito.»). (Bien podía haber sido otra actividad para esa persona.)

La del que usa el tinglado escritor-libros-lectores para hacerse notar, empinarse y gritar como un niño temeroso de ser olvidado: “¡Yo también existo!”

La del que en la escritura y la lectura ve/encuentra la posibilidad de adentrarse, sumergirse (aunque solo sea para salir embarrado del fondo) en el misterio de la vida: con todas sus contradicciones y paradojas, con sus maravillas y terrores, limitaciones y excesos, bondades y maldades, momentos de luz, de penumbra y de oscuridad absoluta.

-Últimamente tengo la impresión de que existen más escritores que lectores -me dijo I. la última vez que nos vimos en un restaurante de Colonia, vecino a la Plaza Rudolf.

-Es por el efecto de la Red -se me ocurrió comentar.

II.

Por razones de trabajo tuve que pasar por la casa de quien -a juzgar por el número de propiedades que posee- debe ser el personaje más rico de este pueblo.

Se trata de un octogenario, quien, a pesar de sus manifiestas aunque no graves dificultades para moverse, muestra un vigor y una actitud propios de una persona mucho menor.

Vive con su segunda esposa en un remedo de una antigua aldea alemana, pero en miniatura, por así decirlo: tres o cuatro construcciones agrupadas con estudiado desconcierto alrededor de un patio al cual no le falta su fuente de agua, centro vital de toda antigua agrupación humana.

Una de las construcciones acoge la oficina desde la que administra sus propiedades. Tuve que acudir allí para firmar un documento.

Me encontré al señor Ratón (esa es la traducción literal de su nombre) en el patio al salir de la oficina y me saludó con la habitual mezcla de familiaridad y respeto que ha mostrado conmigo desde nuestro primer encuentro.

Ignoro las razones de su deferente trato, pero qué bien que cae en un país que se está volviendo tan poco respetuoso para con sus inmigrantes.

II.

En la velada pasada con I. en el restaurante C. pregunté por N.

-Creo que ha empezado a detestar a la especie humana -me informó I. (La próxima vez le diré que se ha vuelto mi informante.)

Entre carcajadas, reconocimos que no le faltaban razón ni motivos.

-De ser consecuente, pronto se dará cuenta de que él también pertenece a esa misma especie y terminará detestándose -añadió I.

-O empezó consigo mismo -quise decir, pero callé porque la sorna me pareció demasiado pesada.

Igual, salpimentamos el asunto con unas largas carcajadas.

Carcajadas que ahora se me antojan animalitos saltando de nuestras bocas como alimañas. Como seres especial y verdaderamente peligrosos.

III

Así como ciertos jóvenes (y no tan jóvenes) gustan de (y consiguen) impresionar al sexo opuesto con un automóvil o ciertos símbolos externos de riqueza, otros personajes tienen sus particulares cebos o carnadas para el mismo fin.

En la misma velada recordamos a E.L.E., un peruano al que se le va la vida por llamarse y ser llamado y conocido como Escritor. (Así, con mayúscula inicial, me imagino, debe gustarle más.)

E.L.E. ha publicado varias novelas y libros con sus relatos.

De tal manera que no tendría por qué hacer malabares para ser conocido como tal. (Ser reconocido como escritor, ya es tinta de otro cartucho.)

Sin embargo, E.L.E. los hace: se contorsiona, salta y dispara luces de bengala, se aplaude y se recomienda a sí mismo para que todo el mundo sepa que es un ESCRITOR.

Y de los buenos y geniales, se entiende.

IV.

Ya que estábamos en lo de cebos y carnadas (aunque también podríamos haber estado en la sección plumas y abalorios), mencioné el caso de otro conocido.

Ahora que posee su título de doctor, parece haber empezado a usarlo hasta para presentarse a los amiguitos de su pequeño hijo de cinco años.

V.

Recuerdo una reunión de ‘intelectuales’ en el Barranco limeño de mediados de los ochenta.

Entonces en Barranco no existían las calles enteras dedicadas a la farra juvenil y a la bohemia ni el movimiento turístico y comercial que existe ahora.

El Puente de los Suspiros era entonces un puente a punto de caerse y por el que daba miedo cruzar al otro lado de la herida de la pequeña quebrada, Chabuca Granda dixit.

(Allí di y recibí -justamente entre suspiros- mis primeros besos adolescentes.) (Con un oído y un ojo atentos por si empezaba a resquebrajarse su estructura.)

Barranco era entonces apenas un barrio olvidado de Lima: con sus viejas y destartaladas casonas, parques descuidados y alamedas que hablaban de un pasado ‘grandioso’: el de haber sido el balneario de los ricos limeños de hacía cien años y más. De los limeños de la época del auge del guano y los metales y de la fiebre del caucho (1879-1912).

En esa reunión me presentaron a una joven alemana (que después resultó no ser tan joven: me la encontré de pura casualidad diez años más tarde acá en Alemania y me di cuenta de que ya debía andar por los 50 y no por los treintitantos que había supuesto).

Una de sus primeras preguntas fue la siguiente:

-¿Tú eres poeta?

Quise decirle que acababa de ganar los tres primeros puestos de un concurso universitario de poesía, pero me di cuenta de que no me iba a atrever a decírselo, además de que eso no resolvía su pregunta.

(Había llevado bien escondida mi afición por la poesía desde la época del colegio. Mis cuadernos los escondía entre los intersticios de los ladrillos de una pared de la azotea, sin saber que así los inmolaba a la inmisericorde humedad limeña.)

(Y no eran moco de pavo esos tres primeros puestos, sobre todo teniendo en cuenta que uno de los jurados había sido el finado Washington Delgado, uno de los poetas peruanos más importantes, y, otro, Abelardo Oquendo, conocido editor y crítico literario de mi país.)

Recuerdo el desconcierto que me causó la pregunta.

¿Era yo un poeta?

Me gustaba la poesía, escribía desde los doce años, oscuros, aguerridos, melancólicos, tristísimos ‘versos’ de amor; había ganado otro concurso y terminado segundo en uno más.

Pero, todo eso, ¿me permitía llamarme ‘poeta’?

¿Qué es ser poeta?

Sigo sin saberlo. (Lo cual es un alivio a la hora de escribir.)

Decidí responderle con una verdad evasiva:

-Soy estudiante de Matemáticas.

Entonces la alemana se transformó. Y noté, también, que me había convertido en invisible.

Sentí que a través de mi cuerpo empezaba a concentrarse en escrutar al resto de los jóvenes presentes.

Entre ellos buscaba a su poeta.

.

.

HjorgeV 24-04-2010

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