FLOR CIEGA (Engendro)

y

¿Cuándo comienza el deseo entre dos

perfectos desconocidos?

¿Cuándo la luz que aturde el juicio

encuentra los resquicios para colarse

y someter a los dos

al desarrollo de su vanidad?

Y

Luego será el aleteo,

el rubor, las agradables confusiones del cuerpo

y del ser,

el tejido de las casualidades encargándose de

la comunión de los cuerpos.

Y

Oh, desconocida, oh desconocido,

encontrados en la confusión de una noche o día cualquiera.

Descansa bello nacido bestia,

ardoroso corazón.

Y

El tiempo es el agosto de toda ansiedad.

El alma que dejaste varada en el camino

es ahora una diosa desnuda.

Flor pisoteada por un caminante ciego.

y

HjorgeV 28-05-2010

DE BITÁCORAS LITERARIAS Y MONOCOMEDIANTES

CUANDO PAPELES PERDIDOS PIERDE LOS PAPELES

Recibí con alegría la aparición de Papeles Perdidos, la bitácora «cajón de sastre de la cultura y la creación, elaborado por el equipo que hace cada semana Babelia, la revista cultural de El País», en palabras de sus autores.

En mi caso, la alegría ha dado paso a la sobriedad tras un corto periodo de observación lectora:

Lo más interesante de Papeles Perdidos me parecen ahora sus enlaces (curiosamente, ninguno directo a Babelia) y cuando pierden los papeles sus redactores: como cuando se olvidan de usar y respetar los signos ortográficos de nuestra lengua (“Hola!” por ¡Hola!), por ejemplo.

Tal vez tampoco viene a cuento, pero me ha desilusionado empezar a leer su última entrada y encontrarme con un tramo como el siguiente:

«No le dijo que había visto el primer capítulo, ¿cuándo? ¿hace seis años? Y que lo que le fascinó fue la audacia de la forma narrativa.»

Hay un error común aquí.

¿Es necesario imaginarse leyendo esto un siglo después para reconocer que tendría que haberse escrito ‘hacía seis años‘?

Curioseo en la Red, indagando sobre Fietta Jarque, la autora del artículo, y hete aquí, aquí hete, que me encuentro con el siguiente comentario sobre su primera novela, Yo me perdono:

“Sólo alguna repetición léxica y alguna discordancia verbal delatan la condición de opera prima de esta novela coral” (…)

Obviamente, mi compatriota periodista y escritora, afincada en España desde 1983, sigue perdonándose. (Las negritas son todas mías.)

MOLESKINE LITERARIO

Sin ser asiduo de/a su página, siempre me ha llamado la atención un detalle de la bitácora de mi -también- compatriota escritor Iván Thays (Lima, 1968).

Me refiero a la relativa excelente reputación de Moleskine Literario a pesar de dedicarse su autor fundamentalmente a transcribir o copiar artículos o comentarios de otros.

Aunque ha cambiado de servidor y diseño, el estilo bitacorero de Thays sigue siendo el mismo:

Una corta mención o comentario sobre un libro, autor o evento cultural, para completar luego su entrada con la transcripción o copia de lo leído en otra fuente.

Por otra parte, otra cosa me había llamado también poderosamente la atención antes en la bitácora de Thays, a pesar de sus galardones (“Mejor Blog Literario Internacional por Revista de Letras”, “Asociado a El Boomeran(g)” y ahora enlace fijo de Papeles Perdidos):

Me estoy refieriendo a una especial desidia y hasta -podría decir- cierta displicencia al escribir:

Nombres de autores mal escritos (le he pescado Beibbeder por Beigbeder) o escritos diferentes en un mismo artículo; minúsculas inadecuadas, errores de ortografía y erratas diversas.

Su última entrada, con todo, me ha parecido el colmo de la desidia y la negligencia al escribir.

(Notar que primero pone Herbjorg y luego Herbjørg. Como escribir Aguero y Agüero, dos apellidos diferentes.)

¿Cómo pueden cometerse tantos errores en un solo párrafo y en una bitácora de tanto renombre?

Transcribo:

«Y hablando de literatura noruega, Babelia entrevistó el fin de semana pasado al escritor noruego Herbjørg Wassmo, autora de La casa del mirador ciego, editado en España por editorial Nórdica. La autora, de más de 70 años y lñectura obligada en los colegios de su país, no podrá ir a la feria de Madrid por estar en book tour en los países nórdicos. Da igual. El frío de escandinavia ha invadido con todo las casetas de la Feria del Libro en el Retiro, aunque los visitantes insistan en andar en manga corta y pantalones capri.»

Paso por alto la minúscula inicial de Escandinavia y otras erratas, así como lo de ‘pantalones capri‘, para denotar a lo que ya se conocía como pantalones pescadores o piratas.

Sin embargo, ¿cómo soportar, además de la operación transexual inicial, lo de book tour, precisamente en una bitácora literaria de nuestro idioma?

Esto último lo digo, también, porque uno de los argumentos para justificar la -muchas veces- insoportable invasión de anglicismos especialmente en la Red en castellano, es la imposibilidad de una traducción directa y concisa del inglés a nuestro idioma.

Eso es muchas veces cierto, pero no en este caso: existe el término ‘gira literaria’, por ejemplo.

En todo caso, si Thays quería ir de esnob, bien podía haber usado ‘tour’ (término aprobado por la Academia) y dicho o escrito ‘tour literario’.

(Eso sí, tendrían que apresurarse otros esnobs, porque ‘tour’ ya ha sido propuesto para ser suprimido por la misma Academia.)

Lo que debe suceder es que muchas veces lo que -en el fondo- se desea es no ser hispanoparlante.

Es decir, hay un complejo de sustrato y de fuente respecto al propio idioma y a la propia identidad. ¿Cuántos no quisieran ser ya -de paso- además de angloparlantes, rubios y tener ojos azules?

Lo dice la misma Academia en la definición de ‘esnob’, palabra que en su momento -por cierto- debió ser un insoportable anglicismo:

esnob.

(Del ingl. snob).

1. com. Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos. U. t. c. adj.

¿ES EL INGLÉS MÁS CONCISO Y CERTERO QUE EL CASTELLANO?

Muchos, de tanto utilizar los anglicismos cibernéticos de moda, han terminado por desconocer (o seguir ignorando) que nuestro idioma puede ser más conciso y certero que el inglés.

Justamente, porque una de las características de todo idioma es su capacidad para denotar en menos palabras -o hasta en solo una- algo para lo que en otro idioma se necesitan más.

Y viceversa: su incapacidad para expresar concisamente lo que en otros idiomas se hace con una sola palabra.

Un ejemplo de moda: stand-up comedy.

Se trata de un monólogo o soliloquio concebido para hacer reír.

Por lo general, el monologuista (si se dice cardiólogo, radiólogo, ¿por qué no usar monólogo?) suelta sus chistes o relato hilarante de pie frente a la audiencia.

De allí lo de stand-up, que significa ‘erguido’, ‘de pie’, en el castellano de España. (Nosotros decimos ‘parado’ en el de América.)

¿Ya notaron que en este caso el inglés necesita dos palabras, además de un guión o rayita, para lo que en nuestra lengua se puede resolver en una sola?

¿Dónde está la cacareada “superioridad” del inglés en este caso?

Por otra parte, ¿cómo llamar al comediante de esta especialidad?

El inglés lo ha resuelto así:

The performer is known as a stand-up comic, stand-up comedian or simply a stand-up.

En castellano existe el elemento compositivo ‘mono’:

mono-.

(Del gr. μονο-).

1. elem. compos. Significa ‘único’ o ‘uno solo’. Monomanía.

¿Por qué no adoptar, entonces, monocomediante?

Así, tendríamos una sola palabra, frente a las tres más un guión del inglés.

(No olvidar, además, que mono significa también ‘gracioso’ y ‘persona que hace gestos parecidos a los del mono’.)

Hago 2 atrevidas proposiciones (monocomediantes) más:

  1. monóloco

  2. soliloquista

¿Por qué siempre creer que solo el inglés puede ser más imaginativo y conciso que el castellano?

.

.

HjorgeV 25-05-2010


MI PARTICULAR BARRANCO (2)

De esa noche recuerdo una corta persecución, conmigo al volante de un BMW (que ahora sería un veterano que me gustaría tener) que era del esposo alemán de la peruana que nos acompañaba.

Mi inocencia juvenil de entonces no me permitió advertir que toda la velada había sido escenificada para que mi pareja fuera seducida, pero no por mí. Quién sabe, lo que quería nuestra acompañante era hacer un trío y no fui capaz de percibirlo.

Justo por esa época, se recrudeció la crisis económica que el país venía arrastrando desde los 70, y, entonces, Barranco junto con el resto de Lima y el país entero, se empezó a desmoronar literalmente.

Recuerdo haberlo recorrido varias veces con la fascinación y el pavor de quien se sabe ante una joya arquitectónica a punto de perderse destruida de abandono.

Fue en esos años también que empezó a ponerse de moda alquilar grandes y antiguas casonas -especialmente las de estilo colonial- para hacerlas comunas, al modo universitario europeo.

Recuerdo una comuna de dos alemanas y dos pintores peruanos. Y, por supuesto, la envidia que sentí.

Por esos años, por poquísimo dinero se podía vivir en una casa bellísima, amplia, con jardines y con vistas y a un paso del mar.

Eso sí, había que poner la propia mano de obra para pintar, arreglar y renovar las antiguas construcciones.

El atractivo de ese Barranco lo constituían sus antiguas calles y alamedas, sus palacetes, mansiones y casonas, sus construcciones que hablaban de un pasado de bonanza y arte, todas a punto de derrumbarse, verdaderas reliquias arquitectónicas esperando la extremaunción.

Había, además, un par de tabernas interesantísimas.

Recuerdo especialmente la decana de las tabernas limeñas -el Juanito que ya mencioné- célebre por conservar su mobiliario de comienzos del siglo pasado, por la bohemia visitante y sus butifarras de jamón del país.

En el Juanito una muchacha me dio el único beso realmente furtivo que he recibido en mi vida: después de una larga conversación, cuando ya me había resignado a no obtener ni su número telefónico, ella se levantó y me estampó un beso rabioso y potente, para dejarme luego allí sentado, pasmado, incapaz de reaccionar. Liberación femenina a la peruana.

Me senté varias veces en el Juanito a ver morir la tarde.

Es decir a escribir poemas que ya no sé dónde están, como lo hacía -acaso en la misma mesa- el poeta Abraham Valdelomar, el del cuento memorable con el gallo llamado Caballero Carmelo.

Me lo hizo notar un escritor piurano -y peruano, por tanto-, Roger Santivañez: «Estás viendo morir la tarde con un lápiz en la mano, como Valdelomar», me dijo una vez, haciéndome enrojecer de vergüenza.

La compositora Chabuca Granda plasmó como pocos esa desazón del que no puede contra el paso del tiempo y compuso esa joya nostálgica y remembrante que es Puente de los Suspiros, un valsecito de esos que ya no se componen.

A finales de los años ochenta algunas instituciones -principalmente culturales, pero también bancarias- empezaron a adquirir en Barranco antiguos inmuebles, verdaderas reliquias arquitectónicas, con el fin de restaurarlos y utilizarlos como sede institucional.

Los conseguían a precio de ganga.

Finalmente, a finales del siglo pasado, lo que había empezado como ocurrencias atrevidas y aisladas (alquilar una casona y restaurarla llamativamente para convertirla en un híbrido de centro cultural y bar: La Noche, por ejemplo), comenzó a cuajar hasta el punto de que toda una calle vecina al parque central de Barranco fue literalmente okupada por bares y restaurantes.

He vuelto a Barranco en cada uno de mis viajes al Perú y cada vez me he quedado sorprendido con el desarrollo que vive como distrito turístico y bohemio.

Contemplarlo con esa mezcla de nostalgia (por su pasado primero de esplendor y el más reciente de desolación) y de admiración (por los cambios actuales), es una práctica que tiene su parangón en los sentimientos encontrados que vive un progenitor al contemplar los cambios de sus hijos adolescentes.

Por un lado, la nostalgia de la niñez dejada atrás; y, por otro, la alegría por el futuro promisorio.

He recordado todo esto porque un barranquino -Jorge De Albertis Bettocchi- ha hecho ganar a su distrito en un concurso de Google: “Modela tu ciudad”.

(Su apellido no es una casualidad, es el vestigio y testimonio vivo de los inmigrantes europeos que alguna vez eligieron Barranco para quedarse a vivir: ingleses, italianos y alemanes, principalmente.) (Si Mallorca tiene su Playa del Inglés, Barranco tiene su Malecón de los Ingleses.)

Jorge De Albertis es abogado y lo suyo es un modesto -pero exitoso- intento por devolverle a la vida los sabores y ambientes del pasado.

Porque lo que se va nunca se recupera.

Pero se queda en la labor de los arquitectos y artesanos, artistas olvidados: en sus casonas, mansiones y palacetes; en un puentecito querido, en calles arboladas y alamedas flanqueadas por palmeras.

O en hermosas vistas al mar desde sus jardines al pie de los acantilados y rincones de ensueño.

En joyas arquitectónicas capaces de hacer más grata la vida del más humilde de sus habitantes y sus visitantes.

HjorgeV 23-05-2010

MI PARTICULAR BARRANCO (1)

El poeta tenía un nombre rimbombante, un seudónimo ingenioso y una obra legendaria y mítica.

Yo era aún un adolescente cuando escuché hablar de él y de su obra. En esa época se decía que vivía los últimos años de su vida entregado a la bebida.

Me compré su novela con el dinero que una señora alemana me daba para apoyar mis estudios universitarios.

Por su ayuda le daba un par de besos a escondidas de tarde en tarde, sin que hubiéramos hecho ningún acuerdo al respecto.

El poeta se llamaba Rafael de la Fuente Benavides y un pensador peruano -Mariátegui- describió su seudónimo así: «Martín, nombre de mono. Adán, apelativo del primer hombre».

Empecé a leer La casa de cartón de Martín Adán con la fruición del que busca grandes aventuras, pero recuerdo que me quedé dormido como un niño la primera vez.

Tuvieron que pasar varios años hasta descubrir que se trataba de una novela especial, de una novela poética, y que su magia radicaba en su lentitud existencial, en su intento por permanecer prisionera del tiempo, por perdurar recluido en él, regocijándose en el recorrido circular y cerrado de las cosas, de sus personajes y sus acontecimientos.

El escenario de la novela era un balneario limeño de finales de los años veinte del siglo pasado.

Cuando empecé a leerla, Martín Adán ya había empezado su particular peregrinaje por un manicomio y dos hospitales hasta encontrar finalmente la muerte (la única detención posible y verdadera del tiempo) en un albergue de ancianos desamparados.

Así era también su poesía.

Tenía el mismo misterioso desamparo en/con el que terminó su vida, el hermetismo de las salas de hospital, las rutas absurdas de los manicomios; el dolor poético de quien se sabe un simple prisionero del tiempo.

El balneario en cuestión era Barranco.

Había dejado de ser tal -un balneario, un lugar de peregrinación estival- hacía muchísimos años.

Ahora era un simple barrio limeño al pie de los acantilados, al borde del barranco frente al mar Pacífico, un barrio que empezaba desmoronarse (desbarrancarse) en más de un sentido.

A ese Barranco perdiéndose en el olvido y herido de nostalgia me llevó esa señora alemana en uno de nuestros furtivos paseos.

A ella le gustaba descubrir lugares interesantísimos de Lima que yo desconocía y que luego le gustaba mostrarme, como diciendo: “Mira, estas cosas lindas tiene tu ciudad y no las conoces”.

Parques, plazuelas, esquinas, calles y avenidas que su ojo paciente, extranjero, rastreador y estético iba descubriendo para mí, limeño de rutas e itinerarios más triviales.

Mi primer viaje a Barranco tiene que haber sido al zoológico que existió en sus lindes, al pie de la quebrada de Armendáriz.

Mi madre no conserva ninguna fotografía, pero yo estoy seguro de ello. Es imposible olvidar un zoológico con vista a una quebrada y a un mar como el Pacífico.

Una de mis tías era de Barranco y uno de mis compañeros de universidad era barranquino. Y a los dos los unía un orgullo nostálgico por su barrio: entre otras cosas, añoraban -acaso sin haberlos conocido- los famosos bailes de carnaval en la plaza central, a los que llegaban orquestas desde Cuba u otros lejanos países.

También llegué a tener una novia (enamorada decimos los peruanos) en Barranco.

Una novia de pocos atardeceres (y pocos besos) que vivía en una casona que parecía salida de un cuento de hadas, pero de uno polvoriento, preso del olvido y del descuido, una casona rodeada de sus pares, en una calle que ahora se me antoja recordarla como un anciano a punto de perder la memoria de tanto pasado grandioso que recordar.

Para entonces, yo seguía con la fijación del otro Barranco, del de mi niñez: el del zoológico y su laguna, el del paso obligado para llegar hasta una playa que ya entonces había pasado de moda, La Herradura.

Seguía con la fijación del Barranco al pie de la Quebrada de Armendáriz, justo al otro lado del Miraflores de Mario Vargas y de mi colegio: dos distritos como dos hermanos gemelos separados por una gran cicatriz, la gran bajada a la playa.

Ahora que lo recuerdo, la novia que tuve en Barranco vivía en una calle que llamaban paseo, y que era como un museo tan antiguo, que sus piezas expuestas parecían confundirse con su propia arquitectura.

Creo recordar que fue esa misma señora alemana la que me llevó a interesarme por la obra de Martín Adán. Pero desconozco si fue así porque el el poeta estuvo en el/la Deutsche Schule de la Lima de entonces.

Y fue ella misma la que me llevó por primera vez a descubrir el Juanito, una de las pocas tabernas verdaderamente centenarias de la capital peruana (y acaso del mundo) y que aún conserva la mayor parte de su mobiliario y la arquitectura de sus inicios.

Para entonces, yo ya había descubierto un par de años atrás otro Barranco más, el refugio de enamorados furtivos: el del Puente de los Suspiros y sus vistas al mar, el de la idílica bajada a la playa, arena erótica nocturna incluida.

Di mis segundos besos juveniles justamente sobre ese puente, que a la sazón se encontraba cumpliendo su primer centenario, ósculos que se completaban en uniones más ardientes y verdaderas (punto de vista juvenil), abajo, en la playa, de noche, al amparo del ruido del Océano Pacífico y de las sombras.

(Hoy sé que entre esas sombras también debía haber sombras humanas: los mirones.)

Los besos sobre el puente los daba entonces con -por lo menos- un ojo y un oído puesto en sus estructuras, por si alguna empezaba a crujir.

Barranco era entonces un distrito que debía haber empezado una segunda o tercera decadencia tras la más grave en plena mitad del siglo pasado, cuando Lima empezó a modernizarse y la clase media verdaderamente pudiente empezó a preferir otros barrios más de moda y casas más funcionales y modernas.

El Barranco de mis años universitarios limeños era un barrio que alojaba solo un par de peñas criollas y en el que acababa de comprar una casa Mario Vargas, hecho visto entonces más como un gesto nostálgico que como la potente inversión que ahora tiene que haber llegado a ser.

Otro de sus habitantes notables era el artista Víctor Delfín, de quien se decía que permitía más o menos a cualquiera la visita a su taller para admirar sus esculturas. Nunca tuve esa suerte.

Recuerdo una noche en especial en una de esas peñas criollas, acompañando a una europea -mi pareja- y una peruana llegada de Alemania.

El modo tan sutil con el que esta última me birló a mi chica, haciéndome creer (o acaso sí era cierto) que unos narcotraficantes nos estaban persiguiendo.

.

.

Continúa…

HjorgeV 20-05-2010

eV 20-05-2010

. Continúa…

. HjorgeV 20-05-2010

.

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. Continúa…

. HjorgeV 20-05-2010

MARIPOSA NOCTURNA (Engendro)

Hoy has venido a complacer a un alma dorada,

estúpida

pero apotropaica.

Al deseo de vida de su cuerpo:

Extremo,

fatuo en cuestión de límites.

.

Entonces,

resuellas y hallas, descubres su cuerpo a tientas.

Maldices la premura constante de las citas.

Sientes la vida como una novela agotada,

que cada momento que pasa es solo un favor

que te hace un dios menor en un día de rebajas.

.

Luces extrañas gobiernan tu cuerpo ahora

que se acerca el final.

.

A la salida de la noche él ya no estará

y la transformación habrá ocurrido:

tu mano se cerrará sobre el precio de su deseo.

.

Y acaso entonces comiencen

a hablar los sentimientos por tu boca:

esa sangre densa y oscura que detestas

y que es todo lo que te queda de referencia en esta vida.

.

El resto se encargará de incendiarlo

la soledad de tu habitación.

..

. . . HjorgeV 18-05-2010

UN PORSCHE EN LA PUERTA

Lo conocí cuando era un don nadie porque estaba a punto de ser despedido de su empresa y él ya lo sabía.

Vivía obsesionado por poder tener tiempo para visitar regularmente un gimnasio y desarrollar sus músculos sin un gramo de grasa encima.

Me atrajeron sus maneras, sus modales: el saberse al borde del abismo laboral parecía haberle prestado cierta aura casi mágica, como si las cosas no fueran con él. Un verdadero pasota de “alto nivel”, llegué a pensar.

Era otro el que caía, no él.

Conversando, me enteré de que éramos casi vecinos y de que lo echaban del trabajo porque se había vuelto peligroso para sus superiores más directos. Él era un ingeniero que quería hacer bien las cosas; ellos, funcionarios empeñados en ser dejados en paz. La eterna lucha de la innovación frente a la tradición.

-Están contentos con lo que tienen, pero la empresa da para mucho más. Con los cambios que propongo saldríamos ganando todos.

-Entonces, ¿por qué el miedo?

-Porque entonces la consecuencia natural sería que yo pasaría a ser jefe de ellos.

-¿Y los de más arriba? ¿No se enteran?

-Están demasiado cómodos como para abandonar su comodidad y preocuparse por una simple sección de la empresa.

También me contó que soñaba con ser padre y que acababa de separarse de su primera esposa sin haber tenido niños.

Una noche, tras una farra con amigos comunes, como éramos casi vecinos, le ofrecí a compartir el taxi y me dijo que estaba viviendo en un hotel.

-¿En un hotel?

Se había peleado con su pareja de ese momento porque se había quedado embarazada a pesar de un pacto explícitamente acordado.

-Podrías volver a intentarlo -le dije.

-Podría haber escogido el sofá -replicó él.

Añadió que lo del hotel era la demostración de que no pensaba tratar de remediar nada en esa relación.

Lo llamábamos el experto en «caimanas», en mujeres capaces de acabar con él de una sola dentellada.

Su inteligencia lo llevaba a querer comprender y anticiparse a los derroteros laberínticos del amor. Siempre se equivocaba y salía perdiendo.

-No me gusta prometer cosas que no seré capaz de cumplir -me dijo-. Pero me he prometido no volver a casarme. Pase lo que pase, no lo haré.

Esa noche le propuse dormir en casa, en el cuarto de huéspedes. Sonrió ante el ofrecimiento, como haciéndome recordar que éramos una familia numerosa. Le dije abiertamente que no creía que lo podríamos soportar un mes entero, pero que si se trataba de un par de semanas, no tendríamos ningún problema en alojarlo.

Después dejé de verlo.

La siguiente vez se dirigió a mí para hacerme un ofrecimiento:

-Te compro tu negocio -me dijo-. La empresa me ha pagado una buena indemnización y quiero empezar algo completamente nuevo.

En ese momento lo nuestro no estaba en venta y se lo hice saber.

-Puedo pagar un buen precio -insistió.

Le expliqué que un negocio como el nuestro era muy traidor y que alguien como él -un novato- podría patinar muy feo. Insistió de todas maneras, pero no consiguió convencernos.

Me quedé con la tranquilidad de haberle hecho un favor.

Dejamos de frecuentarnos y supe que había hecho varios intentos de abrir un negocio propio, entre ellos el peregrino de comercializar una tarjeta que podía adquirirse en las gasolineras y que tenía como fin permitir el acceso a material pornográfico exclusivo en la Red.

Hasta que encontró el hilo redentor en el sector financiero.

En la época en la que perdimos nuestro negocio, supe que había nacido su hija y que su empresa se encontraba en pleno ascenso meteórico.

De ser el amigo ávido de contactos y reuniones, había pasado a ser el lobo solitario sin tiempo para nada más que impulsar su empresa, obsesionado por el dinero y las posibilidades de acumularlo sin riesgos.

Soñaba con una gran casa para recibir a su hija de visita los fines de semana y un Porsche en la puerta.

Lo volví a ver cuando su padre se puso mal y a un paso de la muerte.

-No le queda mucho tiempo de vida -me dijo, como quien anuncia el deterioro de un paquete de acciones.

-Tal vez lo que necesita es verte un poco -le dije, por decir algo.

Cambió el tema para preguntarme por mis ocupaciones.

Le conté que me había decidido a empezar lo que llevaba años retrasando.

-¿Dedicarte a escribir, no? -fue su reacción, en la que no pude dejar de percibir una mezcla de asombro, compasión y repugnancia.

Al cabo de unos meses me lo volví a encontrar y me contó que su padre se había recuperado milagrosamente.

-Como necesitaba respirar aire puro, lo sacaba a pasear a un parque vecino por las tardes -me contó-. Esos paseos lo han salvado.

Le propuse reunirnos frente a un buen par de churrascos en el Colina.

Me dijo que no tenía su agenda en esos momentos y me pidió que lo llamara para concertar una cita y recordar los viejos tiempos. Ya se había comprado la casa y solo le faltaba el Porsche en la puerta.

Lo llamé dos veces, dejé sendos mensajes.

Como no recibí respuesta alguna, se me ocurrió desechar su número.

Después no supe nada más de él.

Lo volví a ver hace un par de días, tras casi dos años.

Tiene una nueva caimana, una que no oculta su decepción -debo imaginarme- por haber descubierto su absoluta renuencia al matrimonio. No se lo pregunté, pero, por su aspecto, parece visitar con frecuencia un gimnasio, si es que no se ha hecho instalar uno en casa.

Pregunté por su padre.

Me contó que había fallecido un año atrás y que su madre había seguido sus pasos unos meses después.

-Llámame para recordar los viejos tiempos -me dijo.

Evité el tema de mis dos llamadas perdidas con una pregunta que pensé que le gustaría responder:

-¿Y de qué color es tu Porsche?

-¿Sabes? -me dijo, con la sabiduría de un experto en esas cuestiones-. El Porsche es el símbolo de los que quieren llegar arriba. No de los que ya llegaron.

-De los aspirantes quieres decir.

Añadió un nada misterioso guiño ocular. Temí que quisiera empezarme a hablar de su primer o segundo millón de euros ganados pero nos circunscribimos a preguntar por viejos amigos y conocidos.

En un descuido de su pareja, le pregunté discretamente si seguía viviendo solo en su gran casa.

Movió la cabeza afirmativamente.

Casi al oído, me confesó:

-Dice que solo se iría a vivir conmigo si nos casamos.

-Ah -le respondí, recordando su promesa hecha en el taxi.

Me quedé observándolo un momento para saber si estaba reconociendo con pesar o alivio que se encontraba inmerso en una relación ya muerta. Después hablamos de todo y de nada, hasta que su pareja hizo un gesto que entendí como una orden castrense.

Hemos quedado en comunicarnos uno de estos días.

Para recordar los viejos tiempos, como a él le gusta llamarlos.

2005

.

.HjorgeV 16-05-2005.

HjorgeV 16-05-2005

. HjorgeV 16-05-2005

-2005

.

.

-05-2005

ESPEJO DE LETRAS (Engendro)

.

Una ventana abierta

Dentro de la habitación

un hombre escribe

.

Lo observo con una mezcla briaga

de envidia y compasión

.

Me he detenido un momento porque

sé de sus saltos diarios al mar blanco del papel

De sus grandes tribulaciones y sus minúsculos triunfos

Conozco el rugido que se instala en su esternón

en los días tremendos

cuando todo parece torcerse

y le salen flores a los muebles pero patas al papel

.

El hombre nota mi presencia

Se avergüenza de haber sido sorprendido en

su absurdo e inútil trabajo

Se levanta y cierra la ventana

antes de que pueda pedirle disculpas

por mi tonta indiscreción

Quiero explicarle que

Pero no puedo

Quiero consolarlo

pero no me ha dejado

.

Una ventana cerrada

.

Dentro de la habitación

continúo escribiendo

.

.

HjorgeV 14-05-2010

ROSAS (Relato)

.

“No soy de los que envían rosas”, le había dicho él al comienzo, justo antes del primer beso, del primer amor. Y ella lo había tomado como una buena señal. Ahora las rosas adornaban nuevamente en un lindo ramo la mesa del restaurante y los comensales vecinos los miraban como seres llegados de otro planeta.

El romanticismo que emanaba de la escena no era algo que se podía ignorar. Hasta en tres oportunidades, él se había levantado y pasado a su lado de la mesa para darle un cariñoso beso en la mejilla. En una, hasta la abrazó con un cariño inusual. Una mujer sin pareja estuvo a punto de soltar una lágrima al contemplar la escena. Algunos hombres se avergonzaron de no ser ni un centésimo de galantes con sus propias parejas.

Ella era una belleza clásica, con esos kilos de más que solo una voluntad férrea pueden llegar a combatir y que terminan convirtiéndose en la marca inconfundible de la casa. Él, un tipo del montón, delgado, sin mayor gusto para vestir, contradictorio casi en todo. Ahora la halagaba delante de los camareros y de un par de decenas de comensales, y alguno quizás se preguntaba el por qué de su actitud casi fría, casi cariacontecida, casi ausente de ella. Apenas un pequeño gesto de placer afloraba sobre su rostro al degustar alguno de los platos del largo menú.

Al final de la cena, él pidió la cuenta y un taxi, y se lució con la propina exagerada de siempre. Ella olvidó las rosas sobre la mesa con la pericia de quien ya ha sobrevivido a una primera vez. Un novel camarero que no los conocía le quiso hacer notar el olvido, pero ella respondió con una mirada gélida y cortante dejando claro que no se las llevaría. “No soy de los que envían rosas”, le había advertido él al comienzo y ella lo había tomado como presagio de honestidad y buenas intenciones.

Pero esa era apenas una de las tantas cosas que él había dejado de cumplir. Allí estaban las rosas sobre la mesa como fieles testigos. Que no le volvería a dar una paliza era algo que también solía volver a jurar en ocasiones así: un largo menú, las muestras de cariño exagerado y el teatro galante frente al público presente, las flores, la vuelta en taxi. De regreso al lugar del maltrato. A la cueva del ogro de las rosas, a intentar empezar de nuevo.

Ahora, quieta, ya medio muerta, casi como ella debajo de su cuerpo atroz de rudo y cobarde varón, yace la palabra amor en el laberinto sin salida de su corazón.

.

.

. . . HjorgeV 11-05-2010

DESPERTAR A LA VIDA DE CARBÓN (Engendro)

La recordé.

Otra vez su ropaje latía verde en mis ojos,

como una comunión tribal.

El primer amor.

En el aire se dispersaban mil amalgamas

de mi pequeño ser

cuando sentía llamar su nombre.

.

Tan alta ella

y tan baja en cuestiones triviales y silvestres.

Tan alto yo

y tan bajo en cuestiones de amores.

Tan altos nosotros

y tan bajos en nuestras propias tribulaciones.

.

Despertar a la vida de carbón luego.

Vivir así el resto de la adolescencia

y luego la juventud sin ti.

.

Se me fue parte de la adultez y no te volví a ver.

Ahora moras en el espacio de la memoria

reservado al panteón de los recuerdos.

.

Volver a despertar a la vida de papel carbón luego.

.

.

HjorgeV 09.05.10