ROSAS (Relato)

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“No soy de los que envían rosas”, le había dicho él al comienzo, justo antes del primer beso, del primer amor. Y ella lo había tomado como una buena señal. Ahora las rosas adornaban nuevamente en un lindo ramo la mesa del restaurante y los comensales vecinos los miraban como seres llegados de otro planeta.

El romanticismo que emanaba de la escena no era algo que se podía ignorar. Hasta en tres oportunidades, él se había levantado y pasado a su lado de la mesa para darle un cariñoso beso en la mejilla. En una, hasta la abrazó con un cariño inusual. Una mujer sin pareja estuvo a punto de soltar una lágrima al contemplar la escena. Algunos hombres se avergonzaron de no ser ni un centésimo de galantes con sus propias parejas.

Ella era una belleza clásica, con esos kilos de más que solo una voluntad férrea pueden llegar a combatir y que terminan convirtiéndose en la marca inconfundible de la casa. Él, un tipo del montón, delgado, sin mayor gusto para vestir, contradictorio casi en todo. Ahora la halagaba delante de los camareros y de un par de decenas de comensales, y alguno quizás se preguntaba el por qué de su actitud casi fría, casi cariacontecida, casi ausente de ella. Apenas un pequeño gesto de placer afloraba sobre su rostro al degustar alguno de los platos del largo menú.

Al final de la cena, él pidió la cuenta y un taxi, y se lució con la propina exagerada de siempre. Ella olvidó las rosas sobre la mesa con la pericia de quien ya ha sobrevivido a una primera vez. Un novel camarero que no los conocía le quiso hacer notar el olvido, pero ella respondió con una mirada gélida y cortante dejando claro que no se las llevaría. “No soy de los que envían rosas”, le había advertido él al comienzo y ella lo había tomado como presagio de honestidad y buenas intenciones.

Pero esa era apenas una de las tantas cosas que él había dejado de cumplir. Allí estaban las rosas sobre la mesa como fieles testigos. Que no le volvería a dar una paliza era algo que también solía volver a jurar en ocasiones así: un largo menú, las muestras de cariño exagerado y el teatro galante frente al público presente, las flores, la vuelta en taxi. De regreso al lugar del maltrato. A la cueva del ogro de las rosas, a intentar empezar de nuevo.

Ahora, quieta, ya medio muerta, casi como ella debajo de su cuerpo atroz de rudo y cobarde varón, yace la palabra amor en el laberinto sin salida de su corazón.

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. . . HjorgeV 11-05-2010

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