UN PORSCHE EN LA PUERTA

Lo conocí cuando era un don nadie porque estaba a punto de ser despedido de su empresa y él ya lo sabía.

Vivía obsesionado por poder tener tiempo para visitar regularmente un gimnasio y desarrollar sus músculos sin un gramo de grasa encima.

Me atrajeron sus maneras, sus modales: el saberse al borde del abismo laboral parecía haberle prestado cierta aura casi mágica, como si las cosas no fueran con él. Un verdadero pasota de “alto nivel”, llegué a pensar.

Era otro el que caía, no él.

Conversando, me enteré de que éramos casi vecinos y de que lo echaban del trabajo porque se había vuelto peligroso para sus superiores más directos. Él era un ingeniero que quería hacer bien las cosas; ellos, funcionarios empeñados en ser dejados en paz. La eterna lucha de la innovación frente a la tradición.

-Están contentos con lo que tienen, pero la empresa da para mucho más. Con los cambios que propongo saldríamos ganando todos.

-Entonces, ¿por qué el miedo?

-Porque entonces la consecuencia natural sería que yo pasaría a ser jefe de ellos.

-¿Y los de más arriba? ¿No se enteran?

-Están demasiado cómodos como para abandonar su comodidad y preocuparse por una simple sección de la empresa.

También me contó que soñaba con ser padre y que acababa de separarse de su primera esposa sin haber tenido niños.

Una noche, tras una farra con amigos comunes, como éramos casi vecinos, le ofrecí a compartir el taxi y me dijo que estaba viviendo en un hotel.

-¿En un hotel?

Se había peleado con su pareja de ese momento porque se había quedado embarazada a pesar de un pacto explícitamente acordado.

-Podrías volver a intentarlo -le dije.

-Podría haber escogido el sofá -replicó él.

Añadió que lo del hotel era la demostración de que no pensaba tratar de remediar nada en esa relación.

Lo llamábamos el experto en «caimanas», en mujeres capaces de acabar con él de una sola dentellada.

Su inteligencia lo llevaba a querer comprender y anticiparse a los derroteros laberínticos del amor. Siempre se equivocaba y salía perdiendo.

-No me gusta prometer cosas que no seré capaz de cumplir -me dijo-. Pero me he prometido no volver a casarme. Pase lo que pase, no lo haré.

Esa noche le propuse dormir en casa, en el cuarto de huéspedes. Sonrió ante el ofrecimiento, como haciéndome recordar que éramos una familia numerosa. Le dije abiertamente que no creía que lo podríamos soportar un mes entero, pero que si se trataba de un par de semanas, no tendríamos ningún problema en alojarlo.

Después dejé de verlo.

La siguiente vez se dirigió a mí para hacerme un ofrecimiento:

-Te compro tu negocio -me dijo-. La empresa me ha pagado una buena indemnización y quiero empezar algo completamente nuevo.

En ese momento lo nuestro no estaba en venta y se lo hice saber.

-Puedo pagar un buen precio -insistió.

Le expliqué que un negocio como el nuestro era muy traidor y que alguien como él -un novato- podría patinar muy feo. Insistió de todas maneras, pero no consiguió convencernos.

Me quedé con la tranquilidad de haberle hecho un favor.

Dejamos de frecuentarnos y supe que había hecho varios intentos de abrir un negocio propio, entre ellos el peregrino de comercializar una tarjeta que podía adquirirse en las gasolineras y que tenía como fin permitir el acceso a material pornográfico exclusivo en la Red.

Hasta que encontró el hilo redentor en el sector financiero.

En la época en la que perdimos nuestro negocio, supe que había nacido su hija y que su empresa se encontraba en pleno ascenso meteórico.

De ser el amigo ávido de contactos y reuniones, había pasado a ser el lobo solitario sin tiempo para nada más que impulsar su empresa, obsesionado por el dinero y las posibilidades de acumularlo sin riesgos.

Soñaba con una gran casa para recibir a su hija de visita los fines de semana y un Porsche en la puerta.

Lo volví a ver cuando su padre se puso mal y a un paso de la muerte.

-No le queda mucho tiempo de vida -me dijo, como quien anuncia el deterioro de un paquete de acciones.

-Tal vez lo que necesita es verte un poco -le dije, por decir algo.

Cambió el tema para preguntarme por mis ocupaciones.

Le conté que me había decidido a empezar lo que llevaba años retrasando.

-¿Dedicarte a escribir, no? -fue su reacción, en la que no pude dejar de percibir una mezcla de asombro, compasión y repugnancia.

Al cabo de unos meses me lo volví a encontrar y me contó que su padre se había recuperado milagrosamente.

-Como necesitaba respirar aire puro, lo sacaba a pasear a un parque vecino por las tardes -me contó-. Esos paseos lo han salvado.

Le propuse reunirnos frente a un buen par de churrascos en el Colina.

Me dijo que no tenía su agenda en esos momentos y me pidió que lo llamara para concertar una cita y recordar los viejos tiempos. Ya se había comprado la casa y solo le faltaba el Porsche en la puerta.

Lo llamé dos veces, dejé sendos mensajes.

Como no recibí respuesta alguna, se me ocurrió desechar su número.

Después no supe nada más de él.

Lo volví a ver hace un par de días, tras casi dos años.

Tiene una nueva caimana, una que no oculta su decepción -debo imaginarme- por haber descubierto su absoluta renuencia al matrimonio. No se lo pregunté, pero, por su aspecto, parece visitar con frecuencia un gimnasio, si es que no se ha hecho instalar uno en casa.

Pregunté por su padre.

Me contó que había fallecido un año atrás y que su madre había seguido sus pasos unos meses después.

-Llámame para recordar los viejos tiempos -me dijo.

Evité el tema de mis dos llamadas perdidas con una pregunta que pensé que le gustaría responder:

-¿Y de qué color es tu Porsche?

-¿Sabes? -me dijo, con la sabiduría de un experto en esas cuestiones-. El Porsche es el símbolo de los que quieren llegar arriba. No de los que ya llegaron.

-De los aspirantes quieres decir.

Añadió un nada misterioso guiño ocular. Temí que quisiera empezarme a hablar de su primer o segundo millón de euros ganados pero nos circunscribimos a preguntar por viejos amigos y conocidos.

En un descuido de su pareja, le pregunté discretamente si seguía viviendo solo en su gran casa.

Movió la cabeza afirmativamente.

Casi al oído, me confesó:

-Dice que solo se iría a vivir conmigo si nos casamos.

-Ah -le respondí, recordando su promesa hecha en el taxi.

Me quedé observándolo un momento para saber si estaba reconociendo con pesar o alivio que se encontraba inmerso en una relación ya muerta. Después hablamos de todo y de nada, hasta que su pareja hizo un gesto que entendí como una orden castrense.

Hemos quedado en comunicarnos uno de estos días.

Para recordar los viejos tiempos, como a él le gusta llamarlos.

2005

.

.HjorgeV 16-05-2005.

HjorgeV 16-05-2005

. HjorgeV 16-05-2005

-2005

.

.

-05-2005

Anuncios

One comment

  1. Buena historia :)!

    Rpta.: Hola Daniel: Gracias. Es real. Que estés bien. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s