MI PARTICULAR BARRANCO (1)

El poeta tenía un nombre rimbombante, un seudónimo ingenioso y una obra legendaria y mítica.

Yo era aún un adolescente cuando escuché hablar de él y de su obra. En esa época se decía que vivía los últimos años de su vida entregado a la bebida.

Me compré su novela con el dinero que una señora alemana me daba para apoyar mis estudios universitarios.

Por su ayuda le daba un par de besos a escondidas de tarde en tarde, sin que hubiéramos hecho ningún acuerdo al respecto.

El poeta se llamaba Rafael de la Fuente Benavides y un pensador peruano -Mariátegui- describió su seudónimo así: «Martín, nombre de mono. Adán, apelativo del primer hombre».

Empecé a leer La casa de cartón de Martín Adán con la fruición del que busca grandes aventuras, pero recuerdo que me quedé dormido como un niño la primera vez.

Tuvieron que pasar varios años hasta descubrir que se trataba de una novela especial, de una novela poética, y que su magia radicaba en su lentitud existencial, en su intento por permanecer prisionera del tiempo, por perdurar recluido en él, regocijándose en el recorrido circular y cerrado de las cosas, de sus personajes y sus acontecimientos.

El escenario de la novela era un balneario limeño de finales de los años veinte del siglo pasado.

Cuando empecé a leerla, Martín Adán ya había empezado su particular peregrinaje por un manicomio y dos hospitales hasta encontrar finalmente la muerte (la única detención posible y verdadera del tiempo) en un albergue de ancianos desamparados.

Así era también su poesía.

Tenía el mismo misterioso desamparo en/con el que terminó su vida, el hermetismo de las salas de hospital, las rutas absurdas de los manicomios; el dolor poético de quien se sabe un simple prisionero del tiempo.

El balneario en cuestión era Barranco.

Había dejado de ser tal -un balneario, un lugar de peregrinación estival- hacía muchísimos años.

Ahora era un simple barrio limeño al pie de los acantilados, al borde del barranco frente al mar Pacífico, un barrio que empezaba desmoronarse (desbarrancarse) en más de un sentido.

A ese Barranco perdiéndose en el olvido y herido de nostalgia me llevó esa señora alemana en uno de nuestros furtivos paseos.

A ella le gustaba descubrir lugares interesantísimos de Lima que yo desconocía y que luego le gustaba mostrarme, como diciendo: “Mira, estas cosas lindas tiene tu ciudad y no las conoces”.

Parques, plazuelas, esquinas, calles y avenidas que su ojo paciente, extranjero, rastreador y estético iba descubriendo para mí, limeño de rutas e itinerarios más triviales.

Mi primer viaje a Barranco tiene que haber sido al zoológico que existió en sus lindes, al pie de la quebrada de Armendáriz.

Mi madre no conserva ninguna fotografía, pero yo estoy seguro de ello. Es imposible olvidar un zoológico con vista a una quebrada y a un mar como el Pacífico.

Una de mis tías era de Barranco y uno de mis compañeros de universidad era barranquino. Y a los dos los unía un orgullo nostálgico por su barrio: entre otras cosas, añoraban -acaso sin haberlos conocido- los famosos bailes de carnaval en la plaza central, a los que llegaban orquestas desde Cuba u otros lejanos países.

También llegué a tener una novia (enamorada decimos los peruanos) en Barranco.

Una novia de pocos atardeceres (y pocos besos) que vivía en una casona que parecía salida de un cuento de hadas, pero de uno polvoriento, preso del olvido y del descuido, una casona rodeada de sus pares, en una calle que ahora se me antoja recordarla como un anciano a punto de perder la memoria de tanto pasado grandioso que recordar.

Para entonces, yo seguía con la fijación del otro Barranco, del de mi niñez: el del zoológico y su laguna, el del paso obligado para llegar hasta una playa que ya entonces había pasado de moda, La Herradura.

Seguía con la fijación del Barranco al pie de la Quebrada de Armendáriz, justo al otro lado del Miraflores de Mario Vargas y de mi colegio: dos distritos como dos hermanos gemelos separados por una gran cicatriz, la gran bajada a la playa.

Ahora que lo recuerdo, la novia que tuve en Barranco vivía en una calle que llamaban paseo, y que era como un museo tan antiguo, que sus piezas expuestas parecían confundirse con su propia arquitectura.

Creo recordar que fue esa misma señora alemana la que me llevó a interesarme por la obra de Martín Adán. Pero desconozco si fue así porque el el poeta estuvo en el/la Deutsche Schule de la Lima de entonces.

Y fue ella misma la que me llevó por primera vez a descubrir el Juanito, una de las pocas tabernas verdaderamente centenarias de la capital peruana (y acaso del mundo) y que aún conserva la mayor parte de su mobiliario y la arquitectura de sus inicios.

Para entonces, yo ya había descubierto un par de años atrás otro Barranco más, el refugio de enamorados furtivos: el del Puente de los Suspiros y sus vistas al mar, el de la idílica bajada a la playa, arena erótica nocturna incluida.

Di mis segundos besos juveniles justamente sobre ese puente, que a la sazón se encontraba cumpliendo su primer centenario, ósculos que se completaban en uniones más ardientes y verdaderas (punto de vista juvenil), abajo, en la playa, de noche, al amparo del ruido del Océano Pacífico y de las sombras.

(Hoy sé que entre esas sombras también debía haber sombras humanas: los mirones.)

Los besos sobre el puente los daba entonces con -por lo menos- un ojo y un oído puesto en sus estructuras, por si alguna empezaba a crujir.

Barranco era entonces un distrito que debía haber empezado una segunda o tercera decadencia tras la más grave en plena mitad del siglo pasado, cuando Lima empezó a modernizarse y la clase media verdaderamente pudiente empezó a preferir otros barrios más de moda y casas más funcionales y modernas.

El Barranco de mis años universitarios limeños era un barrio que alojaba solo un par de peñas criollas y en el que acababa de comprar una casa Mario Vargas, hecho visto entonces más como un gesto nostálgico que como la potente inversión que ahora tiene que haber llegado a ser.

Otro de sus habitantes notables era el artista Víctor Delfín, de quien se decía que permitía más o menos a cualquiera la visita a su taller para admirar sus esculturas. Nunca tuve esa suerte.

Recuerdo una noche en especial en una de esas peñas criollas, acompañando a una europea -mi pareja- y una peruana llegada de Alemania.

El modo tan sutil con el que esta última me birló a mi chica, haciéndome creer (o acaso sí era cierto) que unos narcotraficantes nos estaban persiguiendo.

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HjorgeV 20-05-2010

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