MI PRIMER MUNDIAL

Como soy peruano, no debería permitírseme escribir sobre un Mundial de fútbol.

¡Llevamos casi 30 años sin clasificarnos para uno!

30 años son una generación y media.

En 30 años un ser humano puede llegar a ser abuelo.

Acá en Alemania, país en el que juegan mis compatriotas Pizarro y Farfán con bastante éxito, suelen hacerme la misma pregunta una y otra vez (la Dolorosa):

«¿Y Perú por qué no está en el Mundial?»

Como uno tiene que saber respetarse y hacerse respetar, les suelto mi respuesta estándar:

«Nosotros no jugamos contra el Vaticano, pues.»

Luego aclaro la broma y me extiendo:

«Nosotros no jugamos contra Lichtenstein, las Islas Feroe o San Marino. La clasificación la jugamos contra Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Paraguay, Colombia, Ecuador, Bolivia.”

Les suelto la lista y los que saben de (algunos datos de) fútbol, saben que todas estas últimas son selecciones que han estado por lo menos alguna vez en un Mundial y las primeras no.

(Falta Venezuela para completar el grupo, el único país de la Conmebol que no ha participado en un Mundial, y, sin embargo, una de las selecciones con mayor futuro en nuestro continente. Le ganó 2-0 a Brasil en el 2008, por ejemplo. Un gusto que se han dado pocas selecciones en el mundo.)

El caso de Alemania es, obviamente, diferente.

Y eso, en más de un aspecto, se entiende.

Pero todo esto no explica por qué Perú lleva 7 mundiales sin participar.

Creo que otra explicación está en que los llamados mercenarios (futbolistas que se ganan el pan millonario sirviendo en ligas extranjeras) cuando viajan al Perú en la ronda clasificatoria, lo hacen más para pasar el tiempo con la familia y los amigos, divertirse y relajarse, que para defender, para darlo todo por su selección.

No es un reproche.

Ya lo dijo alguien:

De esta vida no vamos a salir con vida.

Así es que cada uno tiene derecho a gozarla como mejor le parezca. (Aunque a algunos les parezca un crimen que por su falta de implicación en la misión mundialista hagan sufrir a tantos aficionados.)

Por mi parte, tengo otra explicación para añadir a nuestro deficiente o prácticamente inexistente sistema deportivo nacional, a la ineficiencia y corrupción de nuestros dirigentes deportivos, a la falta de infraestructuras adecuadas y a la desorganización más o menos generalizada, reflejo de la otra nacional.

Una explicación que tiene que ver con las olas migratorias dentro del mismo país, productos de la gran crisis económica de la segunda mitad del siglo XX que azotó a toda Latinoamérica, y de la guerra civil que tuvo a Sendero Luminoso como su principal protagonista.

En la época “de oro” del fútbol peruano, cuando Alianza Lima (un combinado limeño, en realidad) le ganaba al Bayern Múnich y la selección se clasificaba al Mundial de México nada menos que dejando a Argentina atrás, el fútbol era el deporte popular por excelencia y la ocupación principal y básica de los niños limeños.

El fútbol era un típico deporte de barrio.

Parafraseando parcialmente al poeta Valdelomar, entonces el Perú era Lima y limeña era la liga profesional, puesto que la mayoría de los equipos que la conformaban eran capitalinos.

Pero en los años setenta todo empezó a cambiar de golpe con la migración del campo a la ciudad, principalmente de los Andes a Lima.

Empezaron a fundarse los primeros pueblos jóvenes: comunidades improvisadas con viviendas improvisadas sobre terrenos invadidos por un par de cientos de habitantes.

Y entonces todo se empezó a alterar.

El Perú empezó a cambiar -para bien y para mal- y con él Lima y su sistema de fútbol barrial.

Hoy, los pueblos jóvenes de entonces son verdaderas ciudades que llegan a pasar el millón de habitantes y me atrevo decir que cada calle no tiene su equipo de fútbol como más o menos era antaño en la Lima barrial y en toda la costa norte del Perú.

De mis vacaciones norteñas, por ejemplo, (jugábamos al fútbol en la calle antes de almorzar, por la tarde en la playa y al atardecer otra vez en la calle) recuerdo especialmente los partidos que se ‘armaban’: Calle Tarata contra Calle Lima, Calle Tacna contra Calle Arequipa, etc.

Eran otros tiempos.

El fútbol no es el negocio redondo que es ahora.

Los arqueros se vestían de negro (imitando el estilo de Lev Yashin) o con una camiseta de un solo color llamativo: amarillo patito o celeste. (Sin inscripciones ni propaganda de ningún tipo salvo el número del jugador -pero no su nombre- y el emblema del club.)

Los porteros también llevaban rodilleras, coderas y no se había generalizado aún el uso de guantes.

(Como todo niño, yo también tenía mis sueños y uno de ellos era volar. Pero volar para detener el vuelo de una pelota: es decir, ser arquero. Consecuentemente, me iba a la cama y me dormía con mi uniforme -improvisado- de guardavalla.)

Hoy -como en una involución de la evolución- los guardametas usan pantalones y camisetas cortos sin rodilleras ni coderas, pero, eso sí, guantes que en mi época habrían parecido de ciencia ficción.

(Le acabo de comprar un par a mi hijo de nueve años y tenían que ser con un sistema que evita que los dedos se doblen hacia atrás. Y la nueva pelota, por supuesto, tenía que ser la del Mundial sudafricano.)

Pienso que el fútbol no es más lo que era antes.

Lo digo como jugador aún activo (en mi categoría de mayores de 32).

Y eso, felizmente.

Y lamentablemente, también.

Si alguien me hubiera contado entonces que alguna vez existirían grandes grupos humanos que asisten a un estadio pero no para ver un partido sino para armar revueltas y desmanes o hacer la fiesta con el partido de fondo y a sus espaldas, me habría parecido una simple fábula.

¡Nosotros podíamos mirar todo un partido por un resquicio del estadio, escondidos debajo de los asientos o subidos a un árbol!

¡Y qué no dábamos por una entrada!

¡Por ver jugar!

(Soy de los que se detienen ante un partido o una simple pichanguita: de la calle, de un parque, de una playa cualquiera.)

Hoy el menos pintado puede tener la camiseta de cualquier equipo o selección. Basta pedirla por la Red.

Para nosotros entonces, conseguir una -cualquiera- era una odisea que muchas veces no se solucionaba ¡ni con dinero!

Mi primer Mundial lo vi en blanco y negro.

La televisión a colores vendría un par de años después.

Hay que imaginárselo en esta era de las comunicaciones al instante: ver un partido en blanco y negro.

Blanco y negro.

El color de las pieles de los jugadores de la increíble e inmortal Canarinha de ese México 70: Gerson, Rivelino, Tostão , Jairzinho. Solo para nombrar a algunos. (Entonces se la llamaba Scratch.)

Y ya que estamos en color de pieles.

Sí.

Messi es genial (y espero que sea campeón) y Maradona el cielo.

Pero para mí sigue existiendo un solo dios.

Y la piel de ese dios tiene el mismo color de la de muchos de los futblistas peruanos de ese México 70, mi primer Mundial: Teófilo Cubillas, Julio Baylón, Alberto Gallardo. Afroperuanos los tres.

Estoy hablando del dios afrobrasileño que a los 17 años se echó a llorar sobre el hombro del portero Gilmar tras ganarle en la final a Suecia en su propio Mundial sueco. (Habría que verlo: los suecos haciéndose los suecos.)

Ese menino acababa de conseguir el primer título para Brasil y la primera de sus tres Copas del Mundo personales.

El mismo mozalbete que había visto llorar ocho años atrás a su padre tras la derrota ante Uruguay en el Maracaná y le había dicho para consolarlo:

“No llores papá, yo te voy a traer la Copa del Mundo”.

El niño de nueve años que había hecho esa promesa (¿este próximo 11 de julio, cuántos niños la harán por todo el orbe?) se llama/ba Edson Arantes do Nascimiento (Três Corações, Minas Gerais, 1940), el mayor goleador de la historia del fútbol:

1.282 goles en 1.366 partidos.

¿Quién lo hace hoy en día?

Vuelvo a leer las cifras y me vuelven a parecer increíbles.

Recurro a la calculadora.

¡0,938 goles por partido!

Se lo comento a mi hijo germano-peruano de nueve años, el de los guantes indoblegables y la pelota del Mundial:

“¡Casi un gol por partido!”, es su respuesta inmediata.

¿Quién lo hace hoy en día?

Si el Perú de México 70 sigue siendo la lucecita que mejor alumbra los recuerdos de mi niñez de pantalones cortos y con la pelota como compañera eterna desde la mañana hasta la noche, Pelé sigue siendo para mí el non plus ultra indiscutible.

El dios de mi primer Mundial.

Y Sudáfrica, ahora, el primer Mundial de mi hijo de nueve.

Que no me prometa nada de aquí a un mes, le rogaré.

Tu padre es un simple peruano, le explicaré.

.

.

HjorgeV 11-06-2010

Nota 1: Mis favoritos son -en ese desorden-: Argentina, Brasil y España.

Nota 2: Le vuelvo a desear lo mejor a México, Uruguay y Paraguay.

Nota 3: Mi favorito secreto para llegar a las semifinales: Chile.

Nota 4: Espero más de una sorpresa de Honduras.

Nota 5: La trayectoria deportiva de Maradona y Messi está documentada. De Pelé solo un 30%.

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2 comments

  1. Hola Jorge, que buen post! Sobre todo esa frase “De esta vida no vamos a salir con vida.”, recuerdo muy vagamente España 82 pero sí claramente México 86 y el chile verde con el sombrero mexicano, Maradona con su pelo ensortijado (en ese entonces era “Pelusa”, no “D10S” ni aparentemente andaba liado con la blanca), los pantalones recontra cortos y ceñidos de los futbolistas (moda similar aunque llevada al extremo por las voleybolistas de Seúl 88, y después hay gente que dice que “en el pasado todo era más recatado”); comparto tu opinión sobre los “mercenarios” y bueno, es algo ilógico que Burga esté sentado en Sudáfrica viendo los partidos en cómodas localidades mientras que el fútbol peruano está cada vez peor…

    Espero que éste sea el mundial de Messi y que Argentina campeone, una final los tanos y los chés sería bacán! Suerte a Nigeria y a Alemania, mis otros grupos favoritos, aunque la furia roja quizás de sorpresas, saludos!

  2. Me gustó tu post, Jorge. Desde Brasil en 1974 he tenido mi primera experiencia con el Mundial. Se jugaba en Alemania y la pasión brasileña nos envolvió en una locura toda exagerada, jubilosa y extremadamente brasileña. No hay nada como vivir en Brasil ese tipo de evento. Cada gol era festejado por gritos y reuniones espontáneas en la calle con bailes y cuetes. Una experiencia inigualada para mí. Pasaban por la radio canciones para alentar al equipo que todavía recuerdo. He conocido al futbol por la mirada de los paulistas y coincido con vos con que Pelé, el gran Pelé fue el jugador por excelencia, ese año no jugó y los brasileños llegaron a una cuarta posición, creo, o quinta, ya no sé. Desde ese entonces vivo los mundiales con emoción. Pero mi equipo es el argentino, no lo puedo evitar… aunque creo que España tiene una buena posibilidad de ganar, habrá que ver, ¿no? Te deseo un feliz mundial Jorge, con un abrazo montrealense.

    Inés

    Rpta.: Hola, Inesísima. Creo que me pasaré el mes comentando los partidos que iré viendo. Qué bueno que no detestes el fútbol. Suelo entenderlo. Gracias por tus líneas. Un saludote desde los arrabales de Colonia. HjV

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