EL MUNDIAL DE LOS QUE LA SABEN MOVER

Vi el partido de Alemania contra Serbia en “campo” alemán.

Fue en un patio de una antigua granja de este pueblucho de la periferia de Colonia que ahora acoge varios cómodos departamentos y oficinas.

Había una pantalla gigante, salchichas a la parrilla y cerveza (a un euro el vaso de 0,2 L), buen ambiente general, con mis vecinos alemanes -todos, unos 250 en total- convencidos de que el juego contra Serbia sería otro paseito.

Antes del partido hice dos apuestas.

-Uno a uno -le dije primero a la joven que se encargaba de recibirlas.

-¿Uno a uno? -me preguntó con extrañeza. Otra que estaba cerca, y me conocía, dijo: “Es que no es alemán”.

-No es por eso -dije-. Deseo que gane Alemania, pero otra cosa es la realidad. Mi segunda apuesta es 1-2.

-¿Contra Alemania?

Asentí.

Al final resultó que no estuve tan lejos, y, si Podolski no hubiera errado el penal, habría sido el único ganador con mi primera apuesta.

El equipo teutón se lució contra Australia, pero con Serbia volvió a la dura realidad: jugadores con -a veces- graves problemas para controlar el balón, distribuirlo y dispararlo; falta de fluidez en el juego de conjunto, poco sentido de los espacios; ausencia de ideas y de entusiasmo.

La alabada Alemania se redució a lo que era antes del partido contra los cándidos australianos: un conjunto de jugadores que contra la abuela pueden jugar bien, pero que contra un simple gallito se les puede caer la máscara.

¿Exageró el árbitro español con sus tarjetas amarillas y la expulsión de Klose?

Los gritos y los silbidos de los presentes así lo indicaban.

Disiento.

En todo caso, ¿cómo se le puede ocurrir a un jugador ya amonestado con tarjeta amarilla atacar a un rival por detrás y no muy lejos del centro del campo de juego?

Un misterio.

Por lo demás, el resultado no me ha asombrado, pues los jugadores germanos han hecho lo que suelen mostrar los fines de semana cuando se juega la Bundesliga: mucha mediocridad adornada por un par de chispazos de buen juego.

Pero nunca de genialidad ni excelencia.

Algo que sí he visto en las selecciones de Argentina, México y Chile -que, incluso, tienen gol-, y en la de España a pesar de su derrota frente a Suiza. (Brasil nos debe todavía no solo un buen partido y más goles no casuales sino jugadas individuales para deleitarse y combinaciones geniales.)

Tendría que jugar muy mal Ghana o tener mucha mala suerte para perder frente a esta Alemania el próximo miércoles. Aunque con los equipos africanos nunca se puede saber y a veces se desploman sin ninguna presión especial. Otro misterio.

Después de ver a la soporífera Inglaterra contra una entusiasta pero incapaz Algeria, a una desnortada Holanda ganándole con ayuda de su propio arquero a Japón, a una triste Francia con graves problemas internos y a una Alemania aterrizando sin paracaídas, me parece cada vez más claro:

Este Mundial no será de los llamados “grandes” del Viejo Mundo.

Sino de los que hasta ahora han demostrado que realmente saben de qué va el juego y cómo llegar al arco rival.

Este será el Mundial de los que realmente la dominan, la mueven, la pisan.

De aquellos a los que el balón -Jabulani o no- realmente les obedece.

.

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HjorgeV 19-06-2010

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