ESTUPIDEZ SUECA: ESTULTICIA MUNDIAL

Me sorprende este mundo.

En medio de la peor crisis económica -acaso- de toda la historia de la humanidad (porque ahora la crisis es global, recién acaba de empezar y los mercados y las economías están tan imbricados entre sí que un paso al abismo financiero de uno puede arrastrar a todos), en un país del llamado ‘Primer Mundo’ (con esto ha demostrado que Suecia no lo es) se escenifica una fastuosa escena propia de un cuento de hadas pero pagada con el dinero de los propios contribuyentes suecos.

Esto tiene varios nombres.

Para empezar, estupidez.

Que un grupillo minúsculo de personas se crea sus propios cuentos de sangre azul, noblezas y princesas, puede ser motivo de burla para muchos, a lo más.

Pero cuando esos ‘derechos’ están consagrados en las constituciones de varios países de los llamados ‘desarrollados’ y se sufragan con el dinero de todos sus contribuyentes, entonces, más que estupidez, es un disparate.

Y un abuso, de paso, contra todos aquellos que no tuvieron la ‘suerte’ de nacer privilegiados por el mismo Estado y conforman los ejércitos de desempleados (un millón en Suecia), pobres y olvidados, y gente sin ventajas innatas que también tiene Suecia.

Además está el culto (estatal) a la personalidad, que es justamente uno de los más graves problemas actuales de la política internacional actual: baste mencionar los casos de Corea del Norte, Irán y Cuba, por ejemplo.

Le comenté todo esto a una pareja de mujeres alemanas y me hicieron notar algo: el flujo de turistas atraídos por este espectáculo propio de Disneylandia es tal que puede haber resultado un gran negocio para Suecia.

¿Justifica el lucro, la ganancia, esto? ¿Es decir, la proclamación estatal de la vanidad, la propaganda mundial de lo fatuo?

En nuestro mundo actual, por lo visto, sí.

Dejar en el desempleo y sin techo a millones de personas por todo el orbe para poder garantizar la rentabilidad de empresas privadas, es decir, para garantizar el aumento de la ganancia de un grupillo de inversores o dueños ricos que deberían saber y respetar que las bancarrotas forman parte del -su propio- sistema, se ha vuelto algo normal.

Hacerlo con el dinero del Estado, o sea, de todos, también.

La estupidez de la economía, vale decir, quitarle al pobre para hacer más rico al rico ahíto (si la idea es Estimular el Consumo, ¿por qué permitir más acumulación de riquezas de quien no tiene mil vidas para gastarlas y no dárselas mejor a quien sí podría consumirlas inmediatamente y, además, las necesita con urgencia?), se ha trasladado ahora a la vida social.

Cuando los presidentes o poderosos africanos organizan sus propios fastos absurdos, Occidente se levanta soliviantado.

¿Cómo se puede hacer eso en un continente que se muere de hambre?, se pregunta, verdaderamente indignado.

¡Los africanos llevan siglos esperando copiar los fastos de Occidente que antes se hacían pagados con su trabajo gratuito y a punta de látigo y dolor!

(Sin olvidar lo del secuestro de por vida que era la esclavitud y sin soslayar que ahora Occidente le regala migajas de su pan a África a cambio de siglos de explotación inhumana y lucro propio. Y mal aprovechado, de paso.)

Y si esto no basta como discurso, entonces se podría hacer ahora la misma pregunta a los suecos y ponerles un solo argumento:

¿Cómo se puede hacer esto en un mundo en el que se nos muere un niño de pobreza cada tres segundos?

Empero, la estupidez no es solo sueca.

Aquí en Alemania (en la Alemania progresista que pretendía ser diferente después del Holocausto, en un mundo ávido de lucro y de acumulación diogénica de riquezas) los medios de comunicación -con los estatales a la cabeza- se han pasado estos días aplaudiendo turulecos frente a los fastos suecos.

Y aquí están mis convivientes alemanes, lejos de sus sueños de una sociedad mejor, más justa, culta y solidaria, babeando frente al cuento de hadas sueco y al borde de las lágrimas porque esa otra fábula infantil que es el fútbol puede terminar en una tragedia temprana para ellos.

¡Oh, Progreso!

Muy bien, los que gustamos del ajedrez que se juega con los pies, deberíamos ser justos con los que babean -literalmente- ante las bodas de princesas de trajes de cola de varios metros (símbolo temprano histórico de abundancia) y príncipes que antes eran sapos (otro símbolo temprano de la coincidencia en un 99% del mapa del genoma humano con el del ratón).

El fútbol también se puede leer como una fábula infantil (tiene sus reyes desnudos, sus patitos feos, su Cenicienta inicialmente despreciada y sus sastrecillos valientes) y el Mundial -con sus fastos propios y millonarios- también se hace en el mismo continente que se muere de hambre.

(Por lo menos no es asunto estatal. Qué consuelo.)

Fútbol frente a la Prensa del Corazón.

La Sublimación de la Guerra versus la Vanidad Pura.

Ejercicio Muscular frente al Ejercicio de lo Fatuo.

Estupidez contra Estulticia, acaso no con poca justificación, podría decir alguno.

.

HjorgeV 20-06-2010

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