LOS ROSTROS DEL MUNDIAL

Las ciudades suelen tener varias caras, diversos rostros.

A mí me fascinaban especialmente las horas del amanecer limeño en tiempos de calor, cuando la ciudad todavía dormía pero ya empezaba a desperezarse.

Después están los rostros de cualquier ciudad de día y de noche.

Las ciudades en invierno y en verano.

O cuando se visten de fiesta o de luto.

Una novia alemana me dijo una vez en Lima, antes de que yo siquiera soñara con abandonar mi país y menos para llegar al suyo, que lo que más extrañaba, lo que más echaba de menos de su país, eran las estaciones del año.

El cambio de la naturaleza, de la vegetación, especialmente, a lo largo del año; el desfile de colores en el paisaje y los cambios de temperatura; la acción del agua en todas sus formas sobre la superficie terrestre.

Como limeño, acostumbrado a dos estaciones anuales (tiempo de frío y tiempo de calor, ambos sin lluvia), esas eran cosas que no podía entender porque simplemente no podía imaginármelas. El limeño vive soñando con una estación permanente de calor. Y, como cualquier ser humano cualquiera, cuando esta llega puede llegar a maldecirla.

No es diferente aquí en Alemania.

Ayer, el rostro que mostraba Colonia me tomó completamente por sorpresa.

Había ido al aeropuerto a recoger a mi madre que venía de Lima y, al regreso, para variar, volví a confundir las autopistas.

El que ha nacido aquí no tiene mayores problemas. Sabe desde niño que la A3 lleva a tales y cuales ciudades, lo mismo de la A1, 2 y 4, y que la 59 te puede llevar a Dusseldorf lo mismo que la 52. Y que alrededor de Colonia existe un nudo de autopistas que todos conocen.

Menos yo.

Por temor de ir a parar a Dusseldorf u otra ciudad, tomé el primer desvío hacia Colonia y me resigné a atravesarla de cabo a rabo. Me dije que de paso estaría haciendo de guía turístico para mi madre y me lo tomé de buen grado.

Escogí una ruta por la que no había pasado por lo menos dos años. La última vez había sido en invierno, los árboles estaban desnudos, las calles se habían quedado casi desiertas por el frío y la nieve blanqueaba el paisaje urbano como lo hace solo cada decena de años en esta región.

Mis hijos me hicieron recordar que entonces había detenido nuestra camioneta y me había bajado y me había puesto a bailar sobre la nieve.

Ya ni lo recordaba.

Y sí, era cierto. Había visto la ciudad nevada después de muchos años entonces y había recordado mi primera nieve en Colonia, como quien recuerda la inocencia perdida, y había querido celebrarlo con un baile corto y solitario sobre el níveo suelo, ante la atónita mirada de mis convivientes alemanes.

¿Quién detiene su automóvil en una ciudad para ponerse a bailar sobre la nieve?

Ayer venía tenso del aeropuerto porque, confiado en los sistemas de información, esperé en la salida indicada, pero se había tratado de un error informativo y pasamos un buen susto al ver que no llegaba mi madre.

Felizmente, un joven alemán y una venezolana la habían ayudado todo el tiempo y la acompañaron hasta que la pude ubicar.

De la emoción, les agradecí efusivamente el gran favor desinteresado a los dos y me despedí casi entre lágrimas, pero olvidé preguntarles si podía hacer algo por ellos. Llevarlos en la camioneta, por ejemplo.

Faltaba poco menos de una hora para el inicio del partido cuando empezamos a cruzar la ciudad y las calles ya habían empezado a transformarse: los colores de la bandera alemana se podían ver en los rostros de los coloneses, en banderas colgando de las ventanas y en los banderines de los automóviles.

En varios puntos claves se veían enjambres tupidos de bicicletas que nunca antes había visto en mis largos años en este país. (Para poder beber, la gente deja sus automóviles y se mueve en dos ruedas.)

Cómo ha cambiado Alemania, pensé, de la mano de la tecnología de las telecomunicaciones (pantallas gigantes y televisores de plasma) y de cierto creciente interés por el fútbol que antes no existía en Teutonia.

Mi primer Mundial en este país, justamente el de la Mano de Diego en el 86, lo vi casi clandestinamente (porque había que oscurecer la sala por completo para ver las imágenes y el público era escaso), en el único bar universitario colonés que en ese entonces ofrecía ese servicio, rodeado de los pocos latinos que había entonces en Colonia y un par de universitarios alemanes más despistados que nada.

Hoy, y desde el Mundial de Alemania hace cuatro años, ya se ha generalizado el llamado Public Viewing: un neologismo para referirse a las retransmisiones gratuitas hechas en pantalla gigante para grandes masas humanas.

(Curiosamente, la expresión se usa en el ámbito anglosajón también para referirse a un velorio público, como el que se usa para honrar a ciertos personajes importantes. Así como aquí el celular o móvil se llama Handy, y todos creen que es un uso inglés o norteamericano.)

En Berlín, por ejemplo, se reunieron ayer nada menos que cerca de 300.000 personas para ver el partido contra Ghana frente a la Puerta de Brandenburgo.

El fútbol, la nueva religión, está cambiando a este país de gente que vive aislada, a esta nación de mentes cerradas y mentalidades muchas veces hurañas.

El Mundial ha conseguido volver a sacar a los alemanes a las calles para vivir pública y colectivamente una serie de emociones que en otras ocasiones (entierros, bodas, simples cumpleaños) no son expresadas: euforia, alegría, arrebato, llanto, decepción, júbilo, alivio, terror.

Los alemanes han descubierto un nuevo entretenimiento: gritar, vibrar, temblar y hasta llorar en masa.

(Hitler debió intuir esa inclinación del pueblo teutón -¿o es humana?- y la usó para sus dementes fines.)

LA MANO DE DIOS

Un lector hondureño -Román Pineda- me ha hecho recordar todo esto y también mi primer Mundial en Alemania al mencionar la doble mano de Fabiano en el partido de Brasil contra Costa de Marfil.

Así fue, efectivamente.

Por otra parte, menciona la conducta del árbitro francés que dirigió el partido entre Brasil y Costa de Marfil, quien habría advertido la mano de Fabiano y le preguntó al respecto para cimentar su decisión de aprobar el gol.

Esto es algo que no se ha comentado mucho. Curioso, porque ¿desde cuándo un juez consulta a un jugador para poder tomar sus decisiones?

Lo que sí no se ha mencionado, por lo menos no abiertamente en los medios alemanes, es la mano de Lahm ayer en la puerta del arco germano.

En la repetición se ve claramente que la pelota le golpea en el brazo derecho y no solo en el pecho.

Los comentaristas de la televisión alemana ignoraron por completo el asunto ayer y hoy la principal revista deportiva de este país, Kicker, lo menciona entre paréntesis y como una pregunta: “con el pecho (¿y con el brazo?)”.

Otra vez en este Mundial, un equipo africano es el perjudicado. Y otra podría haber sido la historia si esa mano alemana le hubiera costado a Ghana el paso a la siguiente ronda.

Si Fabiano dijo que no, obviamente mintió. Después aprovechó la ocasión para compararse con Maradona al declarar: “Quizás fue la mano sagrada de dios”.

Muchos pensamos que cuando El Pelusa dijo que “si ha habido una mano, ha sido la de dios” no había mentido pues se estaba refiriendo a sí mismo (considerándose dios o un dios).

Pues no, porque luego en su biografía declaró lo siguiente:

«Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento no podía, lo que en aquel momento definí como “La Mano de Dios” Qué mano de dios, ¡fue la mano de Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses también.»

Pienso que el gol con la mano de Maradona no se puede comparar al de Fabiano con los brazos.

El primero fue un gran acto de picardía y de coordinación física que consiguió convencer al árbitro de su falsa validez.

Una falsificación perfecta.

El del brasileño, a pesar de su belleza por los dos sombreros seguidos y el buen disparo final, es un manual de cómo no hay que utilizar los brazos al parar el balón con el pecho.

En el primero, Maradona no tenía más que ese recurso ilegal para hacer su gol falso. Fabiano, en cambio, también pudo haber hecho su gol de forma reglamentaria de haber tenido más cuidado.

Por lo demás, el partido de Argentina contra Inglaterra de México 86 tenía un cariz especial porque cuatro años atrás, en 1982, los militares de la dictadura argentina habían decidido recuperar en acto populista las Islas Malvinas (invadidas desde 1833 por Inglaterra y que Argentina sigue reconociendo como suyas) y el tiro les había salido por la culata.

La llamada Guerra de las Malvinas fue no solo un fiasco que precipitó la caída de la dictadura argentina, fue también una matanza absurda en la que murieron más de 900 personas: 649 militares argentinos, 255 británicos y 3 mujeres isleñas cuya casa fue bombardeada por error.

La mano dura de la Dama de Hierro Margaret Thatcher fue “vengada” así con la mano falsificadora de un joven argentino que provenía de los estratos más pobres del país que alguna vez había llegado a ser una potencia mundial y que en esos años andaba metido en una crisis de la que hasta ahora no se ha podido recuperar del todo.

Algo interesante que anotar respecto al gol falso de El Pelusa:

El locutor argentino se alegra por el gol ilegal de Maradona, pero reconoce abiertamente que ha sido hecho con la mano, como se puede apreciar en este video.

Mientras que anoche con la mano de Lahm los comentaristas alemanes se hicieron simplemente los suecos, a pesar de la nitidez de las imágenes.

Y con ellos millones de alemanes delante de cientos de pantallas gigantes por todo el país.

Italia se ha despedido.

De los llamados “grandes” (qué término tan anticuado) solo quedan Alemania y Brasil.

Invito a apostar por Chile y Paraguay -a pesar del antifútbol de este último, junto con mi apuesta primera por Argentina- para llevarse esta Copa del Mundo.

Pero no porque sean los mejores.

Solo porque creo que si Argentina o Brasil no se la llevan, esta copa será sudaca.

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HjorgeV 24-06-2010

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