MARACANAZO AFRICANO Y DOS BARBOSAS

Me lo dijo mi hijo de nueve años anoche -quien no acaba de decidirse si ser portero o delantero-, mientras veíamos el partido de Uruguay contra Ghana:

«Creo que mejor voy a ser delantero. Si el equipo pierde, el que lleva la responsabilidad es el arquero.»

Sin embargo ayer las principales figuras trágicas fueron un delantero, Asamoah Gyan de Ghana, y un defensa, Felipe Melo de Brasil.

La historia tiene sus bucles y sus cosas raras.

El Maracanazo de Río y el Maracanazo de Sudáfrica.

El Barbosa de entonces y los Barbosas de hoy.

Río de Janeiro, 16 de julio de 1950.

200.000 brasileños se han reunido en el estadio de Maracaná para ver el triunfo de su selección frente a Uruguay y su consagración como campeona del mundo.

Como ayer contra Holanda, en el Maracaná Brasil se adelantó en el marcador.

Uruguay, aunque había ganado el primer Mundial de la FIFA como organizador, no era el favorito ni mucho menos en ese partido de hace 60 años. Los brasileños habían ganado el año anterior la Copa América y ya se sentían campeones. El juego contra los uruguayos era un simple trámite: les bastaba empatar para llevarse la Copa del Mundo.

Los jueces eran los ingleses George Reader y Arthur Ellis, y el escocés George Mitchell. Ninguno hablaba castellano ni portugués.

El primer tiempo había concluido con empate a cero y a los pocos minutos de reiniciarse el encuentro Friaça había abierto el marcador con un tanto para Brasil.

Hay que imaginárselo.

200.000 brasileños (los pocos uruguayos presentes eran casi todos periodistas deportivos) estallando en júbilo.

La mayor concentración de espectadores de un partido de fútbol de la historia explota y delira. La fiesta acaba de empezar.

Como ayer con el gol de Robinho en Puerto Elizabeth.

Pero volvamos a 1950.

Por unos instantes, todos se olvidan del balón que permanece quieto en el fondo de la portería de Roque Máspoli, bajo las redes.

Entonces, Obdulio Jacinto Muiños Varela, más conocido por su apellido materno y por su apodo de El Negro Jefe, el capitán del equipo charrúa, empieza a caminar con paso firme y lentamente, como por un desierto pero con destino fijo, y recorre impávido los treinta metros que lo separan de la pelota momentáneamente olvidada.

En medio de los gritos de algarabía y júbilo, con el mismo paso firme y pausado, Varela se dirige a uno de los jueces de línea y le reclama no haber señalado una posición adelantada de los brasileños.

Unos pocos espectadores deben notarlo.

Como Varela no habla inglés, se dirige con la pelota al centro del campo, la deposita sobre el punto central y le exige al árbitro inglés un traductor.

¿Qué sucede?, debió empezar a preguntarse el público, que empieza a enmudecer.

El Negro Jefe se ha inventado lo de la posición adelantada.

Varela lo ha contado así:

«Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego, si no lo aquietábamos, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés. Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos pueden ganar nunca, los nervios nuestros se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil.»

Eso fue en 1950.

Ayer en el estadio de la Bahía de Nelson Mandela, en Puerto Elizabeth, Brasil salió al campo de juego a cumplir lo que creía un simple trámite administrativo ante la Mandarina Mecánica (porque hace tiempo que Holanda ha dejado de ser la temible Naranja Mecánica) y a sus jugadores les sucedió algo parecido.

Y pocas horas después, y como en un juego de extrañas paralelas en el espacio histórico, Uruguay repitió su propio momento mágico esta vez ante el único equipo superviviente del continente organizador.

Y, también en el mismo juego de extraños paralelismos, esta vez ha vuelto a haber un Barbosa: el portero afrobrasileño del Maracanazo que vivió como un apestado desde ese 15 de julio de 1950 fatídico hasta que murió maldito y olvidado.

Dos Barbosas, incluso.

Porque a la trágica figura del delantero del Rennes francés, Asamoah Gyan, se sumó la de Felipe Melo.

Extraños partidos los dos de ayer.

El que se empezaba a perfilar como el mejor arquero de este Mundial y, por lo tanto, del mundo, sale a cazar mariposas en un centro de Wesley Sneijder y se come el autogol de un compañero. (Error doblemente grave de Julio Cesar, porque a su salto descoordinado hay que añadirle la falta de comunicación con su compañero Melo.)

Entonces sucede que los holandeses se dan cuenta de que el gigante brasileño está con miedo y el Obdulio Varela naranja -el capitán holandés Mark Van Bommel- empieza a animar a sus mandarinas.

El resto se conoce.

Ofuscación, obnubilación brasileña. La princesa que nunca ha fregado pisos, queriendo hacerlo a golpes desesperados.

¿Y la locura uruguaya?

Soltar un partido que ya tenían del pescuezo para recuperarlo luego por un pelo.

“Hay que cerrar el saco”, el costal, el talego, la bolsa, se dice en alemán. No basta con cazar algo, hay que asegurarse de que no se escape la presa.

Lo mismo que le pasó a Ghana.

Tuvieron la oportunidad de cerrar el saco y sellarlo en el último suspiro del encuentro, pero a Gyan se le ocurrió añadirle emotividad a su disparo, fuerza, garra. Quería desfogarse en un solo golpe de pie, soltar la rabia de llevar tanto tiempo sin que los africanos puedan pasar de unos cuartos de final.

El favorito de los favoritos no ha llegado ni a las semifinales.

Ahora, a vivir con la tragedia al hombro: dos selecciones eliminadas, dos Barbosas.

Y esto que el Mundial aún no ha terminado.

«¿Todavía quieres ser delantero?», le quise preguntar ayer a mi hijo, pero no me atreví.

.

HjorgeV 03-07-2010

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