LA CONSPIRACIÓN JABULANI

Me contaron un buen chiste días atrás.

Después del almuerzo, mis dos pequeños hijos querían que los acompañara a darle a la pelota al parque vecino y, para convencerme, me contaron que el vecino y sus dos hijos menores se habían ido al estadio del pueblo.

-¡Podemos jugar todos juntos un partido! -exclamaron.

Empecé a pensármelo.

Acababa de empezar una cerveza de trigo (más bien típica del sur de Alemania, conocida como ‘blanca’ y que se suele servir en una copa alargada de medio litro). Tenía pensado leer El País y pasarme el día leyendo un poco. Dormitar y volver a leer. Con suerte, me provocaba continuar la novela del italiano Dino Buzzati que me acababa de llegar por correo: El desierto de los Tártaros.

Una posibilidad consistía en dejar que mis dos hijos recorrieran solos el camino de un kilómetro a través de este pueblucho en sus bicicletas. El mayor tiene nueve, el menor cinco.

No me gustaba esa opción.

La otra era que nuestra hija mayor los acompañara.

-¿Y qué haría todo el tiempo mientras ellos juegan? -preguntó, fastidiada por la perspectiva.

-Te podrías regresar inmediatamente y pedirle al vecino que los acompañe de regreso.

Por su gesto, quedó inmediatamente claro que no le gustaba para nada la idea.

-Muy bien, vamos -dije, renunciando a mi religión temporal líquida y la lectura dominical.

Felizmente, el vecino es un tipo simpático como pocos.

Para empezar, aceptó que nuestras familias jugaran un partido entre sí.

Aclaro.

La costumbre de los chicos alemanes cuando juegan al fútbol por su cuenta es -para decirlo en el lenguaje de mi niñez- hacer tiritos al arco: tú pateas, yo tapo; luego yo disparo y tú atajas. Muy rara vez juegan partidos informales.

En el campo de juego había una pareja de niños, además de un padre y sus dos hijos haciendo tiros al arco.

Me dirigí a ellos (como si estuviera en mi país, recordando lo que hacía mi padre cuando yo era un niño) y les propuse jugar entre todos un partido. Me respondieron con la frase habitual: “Ya estamos por irnos”.

No es una mentira.

¡Cuántas veces he visto un partido informal cualquiera aquí en Alemania, he preguntado si me permiten jugar y me han respondido casi siempre lo mismo: “Ya estamos por irnos”! O por terminar. O simplemente: “No, gracias”.

Alguna vez llegué a pensar que podía ser porque pensaban que yo era muy malo jugando.

Después llegué a pensar que, ya que los latinoamericanos tenemos fama de buenos futboleros en este país, me temían como buen jugador. (De mis épocas infantiles y juveniles en el Perú, recuerdo que dábamos cualquier cosa porque algún buen pelotero jugara con nosotros. Le temíamos, claro, pero más amábamos el buen fútbol.)

Ahora me he convencido de que es parte de la idiosincrasia alemana el no compartir ciertas cosas con desconocidos.

Si los cumpleaños se suelen celebrar en círculos muy íntimos de hasta cuatro o solo tres personas, ¿por qué tendría que ser muy diferente un juego entre quienes se consideran amigos?

Bueno, pues, a lo que iba.

Jugamos el partido contra la familia vecina -ganamos- y luego, aprovechando que los chicos seguían con energías para seguir jugando a pesar de las altas -e inusuales- temperaturas de más de 30º C, me puse a conversar con mi vecino a la sombra de unos árboles.

Le comenté lo anterior y le dije que tal vez eso era lo que hacía la gran diferencia futbolística entre Europa y Sudamérica, concretamente.

Mientras que de 53 selecciones europeas solo 3 habían llegado a cuartos de final, de las 10 sudamericanas, 4 lo habían conseguido.

-¿Cómo te explicas entonces el fracaso de Brasil y de Argentina? -me preguntó.

-No tengo idea -le respondí.

Luego le quise decir que el miedo escénico había derrotado a los brasileños y a los argentinos, más que sus respectivos rivales. Y la suerte, claro.

-No sé -añadí-, pero la Jabulani ha resultado un desastre para el buen fútbol. Solo recuerdo un tiro libre bueno de los sudamericanos, el de Forlán. He visto varios conciertos de pases desastrosos: demasiado largos, rápidos o sin sentido. Como si no tuvieran ningún control sobre el balón. He visto a la pelota rebotar demasiado en las botas de los jugadores, símbolo inequívoco de que estaba demasiado inflada -concluí.

-Pero los alemanes no parecen tener problemas con la Jabulani.

-Es que en este país se acostumbra desde las divisiones inferiores a jugar con balones pesados y grandes -argumenté-. Cuando te toca uno más liviano y rebotón como el Jabulani, lo agradeces. ¿No has notado que la pelota ya no gira como antes en los tiros libres y que estos ya no se fallan por centímetros sino por metros? Mientras que en todos los demás deportes las marcas y la precisión se mejoran, en el fútbol sucede ahora al revés.

-Culpa de la Jabulani, entonces.

-Me atrevería a decir que sí. En todo caso, de una Jabulani demasiado inflada. No lo puedo entender. Se dice que ha sido probada en el laboratorio…

-Pero la ha hecho Adidas -dijo entonces mi vecino, que es alemán-, una compañía alemana.

-¡La Conspiración Jabulani! -exclamé, echando a reír.

-¿Por qué no? La han hecho y probado alemanes -insistió él, con seriedad-. ¿Por qué no podrían haberla hecho de acuerdo a las características del jugador alemán? He visto peores cosas en la política, en la economía y en los deportes de mi país -añadió.

Me quedé pensando.

Después me volví a reír. Reímos juntos. Esperamos que nuestros chicos se cansaran y montamos todos nuestras bicicletas de regreso a casa.

Pero sigo pensando.

Es un buen chiste, por lo menos, me digo.

Por la noche (lo de noche es un decir porque estamos a comienzos de julio y hay luminosidad hasta las 23 horas), me voy a la cama con la novela de Dino Buzzati.

Leo, acostado, el corto prólogo de Borges:

«Este libro […] está regido por el método de la postergación indefinida y casi infinita, caro a los eleatas y a Kafka. El ámbito de las ficciones de Kafka es deliberadamente gris y mediocre y sabe a burocracia y tedio. Tal no es el caso de esta obra. Hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. Dino Buzzati, en estas páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres.»

Inicio la lectura de la novela.

Tiene el lenguaje mágico de los mitos y de las historias fantásticas, pero también la poesía de quien sabe engrandecer las cosas que no existen.

En algún momento de la lectura, un chorro rectangular de luz blanca cruza la habitación en diagonal y se dirige hacia mi rostro.

En la modorra llego a percibir que son las dos páginas abiertas del libro que he soltado de mis manos muerto de cansancio y que va a caer sobre mi cara. No hago nada por defenderme, caigo al pozo negro con resignación y cierto alivio.

Sueño.

Soy un niño y he descubierto por fin la Conspiración Jabulani. Me revuelvo sobre mi cama. Me siento como atado a ella.

Quiero correr y advertírselo a Forlán.

Pero el desierto es real.

Y está vacío.

Y, sin embargo, el héroe espera muchedumbres.

.

HjorgeV 06-07-2010

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