EL RESTO ES SILENCIO

I

Domingo, 19:00 horas.

Dentro de hora y media se inicia el último partido de Sudáfrica ’10.

¿He puesto 19:00 horas?

¿Cómo se tendría que decir?

¿Siete de la tarde? ¿Del día? ¿O de la noche, ahora que oscurece recién a las 23:00?

El idioma alemán lo resuelve con un vocablo –Abend– que puede significar tanto ‘la tarde’ como ‘la noche’, dependiendo de la estación del año.

Llevo tanto tiempo en este país y hasta ahora no sé cómo llamar en verano -y en mi lengua- a las 21:00 horas:

¿Nueve de la noche, aunque todavía es de día? ¿Nueve de la tarde, aunque ya pasó la tarde?

II

Anoche me despertó el rugido de una tormenta a las dos de la mañana.

Como no estaba anunciada, corrí al ático de las chicas para comprobar si habían cerrado sus ventanas.

Nuestra hija mayor -de 15- todavía estaba despierta leyendo un libro. En un par de semanas partirá por un año al Brasil de intercambio estudiantil. Por ahora es como si su viaje le fuera a suceder a otra familia y no a la nuestra.

Llegará el momento de la despedida y nos sorprenderemos todos de cómo nos afectan hechos como este.

Entonces aprenderemos un nuevo significado de la palabra familia.

III

Nuestros dos hijos menores participaron hoy en las carreras que organiza la abadía del pueblo vecino todos los años por estas fechas.

El de 5 años corrió un kilómetro y medio y el de 9 cinco.

Y todo eso bajo un calor infernal: 35ºC.

Varios niños y adultos no terminaron sus respectivas corridas.

Nuestra otra hija (que el año pasado ganó la carrera de cinco kilómetros en su categoría) no quiso participar esta vez por las excesivas temperaturas.

Recordé mi primera carrera de “fondo” (apenas dos o tres kilómetros) en el colegio. Tenía 12 ó 13 años. Los momentos en los que llegué a pensar que no llegaría a la meta. La tortura. El dolor. La lucha mental interna. La puja con un compañero durante las inacabables decenas de metros finales. Mi convicción de que en cualquier momento tiraría la toalla y de que no le podría ganar. El cuerpo resistiéndose a abandonar, mientras la mente rendía con una facilidad pasmosa. Cuando ya había dado todo por perdido, de repente, el milagro: era el otro el que abandonaba la carrera.

IV

El fuerte y sorprendente calor, la canícula, ha democratizado las calles de Alemania en estos días.

La gente no sabe cómo vestir y su confusión e ignorancia se ven reflejadas en las vestimentas: absurdas unas, improvisadas otras. (Mejor no mencionar el calzado y sus contenidos.)

Este es un país en el que hasta las posiciones políticas suelen reflejarse en la manera de vestir de una forma casi dictatorial y fascista, independientemente del bando al que se pertenezca.

Las capas y grupos sociales se diferencian no solo por la calidad de sus ropas, sino más bien por ciertas peculiaridades y detalles que les sirven para distinguirse rígidamente entre sí.

Creo que si alguien les hiciera notar que así no hacen sino demostrar su tendencia a llevar un uniforme, se asombrarían muchos.

Y otros se enojarían.

V

Hoy termina el Mundial africano.

Las predicciones apocalípticas (robos masivos, atentados, secuestros, violencia) no se han cumplido.

Tampoco ha prosperado la inicial y excesiva (por lo menos aquí en Alemania) animadversión mostrada hacia la vuvuzela.

Aunque están prohibidas en las proyecciones públicas, las vuvuzelas se han convertido en las favoritas de los niños y su ruido ya no parece molestar como al comienzo.

Otra, claro, habría sido la historia si Alemania no hubiera llegado tan lejos.

VI

En este Mundial me ha costado mostrar abiertamente mi favoritismo por los equipos latinoamericanos.

Nunca me había pasado algo así en este país.

El último ejemplo me ocurrió cuando dije que Uruguay le tendría que ganar a Alemania (mis convivientes germanos tendrían que construirle a Muslera un pequeño monumento) y alguien me llamó “traidor”.

Fue en una ronda de padres de familia y en tono de broma, pero fue.

Después me puse a pensar y he llegado a la conclusión de que es mi primer Mundial en un pueblucho de las afueras de Colonia.

Lo que era absolutamente normal en una ciudad como la colonesa, aquí resulta lo excepcional.

Paradójicamente, ese “traidor” encierra una aparente contradicción: por un lado se me está aceptando como parte del conjunto de esta sociedad (sino me habrían llamado simplemente ‘enemigo’) y, por otro, no se acepta mi disidencia.

La uniformidad, ya decía.

VIII

Quería que Argentina ganara este Mundial.

Soy peruano, pero, antes que peruano, soy futbolero -digo, es un decir- y siempre estoy por los que, jugando, me hacen vibrar como tal.

Brasil lo consiguió por instantes, pero dentro de un juego demasiado esquemático, encorsetado. Con tanto peso de artillería para defenderse, Dunga terminó hundiendo a su propio barco.

(Puse en esta página a Alemania como uno de mis -4- favoritos pero solo porque mis hijos tienen una madre alemana y han nacido en este país. No por su fútbol, que sigue pareciéndome mediocre y sin capacidad para entusiasmar.)

El juego de Chile (que era el del Loco Bielsa) me ilusionó hasta llegar a pensar que podría ocurrir un milagro.

Pero tampoco pudo ser.

Me voy de este Mundial -digo, es un decir lo de irme- cautivado con la forma de defender de Uruguay: sacándome el sombrero por los Arévalo, Pérez, Fucile, Godín y Lugano.

Qué lectura, qué capacidad de anticipación, qué sacrificio, qué buen juego aéreo, qué zahoríes estos urus que es como los llaman aquí en Yérmani.

(¿Qué habría sido de esta selección charrúa con por lo menos un verdadero armador y creador central, y con Forlán en su posición natural de delantero neto y no en la ambigua que tuvo que fungir por necesidad mayor?)

IX

Mi favorita del último Mundial empieza a jugar la final en exactos treinta minutos.

La que se dio un gran baile contra Alemania, devolviéndola al duro suelo de la realidad, ahora se enfrenta a la Mandarina Mecánica.

Sigo sin creerme lo de que Holanda tiene un gran equipo, aunque las cifras hablen a su favor.

Un equipo es más que un grupo: un conjunto que piensa y actúa grupalmente como si fuera un solo individuo.

Holanda tiene buenos cancerberos en la defensa y en el ‘mediocampo defensivo’, y luego a Sneijder y Robben.

Ese es más o menos todo su programa.

Cuando las cosas no van bien, el primero en sacar la cachiporra es Van Bommel. Pero las artes marciales no son fútbol.

Los goles de Sneijder y Robben, por otra parte, han sido excepcionales (varias casualidades y mucha suerte) y no rutina producto del esfuerzo continuo.

(¿Cuántos goles de cabeza ha hecho Arjen Robben en toda su vida?)

En este Mundial hay un verdadero campeón, aunque pierda este último partido.

Y ese campeón indiscutible es La Roja.

Un equipo que juega, toca, arriesga, innova, ataca, urde, trama, se luce, entusiasma y hace vibrar.

El resto es silencio.

Qué

.

HjorgeV 11-07-2010

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One comment

  1. Sí.
    España Campeón y, me parece, el fútbol ha sido justo esta vez. Queda la incertimbre si era Brasil el único equipo que podía frenar a La Furia, pero bueno, esto es así.
    De Holanda destaco su mezquindad, su temor y su traición a un estilo de fútbol que hasta antes de este Mundial se venia gastando la Holanda de Cruyf.
    De Alemania me quedó con su disciplina, su trabajo, su solidaridad en la cancha, su orden y su particular talento características de todo buen equipo aunque a usted no le guste.
    De Uruguay me quedó con Forlan y esa manera de saber a que juegan y de qué son capaces.
    España justo campeón. Olé.

    Rpta.: Hola, Catracho: ¿Brasil-España? Qué incertidumbre. Por lo demás, usted, juez, quédese con Schweinsteiger (que significa ‘montacerdos’, dicho sea de paso) y Özil. Yo me quedo con La Novia del Mundial (aunque suelo preferir la orografía natural). Lo que me jode de Alemania es su endiosamiento sin mayor fundamento. Baste decir que el gerente del Werder Bremen acaba de decir que Mesut Özil ha sido el mejor jugador del Mundial, mejor que Messi inclusive. Qué cara, como dirían los españoles (campeones). Saludos mundialistas desde los arrabales de Colonia. HjV

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