UN SUBTERRÁNEO SECRETO DE LA ÉPOCA NAZI (y III)

¿Por qué permitir que toda un inmensa fábrica de municiones (¡de 133 edificios!) cayera intacta en manos del enemigo?

¿Por qué no se obedeció la orden de bombardearla?

La razón podría ser sencilla: porque su destrucción habría significado también la destrucción de las instalaciones subterráneas de armamento nuclear nazi.

¿O fue solo un mito el proyecto de la bomba atómica de Hitler, un invento nazi para convencer a la población alemana de que pronto serían invencibles, cuando la realidad era que el Tercer Reich ya empezaba a derrumbarse?

El ministerio de propaganda de Hitler llegó a acuñar un término: WuWa, acrónimo de Wunderwaffen, que significa ‘armas maravillosas’ o ‘milagrosas’.

¿Las tenían?

Por supuesto: submarinos, bombas, tanques, aviones, helicópteros y armas químicas.

De hecho, la actividad del Tercer Reich puede ser vista como una gigantesca carrera armamentística, en la que diversos grupos a lo largo y ancho de todo el territorio alemán se esforzaban por inventar y mejorar todo tipo de armamento.

(Tabun, Sorin y Soman, armas químicas clasificadas como agentes nerviosos, fueron inventos de la Alemania nazi, por ejemplo. Otro invento de la época, el gas Zyklon B, fue el utilizado en las cámaras de gas del Holocausto. ¿Su fabricante y creador? La empresa IG Farben.)

Científicos y militares se daban la mano para alcanzar el principal sueño de Hitler: la invencibilidad militar.

Resuelta esta, el resto sería simple aplicación.

Autores como Rainer Karlsch han tratado de resolver nuestra pregunta inicial: ¿Qué tan cerca estuvo el nazismo de conseguir su bomba atómica?

Lo que sabemos es que Einstein, aunque se arrepintió, con su carta de 1939 dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt, fue quien terminó de convencer al gobierno de EEUU para iniciar el Proyecto Manhattan y tratar así de adelantarse a los alemanes en la fabricación de la bomba atómica.

Transcribo parcialmente de una versión encontrada en la Red:

2 de Agosto de 1939

F. R. Roosevelt
Presidente de los Estados Unidos
Casa Blanca
Washington, D.C.

Señor;
Algunos recientes trabajos de E. Fermi y L. Szilard, quienes me han sido comunicados mediante manuscritos, me llevan a esperar, que en el futuro inmediato, el elemento uranio puede ser convertido en una nueva e importante fuente de energía.

[…]

Este nuevo fenómeno podría utilizado para la construcción de bombas, y es concebible -pienso que inevitable- que pueden ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas. Una sola bomba de ese tipo, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto por completo, conjuntamente con el territorio que lo rodea.

[…]

A su vez, habían sido científicos nucleares húngaros (Leó SzilárdEdward Teller y Eugene Wigner, todos judíos y refugiados como Einstein) los que habían convencido al genio judío alemán de la posibilidad de obtener de la fisión nuclear increíbles cantidades de energía.

La fisión nuclear atómica, por su parte, había sido descubierta por los científicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann en 1938, es decir, en pleno apogeo del Tercer Reich (1933-1945), y el mismo año que Hitler inicia su Anschluss, su sueño de expansión mundial, con la anexión (ese es el significado de la palabra alemana) de Austria.

Un año después, Hitler había implementado el Proyecto Uranio.

Einstein sabía entonces de qué estaba hablando al advertir a Roosevelt del peligro atómico nacionalsocialista.

Como ya sabemos, la respuesta usamericana fue el Proyecto Manhattan.

Autores como el nombrado historiador alemán Rainer Karlsch recientemente, han querido demostrar que a Hitler no le faltó mucho para contar con su bomba atómica.

Sin embargo, siguen sin existir pruebas irrefutables de ello.

Lo que sí se sabe es que a partir del descubrimiento de la fisión nuclear por Otto Hahn (se negó a recibir el Nobel de Química de 1944: “El profesor Hahn nos ha informado que encuentra deplorable asistir a esta ceremonia”, anunció flemáticamente el presidente del Nobel), se inició una carrera científica por toda Alemania para ver quién conseguía aplicar primero las propiedades atómicas recién descubiertas.

En su libro Hitlers Bombe. Die geheime Geschicte der deutschen Kernwaffenversuche (‘La bomba de Hitler. La historia secreta de los ensayos nucleares alemanes’), Karlsch señala que existían diversos grupos de científicos por todo el Tercer Reich empeñados en aplicar tales propiedades con fines exclusivamente bélicos, aparte del grupo del Proyecto Uranio.

Según el mismo autor, se habría llegado incluso a tratar de fabricar una bomba de plutonio (la lanzada sobre Nagasaki fue de este metal) y habría existido por lo menos una prueba atómica en Thüringen.

(En el año 2005 el canal estatal ZDF de televisión encargó un examen del suelo del lugar donde se habría producido la mencionada prueba nuclear, pero el Physikalisch-Technischen Bundesanstalt -PTB-, el instituto nacional de metrología de Braunschweig, no encontró evidencias de la afirmación de Karlsch.)

Volvamos a nuestro personaje inicial, Dirk Finkemeier.

Visto todo esto, su tesis de que el súbito hundimiento de Nachterstedt pudo haberse debido al derrumbe subterráneo de una fábrica o laboratorio nuclear secreto nazi ya no parece así, tan jalada de los pelos.

Hitler y sus secuaces lo intentaron todo, oficial, secreta y paralelamente por todo el país, con el fin de conseguir armas poderosas, incluidas las nucleares.

¿Las pruebas de Finkemeier?

El testimonio de Plumeyer, un joven soldado de las Waffen-SS (el cuerpo de combate de élite de las SS, dirigido por Himmler) capturado por las fuerzas aliadas en diciembre de 1944 cerca de Eifel.

Dos meses después, en interrogatorios dirigidos por oficiales británicos, el prisionero con el código CS/1295 da cuenta de una serie de instalaciones secretas nazis que existen en la zona, muchas de ellas subterráneas.

En nuestro caso concreto -Nachterstedt- la entrada de la fábrica que Plumeyer señaló desde el aire coincide en apenas unos metros con el lugar del hundimiento producido hace un año y que costó la vida de tres personas.

El testimonio de Plumeyer no debió ser tomado en serio por lo perfectamente camuflada que se hallaba la fábrica, con un acceso no distinguible desde el aire y con caminos disimulados por un bosque plantado adrede, cuyas copas se juntaban con redes para impedir su ubicación desde el aire.

Según los archivos británicos, inicialmente secretos y hoy desclasificados, el soldado capturado habría señalado con extrema precisión qué era lo que se almacenaba en la fábrica: tanques o recipientes de gas. Sobre su exacto contenido, no supo dar razón.

Los británicos se limitaron a apuntar que se trataba de una instalación fuertemente custodiada y la clasificaron como “IG-Farben gas plant”, una fábrica de gas de la empresa mencionada, la misma encargada de la explotación de la mina a cielo abierto vecina, hoy el lago artificial Concordia.

(IG Farben proveyó con todo tipo de materiales y materia prima a la industria armamentística del Tercer Reich.)

Toda esta información, junto con cientos -acaso miles- de testimonios más han dormido el sueño de los justos en archivos de microfilm desde entonces.

Estos archivos son la afición, justamente, del abogado Dirk Finkemeier.

(En la primera imagen de la siguiente serie, se han superpuesto las vías y calles de Nachterstedt según un mapa de la época -en rojo- a un mapa actual de Google y se ve que coinciden. En la segunda imagen, al hacer lo mismo con un bosquejo de las instalaciones según el relato del prisionero Plumeyer, el centro de ellas coincide con el lugar del poblado actual. En la cuarta imagen, la entrada descrita por el prisionero, coincide con el lugar del hundimiento del año pasado.)

Finkemeier se encuentra preparando un libro que trata sobre este caso del lago Concordia y otros casos de fábricas secretas de gas y armas nucleares del Tercer Reich.

La preocupación del abogado tiene que ver empero también con lo que sucedió con el patrimonio nazi.

¿Se esfumó?

¿Se lo llevaron los vencedores?

La empresa IG Farben, por ejemplo, fue disuelta por los aliados una vez terminada la guerra, acusada principalmente de mantener miles de trabajadores esclavos.

Sin embargo, y curiosamente, solo 13 de sus 24 directores fueron condenados por un tribunal militar usamericano en los Juicios de Núremberg.

¿A cadena perpetua?

¿A fusilamiento?

No.

¡A penas de solo uno y hasta ocho años de prisión!

Y eso, a pesar de que la IG Farben había sido la única compañía alemana que tenía su propio campo de concentración (en el que murieron más de 30.000 personas) y que en su apogeo, hacia 1944, había llegado a tener 83.000 trabajadores esclavos, aparte de enviar a miles más a las cámaras de gas.

¿Cómo lo hicieron?

¿Cuál fue el negocio?

Varios de esos directores enjuiciados, incluyendo a algunos de los condenados, continuaron administrando poco después el patrimonio de la IG Farben, ya en las diversas empresas en las que se dividió.

¿A que no desean saber los improbables lectores de esta bitácora los nombres de algunas de esas empresas, que heredaron el total del patrimonio de la empresa madre pero no así sus responsabilidades históricas y penales?

Aquí algunos de ellos, a ver si les suenan de algo, como se dice:

BayerAGFABASFHoechst.

Aquí me detengo con esta historia sobre las fábricas subterráneas y secretas nazis, no sin desearles antes un agradable y reparador fin de semana.

Qué

.

HjorgeV 23-07-2010

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