LA TRAGEDIA DE DUISBURGO

I

Termino de trabajar hoy domingo, con sentimientos encontrados.

Por un lado, la alegría de saber que no estoy muy lejos de coronar una cumbre (hoy he dado el paso definitivo, aunque aún no el final en la novela que vengo elaborando desde hace casi un año).

Por otro, constatar que Alemania acaba de volver a vestirse de luto.

Cielo encapotado, oscuridad temprana. Apenas ha llovido hoy.

II

En el diario que más consulto –El País-, la noticia que hasta ayer era la más importante de Alemania, ahora ocupa el primer lugar.

No es para menos, dos muchachas españolas han muerto en la tragedia sabatina de Duisburgo.

III

Cada quien tiene sus penas, reza ya no sé qué canción.

La mía es que se nos va mi (una de nuestras dos) hija (s).

Tiene quince años y se va por uno a miles de kilómetros de distancia de intercambio estudiantil.

A otro continente. A otra familia. A otra lengua. A conocer otras gentes y otros amigos.

IV

Para aliviar mi pena, trato escribir algo al respecto, pero no lo consigo. Las palabras se me amotinan y se niegan a salir.

(Otros artefactos de mi propio cuerpo caen siguiendo la ley de la gravedad, corriendo como copitos de nieve con prisa por los terrenos de mis mejillas.)

Trato de cerrar el día concentrándome en las noticias de la Red.

Por Der Spiegel me entero de que los responsables y organizadores del -ya desaparecido- Love Parade no han sabido responder a las preguntas de los reporteros y que estos han reaccionado con rabia e indignación.

Primordiales cuestiones han quedado en el aire este mediodía en la conferencia de prensa.

V

  1. ¿Cuál era el número de participantes?

  2. ¿Era el área disponible suficiente para ese número?

  3. ¿Qué pasó en la entrada, dentro y a la salida del túnel?

  4. ¿Un largo túnel como única entrada al recinto y sin escapes de emergencia?

  5. ¿Por qué falló el sistema de seguridad?

VI

El organizador del evento, Rainer Schaller, ya ha anunciado: “Es el fin de la Love Parade”.

19 muertos es la cifra oficial dada a conocer por la policía, entre ellos un holandés, un italiano, un chino, un australiano y -ahora se sabe- dos españolas.

La estampida habría sido provocada al caer los cuerpos de varios jóvenes (que intentaban trepar por tubos, escaleras de emergencia y vallas para esquivar la barrera policial) sobre la multitud concentrada en el túnel, provocando el pánico inmediato.

VI

Tonto que soy, entre las primeras cosas que más me llaman la atención en las noticias sobre la tragedia es el inadecuado uso del lenguaje.

El mismo El País ha usado repetidas veces el término ‘avalancha’ (galicismo que significa ‘alud’) para referirse a la estampida ocurrida, al aplastamiento masivo de ayer.

Pero un alud es un derrumbamiento de tierra o nieve. Incluso de personas. Pero eso no es lo que ha sucedido. Estampida es una palabra más adecuada: estampida mortal y muerte por aplastamiento.

(Y ya que estamos en esas: ¿Cómo se le pudo pasar a El País, además de varios errores ortográficos, la siguiente palabra inventada? “Empagadoso” por ‘empalagoso’, ¡y eso en unas líneas -traducidas- de John Banville nada menos!)

VII

Aunque lo peor se inicia con el intento de un grupo de personas de ingresar por lugares no autorizados (ni previstos para ello) a las instalaciones ferroviarias donde se realizaba el evento, la tragedia en sí es producto de una cadena de errores.

El primero: haber confiado en el sentido común y la cordura de los participantes.

¿Cómo? ¿En una fiesta donde las drogas, entre ellas el alcohol, es muchas veces el único alimento del día?

Esto no es ningún delito, por supuesto. Y esto lo sabían los organizadores y la policía.

VIII

El siguiente:

La decisión de la policía de cerrar el acceso al recinto por haberse completado el aforo.

Una decisión aparentemente sensata, hecha para evitar estampidas y muertes por aplastamiento.

Pero entonces aparece el error antes mencionado: suponer que todos los presentes van a acatar la decisión policial por simple sentido común.

IX

Como dice el creador de este ya fenecido Desfile de(l) Amor, Matthias Roeingh, Dr. Motte, responsabilizando directamente a los organizadores y a los funcionarios que dieron el visto bueno a la seguridad del evento:

¿Para qué las vallas y los agentes de seguridad si ya se sabía que iba a estar lleno a reventar?”

Si es cierto que un grupo de irresponsables quería -a cualquier precio- entrar al campo del evento, ¿es la labor de la policía preocuparse de controlar la entrada, o preocuparse de que la actitud de esos irresponsables pueda crear una tragedia?

X

Al parecer, la policía cometió un doble error:

  1. Decidió que lo más importante era hacer valer el orden costara lo que costara.

  2. No conjeturó las posibles mortales consecuencias de esa decisión.

¿Qué diablos importa que un par de cientos o miles de espectadores deseen ingresar a sumarse -aún sin autorización- a más de un millón de participantes, frente a la posibilidad de salvar vidas humanas?

Y aunque hubieran sido medio millón los que querían colarse a la fiesta.

XI

Una de las principales labores de la policía es mantener el orden público.

Pero antes que el orden, su deber es salvaguardar vidas humanas.

En un cementerio ya no hay orden público que guardar.

Qué

.

HjorgeV 25-07-2010

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