MARI JUNGSTEDT: «NADIE LO CONOCE»

(Acabo de encontrar otro libro de la lista. No lo había extraviado: sucede que me pareció tan bueno que lo había separado para desprenderme inmediatamente de él enviándoselo a uno de mis hermanos en Lima. Me estoy refiriendo al último libro de Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr. Una real delicia, una delicadeza.)

De haber sido por mí, me habría traído de nuestro último viaje muchos más libros de España.

Lamentable, y felizmente a la vez, el señor Bolsillo (controlador y censurador permanente de la señorita Placer ayudado por la señora Cordura: los títulos son intercambiables) tuvo el mayor poder de decisión en la selección final.

He dejado (vuelto a dejar) en el camino obras que me habría gustado adquirir, simplemente por su precio en el formato que me gustaría leerlas.

Son numerosísimas. Pienso en las otras novelas de Roth que aún no he leído, en las de Updike y en las de la Oates; en las de DeLillo; en la novela de Wallace; en las de Rodrigo Fresán, Aira y Piglia; en las del canadiense Robertson Davies; pienso en innumerables autores mexicanos (¡Villoro!), colombianos (Abad) y chilenos (más de Rivera Letelier, Lillo, Fuguet); ingleses (McEwan), ecuatorianos (Valencia) y españoles (más de Vila-Matas, Neuman, Cercas, Muñoz Molina).

Y eso solo para empezar y sin mencionar a los clásicos de todos los tiempos, y sabiendo que toda selección es una injusticia primaria.

Decía ‘felizmente’, porque la necesidad -también germen de la virtud- me obligó a imaginarme en la piel de un jurado (rápido) de concurso literario y a escoger lo “mejor” (poder leer el libro en la playa era el otro criterio) en tres visitas a la fnac de la Plaza Cataluña.

Curiosamente, el primer libro que busqué no lo pude encontrar.

Me refiero a El enigma de París de Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), ganador del Premio Planeta-Casa América del 2007.

De Santis es el que ha acuñado la siguiente frase, reflejo de algo que muchos conocíamos pero pocos nos atrevíamos a o sabíamos expresar:

«Cuando era joven fantaseaba con viajar; ahora fantaseo con quedarme en casa.»

(Claro, no es lo mismo viajar una vez al año que hacerlo varias veces al mes o a la semana. Conozco a un par de personas que ya no pueden ver un aeropuerto por dentro ni por fuera.)

Pregunté a un empleado del fnac y me dijo que el libro estaba agotado.

Ajá.

Con otro libro me pasó algo parecido.

Pregunté por Lo que me queda por vivir, la última novela de Elvira Lindo, siguiendo la recomendación de Manuel Rodríguez Rivero en un número pasado de Babelia.

Me repitieron: “Agotado”.

Pero eso no era cierto, porque acabo de comprobar, releyendo el artículo correspondiente, que la novela de Lindo recién aparecerá en septiembre. Un libro no impreso no se puede agotar, así como nadie se puede cansar sin haber hecho algún esfuerzo físico.

(Aunque hay de los que se cansan sin hacer nada.)

(Que es diferente de cansarse de no hacer nada.)

Fisgando el reguero de pólvora (mercantil) dejado por el éxito de la trilogía Millennium del sueco Stieg Larsson, revisé varias novelas de algunos de sus compatriotas.

Una de las más promocionadas era Nadie lo conoce de Mari Jungstedt (Estocolmo, 1962) y, otra, Misterioso de Arne Dahl.

Con la novela de Jungstedt tuve mis dudas inmediatas, la de Dahl me gustó de arranque. (Comentaré sobre ella en otra entrada.)

«Asesinatos en serie en la isla de Gotland, un nuevo caso del comisario Knutas y el periodista Berg», rezaba el reclamo de la portada de la primera. En realidad, nada que pudiera despertar mi atención.

Debí seguir mi instinto y pasar al siguiente libro, pero no. Fue el poder de la mercadotecnia, me imagino. Unido al de la curiosidad.

Leí la contratapa:

«La nueva novela de Mari Jungstedt ha supuesto su consagración definitiva en el panorama de la novela negra mundial.»

¿Otr@ Larsson?

Como aficionado a la novela negra, debo decir que he llegado a un punto de mi afición en el que me resulta difícil leer a otros autores -contemporáneos- que no sean Grisham, Michael Connelly, Baldacci, el mismo James Ellroy y la misma Patricia Cornwell, o, ahora, Don Winslow (el de El poder del perro), todos autores usamericanos y verdaderos maestros del género.

He probado con autores franceses (varias veces con Fred Vargas, por ejemplo), alemanes (decepcionantemente aburridos como una fiesta -clásica- alemana, y eso que uno de cada cuatro libros que se venden en este país son del género negro) e ingleses (incluso con el afamado John Connolly, no confundir con el Michael del otro lado del Atlántico) . Y no he podido. Mea culpa.

He probado “hasta” con un latinoamericano -el chileno Roberto Ampuero y su Boleros en La Habana, por ejemplo- pero sin haber podido pasar de un viaje más o menos ameno, más o menos predecible, por diversas rutas del lugar común y la candidez más terrenal en el género.

Otra vez, mi culpa.

¿Y los españoles del género negro?

Alguna vez me paseé por el universo Vázquez Montalbán, lo saboreé y pasé buenos momentos, pero también debo decir que sus libros no me han vuelto a llamar desde su lugar silencioso en mis estantes. No me hacen guiños para que los vuelva a leer.

Lo que sí me sucede con Chandler, Grisham o Connelly.

Por otro lado, para tomar un ejemplo tal vez torpe, a Juan Madrid no lo pude nunca tomar en serio, con sus personajes que parecen salidos de una revista de historietas (cómic, tebeo) barrial, con sus tramas con sabor a chicle usado dos veces y sus rufianes de cartón (mal) prensado.

A muchos más españoles del género no he leído.

Y esto de barrial no tiene por qué ser un déficit o impedimento de calidad, obviamente.

De hecho, las mejores historias de todos los tiempos parten de considerar que un hombre (un ser humano) es, representa, a todos los seres humanos, y que, por tanto, la universalidad puede estar en la historia más provinciana o barrial, en la más banal y en la más simple.

En conseguirlo o no, y cómo, ese es el oficio y la magia del autor.

Allí están los ejemplos de Rulfo o del mismo Camus. O, más recientemente, el de Cormac McCarthy.

Y dicho sea todo esto en una época en la que los vuelos baratos pueden dar tal inyección de cosmopolitismo al menos pintado que eso se suele notar como una baba espesa y a veces hasta insoportable en muchos nuevos autores.

Por otro lado, en la novela negra, como en ningún otro género de ficción tal vez, se cumple a rajatabla el principio aquel de «libertad absoluta dentro de un orden absoluto».

Pero el quid de la novela negra es su credibilidad; radica en su capacidad para ser verosímil.

Mientras que en las novelas fantásticas e, incluso, en las históricas, el autor puede sacarse del sombrero más o menos cualquier recurso escenográfico o narrativo, un patinazo de cualquier tipo en el género negro es comparable a toparse con un mendigo con un Rolex (genuino) en la muñeca.

(Aunque podría existir. Por lo menos en la ficción. Pero eso ya sería otro tema: cómo hacer para construir una historia verosímil a partir de un sinsentido -por lo menos aparente- así.)

En algunas páginas de Chandler he encontrado más literatura y entretenimiento intelectual que en muchos libros de autores bien considerados en el mundo comercial e incluso en el mundillo literario.

(Y con esto no estoy negando los patentes altibajos de don Raymond.)

¿Ejemplo? Una de sus frases de 1950. Regodéense:

«Las calles estaban oscuras con algo más que la noche.»

Además, con la literatura (aquello que se quiere volver a leer, puede servir como guía para definirla) sucede como con los venenos: en la dosificación está el secreto. Y el veneno puede venir sutilmente destilado o impregnado en el conjunto, o distribuido como púas de una cama de faquir.

Pero tiene que estar.

Me he explayado en estos puntos, porque en Nadie lo conoce de la sueca Mari Jungstedt he extrañado -justamente- todo esto.

Los aficionados a la novela negra y a la genuina literatura (es una pena que pocas veces se confundan, que coincidan), tenemos que ir elidiendo constantemente nuestras exigencias:

En aras de una buena trama o de un buen giro en la historia, podemos llegar a aceptar ocasionalmente cierta pobreza del lenguaje o de recursos en general por parte del autor.

El problema es cuando esa salvedad se convierte en una constante.

Peor aún, cuando se nota que el autor solo está siguiendo un guión predeterminado para poder continuar su historia y destinado a mantener la atención del lector con efectos banales como el asco, el espanto o la crueldad.

Un guión prederteminado no es un impedimento, por supuesto, pero ¿qué, cuando se nota que es todo lo que se tiene como armazón y relleno?

Si -repito- por lo menos ese guión, la trama de la historia, fuera fascinante por sí mism@, entonces el lector podría mantenerse a flote con su lectura.

Es lo que sucede a grandes tramos en la obra del mismo Stieg Larsson.

Un juego intelectual no tiene, pues, por qué ser un derroche de literatura. Ni viceversa.

Pero, ¿qué, cuando el novelista parece ignorar que los cadáveres apestan -y más en verano- y los personajes se comportan como actores de relleno, acartonados y ansiosos de llamar la atención para que los reconozca la abuelita en el cine?

(O peor: cuando se comportan como si se hubieran olvidado de su parte.)

Conseguí terminar esta novela de Jungstedt sobre todo por curiosidad.

Lo hice tal vez con la disciplina con la que un alemán termina su plato (completo) en un restaurante aunque no le guste, simplemente porque ha pagado el precio (completo).

La traducción (ese producto químico que siempre empeora o mejora el producto base pero nunca devuelve lo mismo) me pareció deficiente.

Estoy siendo duro, lo sé.

Pero un libro también es un producto comercial. Y los consumidores también debemos saber defendernos.

La traducción adolece, principalmente, de fluidez. Es algo casi típico.

(Traducir una novela es un trabajo arduo. Después del trabajo de traslación se impone uno de pulido, para lograr cierta fluidez aunque se tenga que sacrificar ciertas lealtades idiomáticas. De no hacerlo, se corre el riesgo de haber hecho una “buena” traducción pero solo para obtener un relato renqueante. Un buen traductor escribe una nueva novela, sencillamente.)

Un ejemplo de la página 287, en el que se confunden los tiempos, como si diera igual que determinado suceso haya (¿hubiera?) sucedido antes o después que otro:

«Knutas conectó el ordenador y buscó sus datos personales. Nació en el hospital de Visby en 1961, había hecho el bachillerato en el Instituto […] y después había estudiado arqueología»

¿Por qué esa incongruencia en los tiempos?

De acuerdo, el sueco -debo imaginarme- no tiene los mismos tiempos verbales que nuestro idioma.

Pero no creo que eso pueda justificar incoherencias al hacer la traslación al idioma de llegada.

¿Y esta otra, tomada de las páginas 68 y 268?

«Habría podido cogerle la mano, tranquilizarla y masajearle la dolorida espalda.»

«Aquel pensamiento lo agradaba.»

La traductora respeta las formas consideradas como cultas o estándar (¿estándares?) de nuestra lengua en el primer caso, para caer luego en un caso de loísmo en el segundo.

¿Y qué decir ahora de las frases de las solapas y de la contrapartada, tales como «una de las autoras más prestigiosas de la oleada de novela policíaca sueca que está conquistando el mundo» y que esta novela «ha supuesto su consagración definitiva en el panorama de la novela negra mundial»?

¿Cómo tomarlas?

¿Como parte del espectáculo en que se ha convertido gran parte del negocio alrededor de la literatura y los libros?

Lo dijo Mario Vargas hace poco:

«El espectáculo se ha convertido en el valor de nuestra época. Ya no hay valores, nadie sabe qué cosa es buena, qué cosa es mala, qué cosa es bella, qué cosa es fea. Vivimos en una de las épocas más confusas de la historia.»

Por lo menos puedo decir que esas frases propagandísticas resultaron ser del mismo calibre que las 300 páginas mediocres que me permití soportar solamente por el hecho de estar de vacaciones y sin responsabilidades mayores.

Y que, de ser parcialmente ciertas, entonces estas necias líneas apenas arañarán el voceado prestigio de la autora sueca Mari Jungstedt.

Quedan avisados.

(Obviamente, esta diatriba está dirigida a los mercaderes y no a la autora.)

...HjorgeV 01-08-2010

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Un comentario sobre “MARI JUNGSTEDT: «NADIE LO CONOCE»

  1. Hola Jorge, sobre la novela de De Santis: la compré acá en Crisol, atraído por el hecho de haber ganado un premio -De Santis, no yo- y la publicidad, al final no me gustó mucho, me pareció “simple”, similar al libro de Andahazi que también compré por la misma razón y no me terminó de gustar por la misma razón, “El conquistador”. De todos modos, creo que la calificación de uno u otro libro la debe hacer uno mismo. ¡Saludos!

    Pd. Murakami, hace buen tiempo suena su nombre en la FIL Lima y es uno de los autores más vendidos.

    Rpta.: Hola, Eduardo. Gracias por el aviso. Con las novelas de Andahazi tampoco no pude. Me parecieron artefactos demasiado artificiales. De todas maneras, me gustaría leer la de De Santis. Los cuentos de Murakami me gustaron, mucho más el último libro que menciono. Sin embargo, sus novelas se me han atragantado. Tal vez fue una cuestión de momentos. Si nosotros mismos nos damos siempre una nueva oportunidad, ¿por qué no darles a los libros por lo menos una segunda? Me he llevado magníficas sorpresas haciéndolo. Aunque no solo eso, claro. Un abrazo a lo Maradona. Saludos. HjV

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