H. MURAKAMI: «DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER»

(Fin del verano europeo y el sol se vuelve a mostrar compasivo en terreno alemán, como frente a un mendigo que ha ignorado durante semanas.)

Le comentaba a un amigo de Lima que, habiéndome gustado mucho (varios de) los cuentos de Murakami, se me habían atragantado sus novelas Tokio Blues (Norwegian Wood) y Kafka en la orilla.

(Me descubrí varias veces releyendo las mismas páginas iniciales, pero no por placer, sino porque me sentía mareado en medio de una especie de laberinto de letras, del cual no lograba salir ni en él avanzar. Y eso, a pesar, de las grandes recomendaciones por las que había llegado a ellas.)

Con todo, he quedado fascinado con su último libro: De qué hablo cuando hablo de correr.

Si este título le trae a alguien cierta reminiscencia, no es casual.

Haruki Murakami (Kioto, 1949), traductor de F. Scott Fitzgerald (el de El gran Gatsby) y John Irving, también ha traducido al japonés a Raymond Carver.

Y «a su esposa [sic], Tess Gallagher», (la viuda de Carver) justamente, fue a quien le pidió permiso para parafrasear el título del volumen de cuentos de su venerado escritor: De qué hablamos cuando hablamos de amor.

De Irving cuenta también una anécdota en el libro.

1984. Se encontraba traduciendo la novela Libertad para los osos y le pidió al autor una entrevista en Nueva York:

«No tengo tiempo, estoy muy ocupado, pero por la mañana voy a hacer footing a[al] Central Park; si te vienes a correr conmigo, podremos hablar entonces», le dijo el autor de El mundo según Garp (1978).

Murakami, quien en ese entonces ya llevaba corriendo dos años, aceptó encantado.

Había empezado a correr asiduamente luego de decidir convertirse en escritor profesional.

Entonces, al pasar de un trabajo que le exigía actividad física (administrar y atender en su bar) al sedentarismo de la escritura, se decidió por correr.

Si se deseaba una larga vida como novelista, se dijo, entonces tenía que hacer algo por su salud.

La idea era evitar el aumento de peso y mantener su fuerza física, además de dejar de fumar las tres cajetillas por día que acompañaban sus incipientes esfuerzos literarios. ¡60 cigarrillos diarios!

«Si te pones a correr a diario, dejar el tabaco es una consecuencia natural.»

Dejar de fumar, entonces, se convirtió en un símbolo de la ruptura definitiva con su vida anterior.

Haruki estudiaba literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda, cuando se le ocurrió hacer de su afición al jazz un negocio.

Consecuentemente, en 1974 abrió en Tokio el Peter Cat.

Un día -sin dejar de llevar su bar de jazz- se hizo escritor, como a otros se les ocurre que darán la vuelta al mundo o entregarán su vida a una lucha o ideal determinados. Como una de esas ideas que le caen a uno de improviso sobre la cabeza, se le incrustan y después ya no hay forma de extirparla.

Cuenta que un día ideal de primavera («Fue aproximadamente a la una y media de la tarde del 1 de abril de 1978»), mientras veía un partido de béisbol tumbado en el césped, tras observar detenidamente el final de una jugada, se le ocurrió repentinamente:

«Ya está, voy a probar a escribir una novela.»

A continuación refiere:

«Todavía recuerdo con nitidez el cielo completamente despejado, el tacto de la hierba fresca que acababa de reverdecer y el agradable sonido del bate. En ese momento, algo cayó suave y silenciosamente desde el cielo y yo, sin duda, lo recibí.»

Menciono esto, porque este es uno de los rasgos de la escritura murakamiana: fabricar con hechos más o menos casuales, imprevistos y como salidos de la nada, una especie de conexión con un mundo mágico aparte, inalcanzable para nosotros salvo por esas conexiones.

El libro está escrito con ese estilo por ratos cándido -y perforante a la vez- que recorre muchos de sus cuentos.

Y con esa humildad desconcertante -de clara patente oriental- del monje budista que hace gala de la Nada en sus manos pero solo para presumir con el Todo resplandeciente a sus espaldas.

Un poco -también- al modo de esos magnates multimillonarios que un día descubren la superficialidad de todas las cosas materiales y a partir de entonces sus mansiones, sus ropas y sus gustos y hasta sus gestos se vuelven simples, transparentes, albos.

(Sin dejar de ser magnates multimillonarios, por supuesto.)

De qué hablo cuando hablo de correr no nació como una unidad; es, más bien, una recopilación de textos preparados -empero- con esa idea en mente:

«Tal vez se deba a mi complicada manera de ser, pero, como soy una persona incapaz de pensar a fondo sobre algo si antes no intento convertirlo en letras, para poder reflexionar sobre el sentido del correr tenía que ponerme manos a la obra e intentar escribir un texto como éste.»

Entiendo que el libro empieza de manera insulsa, sosa.

¿Este que escribe es el gran Murakami?

El lector desprevenido puede tomarlo, leer la primera página y tener el impulso de devolverlo con desprecio al anaquel correspondiente.

Tal es la dejadez del estilo, la indecisión de la voz del narrador y lo vago de su contenido.

Pero, luego, si uno no se deja arredrar y ha tenido paciencia con el mago, este empieza a soltar poco a poco su repertorio y, con él, sus trucos, su experiencia, todo lo aprendido y todo su poder.

Ocurre casi de inmediato, a partir de la segunda página.

Y luego, en la tercera (ya en la carretera), queda claro el por qué de ese comienzo tan incierto del libro.

Ha sido un farol, un envite, un bluff:

El mago ha “decidido” iniciar su espectáculo haciéndose el tonto.

Al modo de esos payasos que son expertos gimnastas, acróbatas y contorsionistas, pero que empiezan su número con morisquetas y tropezando un par de veces.

Lo dice él mismo.

Harto de no saber cómo hacer para escribir un libro sobre correr y llevar en esa inanidad más de diez años, cierto día se propuso:

«Voy a intentar transmitir lo que siento, lo que pienso, en un texto escrito a mi manera, de modo natural, volcando en él las cosas tal como están en mi cabeza. Al fin y al cabo, no hay otra manera de empezar»

Murakami no esconde en absoluto que para alcanzar lo conseguido como autor reconocido mundialmente ha tenido que recorrer un camino durísimo, comparable al seguido para hacerse maratonista, aunque al final tenga que reconocer que, en la escritura, al igual que en el fútbol (como les gusta decir a los alemanes) o en los deportes en general: después del partido es antes del partido.

Lo ilustra así:

«Escribir una novela me exige malgastar mucha fuerza física. Me cuesta tiempo y esfuerzo. Cada vez que me propongo escribir una novela, tengo que empezar a cavar un nuevo agujero desde el principio.»

¿No es, pues, una maratón, toda larga carrera, una acertada metáfora de la escritura de una novela?

Este libro -uno de cuyos capítulos lleva el título de La mayoría de métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana, y que se lee también como unas memorias, es el relato de ese camino.

Correr para llegar, pero también correr solo por correr.

Correr para aprender a escribir.

Correr para volver a empezar a correr.

El mago atleta se llama Haruki Murakami y empieza tropezando con sus letras.

Aplausos adelantados, señoras y señores.

La (excelencia de la) función está garantizada.

...HjorgeV 03-09-2010

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2 comentarios sobre “H. MURAKAMI: «DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER»

  1. He leído un par de cosas murakamianas. Un cuento, El Espejo, y una novela.
    Es muy cierto eso de que si corres a diario dejar de fumar es la consecuencia, que, cuando menos lo esperas, hasta te molesta el humo del cigarrillo ajeno.
    Murakami disfruta siendo la antítesis del prototipo del escritor.

    Rpta.: Hola, Ramón Pineda. Fundamenta, por favor, esto último. Para mí la antítesis de un escritor, es alguien que simplemente no escribe una línea. Saludos arrabaleros. HjV

  2. Es que no dije Antitesis de Escritor. Sì fuese asì su observacion seria correcta. Lo que yo referì es la antitesis del prototipo de escritor.
    En su mayorìa a los escritores padecen de alcoholismo, tabaquismo, sedentarismo, anacoretismos y otros ismos mas.
    Por su lado Murakami parece pasarlo muy bien manteniendose saludable haciendo deportes al aire libre, pues no solo hace footing, sino que tambien aprecia el ciclismo y la nataciòn.

    Rpta.: ¿Mayoría? Eso será en Catracholandia. Los escritores (con libros publicados, famosos y desconocidos) que conozco son todos gente trabajadora, en lo suyo y en sus labores alimenticias. Hay excepciones, como en todo, claro. Saludos arrabaleros. HjV

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