CORMAC McCARTHY: «LA CARRETERA»

Fascinante narración.

Curiosamente, aunque este relato pertenece a la ciencia ficción -por estar ambientado en un mundo futuro y (post) apocalíptico sobre el que cae una permanente lluvia de ceniza-, tiene el sabor de las cosas que ya han sucedido.

Acaso debido a la precariedad extrema en la que viven sus protagonistas, característica fundamental de todo su entorno: una vuelta al hombre errante y sin más recursos que lo que va encontrando en su camino para sobrevivir.

La historia sombría de un padre y un hijo en plena huida de origen y destino oscuros.

McCarthy sabe moverse en la bruma de un escenario bosquejado a partir de penurias y ausencias, de peligros y miedos.

Su mundo inventado se palpa, se percibe hasta con la lengua: es el infierno en la Tierra.

El uso de los diálogos, sin ninguna distinción ortográfica y mezclándolos con el resto de la narración puede resultar incómodo al comienzo, pero luego se nota su eficacia:

Tú también estás dentro, lector, y ya no puedes escapar.

Un lenguaje sugerente y parco, al servicio de una atmósfera asfixiante a ratos, en un mundo de nieve, lluvia y ceniza: desolación absoluta.

Un relato que se sigue leyendo a pesar de que se sabe que no puede haber solución alguna, ninguna salida, salvo la de concentrarse en la supervivencia inmediata y temporal.

Recursos variados, efectivos, para conservar esa atmósfera aciaga, sin perder tiempo ni credibilidad en detalles innecesarios.

La carretera, me ha hecho recordar otro relato.

Uno del volumen El llano en llamas que Juan Rulfo publicó en 1953 y que se titula No oyes ladrar los perros.

Debo confesar que luego me fue imposible pasar por alto varias similitudes con este cuento del escritor mexicano, especialmente cuando el hombre carga al niño sobre sus hombros.

Cormac McCarthy es un poeta de las tinieblas.

Su lenguaje de trazos certeros, casi telegráfico a veces, no pierde con la traducción, al contrario, porque potencia el relato con sus frases precisas y austeras.

Sirviéndose de continuos saltos de diversa longitud en el tiempo, mientras sus dos protagonistas continúan su camino incierto hacia la costa (la presunta salvación), McCarthy crea una atmósfera densa, de aventura infinita y momentánea a la vez, en la que cada paso que se da puede ser el último para estos sobrevivientes de un desastre mundial.

Es invierno, además, y la búsqueda de alimentos y un lugar donde dormir sin morir de frío son dos de sus tres preocupaciones diarias e inmediatas.

La tercera es no caer en manos de otros supervivientes, quienes podrían utilizarlos como alimento.

Sí, el canibalismo es una constante que representa el miedo absoluto y azuza la reflexión moral de los protagonistas: una religión al revés.

En esta constante evasión y esquivación del peligro, el autor de No es país para viejos ( cuya adaptación cinematográfica por parte de los hermanos Coen me pareció espeluznante y demasiado concentrada en lo comercial: el rostro, el corte de pelo de Bardem y su actuación inicial me hicieron más bien reír) (aquí una parodia de la misma) demuestra ser un maestro:

En el cómo -partiendo de situaciones aparentemente despreciables y triviales- construye una tensión que obliga al lector a relajar de cuando en cuando sus manos de tanto sujetar fuertemente el libro.

Aunque se trata de la tensión propia del relato de aventuras y peligros extremos, el modo es sutil y poético, dejando claro así McCarthy que la belleza también puede estar en la descripción de su opuesto antagónico, y que no es raro que la extrema fealdad también pueda estar contenida dentro de lo bello.

Algunos errores triviales de consistencia en la narración en La carretera:

  1. A veces el autor olvida la lluvia de ceniza (y sus consecuencias) en sus descripciones.

  2. En un mundo en el que no queda casi nada para comer desde hace años, el primer desayuno relatado es uno más o menos típico del país del autor, con copos de avena.

  3. Después de cinco días sin comer nada los protagonistas siguen andando y pensando sin mayores alteraciones físicas ni mentales.

  4. Encuentran mantequilla que debe tener varios años de antigüedad y no solo la comen, ¡la disfrutan como si fuera fresca! (¿O era en lata?)

Todo esto se olvida o se traga sin agua, porque la fuerza del relato está en la ambientación de un mundo de escombros; su principal magia está en otros detalles:

La eterna disociación entre moral y placer. Entre deber y querer, entre la ética y el deseo.

Los dilemas de un padre dispuesto a todo por salvar a su hijo, incluso a mentirle para conseguir que deteste la mentira. (Religión pura.)

La incompatibilidad esencial y básica de nuestra naturaleza humana con principios que no vamos a poder cumplir tal como nos los imponemos y, sin embargo, luchamos y hasta morimos por imponérnoslos. (Más catecismo.)

El absurdo de la existencia humana, en otras palabras, agravado por la supervivencia en un mundo destruido y que se está muriendo.

El relato está estructurado en bloques o párrafos de diferente tamaño y densidad que se van adaptando a las tensiones del relato.

Aunque el tema principal de Cormac McCarthy es el viaje, la ruta absurda por sobrevivir, en contraposición con nuestra endeble moral y nuestro desconocimiento fundamental de lo que somos, es imposible no relacionar su capacidad para describir la fragilidad, la frugalidad y las privaciones materiales, con los largos años que se pasó viviendo en condiciones mínimas.

Allí está la afirmación de su ex esposa, según la cual McCarthy prefería pasar hambre a tener que dar conferencias a cambio de dinero.

(De hecho, se pasó varios años viviendo en un granero y tenía que utilizar una laguna vecina para asearse.)

He leído La carretera como una gran alegoría del mundo de hoy que ya empieza a colapsar y en el que las bandas de todo tipo no dejan de moverse para buscar su respectivo ‘alimento’: poder, dinero, drogas, sexo, más poder, la siempre efímera fama, más dinero.

Una simbología de lo actual.

Un relato en el que los protagonistas arrastran casi todo el tiempo un símbolo inequívoco: un carrito o coche de supermercado.

Un padre que tiene que contar a su hijo cómo era cuando el sol salía.

Los dinosaurios debieron vivir algo así: oscuridad y frío hasta que desaparecieron.

McCarthy lo sabe.

Somos una especie camino de la extinción.

Allí están sus palabras:

«No hay vida sin derramamiento de sangre. La idea de que nuestra especie mejorará tanto que cualquiera podrá convivir armónicamente con el otro es peligrosa.»

Imposible también soslayar la continua presencia de ese credo tan usamericano (y tan machacado en películas y medios de comunicación), según el cual matar no es malo si existe una justificación valedera (si no existe se inventa) y quienes matan son los buenos (si no existen se inventan también).

Una historia contada por alguien que sabe lo que es Necesidad (con mayúscula, la de los menesterosos) y que, como hace decir al padre protagonista, para sobrevivir es vital mantener el fuego.

Si ya no hay más del otro, del que nos proporciona abrigo y calor, por lo menos tenemos que preservar el fuego que llevamos dentro.

McCarthy da señales sobre su modo de escribir:

«Pensó que cada recuerdo evocado debe violentar en alguna medida sus orígenes. Como en un juego. El juego del teléfono. Más vale ser parco. Lo que uno altera mediante el recuerdo tiene sin embargo una realidad, sea conocida o no.»

Y su poesía no se circunscribe a crear y recrear atmósferas, es fundamental para el relato. Transcribo:

«Se subió un poco más la mochila y observó el campo devastado. La carretera estaba desierta. En el pequeño valle la serpiente todavía gris de un río. Inmóvil y precisa. A lo largo de la orilla unos carrizos secos. ¿Estás bien?, dijo. El chico asintió con la cabeza. Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro.»

Hay frases bellísimas desparramadas por todo el texto (un aplauso a Luis Murillo Fort, el traductor), como libros valiosos que se abandonan en los bancos de un parque para que los encuentre algún interesado. O nadie.

Cormac McCarthy es un maestro de la ambigüedad y de la simbología, antes que de la metáfora.

Me quedo con una frase de La carretera:

«Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.»

¿Por qué ser rácano si yo mismo detesto las reseñas que no dan ejemplos del texto comentado?

Transcribiré, por eso, parte del resto del párrafo correspondiente:

«Todo húmedo. Pudriéndose. En un cajón encontró una vela. No había cómo encenderla. Se la metió en el bolsillo. Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastante vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.»

Una oscura alegoría de la condición humana.

De la vida (siempre prestada), al pie de la carretera incierta de nuestro destino.

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HjorgeV 01-10-2010

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