MARIO VARGAS: EL GUARDIÁN DEL FUEGO

EL SUEÑO DE MARITO

Es el notición del día.

Así es que no hay mucho que agregar ni tampoco es, pues, alguien del Perú, como el que esto escribe, el más indicado para saludar la concesión del Nobel de Literatura de este año.

Esas son cosas que se dan en los estadios o al final de las carreras de automóviles o bicicletas.

Además, Marito Vargas es un ser extraño, un escritor conflictivo.

Tan contradictorio como el premio costeado por la dinamita.

Un verdadero obrero que a sus 74 años se levanta disciplinadamente todas las mañanas (dicen que no se ha perdonado un día de trabajo) para trabajar duro en lo suyo: escribir. Un hablador informal y profesional, un escribidor y un lector compulsivo, y un investigador incansable, además.

«Para mí la lectura sigue siendo el placer de los dioses, el placer supremo», ha dicho alguna vez.

No soy, repito, de los que descorchan una botella de champaña cuando tienen que celebrar algo.

(Personalmente, las descorcho -a veces- en el caso contrario.)

Como ya debo haberme leído por lo menos unas seis veces Conversación en La Catedral y releo cada cierto tiempo sus cuentos –Los cachorros, ejemplo eximio-, por placer y para aprender, sería absurdo negar mi admiración y su magisterio.

(Me atraganté, eso sí, varias veces con La guerra del fin del mundo y sigo sin pasar de sus primeras páginas; tampoco me he atrevido a leer Los cuadernos de don Rigoberto, como quien no quiere ver a la famosa estriptisera de antaño, a la vejez, desnuda; y opino que Las travesuras de la niña mala empieza brillantemente y luego decae ostensiblemente hasta un casi desabrido final.)

Sí: lo admiro por sus ficciones, por las primeras, sobre todo; por su verbo, por su capacidad para expresar en palabras su ideario y su imaginación; por sus experimentos narrativos.

Y por su gran oído.

Pero también por su correcto trato de la palabra hablada, por su gusto y su capacidad para conversar aún de las cosas más nimias, contar anécdotas y destilar su particular humor en oralidad.

Si no fuera por lo detestable y deleznable de algunas de sus posiciones y postulados políticos, o por el cuentazo como presidente de la comisión investigadora en el Caso Uchuraccay, Zavalita sería el tío que me gustaría o habría gustado tener.

Erudito y conocedor; inteligente y generoso; conversador, entretenido y profundo a la vez. Sabedor de nuestras debilidades y miserias. Capaz de reírse de sí mismo y de hacerte olvidar cualquiera de tus obligaciones u ocupaciones con tal de escucharlo o leerlo.

Y, a pesar de todo, sencillo, diáfano, afable. Como el tío bonísimo que además de tomarse la molestia de venir a visitarte, te deja una buena propina, de saber y conocimiento.

(A sus novelas les debo mi familia germano peruana, mis cuatro hijos, mi doble patria. Ah, ese soñar con la buhardilla de París, que en mi caso resultó alemana, y eso que llegué primero a la Ciudad Luz y fue una casualidad que me viniera a Yérmani.)

Aunque Vargas se ha quejado de que la literatura de estos tiempos ya no tiene ese carácter rebelde y crítico de su época y de que parece solo concentrada en entretener al lector, no deja de ser resaltable su humor.

El de ese tío Varguitas que me gustaría tener, justamente.

Y, sin embargo, no sé si es alguien a quien me gustaría conocer de cerca, de manera íntima, quiero decir.

Aún lo recuerdo en la primera Feria del Libro de Miraflores, solo una sala grande entonces, hoy un gran y multitudinario evento.

Acababa de pasarse horas signando cientos de sus libros y de despachar con y a los respectivos dueños. Yo estaba en mi puesto, un adolescente imberbe atendiendo una caseta insignificante (de libros en alemán) al lado. Él ya era famosísimo y recién había publicado La tía Julia y el escribidor.

(Héctor Abad Faciolince, escritor tan alabado por Vargas, habla de su «rechazo feroz a las dictaduras», pero personalmente no recuerdo que se haya enfrentado abiertamente a las dos de mi país de ese tiempo. Más bien, se le ocurrió publicar ¡un culebrón en plena dictadura militar! )

-¿Y tú? -me preguntó a la distancia, en una pausa, con su sonrisa conejil que ha perdido un poco con los años-. ¿No quieres que te firme un libro?

Negué con la cabeza y me volteé, tal vez porque nunca he podido comprender ni soportar los absurdos entresijos y embrollos de la fama y estoy seguro de que lo mismo le debe suceder a él y que por eso me hizo esa pregunta, como diciendo: ¿Qué sucede contigo? ¿No ves que soy el gran Marito? ¿Cuál es tu truco?

Que sepa, este retratista de una Lima que ya se ha ido parcialmente no rechaza entrevistas, seguramente porque es un gran conversador y se divierte con ellas, haciendo pasar -además- un buen rato a su entrevistador o simple interlocutor. (Hay una miríada de ellas en la Red.)

Se había hartado de que cada año lo consideraran nobelable, de tal manera que cuando le explicaron esta mañana en Nueva York que le daban el Nobel «por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota», replicó:

«¿Dicen eso? Es magnífico. Me alegro mucho. ¡Ojalá fuera verdad!»

Mi homenaje a este gran mago de la narración es exiguo: transcribiré al final lo que contó (haciendo reír a carcajadas a la concurrencia durante diez minutos) en una conferencia realizada en Lima no hace mucho sobre el tema El cine y su influencia en la literatura. (No se pierdan el video, lo imploro.)

(Lo he visto varias veces y me he reído cada vez, como con esos chistes que aunque te los repitan cada par de años, no pierden su magia ni su frescura y te exprimen siempre una gran carcajada. Pero también lo recomiendo porque lo considero una radiografía del trabajo del escritor, del narrador, especialmente. En ese documento audiovisual se aprecia, a pesar de que Vargas es conocido como alguien capaz de pasarse horas enteras hablando sin errores gramaticales, cómo, cuando se trata de narrar con todas las de la ley, él la trasgrede, precisamente: por concentrarse más en el camino que en la forma pero también mintiendo, alterando e inventando donde le conviene a la narración. Estoy seguro de que lo de los guerrilleros y lo del enano fue un invento suyo improvisado sobre la marcha, por ejemplo: los conejos que sacó del sombrero para encandilar al público.)

«Literatura es fuego», ha dicho alguna vez Vargas.

Y no le falta razón.

Si nuestros antiquísimos antepasados, tras descubrir el fuego y sus magníficas utilidades, comprendieron enseguida la importancia de producirlo y conservarlo, este Nobel de Literatura del 2010 tiene un claro destinatario.

El Guardián del Fuego miraflorino y arequipeño. Latinoamericano. Español y peruano por sus dos pasaportes, castellano por su lengua.

Un verdadero guardián de las palabras.

…Qué

...HjorgeV 07-10-2010

 

EL CINE Y SU INFLUENCIA EN LA LITERATURA

(Transcripción parcial de la intervención de Mario Vargas)

(Acabo de descubrir, que ya había contado la anécdota en un artículo de 1993, titulado El sueño de Charlie. Notar las divergencias y las trampas y recursos que improvisó frente al público limeño casi veinte años después.)

Yo tuve una experiencia -de la que preferiría no acordarme- adaptando una novela mía al cine y, bueno, el resultado fue una gran catástrofe.

Pero no creo que porque la adaptación no fue[ra] buena sino por mi inexperiencia cinematográfica, que era total, ¿no es verdad?

Eso fue un disparate sobre el que algún día escribiré una historia, que nadie creerá.

[…] Vemos además que el cine es muy poco serio. Que el cine carece totalmente de seriedad, porque sino no habría sido posible que yo terminara co-dirigiendo una película.

Si yo cuento la historia no me la van a creer. La voy a contar para que no me la crean, pero…

Yo estaba en México. Sonó el teléfono.

Me dijo «Yo soy Christian Ferry. A mí me ha contratado la Paramount para promover el cine en lengua española y entonces lo llamo para ofrecerle que usted dirija una adaptación al cine de su novela Pantaleón y las visitadoras.»

Entonces yo le dije: «¿Pero usted está loco? Yo no sé absolutamente nada de cine.» Le dije: «Mire, mi única experiencia con el mundo visual es haberle pedido a un amigo fotógrafo con el que trabajábamos en una revista que me diera su pase para ver una corrida de toros en Lima. Yo me ofrecí a tomarle las fotos que él debía tomar para la revista. A mí me gustan mucho los toros, toreaba Luis Miguel Dominguín, un torero que yo admiraba mucho y este fotógrafo cometió la insentatez de aceptar mi propuesta. Me dio su cámara y su pase, y yo fui a la Plaza Monumental a tomar las fotos. Y todas las fotos se velaron menos una de un torero tomando agua.»

Entonces, yo le dije a Christian Ferry: «Mira, esa es la única experiencia que tengo yo con… o sea que, tú crees que la Paramount… Vas a perder tu puesto, pues.»

Me dijo: «No, no», me dijo, «usted no sabe: el cine… es muy difícil hacer una película. Y cuando hay la posibilidad de hacer una película, esa pelicula se hace aunque sea una insensatez contratar a un señor, para que haga una película, que no sepa nada de cine. Pero mire lo que ha pasado. El dueño de la Paramount (que en realidad era el dueño de la Gulf&Western, un conglomerado al que pertenecía la Paramount en esos años), en un viaje en avión, alguien le contó el tema de Pantaleón y las visitadoras.» Y entonces este señor que se llamaba Charlie Brudhorn, y que no sé cómo dirigía una transnacional, dijo: «Ah, esa es una historia [de la] que debería hacerse una pelicula.»

Entonces, dijo: «A ver, contraten los derechos de esa novela. Y creo que esta película tendría que filmarla el propio autor, porque creo tque tendría que ser una película de autor.»

Entonces me dijo: «Cuando el dueño de la Paramount dice eso, esa pelicula se hace. O sea que usted vaya y haga esa película . No se preocupe, yo le voy a poner un magnífico ayudante de dirección, que sabe todas las cosas que hay que saber. Usted está ahí y dice “¡Acción!” Ya está.»

Y, dicho sea de paso, me ofreció un montón de dinero.

Yo quedé convencido [de] que el cine no era serio […] y acepté para ver cómo era eso y entonces, bueno, entonces, él con el contrato me regaló un manual. Bueno, fíjense, el único caso en la historia del cine: un director de cine en la noche estudiaba un manual y en la mañana ponía en práctica lo que había aprendido, con actores de verdad y con toda una infraestructura cinematográfica.

Bueno, así salió la película.

Ocurrieron toda clase de catástrofes. Hubo un tifón que se llevó todo el decorado. […]

Hubo otro tifón que se llamaba Katy Jurado. Una actriz que se me ocurrió contratar a mí, porque al pasar por Nueva York vi que estaba actuando en una obra de teatro y dije: «Ah, para que sea la… (¿cómo se llama el personaje?, ¿la…?) ¡la Chuchupe! Y entonces… y resulta que la obra de teatro en la que estaba trabajando con Ernest Borgnine solo duró una semana en Broadway. ¿Y por qué duró [una semana]? Porque se agarraron a puñetes en el escenario.

[…] Entonces la contratamos y llegó Katy Jurado. Y Katy Jurado fue un verdadero tifón, porque prácticamente destruyó todo el presupuesto de la película. Entonces yo no tenía idea de esas cosas. Llegó como una gatita simpática con regalos para todo el mundo y a los dos o tres días comenzó a pedir cosas. Pidió que le pusiéramos un avión para llevarla de donde estábamos filmando a Santo Domingo. Pidió un barco para poder pasear, cuando estaba de recreo. Pidió guardaespaldas porque dijo que se habían metido guerrilleros a su cuarto en la noche.

La productora había construido dos baños (como filmábamos en la selva había construido dos baños) para los actores y los técnicos, y ella pidió que un baño fuera para ella sola. Entonces era completamente ridículo, porque había dos baños, uno que tenía un gran cartel que decía Katy Jurado y una cadena, y otro donde siempre había una cola de decenas de personas. Creó unos problemas tan absolutamente espantosos que a la quinta semana de rodaje… ¡la eché! Le dije: «Katy Jurado, su contrato está rescindido. Váyase.» Entonces fue a una conferencia de prensa y dijo que ella había renunciado porque el señor Vargas Llosa había pretendido que ella tuviera escenas de malos tocamientos… con un enano.

[…]

Si ustedes ven la película, ustedes notarán intrigados que en ciertas escenas Katy Jurado -la Chuchupe- solo aparece de espaldas u oculta por una sombrilla. Resulta que la Chuchupe en esas escenas no es Katy Jurado sino la esposa de un mayor del ejército dominicano que era tan gorda como ella, entonces la contratamos para que la reemplazara. Es la razón por la que [la] Chuchupe en la mitad de la película no […]

Yo podría pasarme la tarde entera contándoles anécdotas…

A partir de entonces yo decidí que nunca más adaptaría una novela mía, yo, al cine, y que al cine no había que tomarlo en serio. Que era una cosa muy bonita y muy entretenida, pero que detrás de las películas había una forma de locura muy especial […]

 

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