«EL USO DEL MIEDO» (Relato)

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Dedicado a NJDV

 

La divisó a lo lejos en una galería del museo contiguo al hotel y, cuando notó que ella también lo había visto, intentó relajarse.

Evelyn caminaba bastante rápido y él tuvo que detenerse mucho antes de lo previsto porque deseaba decirle: «Te estaba buscando. Quiero hablar contigo.»

Su propuesta sería simple: un paseo, un simple paseo de los dos solos (sin su hijo, el de ella) para sacarse todas las cosas del alma.

En sus cinco años de matrimonio, Evelyn le había reprochado con mayor frecuencia precisamente eso: «Escribes miles de páginas, pero no hablas. No te salen las cosas del alma cuando hablas.»

Estaba harta de comunicarse por escrito con él o teniendo que leer en sus cuentos o rastreando en las tramas de sus novelas lo que él le quería decir.

Ahora Mike se sentía capaz de soltar todo lo que ella quisiera. Un torrente de palabras habladas le daría. Su humanidad dictada. Había llegado a un punto insoportable de su matrimonio.

 

-Ahora no puedo -contestó ella fríamente al pasar, con la ira reflejada en el rostro y continuando su camino.

Llevaba la prisa de quien está a punto de abofetear a alguien de pura indignación. Por eso la había admirado tanto al principio: por su determinación, pero ahora eso mismo estaba echando a perder sus planes de sincerarse de una santa vez con ella.

Él se había quedado detenido en posición oblicua en medio del pasillo, en el típico gesto de quien acaba de perder el autobús en plenas narices y no se lo puede creer.

Luego vio pasar a Romme, su hijo, con su eterna cara de «yo no he hecho nada otra vez» y entonces comprendió todo. Se dirigían a un lugar discreto para discutir otra vez.

 

El chico tenía diecisiete años, era hijo del primer matrimonio de su esposa y ella había insistido para que los acompañara a esas vacaciones en el campo.

«Hay caballos y un lago con canoas para remar», le había dicho ella.

Y Mike había descubierto en los ojos de Romme que esos eran atractivos que llegaban demasiado tarde en su vida. ¿Qué podía haber hecho ahora el muchacho para provocar esa ira en su madre?

 

Salió del museo, que era un conjunto de varias salas de exposición con temas tan variados como caprichosos (pero todos eran cuadros de la exposición personal de Klaus von der Geige y en los círculos intelectuales de la ciudad la gente se había alterado y había corrido la voz y convertido a ese anodino centro recreativo campestre en un lugar de moda de la noche a la mañana) y se dirigió al hotel.

¿Cómo decírselo?, pensó.

Su plan de proponerle un paseo y soltarle todo lo que llevaba dentro acababa de fracasar.

Cuando ella se hubiera repuesto de la discusión con su hijo, Mike probablemente ya no se sentiría con ganas como para sacarlo todo.

 

*

 

En la recepción quiso preguntar discretamente si alguien había visto o sabía qué había sucedido con el muchacho.

Se imaginó que no había pasado la noche en su habitación o que había sido pescado borracho o fumando marihuana.

Se asombró cuando el recepcionista, un hombre que ocultaba su calva bajo una boina que debía haber conocido varias guerras mundiales, y que tenía los modales, las carnes y la velocidad de un librero de antigüedades, lo saludó como un viejo amigo desde lejos.

-¡Eh, amigo Pancrasius! -casi gritó el hombre, avergonzando a Mike, porque varios huéspedes del hotel se voltearon a ver de quién se trataba.

Él no podía tener la culpa de tener ese apellido. Cuarenta exactos años y seguía sin acostumbrarse a esas diez letras que apuntaban a «páncreas», «anacrónico» y «craso» a la vez.

 

Se acercó al portal de la recepción dispuesto a quejarse. Él era un cliente más, con los mismos derechos de cualquier otro cliente. Había visto lo que costaba el hotel en las cuentas que le había mostrado su esposa y sabía que pagaban media fortuna por un par de días allí.

Evelyn ya se había topado con varios escritores famosos, otros críticos literarios y divisado a varias promesas del cine y del teatro, de tal manera que la inversión ya se había rentabilizado para ella. Pero Mike no conocía a ninguno de ellos. Y de hecho no se interesaba por ningún tipo de cenáculos ni mundillos de ninguna clase. Su mayor debilidad eran los resultados de la liga. Algo que no podría mencionar abiertamente en enclave así.

-¡Tengo buenas noticias para usted! -siguió hablando en voz alta el encargado de la recepción, a pesar de que la distancia que ahora separaba a los dos era de apenas metro y medio.

«¿Van a cerrar esta estafa de hotel?», pensó mordazmente Mike.

-Lo han llamado de la editorial -dijo el hombre.

«No puede ser», fue lo primero que pensó Pancrasius.

 

No le había dicho a nadie dónde pensaba pasar esas cortas vacaciones, menos a ninguna editorial.

Había enviado un manuscrito a un concurso simplemente para que su esposa se tranquilizara y lo dejara en paz. No le había dicho que era la última vez que pensaba participar en un certamen así. ¿Podía ser la llamada de esa editorial? Imposible.

Además, estaba harto de gastarse otra media fortuna en eventos amañados y en los que los ganadores podían ser anunciados públicamente desde días antes con todo el descaro del mundo y contraviniendo los propios reglamentos. Acababa de suceder con el último Premio Universo. No eran inventos suyos.

 

Hizo un gesto con la nariz. La tenía respingada y se le daba bien hacer gestos con ella. Era una ventaja, porque, que él supiera, no existía ningún manual para descifrar su lenguaje. Ahora era de asco, por ejemplo.

-Tiene que llamarlos a este número -dijo el hombre, con el entusiasmo y la piedad de quien anuncia «¡Acaba de ganar la lotería, amigo!» y entregándole una nota.

Mike no era supersticioso y menos ingenuo.

Leyó en el papel que se trataba del nombre de una de las editoriales que más apreciaba su esposa. A su concurso, precisamente, acababa de enviar El uso del miedo para que Evelyn dejara de presionarlo y hacerle la vida (la de escritor y la otra, que para él era lo mismo) imposible.

Quiso preguntarle al recepcionista el por qué de su excitación, pero el hombre se le adelantó.

-¿No es Perro Mundo la misma editorial del Premio Mundo, amigo? -inquirió, abriendo al máximo sus ojos ansiosos-. ¡Es uno de los mejor dotados, señor Pancrasius!

Mike asintió, frunció el ceño, cogió el papel con el número al que debía llamar y se despidió del hombre con la terrible certeza de que el recepcionista debía saber mucho más.

Se lo imaginó habiendo llamado a la editorial, haciéndose pasar por él y enterándose de más detalles. ¿De qué, de qué?

Bueno, ya se enteraría, se tranquilizó.

 

Se dirigió a su habitación.

¿Había ganado acaso con El uso del miedo el concurso de la editorial Perro Mundo? ¿El primer o segundo puesto? ¿O solo se trataba de un premio consuelo?

Marcó el número con demasiada excitación como para poder hablar pasablemente, pero ya era demasiado tarde.

-Hola, soy Mike Pancrasius -musitó al teléfono, desconociendo su propia voz.

-Un momentito, por favor, señor Pancrasius -escuchó al otro lado de la línea.

¿Había escuchado nerviosismo en la voz de la secretaria, cuchicheos, excitación, al fondo? ¿Habría ganado realmente el Premio Mundo? ¿Podía ser verdad?

Se sintió temblar. No podía ser. Simplemente no podía ser. Dios, ampárame. ¡Por fin alguien se acordaba de él! Sintió que el corazón se le salía de pura angustia y ansiedad.

 

-¡Por fin usted, señor Pancrasius! -dijo finalmente una voz al otro lado, sin que Mike pudiera reconocer si se trataba de la voz masculina de una mujer o de la afeminada de un hombre, pero la siguió escuchando y todo quedó claro.

Era Karme Dellas, la temida, temible y aclamada dueña de Perro Mundo.

De ella se hablaban muchas cosas, pero Mike no la conocía salvo por fotografías. Evelyn decía que era la persona más inteligente y trabajadora que había conocido en su vida, un ejemplo para el mundo editorial. Mike volvió a sentir un traspiés en la mecánica de su corazón.

-¿En qué la puedo servir, señora Dellas?

-Llámeme Karme, simplemente, por favor, Pancrasius. Lamento tener que interrumpirlo en plenas vacaciones, pero tengo una noticia que le va a hacer olvidar todo lo demás en su vida. Qué digo. Su vida acaba de cambiar, amigo Pancrasius.

Otra persona que lo llamaba «amigo». Además, pronunciaba su apellido como una marca de lavadoras o el dentrífico de moda.

-¿Cómo ha podido saber dónde me encontraba? -desconfió Mike.

-Llamamos al número que consignó en la plica del envío que nos hizo de su manuscrito y en el contestador nos encontramos con un mensaje grabado y el número de su hotel. ¿Fácil no?

Por eso les habían vaciado la casa el verano pasado, pensó Mike. ¿Por qué diablos no le había dicho Evelyn a la policía toda la verdad entonces?

 

Dios, tenía ganas de salir corriendo y decirle a su mujer que acababa de recibir su pase al otro mundo. Un mundo lejos de sus presiones y sus críticas. Lejos de todo lo que significaba ser, intentar, ser escritor y vivir junto a una de las críticas literarias más fieras que había conocido el planeta.

-Mike. Lo llamaré Mike a partir de ahora, ¿mejor, no? -dijo ella, sin esperar a que él se lo confirmara con su aceptación-. Nos ha gustado, me ha gustado su novela El uso del miedo.

-Me alegro -dijo él, empezando a entrar en pánico porque acababa de darse cuenta de que algo no encajaba: la fecha en que se iba a dar a conocer al ganador del concurso no era ese día sino dos días después, justo cuando terminaran las vacaciones. ¿Qué estaba sucediendo?

-Queremos, quiero -remarcó Dellas-, hacer un trato con usted.

-Dispare.

-No sea agresivo. -Una pausa dramática-. Su novela me ha gustado. A mí, quiero decir. ¿Entiende lo que eso significa, no? A mí.

«No», quiso responder Mike.

Pero estaba lo suficientemente enterado como para saber que se estaba refiriendo a lo que ya era conocido sotto voce: que los ganadores del Premio Mundo eran elegidos a dedo y exclusivamente por Karme Dellas y que el concurso era una simple farsa publicitaria, con jurados como tigres de papel (transparente) y centenares de tontos útiles como participantes.

«Como la democracia de este país», le había escuchado decir a alguien. Un gran circo mediático, en el que se sabía de antemano quién ganaría.

-Pero quiero un trato -continuó Dellas, empezando a cambiar su tono de voz. Del rogativo y amable del comienzo, había pasado a uno crítico y exigente, claramente agresivo ahora-. Su novela apenas tiene 80 páginas, amigo Pancrasius.

«No es una novela», quiso decir Mike.

 

Y era cierto. Era el primer texto que había escrito de un tirón, sin ningún plan ni intención de nada y aprovechando un viaje de su esposa. El primer texto que, en cinco años de matrimonio y de crítica literaria despiadada (los años que le habían servido a Evelyn para practicar a sus anchas y convertirse en la estrella del medio), no había pasado por el molino de palabras, carne, huesos y honor incluidos, de su esposa.

-80 páginas son un chiste, Mike, para empezar, porque las reglas del concurso dicen que 200 es el número mínimo de páginas.

-Una cláusula dice que el jurado se permite la aceptación de desviaciones de las reglas en casos excepcionales -replicó rápidamente Mike.

¿A qué quería llegar Dellas?

 

Se decía que muchos premios literarios eran una forma sutil de lavar dinero. Se ofrecía medio millón, pero en el intermedio los editores hacían un trato secreto con los posibles ganadores. Y siempre había quien estaba dispuesto a renunciar contractualmente a la mitad o más de esa cifra. ¡El mundo estaba lleno de escritores muriéndose de hambre dispuestos a aceptar simples migajas que tenían que recoger -además- del suelo!

-Sí, sí, sí -respondió Dellas, animando a Mike porque la editora parecía ahora más sumisa-. Pero si anunciamos una novela y esta tiene solo 80 páginas, puede sonar a estafa en el público, ¿no cree?

«No. Ninguna estafa. Si le ha gustado a usted, es porque está bien así», volvió a pensar Mike, sin decirlo.

En cambio, sintiéndose del todo fuerte, aunque trémulo, siguió desconfiando:

-¿Qué trato me quiere proponer, señora Dellas?

-Por fin -dijo ella, con verdadero alivio-, una persona consciente y directa. Evelyn me ha hablado mucho de usted, ¿sabe? Una excelente crítica literaria, ella. En fin. Se lo diré en tres palabras. Que se comprometa a ampliar su novela a por lo menos 200 páginas.

Mike se demoró para responder porque se había puesto a contar el número de palabras de la proposición: 13. ¿O él había escuchado mal y ella había dicho esa cifra en vez de 3, porque esa era una frase que había practicado hasta la perfección antes de llamarlo?

 

Tras su última pelea con Evelyn, en plena medianoche, iniciada justo cuando había estado a punto de quedarse dormido, su idea de fuga había sido montar un caballo.

Había sido un deseo tan infantil como diáfano en su mente. Se dirigiría después de la medianoche a las caballerizas del hotel campestre y robaría un caballo.

«¿Para qué me quieres?», le había preguntado Mike más de cinco años atrás a Evelyn, cuando ella le había salido con que quería casarse con él.

«Para robar caballos y bajar un par de estrellas del cielo, por ejemplo», le había respondido ella, con un brillo tal en los ojos, que solo su índice de luminosidad había bastado para convencerlo y aceptar el casamiento.

Montar sobre un caballo.

Y hacerlo trotar sin nada más en la mente que gozar ese trote hasta el fin de los caminos. O de los tiempos. Esa había sido su idea de fuga.

 

Despertó de sus sueños. Se dio cuenta de que Karme Dellas había seguido hablando todo ese tiempo.

-… porque mi función también consiste en hacer que este barco se mueva, ¿me entiende? Perro Mundo es un gran barco, Mike. Un acorazado. ¿Usted sabe cuántas personas dependen de este negocio? ¿Cuántos empleados, cuántas futuras jubilaciones?

«Y cuántas futuras vacaciones y bajas por enfermedad. Y automóviles y casas y departamentos. Ropa, peluquerías y cines. Restaurantes, alcohol y otras drogas», quiso añadir. No conocía el negocio. Pero tenía que ser como cualquier otro: el dinero tenía que moverse, porque la inmovilidad desesperaba a los comerciantes y banqueros.

-Lo sé. Mejor dicho, no lo sé -se corrigió-, pero me lo puedo imaginar.

-Comprométase usted a ampliar su novela a 200 páginas, exactas si desea, eso es irrelevante, y pasado mañana puedo anunciarlo como el ganador del Premio Mundo de este año. ¿Algo que no haya quedado claro? -preguntó, con ese exacto sentido de triunfalidad que Mike solo había visto en las entregas del Óscar y en algunos Mundiales.

El uso del miedo… -empezó a decir Mike.

-¡No lo estoy amenazando, amigo Pancrasius! Esto es un negocio, para empezar, le repito, y como negocio…

Mike la interrumpió educadamente.

-Me estaba refiriendo a mi novela, a mi panfleto, señora Dellas.

-Karme, simplemente, vamos. Llámeme Karme -dijo ella con suavidad y voz aterciopelada, la del terciopelo que envuelve la daga-. No sea tan humilde, Mike. Ni tímido.

El uso del miedo no es mi mejor trabajo.

Escuchó las carcajadas de Dellas al otro lado de la línea.

-¡Entonces podremos entendernos durante años! -declamó ella.

Mike se imaginó enseguida siendo el autor de moda y sacando cada año o dos una nueva novela al mercado. ¡Ya había acumulado material para unas diez en los últimos cinco años!

-Otro punto. No menos importante -dijo de pronto Dellas, como quien dice «Nos estamos olvidando de lo más importante, tontillo».

-Todo ha sido una broma, ¿no? Mi esposa está molesta por la discusión de anoche y le ha pedido que me haga esta pasada, ¿no? Ustedes dos se conocen y han planeado esta pérfida patraña, ¿No?

Mike cortó. Sin más.

 

Se había quedado paralizado. Estaba sentado sobre la cama matrimonial de su habitación del hotel. Frío y lívido como un bloque de mármol. El mundo parecía haberse detenido, congelado. Sonó el teléfono. Aturdido, resignado, levantó el auricular.

-No se trata de una broma -dijo una airada Dellas, conteniéndose para no explotar-. Karme Dellas no hace bromas, grábeselo bien, Mike. No cuelgue hasta que termine de hablar. Se lo diré en pocas palabras para terminar porque no quiero más escenitas innecesarias. Mire: de aceptar el trato, usted se tendría que comprometer por contrato a participar durante un año en las actividades promocionales de Perro Mundo relativas a su novela.

-No entiendo -dijo Mike, sabiendo que entendía a la perfección y sintiendo que en algún lugar del mecanismo de su corazón una pieza hacía clic.

-Giras para empezar. Conferencias, charlas, entrevistas. Charlas digitales y el mantenimiento de una bitácora o blog en nuestro portal oficial. Responder cartas de lectores y lectoras. Firmar autógrafos. Volver a viajar si resulta que las ediciones se agotan y tenemos que reimprimir nuevas. Sus ganancias dependerán de su capacidad para venderse al público -terminó ella-. Solamente de usted dependerá de cuán rico se quiera hacer. ¿Me está entendiendo, no? ¡Lo espera el futuro!

«¿Y de dónde sacaría tiempo para escribir, y vivir, además, en todo ese año?», se preguntó con pánico Pancrasius.

-Es lo que está de moda -alcanzó a decir antes de desmayarse porque había sentido otro clic.

 

*

 

Evelyn lo había encontrado tirado sobre el suelo de la habitación y primero había creído que se trataba de otra de las feas bromas de su esposo.

El auricular del teléfono colgaba como un animal muerto al que se había torturado enroscando su cuerpo alrededor de un largo tubo candente. «¿Se habrá desmayado?», pensó luego, sintiendo que el cuerpo le empezaba a temblar.

Después había tratado de despertarlo, se había convencido de su inanidad real y había empezado a entrar en pánico.

 

Tomó el teléfono para marcar el número de emergencias. Temblaba. Al no recordarlo inmediatamente, se quedó con el auricular pegado a su oreja izquierda como una tonta que detenía el rumbo del universo simplemente porque no atinaba a encontrar el pedal del acelerador. Estaba en esas, cuando la asustó una voz en la línea.

-¿Aló?

-¡¿Sí?! -gritó Evelyn, con pavor, porque no contaba con escuchar ninguna voz y se había asustado realmente, mucho más de lo que ya estaba. Se sentía a punto de romper en llanto, de estallar en mil pedacitos por el aire. Su cuerpo apenas respondía a sus órdenes. Sentía terror verdadero.

-¿Está el señor Pancrasius allí?

-¿Karme? ¿Eres tú? -había reconocido la inconfundible voz de la dueña de Perro Mundo-. ¿Eres tú, Karme? ¡Oh, dios!

-¿Evelyn? ¡Evelyn! Tu marido acaba de hacerme la peor broma que se haya permitido ninguno de mis escritores. ¡Y tú bien sabes que tengo un Nobel y medio en mis filas!

-Karme, escucha, por favor, escucha -clamó Evelyn, sintiendo que se podría desmayar en cualquier momento. La sangre se había escapado de su cabeza y sentía que hacía lo mismo de sus manos y sus pies. Empezaba a sentir frío y un dolor a la altura del pecho-. Mike se ha desmayado -dijo finalmente-. O está muerto.

-¡Oh, dios! -exclamó la mujer al otro lado de la línea-. ¿Ya llamaste a la ambulancia?

-En eso estaba cuando…

-¡Entonces ahora cuelgo para que lo hagas!

 

*

 

El Premio Mundo de ese año fue uno de los más raros en décadas o acaso de toda su historia.

El uso del miedo se vendió por millones y fue traducido por todo el planeta a pesar de sus escasas 80 páginas.

Y se vendió como novela, en contra de todas las rabiosas diatribas de críticos literarios y las quejas de muchos editores. El favorito del público de ese año le proporcionó las mayores ganancias de su historia a la editorial Perro Mundo, haciendo sonreír a Karme Dellas ante las críticas.

 

El morbo -y negocio para Dellas- añadido surgió, empero, cuando alguien conjeturó que Mike Pancrasius había muerto al enterarse de que su esposa había ganado el premio y no él. El pobre.

Un bitacorero de esos, especializado en pescar lectores a cualquier precio o payasada, había comentado que Mike Pancrasius había muerto realmente de miedo.

Lo había sustentado con una fotografía hecha por el recepcionista del hotel. En la imagen se veía claramente el miedo dibujado en un rictus mortal sobre el rostro del finado Pancrasius, junto al del recepcionista anticuario con una sonrisa triunfal.

Evelyn había publicado entonces una crónica, en la que contaba con pelos y detalles cómo habían sido sus cinco tortuosos años de matrimonio, la envidia y el recelo mutuo.

Cómo había sufrido como crítica literaria para motivar a su esposo escritor sin conseguir que se sentara a trabajar y cómo, harta y desesperada, había empezado ella misma a escribir El uso del miedo. De puro miedo -no era necesario que lo dijera- de que su esposo hubiera resultado un palangana.

(Usó otros términos después, claro, dependiendo del programa de televisión o revista en la que hacía la promoción de su libro: zascandil, botarate, chiquilicuatro, tarambana, mamarracho, buenoparanada, donnadie. Nadie se quejó tampoco por la deshonra que eso significaba para el nombre del esposo muerto. Después de todo, además de haber transcurrido el plazo de un año desde su deceso, eso era también realismo crudo: el corazón abierto en tajo al público, ávido de ver las desgracias más atroces con sus propios ojos y escuchar las más fieras revelaciones con sus propios oídos.)

 

Mas todo no había quedado allí como negocio para Karme Dellas.

Porque, luego, a una bitacorera famosa y perversa se le había ocurrido hacer un macabro chiste y proponer a toda mujer frustrada con su matrimonio, comprarle la novelita a su marido.

Para asustarlo, por lo menos, con el título.

 

Fue el mayor éxito comercial y social en la historia de la gran Karme Dellas y su famosa editorial Perro Mundo.

A partir de un libelo de apenas 80 páginas y una escritora tan imaginativa como cruel.

 

* * *

HjorgeV , arrabales de Colonia, jueves 20-10-2010

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