MATANDO AL MENSAJERO (I)

MUERTES COLATERALES Y CRÍMENES DE GUERRA

Y ahora resulta que no nos habíamos apartado demasiado de las conductas del hombre de las cavernas.

De ese antepasado nuestro, que, si no le gustaba tu cara, levantaba su garrote y te la partía, pensando -de paso- en su cena de la noche, claro.

Sí, lo último es solo una metáfora de los tiempos actuales, pero muy verdadera.

No sé si a ustedes, pero a mí los más recientes desvelamientos de Wikileaks y ahora los del diario londinense The Guardian me han producido verdadero espeluzno.

No, estimados coplanetarios: el terrorismo no es practicado solo por ciertos grupos islamistas fanáticos y violentos.

Sino también por quienes dicen combatirlo.

Como era más o menos de esperar, ante las revelaciones de Wikileaks, los políticos de EEUU se han portado como el que mata al mensajero porque le ha traído una mala noticia.

Soy un padre violento.

Cuando mi hijo saca malas notas, entonces me enfurezco.

El otro día tocó la puerta su profesor y, al abrirla, me informó que mi hijo había sacado peores notas.

-Oiga -le dije al profesor-, lo que usted me dice pone en peligro la salud de mi hijo.

Así es que, como soy un padre violento, le di una patada al profesor por poner en peligro la salud de mi hijo.

Lo de arriba es ficticio y de mal gusto.

Pero así ha sido más o menos la respuesta de EEUU ante las revelaciones del australiano Julian Assange y su Wikileaks.

Para mí, personalmente, quedará el triste recuerdo histórico de la actitud de Obama y de Hillary Clinton al declarar afanosamente a Julilan Assange como el enemigo público N°1.

Pero sin soltar ni una palabra de piedad, compasión o arrepentimiento, por los más de 100.000 iraquíes muertos desde que empezó su invasión ilegal, 70.000 de los cuales eran simples civiles, según los datos de la misma Wikileaks. (Otros datos multiplican por lo menos por  cinco esa cifra.)

Dios.

¿Cómo quejarse del terror de los narcos mexicanos luego?

Ahora lo grave es la divulgación del crimen y no el crimen mismo, como bien lo ha recordado el periodista español Ramón Lobo.

Es que es obvio: si no se conoce un problema, no hay problema.

Lo espeluznante de este nuevo caso de gran barbarie revelado no son -solo- las vejaciones a los prisioneros, los actos encaminados a crearles terror, ansiedad y despojarlos de su humanidad y de su dignidad como personas; las prácticas de asfixia, privación del sueño y la utilización del sexo como instrumento de poder y humillación.

Todas, prácticas prohibidas por la Convención Europea y que atentan en grado sumo contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lo peor no es que ya hubiera un precedente -Basora-, cuando el Ministerio de Defensa británico accedió a pagar casi 4 millones de euros de indemnización a diez iraquíes por las torturas infringidas por militares británicos en el 2003.

(La autopsia de uno de esos prisioneros, un sencillo recepcionista de hotel llamado Baha Moussa que fue confundido con un insurgente, reveló 36 horas de tortura y 93 lesiones distintas.)

(Con ese dinero se compró el «perdón», por así decirlo, porque seis de los soldados británicos involucrados fueron absueltos y un séptimo terminó un año en la cárcel y expulsado del ejército al tener el valor de reconocer que había «dispensado trato inhumano a los detenidos».)

Lo verdaderamente escalofriante, decía, y a mi modo de ver las cosas, es la comprobación de que en Estados conocidos como democráticos, desarrollados y modernos como Inglaterra y EEUU, existen manuales enteros de cómo saltarse las convenciones internacionales de guerra.

Y que este último país haya invadido Iraq y Afganistán en respuesta a los atentados del 11-S y sus más de 3.000 muertos, pero que ya vayan más de 5.000 soldados estadounidenses muertos desde entonces.

Personalmente siempre me ha resultado una gran contradicción insalvable el que nos creamos civilizados pero que sigan existiendo convenciones y tratados de guerra detallados.

¿O alguien soportaría que existiera por escrito, por ejemplo, que «queda prohibido terminantemente sacarle los ojos a los prisioneros delante de sus familias y colgarlos como trofeo de guerra en Youtube fuera de las horas que van de las once de la noche a las cinco de la mañana»?

La Barbarie está ganando este Mundial del Nuevo Milenio.

Allí tenemos a los más de 28.000 mexicanos muertos en tres años de una guerra que se le ocurrió declarar al presidente Felipe Calderón por recomendación y presiones de EEUU y porque él sí se puede sentir seguro con su guardia pretoriana protegiéndolo.

Los mexicanos de a pie, la absoluta mayoría que no tiene nada que ver con el narcotráfico ni con que en EEUU exista un gigantesco mercado de millones de adictos (la demanda que propicia la oferta), son las balas de cañón de ese grave error.

Los que están ganando ahora esa guerra que la periodista mexicana Sanjuana Martínez llama «injusta, nebulosa y criminal» son:

a) los narcos, porque la población civil aterrorizada difícilmente se opondrá a sus dictados;

b) EEUU, porque así podría tener la chance de enviar sus tropas al país vecino, al que ya le esquilmó la mitad de su territorio una vez; y

c) los comerciantes y fabricantes de armas.

90% de las armas que se usan en esa guerra son hechas en EEUU. Lo dice la revista alemana Der Spiegel.

La famosa fábrica Colt, se permite fabricar incluso modelos con nombres como El Rey o El Presidente, en clara, macabra y triste alusión a las denominaciones de los carteles mexicanos.

(Pienso en esos 28.000 mexicanos muertos y me estremezco y no me puedo imaginar que en el país más poderoso de la Tierra se puedan dar cosas así; pero se dan, y peores: ese ha sido el trabajo de Wikileaks.)

No hay que ser un admirador de Eduardo Galeano para reconocerle algo de razón cuando afirma que el mundo vive en una economía permanente de guerra:

«El mundo tiene una economía de guerra funcionando y necesita enemigos. Si no existen los fabrica. No siempre los diablos son diablos y los ángeles, ángeles. Es un escándalo que hoy, cada minuto, se dediquen tres millones de dólares en gastos militares, nombre artístico de los gastos criminales. Y eso necesita enemigos. En el teatro del bien y del mal, a veces son intercambiables como pasó con Sadam Husein, un santo de Occidente que se convirtió en Satanás.»

El segundo punto (b), que EEUU pueda pronto instalar tropas en México, no es -visto así- un chiste.

Si existe el Plan Colombia y ya estuvo a punto de existir el Plan Perú, ¿por qué no puede existir el Plan México, tan cercano geográficamente, además?

La industria armamentística no se puede detener.

Además, EEUU, por las razones que sean, es un Imperio acostumbrado a buscar la solución a sus problemas fuera de sus fronteras.

No sé cómo se pueda explicar este fenómeno, pero allí están las guerras de Corea y Vietnam, las invasiones ilegales de Irak y Afganistán, y el Plan Colombia, para no señalar con nombre propio sus secretas y no tan secretas injerencias en los asuntos internos de un gran número de países.

La solución que plantea el Gran País del Norte para acabar con la adicción de las drogas es acabando con los productores.

Otra vez, la idea es matar al mensajero: en este caso al encomendero.

¿A alguien se le ocurriría, ante el alcoholismo de nuestro hijo, salir a matar al dueño de una tienda o al vendedor del supermercado que le ha vendido cerveza, vino o ron a nuestro hijo?

¿O a los industriales que la producen? ¿A los agricultores de cebada y caña de azúcar o a los productores vitivinícolas?

Hay más.

EEUU es un país que no solo busca sus (lejanas) guerras y sus grandes ganancias en ellas, también es un país que ayuda, pero que no se sabe ayudar a sí mismo.

Allí está el ejemplo del Katrina.

«La tragedia que aún sonroja a EEUU», como bien se titula un artículo publicado en El País, y de la que parece no haber aprendido.

De tal manera que difícilmente podremos esperar que se ocupe (dentro de propias sus fronteras) del problema del gran consumo de drogas por sus ciudadanos con otros métodos que no sean la represión y la violencia estatal.

Hay mucha más maldad cavernaria en este mundo.

Sufrientes callados y silenciosos, para quienes las leyes y sus derechos no valen nada.

Me permito mencionar un solo ejemplo entre miles: el caso de los agricultores palestinos.

En el país de los olivos, Palestina, de casi 100 querellas presentadas a la policía israelí por agricultores palestinos relacionadas con el destrozo de sus olivos y cultivos en los últimos cinco años, ninguna ha conseguido convertirse en una acusación formal.

Es el terrorismo de baja intensidad que practican los colones legales e ilegales israelíes, con el contubernio de la policía y la justicia de su país.

El pisoteo de la dignidad humana como trofeo de guerra.

El terrorismo contra árboles como si fueran humanos y que tampoco es castigado.

Nombrar, criticar, es fácil.

¿Existen soluciones?

Continúa pasado mañana…

HjorgeV 28-10-2010

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