«LA BROMA HA TERMINADO»

LA TULIPOMANÍA

¿Te gustan las flores?

Hasta no hace mucho, si salías a cenar a un restaurante de Colonia, no solía faltar en algún momento de la velada la aparición de un personaje singular:

El vendedor cargado con un ramo de rosas.

Si deseabas halagar a tu novia, pareja o parejo (Colonia es una ciudad muy liberal pero, curiosamente, nunca he visto a un hombre regalando una rosa a otro hombre), podías adquirir por poco dinero un par de rosas.

No he vuelto a ver a esos vendedores en mis últimas incursiones a la ciudad.

No sé si han desaparecido, si la gente se cansó de regalar rosas y ya no las compra, o si simplemente ya no es un negocio para los vendedores por su precio.

Sé de gente que no puede vivir sin sus flores.

Pero, ¿se imagina una persona de este milenio que acaba de empezar, a alguien haciendo un trueque y cambiando su lujosa mansión por una flor?

¡Por una sola flor!

Bueno, en realidad, ni fue ni por eso.

Y ocurrió alguna vez en un hecho real.

Porque el trueque fue por el bulbo de una flor. Concretamente, de un tulipán.

Fue un hecho real -repito- y ocurrió en Holanda.

Un caso excepcional de locura colectiva en la historia.

Pero no el único.

Ahora que estamos tan acostumbrados a considerar el oro como la moneda global del mercado, nos puede resultar verdaderamente absurdo que algo tan perecedero como una flor pueda haber servido como moneda.

Hacia el año 1623 en Holanda, por ejemplo, un solo bulbo de tulipán llegó a costar 1.000 florines neerlandeses.

Un dineral, si se tiene en cuenta que ese mismo año, un sueldo mensual promedio en ese país era de poco más de 10 florines.

¡Cien veces un sueldo promedio mensual por el bulbo de una flor!

Un completo absurdo.

Algún lector puede pensar que esto es un invento. Es comprensible, pero no lo es.

Hacia 1630, sin embargo, los holandeses, continuaron su Tulipomanía y se dedicaron deportivamente a especular con el precio de esa planta.

Hasta el punto que en 1635 se llegó a pagar 100.000 florines por 40 bulbos de tulipán, el equivalente a mil toneladas de mantequilla o tres mil cerdos.

El record de venta fue establecido por un bulbo bautizado como Semper Augustus, vendido en Haarlem a 6.000 florines.

Poco después, una epidemia de peste bubónica cayó sobre el país, creando cierta escasez de mano de obra.

Y entonces, los precios y la especulación con los bulbos de tulipanes se dispararon aún más y se empezó a negociar con provisiones futuras de esos bulbos, el llamado Windhandel, algo así como el ‘negocio con aire’.

Los bulbos de tulipanes llegaron así a las bolsas de valores.

Todas las clases sociales holandesas, desde los artesanos hasta la aristocracia, formaron parte de ese juego especulativo (locura colectiva) que ahora nos puede parecer totalmente absurdo e imposible.

Hasta que la burbuja estalló.

Porque tenía que estallar alguna vez, como cualquier burbuja.

La última gran venta ocurrió el 5 de febrero de 1637.

Al día siguiente, un lote de medio kilo de tulipanes no encontró comprador y el precio empezó a bajar en picada.

Todos querían vender sus existencias además de lo que todavía existía solo en el papel (sus reservas futuras).

Y de pronto esos vendedores se encontraron con que nadie quería comprar ese ‘aire’.

La economía holandesa se fue inmediatamente a la quiebra.

¿Cómo fue posible todo eso?

Hay que aclarar que Holanda vivía un contexto histórico especial.

Para empezar, Holanda es una demoninación común pero errónea.

Porque solo era una de las 7 provincias (Frisia, Groninga, Güeldres, Overijssel, Utrecht, Zelanda y Holanda) que se habían unido en 1579 bajo el nombre de Provincias Unidas para liberarse del yugo español y en 1581 se habían fortalecido al deponer a Felipe II de España.

Debido al apoyo de Francia y la ayuda militar de Inglaterra, Felipe III y la Corona española España se vieron obligados a aceptar la Tregua de los Doce Años y reconocer la existencia de las Provincias Unidas.

Fue la época dorada de ‘Holanda’, pero gracias también al llamado Oro de las Indias, el esquilmado a Perú y Bolivia y que por el método del ladrón (los piratas holandeses) que roba a ladrón (la Corona española) le permitió convertirse en una de las potencias económicas y marinas del siglo XVII.

Había, pues, dinero en abundancia.

Y eso explica cómo una gran parte de la población podía dedicarse a especular con flores. ¡La horticultura llegó a ser materia universitaria!

Pero los holandeses y su locura (especulativa) colectiva no han sido los únicos en la historia.

Hasta Isaac Newton, el mismo de la ley de gravitación universal y fundador de la mecánica clásica, se vio envuelto en un fenómeno similar: el de la llamada Burbuja de los Mares del Sur.

Tras perder una considerable suma junto a una caterva de sus compatriotas, llegó a clamar:

«¡Puedo predecir el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de las gentes!»

El Crack del 29 fue algo similar.

Y el más reciente que afectó a nuestra economía -y del que aún no se sabe cómo terminara- es otro gran ejemplo de «burbuja especulativa».

Todos pueden entender que comprar y vender acciones sin límite superior para las ganancias es una quimera que no puede durar indefinidamente.

Sin embargo en eso creyó todo un país y EEUU pasó por la llamada Gran Depresión a partir del llamado Crack de 1929.

El gran Groucho Marx lo ha contado alguna vez:

«Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que yo era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.»

En 1929, hasta el mismo Groucho se había dado cuenta de que no podía ser posible, de que algo tenía que estar mal en el esquema:

«Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. “No sé gran cosa sobre Wall Street”, empecé a decir en son de disculpa, “pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?”»

El otro Marx, el más divertido, sin ser ningún economista y (a pesar de su fama mundial) sin haber terminado siquiera la escuela, lo había entendido:

«Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.»

Era la codicia, la avaricia, la sed de amontonar riquezas sin fin, el principal alimento de ese absurdo. Y gobiernos desinteresados en problemas elementales como ese, el sustento sobre el que podía desarrollarse.

Groucho no se olvidó de mencionar a su amigo Max Gordon y su frase (acaso la que más perdurará en toda la historia de la humanidad) del día en que Wall Street se vino literalmente abajo:

«Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. […] Todo lo que dijo fue: “¡La broma ha terminado!” Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo. Luego se suicidó.

En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado.»

La broma había terminado, sí.

Y quien haya llegado a sonreír con el candor de los holandeses de hace un par de siglos porque no especulaban con bienes raíces, materias primas ni acciones de multinacionales sino con flores.

Debería recordar que otro ‘tulipán’ co-gobierna nuestra economía.

Cierto, es un metal y dura (casi) una eternidad, pero es un elemento básicamente usado como adorno o decoración y símbolo de riqueza, tal como el tulipán de los holandeses.

Y en ese estatus ese metal ya lleva varios siglos.

Sin que nos produzca el menor sonrojo ni una seria puesta en duda de nuestros principios y valores: lo aceptamos en su rol desde que nacemos hasta que morimos sin quejarnos de su función tulipana.

Otros ejemplos de tulipanes holandeses actuales son ciertas obras de arte.

Un cuadro de Andy Warhol, es decir, un pedazo de tela o material similar con una cierta cantidad de pintura encima, acaba de ser vendido por la friolera de 25 millones de euros.

Alguien puede pensar que ciertas obras de arte contienen un valor inmanente perdurable y que por eso cuestan lo que cuestan.

Pero una cosa es lo que algo vale y otra diferente lo que cuesta.

El día que se descubra una gran veta de diamantes a la que hasta los pobres puedan tener acceso, por ejemplo, habrá terminado la historia del diamante como piedra preciosa y rara.

Es cierto que ciertas obras artísticas del pasado pueden llegar a valer mucho por el simple significado que tienen.

Pero dada una catástrofe planetaria, por ejemplo, donde lo más importante sería sobrevivir para poder comer, beber y respirar hoy, a cualquiera le importaría un pito adquirir incluso la Mona Lisa.

(Salvo que se pudiera comer. O cambiar por comida.)

Simplemente porque, si no se sabe lo que pasará mañana, en un supuesto así, todo lo verdaderamente accesorio pasaría a un claro segundo plano.

(Esta debe ser la razón, también, me quiero imaginar, por la que los verdaderamente pobres apenas muestran interés por obras de arte y actos culturales, por museos y otras cosas que apenas tienen que ver con su dura lucha diaria por sobrevivir. Ya quisiera ver yo -es un decir- a cualquiera que no se quiera creer esto último, condenado a pasar hambre, sed y penurias durante el resto de su vida para comprenderlo.)

Estrictamente hablando, cualquier producto que no sirva para la satisfacción de una necesidad primaria o elemental es como un tulipán holandés.

Tomemos, por ejemplo, las acciones de la marca alemana Adidas (en alemán se pronuncia como esdrújula) o las de Coca Cola, para escoger dos productos ampliamente conocidos.

Si mañana todos (o una gran parte de) los compradores habituales se pusieran de acuerdo en no comprar ninguno de esos dos productos durante un tiempo, se produciría un caos más o menos inmediato.

A más tardar en una semana, las reservas acumuladas empezarían a “apestar” en las tiendas, además de que deberían moverse para hacer espacio a las nuevas reservas producidas.

Acaso en escasas dos semanas, esas acciones perderían parte de su valor porque algunos accionistas habrían preferido perder un poco de dinero pero salvar parte de la ganancia acumulada durante años.

Entonces se agudizaría el caos.

¿Quién desearía comprar una acción de Coca Cola?

Digamos que un grupo de astutos se decide a hacer el negocio de su vida y compra un buen lote.

Pero los compradores, los consumidores, deciden seguir resistiendo un tiempo más.

Esto suena a ciencia ficción, pero es un escenario perfectamente posible en este mundo globalizado e interconectado.

Y es lo que le ha sucedido -de paso- a grandes marcas del pasado, solo que no por un efecto boicoteador. Pero así empezó todo final de un producto otrora famoso: con un par de compradores que dejaron de adquirirlas y luego se generalizó ese desgano consumidor respecto a ese producto. Por las razones que fueran.

Pero sigamos con el caso antes planteado.

Para cuando el caos desatado ya haya afectado a otras ramas de las sub-economías o sub-sistemas ligados a esas empresas, es decir, cuando los trabajadores de esas compañías dejen de percibir sus sueldos porque no hay entradas monetarias ni los dueños quieran arriesgar sus propios depósitos para atenderlos, y a los suministradores les pase lo mismo, tal vez entonces los consumidores se hayan podido dar cuenta de que también se puede vivir un par de semanas sin esos tulipanes.

Y decidan alargar esas semanas de renuncia a esos productos.

De hecho, los holandeses (la gran mayoría de ellos) llevan siglos haciéndolo con sus tulipanes.

HjorgeV 14-11-2010

………. HjorgeV 08-11-2010

………. HjorgeV 08-11-2010

………. HjorgeV 14-11-2010

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