EN EL CUARTO DE MARCO, AL OTRO LADO DE LA PARED (Relato)

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No supo si primero fue la imagen o el recuerdo de esa imagen. Pero a esas alturas ya todo había derivado hacia la peor de las contingencias. Para empezar, no habían puesto el seguro a la puerta del cuarto tras despedirse del visitante en la cocina común del departamento. Él había entrado luego sin llamar y ellos no se habían atrevido a decirle que querían estar solos. Entonces, el visitante había sacado un troncho de marihuana del tamaño de un habano y los dos habían empezado a reír como dos adolescentes tontos.

Tras fumar, habían bebido con él y habían gritado de júbilo al descorchar la segunda botella de vino. Y, después: solo el caos, el terror puro. Repentinamente.

-Viene solo por una noche -les había dicho Marco, el dueño de la habitación del visitante, antes de partir de viaje al sur de Italia-. Es un buen muchacho. Lo conozco de cuando éramos niños. Trátenlo bien. Va a pasar una noche en mi habitación y después se va -había agregado.

Y habían abierto entonces la tercera botella de vino, anunciándole al visitante que sería la última y que luego querrían dormir, siempre entre risas. Hacía tiempo que los dos no se habían fumado una buena maricucha.

Ahí está ella ahora, en la imagen clarísima que tiene, caliente como otras tantas noches, pegándose a su cuerpo al despedirse del otro, como diciendo: «Eso de irnos a dormir, nada». O sea: «Imagínate lo tuyo, forastero». Y, claro, luego, después de que el visitante saliera: las ropas cayendo, las sábanas por el suelo, su desenfreno, esa forma suya -de él- que tenía de comprender el amor como una lucha por desarmarse hasta el alma y esa forma suya -de ella- de entenderlo como un paseo lunar, sobre una Luna de superficie caliente y ondulante.

Entonces, en lo mejor del juego, él había sentido que se abría la puerta. La tercera botella de vino y la marihuana le impidieron tomárselo demasiado en serio. Además, ella no había hecho ninguna señal de haberlo notado ni de sentirse importunada. Pero él ahora sabía que el amigo de Marco había vuelto a entrar a la habitación sin llamar a la puerta y los estaba observando desde la penumbra.

Después, todo había sido mucho más confuso, un afán exhibicionista que apenas se conocía de sí mismo y mezclándose con el de ella, su forma de demostrarle al mirón quién llevaba las riendas del juego en ese momento. Luego, todo más confuso aún: la cumbre, la turgencia extrema, los retortijones de placer, su boca desdibujándose líquidamente.

Solo había querido presumir frente al otro, su forma de decirle: «Yo que tú, no me habría metido a fisgonear.» Pero entonces había aparecido de pronto el cuchillo en su cuello, el pánico por no saber dónde estaba el mundo, las sensaciones de pérdida infinita, el remolino abisal. Temblando, había entendido en qué terminaría todo, la desgracia no solo iba a ser para él. «Espera afuera», le había dicho el amigo de Marco. «Y no se te ocurra pedir ayuda porque entonces será peor.»

 

Y ahora está sentado en el bordillo frente a la entrada del edificio, pasando la llave de una mano a otra. Hace un frío maldito a pesar de que es verano y lleva más de una hora a la intemperie de la madrugada colonesa. Ha llorado de rabia, de indignación, de impotencia. Ha estado varias veces a punto de llamar a la policía. De trepar por las paredes y entrar por la ventana, pescarlo en el momento del clímax y asesinarlo ahorcándolo con sus propias manos. Los jueces lo verían como defensa propia extrema después de todo. Se le han pasado tantos escenarios por la cabeza que ya ha confundido todos y recién empieza a vislumbrar el verdadero. Tiritando, se levanta. No sabe qué hacer. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que lo expulsaron del paraíso para convertirlo en una cámara de tortura para ella? ¿Cuánto tiempo se ha pasado esperando escuchar un grito, un quejido, una voz pidiendo ayuda, un sollozo de desesperación? ¿Lo habrá hecho con el cuchillo en la mano? ¿La habrá amordazado, atado? No puede más y se levanta. Introduce la llave y abre la puerta del edificio unos pocos centímetros. Todavía es de madrugada. Está descalzo y solo tiene un polo y un pantalón de deporte puestos. Dios, felizmente es verano. Tiembla. De miedo, de impaciencia, de impotencia, de confusión, de todo. Teme ser descubierto por algún vecino y no saber cómo explicar su presencia allí. Empuja la puerta. Sube los escalones del edificio corriendo y temblando. No sabe lo que le espera. Desde la escalera ve la puerta del departamento entornada y se detiene. Se imagina al amigo de Marco con el cuchillo detrás de la puerta, con su maleta en la mano, esperando para decirle: «Ya sabes, nada de contarle nada a nadie.» Se imagina abalanzándose contra él, con toda su humanidad, cayéndole encima y desarmándolo; empezando a golpear su cabeza contra los muebles, las paredes y el suelo. Usando acaso su propio cuchillo.

La puerta no se mueve. La empuja con el pie, preparándose para el ataque. Está oscuro dentro. En el vestíbulo, cae un débil haz de luz que proviene de una de las ventanas que dan al exterior. Entra. No escucha nada. Piensa en una trampa. Busca con desesperación un arma arrojadiza, un objeto contundente. Silencio casi absoluto. Se dirige a su habitación. Empieza a abrir la puerta. Se la imagina a ella atada, amordazada. A él con una sonrisa diabólica en la boca. Peor aún, se los imagina repitiendo su propia escena: con ella arrodillada frente a él y a este con el cuchillo en la mano.

Se esfuerza por percibir formas en la penumbra. Pero solo encuentra más sombras y silencio. Espera. Sobre la cama empieza a distinguir sus formas, las de ella, con la sábana marcando las líneas de sus piernas y sus caderas. La cabellera rubia extendida sobre la almohada. Piensa en lo peor. Busca sangre, huellas de que ha luchado por defenderse. Piensa en buscar al forastero con un cuchillo en la mano a la habitación de Marco. Pero no ve nada, ningún indicio de lucha o violencia. Piensa en algo peor todavía. En su colaboración. En su forma tan impensada de resolver las cosas, sus ideas increíbles. Se la imagina ofreciéndole su colaboración al forastero sin necesidad de amenazas. Agita la cabeza: no. Imposible.

Se acerca a su cuerpo dormido. La cabeza le da tan groseramente vueltas que piensa que puede empezar a vomitar en cualquier instante. Se calma. La venganza tiene que ser un animal de sangre fría, helada. Contrólate. La siente respirar profundamente. Relajada, angelical. La ve sana e intacta. Se asombra. Qué cosas se le han ocurrido, amor. Perdóname. No se atreve a pronunciarlo para no despertarla. Percibe su candor. La ve inmaculada, tierna en su sueño. Entonces ella despierta y cuando él va a empezar a disculparse o a hacer preguntas, lo atrae hacia sí, le acaricia la cabeza y levanta la sábana para poder recibirlo. «Ven», le susurra. «Me tuviste asustada todo el tiempo. ¿Dónde estuviste?». Sin entender nada, él se entrega a su abrazo, siente el fuego, la fulguración de su cuerpo desnudo para demostrarle que lo ha estado esperando y deseando. «Estás helado», susurra ella, pero no es una queja, él sabe que el contraste con su cuerpo caliente le está haciendo bien y lo goza a su manera. «¿Dónde has estado? ¿Adónde te fuiste?» Ahora solo el vértigo para él, desea perderse en su calor profundo sin respuestas, después vendrá el momento de entenderlo todo, la hora de las preguntas.

«¿Te hizo daño?», es lo mínimo que se le ocurre preguntar antes de entrar a su paraíso candente, la duda ante su fuego. Cree escuchar «¿Quién?» y desea que se lo repita, pero ella ya no parece escuchar, se contorsiona de placer, lo abraza con la rabia de un sueño empezándose a hacer realidad. ¿Lo había soñado todo? Trata de resolver la confusión de hechos y tiempos en su mente. Está confundido, no sabe qué pensar. Siente su recepción pélvica, su quemazón atómica, con sus jugos permitiéndolo todo: la turgencia en las posiciones más increíbles, los movimientos y arcadas extremas. Sin dolor. Continúan así y él repite su pregunta antes de la cumbre mutua, en medio de sus estertores de placer, cuando su cuerpo -el de ella- empieza a convulsionarse chocando con el suyo, como si hubieran tenido que romper el ritmo propuesto y asumido para alcanzar por oposición el compás del placer mayor.

«¿De quién hablas?», alcanza a susurrar ella, después de las arcadas de placer, de la muerte pequeña, perdiéndose ya en su propio sueño, con su voz ronca pero tersa de agradecimiento, empezando a relajar todos sus sentidos y sus miembros. Quiere preguntarle si el extraño le ha hecho daño. O si ella lo ha resuelto todo de otra manera. «¿Quién?», vuelve a preguntar ella, ya en un susurro mínimo, cayendo en el abismo del sopor incontenible. La abraza, para poder perderse con ella. Qué tonto eres, se dice. Estúpido. Cierra los ojos para poder pasar también al otro lado, a las profundidades del sueño reparador. Su cuerpo es una bendición de calor, sus formas, una perdición de los sentidos. Su conducta, lo más enrevesado e inextricable de todo el universo. Acepta finalmente que todo ha sido un mal vuelo, que no existe el amigo de Marco, que todo se lo ha inventado la marihuana en su cabeza y entonces todo el cansancio acumulado lo ataca de golpe, desprevenido. Lo siente multiplicándose en el espejo de su cuerpo, el de ella. La cabeza le empieza a dar vueltas, la respiración se le espesa, son los estertores del alcohol y la marihuana. Cuando amanezca será otro día, llega a pensar, le dirá que ha tenido un mal vuelo y que se ha inventado un extraño en el cuarto vacío de Marco. Se deja caer gustoso en ese abismo acolchonado que es su propio sopor ahora, el descanso eterno de cada día. Antes de caer al torbellino oscuro de sus propias profundidades, escucha a alguien roncar al otro lado de la pared, en el cuarto de Marco.

...HjorgeV 20-11-2010

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