MICHAEL KORDA: LOS INMORTALES

Debo haber comprado el libro hace más de diez años, simplemente porque había una fotografía de Kennedy en la carátula sin saber lo que me esperaba.

Su asesinato es uno de los temas que no han dejado de interesarme desde que descubrí que mi madre guardaba en su particular cofre del tesoro un número de la revista Life con ese tema.

Había visto el libro varias veces en su paso mudo de uno a otro de mis estantes y en los cartones de la última mudanza (como a una de esas personas con las que cruza uno miradas en la gran ciudad y uno tiene la certeza de que alguna vez coincidirán), pero no le presté atención hasta hace unos días que no tenía qué leer y eché a un vistazo a todos esos libros que duermen la siesta de los justos en mi irregular y asimétrica biblioteca.

Acabo de terminar de leerlo y la sorpresa ha sido mayúscula.

Raras veces he leído una prosa de tan excelente factura.

Pocas veces he seguido con tanta atención cada palabra de una novela para no perderme ningún gramo de su arte.

Y, justamente ahora, que Wikileaks ha hecho otro gran destape, hay que haber leído una novela como Los inmortales para conocer y entender mejor cómo se mueve y piensa la potencia mundial en decadencia por excelencia, cómo son los mecanismos de sus entrañas y qué se pudre en ellas.

«A veces la verdad sólo puede decirse a través de la ficción», reza el reclamo de la contratapa del libro de Korda.

¿Quién es Michael Korda (Londres, 1933)?

(Aquí una entrevista en Youtube sobre su libro Ike.)

Curiosamente, la Wikipedia en inglés (no hay una entrada en nuestro idioma) ofrece varias referencias sobre su vida y su obra, pero no consigna esta novela suya. En la Wikipedia en alemán sí aparece, bajo el título -pobre, a mi entender- de Die Maßlosen.

(Maßlos significa ‘sin medida’, ‘desmesurado’. ¿Los desmesurados?)

¿Por qué una novela de tan excelente factura es tan poco conocida?, es una pregunta que me fui haciendo una y otra vez conforme iba avanzando con la lectura.

Es probable que su poco éxito también tenga que ver con la presentación escogida.

Lamentablemente, tanto el ejemplar que tengo (Plaza & Janés) como la versión alemana llevan en la portada las fotografías de Kennedy y Marilyn como reclamo. ¿Un error de estrategia publicitaria acaso?

Porque Los inmortales es mucho más que una novela histórica.

Pocas veces -repito- he podido apreciar la obra de un escritor con tal dominio de su arte y de su oficio. Con descripciones y ambientaciones exquisitas, sutiles e interesantísimos diálogos, situaciones que invitan a perderse en la trama.

Korda también resuelve la principal preocupación de todo escritor -pero especialmente de un novelista-, a saber: cómo poner todo lo que sabe, puede y conoce por experiencia, al servicio de lo que está escribiendo.

Es un problema de:

  1. criterio (qué soltarle al lector),
  2. organización (cuándo soltarlo y cómo repartirlo) y
  3. de dosificación (en qué medida y con qué intensidad hacerlo).

Por esto es que se suele decir que un novelista termina escribiendo lo que puede y no lo que quiere.

El tener una idea más o menos concreta de lo que se quiere alcanzar, no es garantía de que lo pueda lograr. Al contrario, muchas veces la idea (la inteligencia) termina resultando una traba para un escritor, en tanto lo anula o estorba como creador intuitivo y espontáneo.

Todo esto se hace más patente en una novela: la narración de largo aliento por excelencia y en la que la lucidez del novelista para poner todos los recursos que tiene -a disposición de su texto- se pone verdaderamente a prueba.

Como una novela no se escribe en un par de horas, sino que es un proceso que puede llegar a durar años, el novelista tiene que mantener esa lucidez como un faro que ilumina su camino ‘escritural’ durante todo ese tiempo: a sus personajes, a sus diálogos, a su trama y al ‘relleno’ que mantiene como narración.

Y esto del relleno es acaso, aparte de una más o menos excelente trama, lo que diferencia las grandes obras del resto.

Todas estas banales reflexiones acerca del novelar, se pueden aplicar de una manera ejemplar a Los inmortales de Michael Korda.

He leído su novela con un embeleso poco común.

Volviendo una y otra vez a las páginas pasadas para volver a degustarlas, creyendo ingenuamente que así podía retrasar llegar al final y extender el placer indefinidamente.

Me he encontrado con una serie de pasajes que me han hecho casi palidecer de vergüenza propia y ajena, al notar la plasticidad y oficio con la que el narrador -el secretario de prensa de Kennedy- nos cuenta su historia, comparándolos con los pobres recursos de otros.

Transcribo aquí parte de la escena en la que Marilyn y Leman están cenando en un restaurante y ella recuerda la primera vez que estuvo allí, de amiguita de un hombre casado -un agente cinematográfico famoso- cuando todavía era una desconocida.

-¿Te divertiste cuando Johnny te trajo aquí por primera vez? -pregunté.

Marilyn tenía los ojos tristes, extrañamente opacos, como si estuviera mirando en su interior y se sintiera dolida y asombrada por lo que veía.

-Fue horrible -contestó meneando la cabeza-. Johnny me había llevado a I. Magnin’s donde me compró un vestido que dejaba los hombros al descubierto y tenía la falda amplia y una especie de chal a juego, con zapatos del mismo color, estilo Dior, del tipo que su mujer se habría comprado, y claro, me sentí como una niñita vestida con la ropa de su madre. Todos los que estaban en el restaurante me miraban, ¿sabes? Se les oía susurrar: «¿De modo que esa es la chica por la que Johnny abandonó a su mujer?» A Johnny le encantaba ir de mesa en mesa conversando, al fin y al cabo era agente, pero esa noche nadie se acercó a nuestra mesa y me di cuenta de que a Johnny le sentó mal. No sé, la gente aceptaba que tuviera una amiguita (después de todo, ¿qué hombre en su posición no la tenía?), pero resulta que me había llevado a mí, la amiguita, a Romanoff’s, y eso era algo que no se hacía. Porque Romanoff’s era el sitio al que se llevaban a las esposas, no a las amiguitas.

Me pareció que iba a echarse a llorar, pero entonces llegó el primer plato. Comió con apetito, cogiendo las gambas una por una por la cola con sus largas uñas pintadas de rojo y remojándolas en la salsa rosa. Comía de prisa; en el fondo seguía siendo la chica de barrio pobre que ha tenido la suerte de que la inviten a un festín y teme que le pidan que se marche antes de acabarse el plato.

-Todos los hombres que he conocido en mi vida intentaron enseñarme cosas -dijo con tristeza-. Y sigo siendo la misma rubia de siempre.

-No eres una rubia tonta.

-No tan tonta como la gente cree. Pero siempre me pregunto… si los hombres me quieren tanto como dicen que me quieren, ¿por qué entonces lo primero que desean hacer es cambiarme? Si algo tengo que decir a favor de Jack es que nunca trató de enseñarme nada.

-¿Y Bobby?

-Mejor no hablemos de él, ¿de acuerdo? Solo te diré que, a diferencia de Jack, a él le van las reformas. Se imagina que es responsable de salvarme.

-¿De qué?

Me miró con cierta dosis de piedad y contestó:

-De mí misma, tesoro. ¿De quién si no?

Poner de forma nada pretenciosa y efectiva (para la narración) toda una concepción del mundo, toda una experiencia de vida y toda la sabiduría y el conocimiento acumulados al servicio de lo que se está contando, y hacerlo elegante y entretenidamente, es un arte mayor que no domina cualquiera.

Pero eso es lo que va haciendo página a página Michael Korda en su ficción basada en hechos reales.

El libro comienza por el final: cuando Leman es llamado por el presidente para encargarle que se ocupe por él de «desenvolverse por ahí» y «apagar unos cuantos incendios» en California, donde acaba de fallecer su ex amante, Marilyn Monroe. Es la primera vez que ve una lágrima en los ojos del hombre con más poder en el planeta en ese momento.

Las casi 600 páginas de la novela relatan lo sucedido desde el momento en que Kennedy y Marilyn Monroe se ven por primera vez hasta la misteriosa muerte de esta.

«Desde el momento en que Jack y Marilyn se pusieron el ojo encima mutuamente -relata Leman, iniciando el primer capítulo después del prólogo- supe que iba a haber problemas.»

La novela de Korda me ha resultado también especialmente interesante, porque resuelve de una manera elegante y efectiva el dilema y la dificultad que implica el contar una historia en primera persona.

Es decir, el cómo resuelve la media soga al cuello que significa elegir la limitada perspectiva de la primera persona para contar una historia.

Contar en primera persona tiene sus encantos y su propia fuerza narrativa. Es como escuchar directamente a la fuente que cuenta.

Pero solo puede contar lo que ve y experimenta de forma directa, no todo lo demás.

Como es lógico que en un caso de amoríos el narrador no puede estar dentro de las habitaciones ni en todos los lugares en los que ellos suceden, uno puede preguntarse al comienzo: ¿Y ahora? ¿Cómo diablos va a hacer para contar todo lo que no ve?

Korda lo resuelve de una manera simple: intercalando a un narrador omnisciente.

Pero entonces, el mismo Leman pasa a ser observador y observado a la vez.

Con todo lo que eso puede implicar: porque una cosa es hablar de sí mismo, y pavonearse o autoflagelarse, y, otra, que haga lo mismo una voz ajena.

Y en ese punto Korda vuelve a mostrar otro arte.

Porque lo logra de manera casi natural (sin que estorbe o se sienta falso su recurso) y porque lo aprovecha para resolver uno de los grandes defectos de todo novelista: cómo hacer para olvidarse de sí mismo y poner toda la energía en darle fuerza a la narración.

Me he quedado con saudade de esta novela, una que, a pesar de saber su final, no dejó en ningún momento de ser intrigante ni interesante.

La he terminado con el mismo cuidado impaciente y la desconcertante impotencia de quien tiene su última cita con el ser que ama y que está pronto a partir para siempre.

Sufriendo la paradoja de quien sabe que se acaba la lectura y no lo quiere así, pero que al seguir leyéndola compulsivamente, no hace sino acercar su final.

No quieres que se acabe, pero tampoco puedes dejar de seguir leyéndola.

¿Qué más halago podría recibir una novela?

HjorgeV 05-12-2010

6 thoughts on “MICHAEL KORDA: LOS INMORTALES

  1. Voy a poner a Korda en la mira cuando visite a los libreros de Amazonas por allí encontraré esta u otra novela de él. Saludos desde Ventanilla donde todo es sol y alegría.

    Rpta.: Siempre tan amable tú, Jorge. Los inmortales es una de las novelas que me llevaría a la isla improbable. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

  2. Coincido con tus apreciaciones y Korda tiene en sus manos material que justifica el nombre de su novela y que se va transformando en una verdadera pintura de época. No obstante, quizá hubiera estado bien que ‘estirara’ el período de la novela y no abandonarnos (a nosotros los lectores, claro) a en julio del 62. Muchas de las ‘puntas’ que va dando (en especial, el odio que generaron los Kennedy entre los mafiosos y sindicalistas) sólo terminarán por cerrarse en noviembre de 1963 (en un caso, al menos) y más tarde con la muerte del propio Bobby. Creo que la novela podría haber terminado con la muerte del viejo embajador Joe (padre de Jack y Bobby) quien sobrevivió a ambos para ver en qué quedaban -desde su lecho de poco más que un vegetal en que se había transformado- todos sus sueños y expectativas para esta familia de irlandeses avasallantes.

    Rpta.: Hola, Mario. Gracias por escribir. Me he quedado también con ganas de otro libro, continuación o no, de este escritor apenas conocido. Lo interesante es que el aspecto mafioso de los sucesivos gobiernos usamericanos apenas sean mencionados en general. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

  3. No puedo dejar de mencionarte -aunque colateralmente- resulta menester que leas “JFK” de Jim Garrison. Ahí se acaban las especulaciones sobre el “asesino” Lee Oswald. Defitivamente ÉL NO FUE: no tenía manchas de pólvora en las manos (no había disparado un arma hasta 48 horas antes del atentado) y la filmación de Zapruder (se aprecia que el cuerpo de JFK va HACIA el lado de donde deberían venir los supuestos disparos de Oswald). Estas dos pruebas terminan por refutar toda esa historia del tirador solitario. A Jack lo mató un grupo organizado en un complot y fueron varios los disparos efectuados. En fin, la Comisión Warren nos metió un cuento al estilo Andersen… Lástima que sin moraleja y que ya estábamos bastante grandecitos para creernos semejante engendro. Saludos.

    Rpta.: Sabía de Garrison, pero no he leído el libro que indicas. Ahora, lo de la ausencia de pólvora en las manos no lo veo como una de las refutaciones mayores: ¿no podría explicarse con el uso de guantes? Lo que no quita, claro, que la Construcción Oswald sea, simplemente, demasiado deficitaria y burda en varios sentidos: el asesino que trabajaba en el mismo lugar, dejó el rifle allí, con sus huellas, claro; entre otras cosas como las que mencionas. Que un integrante de la Mafia fuera luego quien tuviera que matarlo, cierra el círculo de incongruencias. Abajo el enlace a un video donde se ve claramente cómo los agentes que tenían que estar cerca a Kennedy, custodiándolo, se quedan atrás y uno de ellos hace el gesto inequívoco de no entender qué está sucediendo. Saludos. HjV

  4. De donde saca esos símiles tan espectaculares Libreta. Usted es todo menos ….

    Hola, Namor: Usted lo que no se ha atrevido a completar es: “todo menos… escritor“. ¿Sabe que tiene razón? Me lo repito a diario. Es una de mis pocas y permanentes fuentes de energía, que me llevan a seguir dándole a diario al teclado. Saludos desde Alemania. HjV

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