12 POSTALES NAVIDEÑAS DESDE EL HIELO

I

Las nevadas empezaron tan pronto este año que empezamos a hacer los chistes de siempre, a propósito de las tan deseadas Navidades Blancas (con nieve) de los alemanes:

«Claro, la nieve desaparecerá puntualmente: justo antes de navidad.»

Después, en la radio, escuché las mofas por la proverbial falta de previsión de las autoridades colonesas: se acababa la sal que se rocía en las pistas para evitar que se forme una capa de hielo y no había forma de encontrar más sal en el mercado.

Cuando mi esposa me contó que la habían tenido que ayudar varias personas para salir de un pantano de nieve en una de las calles de nuestro pueblo, pensé que se trataba de una broma o de un descuido de su parte.

Pero me pasó ayer: un vecino tuvo que ayudarme empujando nuestra camioneta para poder salir del centro de la pista.

Me había quedado varado allí al tratar de hacer un simple giro y no había conseguido avanzar más de un metro en varios minutos de maniobras.

Es como hacerlo en la arena. Solo que esta es blanca, más impredecible y congelada.

II

La situación es tan extrema que mis suegros nos han contado esta mañana por teléfono que cada cierto tiempo ellos tienen que salir a ayudar a empujar los automóviles que se quedan encallados frente a su casa.

La alta capa de nieve que se ha formado en estos últimos días empieza a adquirir diferentes consistencias y dureza haciendo más difícil la circulación vehicular.

Solo leer que en una de la autopistas principales de Alemania, la A2, se formó ayer un atasco de 100 kilómetros (c-i-e-n), da una idea de lo extremo de la situación.

La tradicional visita por navidad a la casa de los padres de mi esposa tendrá que ser postergada seguramente.

III

Son menos de cien kilómetros hasta su ciudad, pero recorridos a una velocidad de diez kilómetros por hora (sin contar los posibles accidentes que pueda haber), que es lo que permite la nieve por ahora, harían de esa visita una verdadera odisea. De ida y de vuelta.

Mis suegros alemanes me advierten que si se nos ocurre hacer el viaje, debemos llenar el tanque de gasolina pensando en el peor de los casos.

También me advierten que hay gasolineras que permanecen cerradas porque no tienen qué vender.

IV

Mala suerte también para los que jugamos fútbol.

No solo no se puede jugar al aire libre (la nieve llega hasta las rodillas), las autoridades también han prohibido el acceso a los gimnasios y auditorios con grandes techos por temor a que puedan ceder al peso de la nieve acumulada. Ya ha sucedido en años pasados.

(Muchos de los últimos partidos de la Bundesliga se jugaron sobre campos de fútbol literalmente blancos por la nieve y en la televisión apenas se podía distinguir la pelota color naranja obligatoria en casos así.)

V

Acabo de leer que en el norte de Alemania (donde han sido más fuertes las nevadas) los trenes han dejado de funcionar en varias rutas y que las autopistas se han convertido en pistas de patinaje con un alto número de accidentes (que agravan aún más los embotellamientos).

Hay un nuevo factor: el viento, que produce acumulaciones de nieve que bloquean a su vez impredecible y peligrosamente todo tipo de vías.

VI

En esta calle de nuestro pueblo, que tiene una cuesta empinada final, solo los automóviles con doble tracción pueden arriesgarse a subirla.

De hecho, el camión recogedor de la basura no pasa desde hace dos semanas hasta el final de esta calle y todos los vecinos de este rincón hemos tenido que llevar nuestros barriles al cruce principal, que es hasta donde se atreve a llegar dicho camión.

Aparte de que anteriormente nos quedamos dos semanas sin recojo de basura por la misma razón.

V

Leo también que los aeropuertos alemanes solo funcionan parcialmente y que las operaciones tienen que ser continuamente interrumpidas.

La nieve ha colapsado también el tráfico vehicular en Bélgica y en el aeropuerto de París solo salen la mitad de los vuelos programados.

Recuerdo las quejas de los turistas europeos cuando en el Perú los viajes se interrumpían por algún huayco o las lluvias torrenciales.

Creo que hasta lo llegaban a ver como un síntoma de nuestro subdesarrollo.

VII

Acabo de regresar de darle a nuestro perro su primer paseo matinal (el corto) y es fácil ver cómo la nieve alcanza el medio metro y hasta el metro de altura en varios puntos.

Un espectáculo maravilloso si se tiene una casa con calefacción, buenas botas y ropa impermeable. ¡Y un buen gorro y buenos guantes!

No me quiero imaginar lo que están pasando todas esas personas que por una razón u otra viven en la calle.

El caos es tan grave y tan masivo, que por ahora nadie se pregunta por los indigentes.

VIII

Después del paseo con el perro, me acerqué a retirar la nieve que debía haber caído sobre nuestro automóvil durante la noche.

Es una operación que he repetido varias veces en las dos últimas semanas.

Ha sido una gran cosa, porque entonces cada vez que lo necesitábamos no teníamos que pasarnos una media hora retirando primero la nieve y rascando luego la recia capa de hielo adherida a las ventanas y los parabrisas.

Esta vez llevé una pala de las que se usan para retirar la nieve.

Para empezar no pude reconocer nuestra camioneta.

Había montañas blancas a los dos lados de la calle y debajo de una de ellas se encontraba nuestro automóvil.

Recordé donde lo había dejado estacionado y me acerqué con la pala.

No terminé.

Simplemente me rendí ante la ingente cantidad de nieve y ya que no lo pensamos usar en los próximos días, lo dejé. Mañana lo volveré a intentar con más ganas.

IX

Escuchando la radio que han dejado encendida mis hijos, escucho lo que dice una de esas colegiales que se ganan una propina repartiendo folletos publicitarios.

Es una actividad que hacen muchos jóvenes: solo tienen que introducirlos en los buzones de las casas de su vecindario y luego cobrar.

Sus palabras: «Todos dicen que al mirar por la ventana solo ven un color: el blanco. Yo, de solo pensar que ya han anunciado que no dejará de nevar y tengo que salir a repartir folletos casa por casa este fin de semana, lo veo todo negro.»

Al regresar del paseo con el perro, ya me lo había advertido un vecino: «Me ha tomado una hora y media el trayecto que normalmente hago en media hora.»

X

Preocupados por lo que se escucha en la radio y se lee en los periódicos, llamamos por teléfono a una familia amiga que ayer partió a Suiza de vacaciones.

No contestan y nos preocupamos más.

Unas horas más tarde, nos devuelven la llamada.

Tuvieron pocos problemas en la autopista, e inmediatamente después de cruzar la frontera -¡albricias!- había desaparecido la nieve.

Se han ido a esquiar, pero se han encontrado con temperaturas de más de diez grados y sin nieve.

-Tranquilos -nos dicen-. El lugar adonde nos dirigimos está a una altura donde sí hay nieve garantizada.

XI

Salgo a botar la basura.

Tenemos, como todos los demás vecinos, tres barriles delante de la casa: uno gris de tapa rosada para la basura normal, uno más oscuro de tapa amarilla para envases y plásticos, y uno marrón para los desperdicios orgánicos.

Los tres están en formación a un lado de la entrada, flanqueando la zona donde ponemos nuestras bicicletas.

Normalmente, e independientemente de la temperatura y del tiempo que haya, suelo salir tal como estoy vestido para hacerlo. Precavidamente, esta vez me pongo botas y arriba algo encima. Pero no los guantes de rigor. Dejo mis botas sin cerrar.

Los barriles lucen una corona semiesférica muy alta de nieve y para llegar a ellos tengo que introducirme en la nieve hasta las rodillas.

Como no he cerrado mis botas, la nieve se mete dentro y luego tengo problemas para abrir las tapas porque todo está congelado. Tengo que retirar la nieve con las manos. Corre un viento frío y sigue nevando.

En menos de un minuto, mis manos están mojadas y congeladas y me empiezan a doler. Pero sé que solo un par de pasos me separan del hogar caliente y seguro.

Vuelvo a pensar en los sin techo y me estremezco porque sé que no olvidarán esta navidad congelada.

Todos aquellos que perdieron su vuelo, llegaron tarde a sus vacaciones, se quedaron atascados en las autopistas, tuvieron que viajar apretujados en un tren o hasta abandonar su automóvil en medio de la nieve, todos ellos han tenido por lo menos la oportunidad de regresar al calor y a la seguridad de sus hogares.

XII

Para terminar el día, leo la entrevista que la revista Ñ le hace a Carolina López, la viuda de Roberto Bolaño.

Transcribo un párrafo:

En los meses de espera del trasplante, para Roberto era importante hablar y darme instrucciones de lo que tenía que hacer si las cosas salían mal: repetía hasta el hartazgo que no olvidara que todo lo suyo era de los niños y mío y que nunca tuviera duda sobre ello, cómo tenía que ser el entierro… Lo planteaba todo con una naturalidad absoluta, con un sentido del humor muy propio en él, pero fuera de lo común, se reía de todo. Lo recuerdo riéndose con Lautaro: “Si me muero, cuando nos volvamos a ver tú serás más viejo que yo”.


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HjorgeV 24-12-2010

.HjorgeV 24-12-2010

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