VIVIAN MAIER: LA VIDA DESVELADA DE UNA GRAN OBSERVADORA

-Tengo que advertirle -le dijo la nueva niñera al señor Gensburg, el padre de los niños- que cargo con mi vida a cuestas. Y la llevo en cajas.

-Claro, no hay problema -le respondió Gensburg.

Tenía un marcado acento francés y lo de las cajas lo tomó como un rasgo de su exotismo europeo.

No se imaginaba, por supuesto, que la mujer a la que acababa de contratar como nana de sus hijos, no estaba hablando en imágenes.

Tuvo que quedarse callado cuando vio a la mujer aparecerse con 200 cajas que tuvo que repartir entre el garaje y su habitación para que entraran.

Se llamaba Vivian Maier. Y su vida se lee como una novela de Paul Auster.

(La música –Un vie simple– que acompaña las siguientes diapositivas es del músico francés Emmanuel Bex. Colóquense los auriculares, por favor.)

A veces le gustaba vestir chaquetas y zapatos de hombre. Su atuendo solía completarlo con un sombrero. Por eso, «sus niños» aún la recuerdan como Mary Poppins.

Vivian Maier (Nueva York, 1926 – Chicago, 2009) era una mujer que gozaba de su independencia. Se consideraba feminista y socialista. Amaba el cine europeo y su tiempo libre lo utilizaba para recorrer a pie las calles de la ciudad con su cámara en ristre: Chicago y Nueva York, principalmente.

Las cajas las fue acumulando de familia en familia en las que trabajaba. Ya anciana, al tener que pasar por un asilo estatal, se vio obligada a alquilar un depósito para almacenarlas.

Es posible que al final de su vida se quedara temporalmente sin techo y se viera obligada a vivir de la ayuda social. De hecho, las cosas que había en el depósito alquilado (aparte de las cajas: algunos muebles y antigüedades) tuvieron que ser rematadas por el dueño del depósito para cubrir las cuotas pendientes.

La suerte quiso que unos hermanos que había criado en los años 50 se apiadaran de ella y le compraran un apartamento en el que pasó el final de su vida.

Hasta que en el 2008 sufrió un resbalón, se golpeó la cabeza y no pudo recuperarse más.

¿Qué guardaba Vivian Maier en esas cajas que fue acumulando de familia en familia, de trabajo en trabajo?

JOHN MALOOF: DE AGENTE INMOBILIARIO A ARTISTA

En el 2007, John Maloof, un veinteañero camino de convertirse en agente inmobiliario y aficionado a la arquitectura histórica, preparaba un libro sobre el barrio Portage Park de Chicago.

Maloof dirigía también la Sociedad Histórica del Parque Jefferson.

Buscaba documentación sobre el Parque Portage cuando se le presentó una rara oportunidad en una subasta de antigüedades.

Era domingo. Maloof le había puesto el ojo a una caja con negativos fotográficos de Chicago de los años cincuenta.

Menos de 400 dólares era el precio que se pedía. ¿Contenido? Desconocido. Pero por los pocos negativos que había visto, entre ellos algunos de las Torres Marina de Chicago, pensaba poder utilizar algunas de las imágenes para su libro.

Levantó la mano.

Y así, una colección de 30.000 negativos, rollos sin revelar y algunas fotografías cambió su vida de raíz. Y también el destino de Vivian Maier.

La revisión del material adquirido lo dejó pasmado.

Tanto, que empezó a hacer fotos, a recorrer las calles y a emular el trabajo del autor desconocido.

Practicando y aprendiendo, se dio cuenta del grado de rigor invertido.

Maloof llegó a comprarse la misma cámara y a repetir ciertas tomas en las mismas calles para darse cuenta de la dificultad que encerraba hacer fotografías «de ese calibre».

¿Sería posible encontrar a la persona que las había tomado y entrevistarla? Se imaginó a alguien de gusto exquisito y de quien podría aprender mucho.

En la caja que había adquirido no había ninguna mención ni nombre alguno de referencia. De modo que contactó a los que habían comprado cajas del mismo lote en la subasta.

No le bastó. Les compró las cajas.

Maloof se obsesionó con el tema y pronto aumentó su colección.

Adquirió más cajas hasta llegar a acumular 100.000 negativos en blanco y negro, 20.000 en color, 3.000 fotografías y algunas filmaciones.

Su vida había cambiado por completo. Para escanear todo ese material, clasificarlo y archivarlo, agradeció la ayuda de su amigo Anthony Rydzon.

Pero seguía sin conocer a la persona que había acumulado esa increíble cantidad de material -al parecer- inédito.

En la casa de subastas le dijeron que se trataba de una anciana enferma. Era todo lo que sabían.

Maloof no deseaba molestar a una persona enferma. Así que se dedicó a rastrear a sus familiares y amigos. No dio con ninguno. 

En Central Camera, una tienda de fotografía de Chicago de 110 años de antigüedad y cuyo nombre aparecía en las cajas, le confirmaron que la fotógrafa solía comprar su material allí.

Era una persona bastante reservada y guardaba una estricta distancia con los vendedores. A alguno le había contado que era una refugiada judía venida de Francia y aficionada al cine extranjero. Pero nadie sabía cómo se llamaba.

Hasta que apareció un nombre escrito con lápiz en la cubierta de un sobre con negativos: Vivian Maier.

No había nada más.

Intrigado, Maloof siguió sus pesquisas en la Red. Encontró una posible pista, tal vez solo una coincidencia:

«Vivian Maier, vecina de Chicago en los últimos cincuenta años, murió en paz el lunes.»

Un obituario publicado en el Chicago Tribune.

En el mismo se consignaba que había sido «una segunda madre para John, Lane and Matthew».

John Maloof leyó la fecha del deceso y se quedó helado: 21 de abril.

Había llegado tarde al encuentro con Vivian Maier.

Exactamente un día.

EL LEGADO INÉDITO

Vivian Maier había fotografiado todo lo que había despertado su curiosidad o había llamado la atención a su ojo atento: niños llorando, gente orgullosa, desgraciados, ciudadanos altivos, simples obreros y empleados, calles de tiendas exclusivas, miserables vías de Nueva York y Chicago de los años 50 y 60.

Los suburbios miserables, la riqueza y la pobreza, la desazón, la suerte y la desgracia.

Fotografías llenas de ingenuidad y un ojo clínico para las diferencias sociales y los grupos.

Con un gran sentido de la oportunidad para atrapar lo que Henri Cartier-Bresson llamaba el instante decisivo.

La fotógrafa desconocida había recorrido esas calles con su Rolleiflex y luego con su Leica alemana al cuello.

Maloof descubrió que Vivian Maier había nacido en Nueva York en 1926 y no en Europa, y que había sido hija de Maria Jaussaud, francesa, y de Charles Maier, austríaco.

Había pasado su juventud en Francia -de allí su acento francés- y en 1951 había llegado a Chicago.

No se había casado. No había tenido ninguna pareja.

Una mujer que no se había interesado por publicar ninguna de sus fotografías.

La venta de una propiedad heredada en Alsacia (Francia) le había permitido dar su particular vuelta al mundo y pasar por ciudades como Los Ángeles, Pekín, Bangkok, Manila y El Cairo.

En esas 200 cajas también estaba su testimonio de esos viajes.

Vivió hasta su muerte, a los 83 años, al borde de la pobreza. Un asilo de ancianos de Chicago fue su último hogar.

Sus autorretratos, inocentes miradas a su interior, muestran una mujer de ojos esquivos y una gran nariz respingada, alargada y cubista, un juego constante con la luz y la mirada de una genial observadora.

Una nana y fotógrafa autodidacta.

¿Debía Maloof concentrarse en publicar las fotos?

Decidió no traicionar el deseo, meta o penitencia que se había impuesto toda una vida la fotógrafa: no publicar ninguna de sus fotografías.

Por Maloof, no aparecerán jamás en forma de libro.

Maloof se dedica ahora a colgar en su bitácora nuevas fotografías de Vivian Maier y planea hacer un libro sobre su vida.

Le quedan por revelar unos 600 rollos.

Y con Tony Rydzon ya se ha embarcado en el documental Finding Vivian Maier proyectado para el 2012.

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HjorgeV 30-01-2011

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FUENTES:

http://de.wikipedia.org/wiki/Vivian_Maier

http://www.youtube.com/watch?v=HWEDOnBfDUI

http://gloriainafrica.blogspot.com/2009/10/vivian-maier.html

http://edant.clarin.com/diario/2009/10/22/um/m-02024494.htm

http://einestages.spiegel.de/static/topicalbumbackground/20161/das_kindermaedchen_mit_der_kamera.html

VESTIDA DE MONA (Engendro)

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Ver llover de tu mano

Contemplar un barco arribando

a la bahía

Espumas

anunciando la sumersión del

ancla

Un sobresalto de tigre

hambriento esperando

el primer error de la madre

del venado recién nacido

en los ojos de los que esperan

en el muelle

.

Ver llover hojas de tus hojas:

simientes para

la tierra virgen

Ver caer un deseo cualquiera

como un destino

partiéndose o no en su

camino al pavimento

.

Ver formarse la cúpula que preserva el sentido

de todas las cosas:

la simple Nada

vestida de mona

.

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HjorgeV 29-01-2011

HERR SCHULTZ, SEÑOR GOETHE

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Debe tener más de setenta años. Viste una camisa casi por completo raída en el cuello y en las mangas, y pantalones cortos. Por la piel de las rodillas le aumento cinco años más a mi cálculo. Luego dudo, porque el hombre se arrodilla una y otra vez, se levanta y permanece por un rato en cuclillas.

Muchos no podrían permitirse tales movimientos ni con veinte años menos. Lo ayuda su contextura física: no parece tener acumulaciones de grasa en el cuerpo ni problemas de movilidad.

Me cuenta que estuvo en «la guerra» mientras sigue maniobrando con sus herramientas. Está poniendo a punto la bicicleta que me quiere vender y se nota que usa a diario sus herramientas.

Por el aspecto que tiene, en otro lugar podría ser fácilmente confundido con un anciano indigente: sus ropas raídas y casi andrajosas, sus largos cabellos recogidos desordenadamente sobre la nuca, la montura de sus lentes con grumos de grasa en varios puntos.

Me provoca sacudir la cabeza, a ver si despierto, pero continúo observando.

Me ha pedido un precio razonable por la bicicleta usada que me va a vender. Estamos en la entrada de su casa. Esta podría ser una más de las que cubren este pueblo vecino al nuestro y en el que prácticamente no hay edificaciones de más de dos pisos. Un típico pueblo alemán de clase media.

Y este hombre se dedica a vender bicicletas usadas.

Deben ser unas cincuenta y las mantiene cubiertas con un toldo de plástico azul. Levanta la puerta de su garaje y veo muchas más. También reconozco una nueva entre ellas. Junto al ‘campamento’ de bicicletas hay un Golf con la parte lateral derecha destrozada.

-¿También se dedica a arreglar automóviles? -le pregunto.

El hombre se ríe. Pelos grises, blancos y oscuros parecen brotar en este instante de su nariz y de sus orejas. Descubro más por todo su rostro. Pienso que muchas veces un púber sueña con tener pronto bigote y barba, sin saber que una vez iniciado el proceso bien puede terminar en una proliferación incontrolada.

-Un camión estuvo a punto de aplastarme en la autopista. He tenido suerte. Y usted también -me dice-. Sino no podría estar aquí arreglando su bicicleta.

-Todavía no la he pagado -digo, por decir algo.

-¿Qué? ¿Ya no la quiere? -se inquieta. Hago un gesto mínimo, porque sé que ni él mismo se cree lo que acaba de preguntar.

La entrada de la casa está adornada con piezas diversas y extrañas. Solo al mirarlas con detenimiento reconozco que podrían ser piezas de colección. La intemperie y los demás rigores del clima han dejado su clara huella en ellas.

-También soy coleccionista -me explica, al descubrirme recorriendo el contorno de la fachada de su casa como un visitante indiscreto.

Junto al timbre de la puerta hay un letrero que dice «Schultz», el apellido de la joya arqueo-antropológica viva que tengo delante. Debajo hay otro timbre, cuyo nombre acompañante no logro descifrar. Es raro, porque no parece que detrás de la puerta pueda haber alguna división de viviendas.

-Pero mi esposa no soporta tantos trastos dentro de la casa -añade, explicando así (es lo que me imagino) la existencia del otro timbre para una única entrada.

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Cuando le voy a pagar, después de comprobar que todo funciona y está en orden en la bicicleta, se me ocurre probar a debatir el precio que me ha mencionado.

El hombre hace aspavientos y se indigna. Entra a su garaje y vuelve con un periódico en las manos. Que mire los precios de una bicicleta nueva. ¿No me doy cuenta de la ganga que me está ofreciendo?

No, no me doy cuenta, quiero decirle. Todo es demasiado raro. No quiero pensar «sospechoso», porque a pesar de estar en un país que adora el orden, sé que está plagado de excepciones y rarezas.

Aprovecho su pretendida indignación para escucharlo más. Como casi todos los ancianos que he conocido en este país, me imagino que sus ansias de conversar, o de simplemente hablar, deben ser ingentes.

Le hago un par de comentarios y preguntas. No me equivoco. Empieza a hablar y no hay quién lo detenga.

Se pone a contar historias y parte de su vida, sus aventuras durante la Segunda Guerra Mundial. Al final entra a su casa y saca un libro de fotografías. Me lo presta. Me lo puedo llevar a casa y devolvérselo al cabo de unos días, me dice.

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El libro es de comienzos de la década de los sesenta.

Alemania ya se ha recuperado de la guerra y está en pleno Milagro Económico. El país puede permitirse por fin hacer un repaso de su más reciente pasado. Apenas han transcurrido quince años desde el final de la guerra.

Las imágenes son impresionantes.

Conozco bastante bien Colonia y me asombro descubriendo detalles que, luego, al tratar de entenderlos y reconocerlos en el todo, en el conjunto que veo, se vuelven a perder, como si se tratara de una ilusión óptica.

El dato lo había leído alguna vez y no lo había podido creer: 80% de la ciudad fue destruido en el bombardeo cruel de las tropas aliadas.

Las fotografías lo documentan.

Allí por donde hoy camina la gente bamboleándose de orgullo consumista con sus bolsas en la mano, alguna vez hubo montañas de escombros, niños jugando a la guerra en la desgracia producida por la guerra, mujeres y hombres removiendo restos de edificaciones en busca de ladrillos y material de construcción aún utilizable.

Las fotos también lo documentan: sin el pundonor, el trabajo y la fe indesmayable de las mujeres colonesas, no habría sido posible esa reconstrucción. No en los términos cuyos frutos ahora conocemos.

El libro está en relativo buen estado. Tiene un forro, cubierta suelta o camisa que no ha soportado bien el paso del tiempo.

Con las ruinas de esa cubierta, ayudado por goma, papel y cinta autoadhesiva, inicio su reconstrucción y le devuelvo el libro al señor Schultz.

Antes de hacerlo, se me ocurre leer el prefacio.

Descubro, con una sensación vibrante sobre el cuero cabelludo y por todo el cauce de mi médula espinal, que está firmado por Heinrich Böll.

Fueron justamente las novelas de Böll las que me convencieron alguna vez de que tenía que visitar Alemania.

No podía saber que de una visita iba a hacer una segunda vida en este país.

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En el segundo encuentro Herr Schultz me cuenta de los problemas que tiene con los vecinos: lo creen loco y varias veces se han ido a quejar a la policía.

Sufre robos constantes a pesar de que tiene sus bicicletas encadenadas y la gente no quiere pagar un precio justo.

Me cuenta que «la mafia» lo ha amenazado varias veces, pero sin entrar en detalles de quién o quiénes podrían ser esos mafiosos.

Esta vez me doy cuenta de que, si bien toda su vestimenta está raída y por partes presenta huecos, también está limpia y hasta parece planchada.

Lo tomo, finalmente, por un anciano medio loco, contento de poder ocupar su tiempo en algo y de poder así, de paso, mantener en forma sus articulaciones y ganar algo de dinero.

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El otro día, buscando saber más sobre epigramas, me encontré con los Epigramas venecianos de Goethe: pinceladas poéticas y breves que el autor fue escribiendo en su segunda estadía en Italia sobre Europa, su política y sus costumbres.

Leí algunos y encontré algo común en todos ellos: una tremenda amargura.

¿Qué había pasado con el Goethe que había llegado a hablar de una nueva vida, de un renacer, en su primer viaje a Italia?

Las circunstancias habían sido las siguientes.

Después de alcanzar la fama continental con Die Leiden des jungen Werther (las ‘cuitas’, ‘desventuras’ o ‘sufrimientos’ del joven Werther) y habiendo fracasado en su intento de casarse con la hija de un banquero, Goethe había aceptado la invitación del joven duque Carlos Augusto para visitar Weimar.

La visita se convirtió en residencia al aceptar el abogado Goethe un puesto como consejero gubernamental del duque.

Hasta que se enamoró perdidamente de una noble casada y mayor que él.

Entonces los diez años que se había pasado en Weimar sin haber escrito apenas y con un amor sin futuro a cuestas, le pasaron la factura.

¿Su solución?

Dedicarse a otro tipo de estudios e intereses (geología, botánica, mineralogía, osteología), desgastar de alguna forma su enorme capacidad de trabajo, su inventiva y su espíritu emprendedor.

No lo consiguió.

En medio de una crisis de identidad, frustrado por los magros resultados en su actividad política y plagado de un mal de amor, su solución fue escaparse a Italia.

Lo hizo secretamente, entre otras cosas para no dejar de percibir su sueldo como asistente de gobierno del ducado de Weimar.

Dos años se quedó en Italia, maravillado con la cultura, la comida, las costumbres, las mujeres y el arte del país. (Se conservan 850 de sus dibujos pergeñados en tierra italiana.)

Regresó convertido en otro hombre, convencido de que debía concentrar todos sus esfuerzos y energías en escribir.

Otros dos años después, en 1790, regresa a Italia.

La Revolución Francesa acaba de ocurrir y Europa ha empezado a transformarse.

Lo que antes era cielo ahora es infierno para Goethe.

Si antes admiraba la gastronomía italiana, ahora solo parece detectar el olor a ajo, que ha empezado a detestar.

Transcribo y traduzco luego libremente:

Sankt Johannes im Kot heißt jene Kirche: Venedig
Nenn ich mit doppeltem Recht heute Sankt Markus im Kot.
(San Juan en las Heces le decían a cierta iglesia: a Venecia
con doble derecho la nombro hoy San Marcos en las Heces.)

Sus Epigramas venecianos son un compendio inquinoso y enconoso, entre satírico y atrabiliario, de su nueva forma de ver las cosas.

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Hasta que me vuelvo a encontrar a Herr Schultz de casualidad en otro pueblo, en un supermercado.

Está vestido más o menos con el mismo estilo que le conocía, pero ahora todo es nuevo y reluciente. Desde la gorra que lleva puesta hasta las botas de escalador. Es ostensible que lleva encima varias marcas de las llamadas de renombre.

No sé si acercarme a saludarlo.

No me sorprendo, la verdad.

La última vez me ha vendido una bicicleta sin usar (nueva) por un precio nada despreciable, pero que a la primera se me estropeó.

Intenté recuperar el importe pagado, pero el señor Schultz, argumentando de todas las maneras posibles («¿Me quiere echar la culpa por haber pedaleado?», fue una de mis últimas preguntas), se negó.

Por haber pedaleado supuestamente mal, perdí la cuarta parte de mi inversión y una buena fuente de historias con él, porque decidí no volver a acudir al bicicletero del pueblo vecino.

Desde lejos lo contemplo. Ya debe tener más de ochenta años, pero se le ve vigoroso y decidido.

Sé que me ha reconocido también, pero hace como si no me hubiera visto. Su forma de moverse ya no tiene nada que ver con las del viejito con aspecto de indigente que se gana el pan de cada día con el sudor diario de su frente y la caridad de los vecinos compradores.

Empiezo a dirigirme hacia él.

No pienso reclamarle nada. Es simplemente la dirección en la que está la caja, hacia donde me dirijo.

Se voltea temeroso cuando paso a su lado.

Me hace una mueca con la boca abierta, al notar que no era él mi objetivo. Me lo imagino como soldado, habiendo hecho una barrabasada en el ejército y temiendo una represalia de sus compañeros o de un superior.

Es una mueca que he visto varias veces en fotografías y, personalmente, en todos los zoológicos que he visitado.

Una mezcla de miedo y alivio, disfrazada de agresividad.

Tal vez porque nunca se puede saber.

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Transcribo un extracto de los epigramas de Goethe (aquí algunos más en nuestra lengua).

Das ist Italien, das ich verließ. Noch stäuben die Wege,
Noch ist der Fremde geprellt, stell’ er sich, wie er auch will.
Deutsche Redlichkeit suchst du in allen Winkeln vergebens;
Leben und Weben ist hier, aber nicht Ordnung und Zucht;

Traduzco, con bastante libertad, pero sin alejarme del sentido:

Esta es la Italia que dejé. Siguen polvorientos los caminos,

sigue estafándose al forastero, haga lo que haga.

La honestidad/honradez alemana buscas en vano por todas partes;

aquí hay vida y movimiento, pero no orden ni disciplina.

 

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HjorgeV 26-01-2011

 

 

CATORCE PATRONAS Y UNA SANTA QUE VENDE PAN

Catorce mujeres de la localidad de Guadalupe (también conocida como La Patrona) del municipio de Amatlán de los Reyes, del Estado de Veracruz en México, me acaban de dar la mayor lección de humanidad y generosidad que haya/he recibido en mi perra vida.

¡Sí, señor!, como dicen los mexicanos.

Y esto, gracias al documental El tren de las moscas (que bien debería llamarse Las patronas) de los cineastas españoles Nieves Prieto Tassier y Fernando López Castillo.

La localidad de Guadalupe, también conocida como La Patrona, está ubicada a unos cien kilómetros de Veracruz, una zona de clima cálido y húmedo con abundante vegetación.

Transcribo un párrafo del documental:

«Allí viven “Las Patronas”, un grupo de 14 mujeres que, diariamente desde hace 15 años, dan bebida y comida a los emigrantes que viajan, como moscas, sobre trenes de carga hacia EEUU.»

 

 

¿A qué trenes de carga se refieren?, fue lo primero que me pregunté. Luego: ¿Cómo es el negocio de estas mujeres?

Me imaginé a las típicas vendedoras de choclo con queso que suben a los trenes (son contados) de los Andes de mi país.

La verdad, la historia me pareció increíble: eso de ver a decenas de personas, hombres casi todos, viajando semidesnudos trepados sobre los techos de los vagones de un tren para llegar a un país que no los quiere.

¿Y después de viajar así miles de kilómetros? ¿Hasta cinco mil? ¿Podía ser cierto?

Le di al Rey Gúglico (sin saber en verdad bien dónde o cómo empezar a buscar) parte de lo anteriormente transcrito: «trenes de carga hacia EEUU».

Entonces se abrió un nuevo mundo, totalmente desconocido para mí a pesar de ser latinoamericano.

Sabía que el número de inmigrantes indocumentados que llegan cada año a Gringolandia es altísimo.

Una de las primeras fuentes que encontré (de la BBC MUNDO.com) era del año 2006, o sea, de hace un lustro.

Ya entonces se aseguraba que en un solo año había crecido «hasta en un millón la cantidad de inmigrantes en situación irregular» y que en marzo del 2005 el informe del Centro Pew Hispánico «colocaba la cifra en 11,1 millones».

Eso significaba que el 30% de la población extranjera en EEUU estaba en situación irregular.

El documental de Nieves Prieto (Barcelona, 1972) y Fernando López (Vitoria-Gasteiz, 1953) lo aclara luego:

«Al menos 400.000 indocumentados centroamericanos cruzan cada año México para tratar de llegar a EEUU. Al 15% que lo consigue le espera la policía fronteriza y cazadores de espaldas mojadas.»

Luego el Rey Gúglico (o Googlico) me pasó otro documento interesantísimo.

El tren existe y es conocido como El Tren de la Muerte . O, también, como La Bestia.

Un tren de carga que recorre México y es usado por los inmigrantes indocumentados para viajar gratis sobre el techo de los vagones hasta la frontera con EEUU.

Parte al sur de México, en Arriaga, Estado de Chiapas, a 200 kilómetros de la frontera con Guatemala, llevando maíz, cemento y minerales. (Después me entero que no se trata de un solo tren o de una sola vía y que los inmigrantes deben cambiar continuamente de tren para llegar a la frontera con El Norte.)

Creo que no es necesario tener ninguna ningún tipo de convicciones políticas o religiosas para quedarse pasmado con este documental de Nieves Prieto y Fernando López.

(También me acabo de quedar pasmado con la burla de Israel, pero esa ya es otra categoría. Macabra, perversa.)

Y, justamente ahora que en España -el país de los autores del cortometraje-, el presidente del ente particular que «lucha» por los derechos de autor de sus socios acaba de admitir que gana un cuarto de millón de euros al año por conseguir que algunos de ellos se vuelvan millonarios.

Me entero de que en México, en ese lugar de Veracruz arriba mencionado, catorce valientes mujeres se encargan de avituallar diaria y gratuitamente a cientos de inmigrantes desde hace 15 años.

Y lo hacen, además, arriesgando día a día su vida al pie de las vías:

Porque lo hacen con el tren en marcha.

Hay que ver este multipremiado cortometraje para creerlo.

(Pueden verlo en toda su extensión de 15 minutos en la sección de videos de El País pulsando aquí.)

En un mundo en el que la cultura se confunde cada vez más con el espectáculo y no se entiende ya la primera sin este último.

Y eso, a pesar de que al espectáculo le interesa un rábano la cultura, salvo para hacer sonar la caja registradora. («Hacer caja» se llama a esto último.)

En un mundo con una única obsesión de nombres diferentes: la ganancia, la acumulación, la ventaja, el pago, la retribución, los intereses, el rédito, la inversión, el lucro, el peculio, la pecunia, la crematística.

En un mundo en el que ya no se hace nada sino salta una moneda al final.

Estas mujeres mexicanas me han trastocado toda una forma de ver las cosas. Sí, también mi cosmovisión.

Qué curioso, haberme encontrado también hoy con el prólogo de un libro de Vargas Llosa que está por salir, si no he entendido mal: La civilización del espectáculo.

 

Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no.

 

Cómo ha cambiado el pensamiento del reciente Nobel, compruebo.

La migración y sus historias.

Pueblos y países enteros que cambian por las actuales migraciones. ¿Cómo será el mundo de aquí a cien años apenas?

Pueblos y países enteros que olvidan que ellos mismos alguna vez dirigieron migraciones violentas y expoliadoras. Ejemplos de asesinatos en masa en ese afán hay más de un par en la historia del planeta.

Pero estas Catorce Patronas mexicanas no son las únicas guardianas de la verdadera dignidad humana.

También está el caso de Olga Sánchez, por ejemplo, que dirige un albergue para mutilados desde hace 20 años en Tapachula, al sur de México.

Mutilados por El Tren de la Muerte (o de las Moscas), se entiende.

El albergue es gratuito y Olga Sánchez lo mantiene vendiendo pan a la puerta de la iglesia de su pueblo.

Con lo que recauda paga también las prótesis que les ofrenda a los mutilados.

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HjorgeV 23-01-2011

«REMATA TODO LO DEMÁS» (Engendro)

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Soñar, señor, que el día de allá afuera

es un ser vivo, un animal

pero resulta ser solo un charco: un

vendaval que arrasa tus membranas

y las recolecta como una cloaca

pública alrededor de tu (mala) memoria

.

La verdad siempre es un pan demasiado caliente

y esquivo

para ofrecérselo a

los hinchados de hartazgo,

lo sabes

.

Delante de mí

el cielo es una fosa inclinada

un pavimento gris sucio

apenas nítido en

su monumentalidad

celeste e ignorante de

las enseñanzas de Newton y Valverde

(Del sol va quedando apenas una bola sucia

perdiéndose entre las sábanas despercudidas

del tambor de una

lavadora de burdel girando hacia la

eternidad del mediodía enhiesto)

.

«Devuélveme el rosario de mi madre

y remata todo lo demás»

alguien canta en la noche


Aunque un suspiro

ahuyente la umbría,

el día fugaz se

encargará de deglutir todo

lo demás:

el poeta

bucea en la

podredumbre y se revuelve

en el cieno solo para que otros

puedan ver más allá de lo que

les mienten sus ojos

.

No es menos rencorosa

por esto

la noche con él

.

.

HjorgeV 22-01-2011

 

EL PODER DE CIBERNIA

 

¿Qué hacer con datos o imágenes propias que circulan por la Red sin que lo deseemos?

No es mi caso, pero acá en Alemania se sigue discutiendo sobre una ley que ampare el derecho a cierta privacidad en la Red y la posibilidad de borrar contenidos indeseables aún cuando uno mismo los haya colgado.

El auge de las llamadas redes sociales (según la Wikipedia en la Red hay más de 200, entre las que facebook es solo una de las más conocidas) (en alguna parte leí un letrero genial que decía: «-face +book») conlleva también un nuevo miedo:

¿Qué hacer para que ciertas imágenes nuestras o textos que uno mismo escribió desaparezcan de Cibernia si así lo deseamos?

¿Será posible alguna vez borrar definitivamente todo aquello que alguna vez colgamos (muchas veces por diversión) en la Red y ahora nos avergüenza?

 

 

La Red, Internet, se está convirtiendo cada vez más -para bien y para mal- en un nuevo Poder aparte.

Su capacidad para almacenar información, compartirla y permitir su consulta es un poder del cual todavía sabemos poco.

Pero poco a poco este poder irá aumentando y es posible que el futuro nos depare situaciones increíbles y hoy impensables.

¿Doy una idea?

¿Qué pasará cuando, por la razón que sea, a alguien invente un programa capaz de captar cualesquiera conversaciones telefónicas?

¿Qué pasará cuando luego sea posible colgarlas directamente en la Red?

No creo que ese día esté muy lejos.

(Obviamente, llegado ese supuesto momento, será posible ‘defenderse’, pero solo a cambio de cierta protección pagada.)

Anoche le contaba a una amiga de mi hija que cuando yo era un quinceañero como ellas, «lo máximo» de la telefonía en Lima era tener un teléfono con un cable larguísimo que nos permitía seguir telefoneando al pasar a otra… habitación.

En esa época, si alguien nos hubiera dicho que alguna vez yo podría estar enlazado con toda mi collera (con la patota, con la mancha, o sea, con el grupo de amigos) tanto auditiva como visualmente e independientemente de dónde se encontrara cada uno de ellos (sobre el planeta), lo habríamos tomado por una idea estólida.

Hoy los avances tecnológicos ocurren más rápidamente y la tecnología ayudará tanto a criminales como a la justicia.

A buenos y a malos proyectos.

A ‘buenos’ y ‘malos’.

En un futuro cercano la Red se unirá a la telefonía celular o móvil y de esa unión (en la que estará incluida la televisión, obviamente) nacerá un nuevo medio, más poderoso que el actual Internet.

¿Cómo lo llamaremos?

Lo llamaré, por ahora Cibernia.

La Red ya empezó a mostrar su poder para derribar dictaduras (el caso de Túnez es sintomático). Por otra parte, Wikileaks le debe su existencia y su éxito a esta Era Internet.

Ejemplos hay muchos.

LA LARGA NARIZ DE UN ACADÉMICO

Francisco Rico es un miembro de la misógina y chistosa (recolecto ejemplos) Real Academia Española.

Como en España ha entrado en vigor la Ley Antitabaco y a muchos no les ha gustado, han empezado a circular los argumentos de los que están en contra de la rigurosa medida.

Rico es uno de ellos.

No hace mucho publicó un artículo en El País. Su título: Teoría y realidad de la ley contra el fumador.

La leerlo, me llamaron la atención especialmente tres cosas: su título pretencioso y rimbombante, su negacionismo respecto a los letales y comprobados efectos del tabaco y la frase final de su diatriba.

La terminaba así:

P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo.

Quise comprobarlo y decidí darme una vuelta por la Red.

Introduje el nombre del susodicho y busqué en ‘Imágenes’.

Y hete aquí, aquí hete, que ¡había más de una mostrándolo con un cigarrillo entre los dedos!

La lectora Magdalena Azabal Arroyo, quien también había emprendido la misma búsqueda, fue más allá:

Rastreó una entrevista del año 2008 en la que la periodista Karmentxu Marín retrataba a Francisco Rico como un fumador empedernido: «fuma como una chimenea».

Pero allí no quedó la cosa.

Como el profesor Rico fue desenmascarado públicamente, la Defensora del Lector del mencionado diario le hizo la correspondiente increpación.

Transcribo la respuesta de Rico.

Diviértanse con el ejercicio exegético:

«Amén de darle al conjunto una nota de color, el post scríptum quiere decir varias de las cosas que literalmente dice, y sobre todo otra no literal, pero obvia: que “Je est un autre” (Rimbaud), la escritura no es la autobiografía y “la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero” (A. Machado). El P. S. me ha producido la triste satisfacción de comprobar lo que yo diagnosticaba: que la ley es una escuela de malsines. Porque casi todos los que se pronuncian contra mi artículo lo hacen buscando hurgar en mi vida y costumbres, espiando a mis amigos y buscando antecedentes incriminatorios. En mis argumentos apenas se entra.»

¿Entendieron todo? Qué capacidad para sacarle jugo a una simple frase.

Me acordé de Cantinflas.

Más bonita, aún, la respuesta de la Defensora del Lector:

«Sostiene el profesor Rico que la frase puede tener diversas lecturas, pero incluso para quienes interpreten que asegura no haber fumado nunca, eso no quiere decir que se refiriera a él mismo, autor del artículo. El “yo escritor”, afirma, no tiene por qué coincidir con el “yo biográfico”. Es decir, que quien escribe el artículo es su personaje y no él mismo y, por tanto, para reforzar su posición, puede afirmar tranquilamente que nunca ha fumado.

En el ámbito de la literatura, este recurso estilístico ha dado lugar a notables obras literarias.»

Luego remata, con justa razón:

«Un artículo de opinión no es una pieza literaria con elementos de ficción, y menos un texto tan político como el del profesor Rico. De modo que lo que en principio parecía un simple error o un problema de expresión, se ha convertido en algo más importante: un asunto de verdad o mentira.»

Si el profesor Rico hubiera tenido la posibilidad inicialmente mencionada (la de poder borrar ciertos contenidos de la Red), ¿habría pensado en esas imágenes que lo mostraban con un cigarrillo en la mano antes de publicar su artículo?

¿O simplemente no se le ocurrió que alguien las podría encontrar tan fácilmente?

Pensando en todo esto, me sigue sorprendiendo el caso de la pronta caída de Berlusconi.

Por lo pronto, ya se sabe que Ruby, la joven marroquí que ha participado en sus orgías desde que tenía 16 años (por lo que ahora se le acusa de prostitución de menores), afirma que le habría pedido cinco millones de euros al primer ministro italiano a cambio de su silencio.

UN SILENCIO DE CINCO MILLONES DE EUROS

Esta no es la trama de una novela negra (y roja: de suspenso y sexo).

Y lo que se sabe, se sabe por las escuchas telefónicas hechas por la policía.

Hay varias perlas.

Y es que los poderosos pueden tomar todas las medidas y cuidados posibles para no dejar huellas de sus actos (y que estos sean colgados en la Red).

Lo que no pueden hacer es taparle la boca a una persona en su tiempo libre.

Se trata de una acusación de la Fiscalía de Milán que comprende a no menos de 15 prostitutas y velinas, los 3 supuestos proxenetas de su confianza, su contador y él mismo.

Según el sumario, Berlusconi ha sido asiduo de fiestas (las famosas bunga bunga) para dos o tres hombres, ‘amenizadas’ por una tropa de una veintena de jóvenes, entre ellas -ahora se ha descubierto- también menores de edad.

Aquí, parte de una de las conversaciones escuchadas a una de las chicas:

«Júrame que no te lo vas a tomar mal. Por el amor del cielo, se ven cosas de todo tipo, en el sentido de la desesperación más total. Te darás cuenta de que hay gente para la que supone la ocasión de su vida, por lo que verás cosas increíbles. Fíate de mí y concéntrate en el francés (sexo oral) porque a él le vuelve loco, le gusta, dile todo lo que haces, etcétera. Hay varios tipos de chicas: está la putilla, está la sudamericana que no habla italiano y que viene de una favela, está la que es un poco más seria, la que es un término medio…»

Obviamente, estando la prostitución permitida en Italia, Berlusconi no puede ir a parar a la cárcel por putañero ni por el hecho de mantener un harén de unas 15 prostitutas y velinas.

De lo que se le acusa concretamente es de abuso de poder y de haber mantenido relaciones sexuales a cambio de dinero con una joven marroquí desde que esta tenía 16 años.

Europa, siglo XXI.

Berlusconi se ha salvado una y otra vez, con las artimañas más increíbles.

¿Caerá esta vez?

(Curiosamente, en esta oportunidad no se menciona para nada el tema de la infaltable cocaína en sus fiestas.)

La cosa se le ha complicado, porque ahora un arrepentido de la mafia acaba de afirmar en un juicio que fue Berlusconi quien ordenó unos atentados contra bienes culturales perpetrados en 1993.

La pregunta es:

¿No grabó ninguno de los participantes (hombres o mujeres) con su celular alguna escena de las orgías de Berlusconi?

No me lo puedo imaginar.

¿Tan grande es el sentido de la seguridad del primer ministro (o de los responsables de su seguridad) que no ha(n) permitido todo este tiempo el paso de un pequeño telefonino?

(Así se llama en Italia a lo que en España se llama móvil y en Alemania se conoce como Handy, una palabra inventada que solo se usa en el ámbito de la lengua de Heinrich Böll.)

Y justo ahora que escribo esto (puse en el buscador ‘Berlusconi seguridad’ por simple impulso), me entero de la existencia de dos videos que ya han sido colgados en la Red. (Ver el siguiente a partir del minuto 42.)

 

 

El video ha sido publicado por un medio italiano no por el hecho de que entraran dos muchachas a la residencia que Berlusconi tiene en las afueras de Milán, sino porque el vehículo ingresó sin ser controlado por los carabinieri en la entrada.

Es decir, por la laxitud del aparato de seguridad alrededor del primer ministro de Italia.

¿No serán los cinco millones que pide Ruby (el «trasero» de Berlusconi, como ella misma se ha definido; piensen) el precio por no colgar ciertas imágenes en la Red?

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HjorgeV 19-01-2010

RETÓRICA DE LA LUZ (Engendro)

 

Hay una retórica de la luz

en los lugares que nadie

recorre

Una desesperación del fulgor

por no perderse en algún agujero negro

ahora que nadie observa

.

Tus sueños perdidos también envían

sus señales

y hay luces de bengala en el cielo que

jamás se extinguirán

.

La efusión de una pesadilla es ahora un

simple paisaje que se escribe en tus ojos

Lo columbro desde aquí

a centímetros de distancia

que son como kilómetros rápidamente

ganados por un

telescopio

.

Eres como una ciega despoblada de su

ceguera

Mitad observadora y mitad observada

Pendiente del juego de la luz

.

Una sola mirada oblicua ahora

Una sola señal de que

también existo a esta distancia

cercanamente lejana

podría ayudar a

rescatarme de este absurdo

juego de luz y

sombras

.

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HjorgeV 16-01-2011

DISPARATARIO

 

I

Cuando tenía que atender mi negocio en la ciudad, organizaba mis cosas de tal manera que podía jugar fútbol tres veces a la semana.

Lo hacía aprovechando una oferta para ex estudiantes del programa de deportes de la universidad de Colonia. Había que pagar unos 50 euros por semestre y se podía ‘entrenar’ con otros estudiantes en canchas oficiales.

En el verano, cuando no llovía, podíamos jugar incluso sobre el césped.

Con arcos y medidas oficiales.

Un verdadero sueño para alguien que se pasó la niñez jugando en la calle, los parques o en la playa, y en el colegio ( a pesar de ser particular o privado) lo máximo que había era una cancha pelada de apenas cincuenta metros de largo.

II

Cuando nos mudamos a este pueblucho de las afueras de Colonia, me puse a correr a diario para mantenerme en forma.

Pisar en el asfalto, solo, sin compañía, era otra cosa.

Extrañaba eso de jugar en grupo. El fabuloso encanto de ver la hora y descubrir que se había pasado hora y media como un soplo, y te la habías pasado corriendo como un conejo tonto.

Hasta que mis rodillas se empezaron a quejar del diario martilleo contra el asfalto y dejé de correr.

Pero mi cuerpo reclamaba el movimiento y la pelota.

III

Me enteré entonces de que en el pueblo vecino (contiguo al nuestro y solo separado por una zona verde de unos cien metros) había un club de fútbol.

El club también tenía su equipo de Alte Herren (que significa ‘señores mayores’, aunque el límite inferior es de 32 años).

Me inscribí y por una cuota de socio de unos 120 euros al año empecé a jugar con ellos.

Los miércoles teníamos ‘entrenamiento’ (un partido entre los diez a doce jugadores que normalmente llegaban) y los lunes se jugaba un partido oficial con algún club vecino: con camisetas, campo oficial demarcado y árbitro.

IV

Hasta que me di cuenta de que a los partidos oficiales llegaba más gente que a los ‘entrenamientos’ y que siempre jugaban los mismos, independientemente de si llegaban a entrenar y de cómo jugaran.

La famosa argolla.

Me quejé y fue peor.

V

Me busqué otro equipo de un pueblo cercano en dirección a Colonia.

Lo primero que me llamó la atención fue que de pronto podía entender el alemán de todos.

Lo comenté.

Me respondieron que en el pueblo donde jugaba antes (donde vivo) se habla una especie de dialecto regional y que muchos (alemanes de otras regiones) tenían problemas para entenderlo.

Me sentí aliviado.

VI

Mi nuevo equipo estaba formado por empleados y académicos, empresarios y profesores.

Gente con la que te podías entender sin mayores problemas.

Además, hablaban el llamado alemán culto, el que yo hablo porque lo aprendí en el Goethe.

Pero apenas le daban a la pelota.

A veces había un clima ideal para jugar fútbol y solo llegaban cuatro o cinco jugadores. A jugar mal además.

VII

Había escuchado que había otro equipo en ese mismo pueblo y que entrenaban muy cerca, en un campo de césped.

También había escuchado que tenían muy buen nivel.

Un día me animé y me presenté.

Tenían un campo de ensueño, demasiado bello como para correr por él.

Pregunté si podía jugar con ellos.

Me miraron raro. Me dijeron que tendría que esperar meses.

Acepté y empecé a entrenar con ellos.

VIII

Ahora que ya llevo medio año entrenado en este nuevo equipo, puedo reírme de lo que pasé al comienzo.

De cómo las apariencias juegan muchas veces un mayor papel del que de verdad tienen.

Y de cómo uno puede sobrestimar a otros y subestimarse a sí mismo por simples apariencias. Pasa en la vida ‘real’.

Unas veces es la vestimenta o los signos exteriores de riqueza, otras, los títulos profesionales o los puestos que ocupan las personas.

IX

Mi nuevo equipo tiene buenos jugadores, algún ex profesional incluso, qué duda cabe.

Pero todos también solo dos piernas y un solo corazón y dos pulmones.

Soy un fanático del fútbol (de jugarlo, no de un equipo: me gusta ver cualquier partido que sea bueno: por lo que tiene de ajedrez, o sea, de ideas, pero también por lo que tiene de baile y de movimiento), así es que me propuse mejorar mi juego para poder ser aceptado.

X

Este lunes por la noche celebro mi inclusión en el nuevo equipo.

Curiosamente, es con una droga con la que se celebra después de cada partido.

Este vez me toca a mí poner las chelas para todo el equipo y llevaré botellas de Corona.

Ya las tengo en mi camioneta y también los limones (verdes) de rigor.

Acabo de ver en la Red que las temperaturas van a rondar los 5°C en los próximos días.

De tal manera que no será necesario que las meta a la refrigeradora.

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HjorgeV 15-01-2011

CINCO LIBROS AL AZAR (Y UN RÉQUIEM POR MARÍA ELENA WALSH)

Me pasé varios años de mi vida leyendo en alemán cuanto libro me cayera a/en las manos. Últimamente leo poco en el primer idioma de mis hijos.

De vez en cuando reviso mi biblioteca y compruebo que muchos de esos libros apenas han dejado huella en mí.

También me sucede descubrir otros que había olvidado haberlos comprado.

Una de las desventajas y ventajas de tener una familia numerosa como la nuestra, con niños aún pequeños (seis y nueve los dos últimos) y tres mudanzas en más de quince años, es que las cosas que ‘viven’ en la casa suelen empezar a tomar su propio camino dentro de ella.

Los libros, por ejemplo.

Solo los míos (la mayoría en castellano) están repartidos por el sótano, la sala, el dormitorio y por mi cuarto de trabajo.

Están por allí en un orden que alguna vez sabía de memoria y que las mudanzas, la desidia, los cambios que siempre hay en un hogar y, a veces, la falta de espacio o el simple paso del tiempo, han ido deformando hasta lo irreconocible.


 

Lo bonito es que a veces, curioseando en mis estantes, puedo encontrarme con libros interesantes que ignoraba que tenía, como dije antes, o, simplemente, los había olvidado.

Acabo de tomar cinco al azar. Cuatro de ellos en alemán.

1. Paul Auster: «Mein New York» (Paul Auster’s New York es el título original, de 1997)

Auster es un faro para mí, a pesar de que solo me gustan algunos de sus libros. Este, de poco más de cien páginas, comienza bien, pero es de los absorbentes y posesivos: de los que necesitan tu atención absoluta e incondicional.

Leo el comienzo y lo dejo para un momento más acorde con el contenido. Lo mismo me debió pasar cuando lo compré y luego lo dejé por allí olvidado. Aunque también pudo ser por el cansino prólogo -de un tal Luc Sante-, que ha estado a punto de hacerme cerrar el libro esta/otra vez.

2. Greg Iles: «24 Stunden» (24 Hours, el título original, del 2000)

He leído otros títulos de Iles -autor usamericano de novela negra nacido en Stuttgart- con satisfacción. Es de los que dominan la narración en primera persona y el tiempo narrativo. No es el caso del comienzo de esta novela y tal vez la razón por la que no me enganchó entonces y parece que tampoco ahora. También podría deberse a la traducción: sin gracia desde las primeras líneas.

(Otros autores ‘mejoran’ notablemente al ser traducidos al alemán o a otros idiomas. Pienso en el éxito de Isabel Allende en este país, por ejemplo. Y también me pregunto si el éxito del chileno Bolaño en EEUU no tendrá que ver con una ‘favorecedora’ traducción al inglés de su obra.) (Su novela 2666 la empecé y, sin haberla terminado, descubrí que su grosor me servía para evitar que una ventana de mi cuarto de trabajo se abriera. Y allí sigue desde el verano pasado. O sea que.)

3. Peter Watson: «Picassos Geheimnis» (The Stalin Picasso, el original de 1997)

¿Quién es Peter Watson? La Wikipedia no menciona donde nació este escritor, historiador de la cultura y periodista británico. Ha escrito varias novelas y diversos estudios sobre arte. No me llamaría la atención que el apellido sea postizo.

Es un especialista en robos de obras de arte y ese es el tema de varias de sus novelas. En esta, dos cuadros del pintor malagueño han sido robados de la galería Tate de Londres y se ha encontrado el cadáver del comisario de la exposición. Un aparente robo con asesinato incluido. La primera página se deja leer, pero no muerde.

4. Manuel Scorza: Redoble por Rancas (1970)

Scorza (Lima, 1928 -Madrid, 1983) es uno de los autores que más aprecio (como escritor). He leído varias veces embelesado y riéndome a carcajadas constantes El jinete insomne, una de las cinco novelas que forman el ciclo «La guerra silenciosa» y que justamente lo inició con Redoble por Rancas. Esa es la magia de Scorza: hacerte reír en medio de un tema terrible: los siglos de explotación e injusticia de uno de los grupos más desfavorecidos del Perú: el de los campesinos andinos.

Se ha sido injusto (e ignorante, me atrevo a decir) con Scorza y con el estilo narrativo que usó en el mencionado ciclo: en el que mezcla una parodia de la narrativa épica (trataba, después de todo, de narrar guerras campesinas) con un lenguaje barroco y sobrecargado de imágenes inusuales y divertidas. Pero es un juego literario al que hay que entrar primero para poder entenderlo, aceptarlo y luego gozarlo, hasta la diversión.

Sus críticos deberían leer La danza inmóvil (1983), su última novela y una de mis personales biblias literarias, para conocer su verdadera talla como escritor.

Lo que pocos saben es que Scorza era un romántico empedernido.

Transcribo su poema «Serenata» sin permiso del autor (con la esperanza de contribuir a su difusión, y sin cobrar nada por ello), fallecido en un accidente de aviación justo al empezar a aproximarse al aeropuerto de Madrid la nave de Avianca en la que viajaba. Fue en el Vuelo 11 de esa compañía del 27 de noviembre de 1983.

Íbamos a vivir toda la vida juntos.
Íbamos a morir toda la muerte juntos.
Adiós.

No sé si sabes lo que quiere decir adiós.
Adiós quere decir ya no mirarse nunca,
vivir entre otras gentes,
reirse de otras cosas,
morirse de otras penas
Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse,
olvidando, como traje inútil, la juventud.

¡Íbamos a hacer tantas cosas juntos!
Ahora tenemos otras citas.
Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes.
La lluvia que te moja me deja seco a mí.
Está bien: adiós.
Contra el viento el poeta nada puede.

A la hora en que parten los adioses,
el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas
que vuelen sin cesar sobre tu sueño.

He empezado a releer Redoble por Rancas y la primera página me dice ya que volveré a leer toda la pentalogía «La guerra silenciosa» por mero placer.

5. 1959: «Ein Jahr und seine Songs» (‘Un año y sus canciones’ sería la traducción)

Un librito de esos que ciertos diarios se permiten ofrecer acompañando su edición dominical y a muy bajo precio. Este es del Süddeutsche Zeitung y eso es algo que se nota en la alta calidad de los textos sobre las 20 canciones más emblemáticas de ese año.

Son artículos elaboradísimos y ricos en información, verdaderas joyas periodísticas escritas con verdadero afán literario. De paso, me entero de que en los años sesenta, el bossa nova pegó con tal fuerza en EEUU, que muchos en ese país creían que se trataba de un invento gringo.

Traduzco:

«No me vengan con cuentos», dijo la diva del soul pop, Dionne Warwick en una visita a Río de Janeiro en 1966. «Todo el mundo sabe que el bossa nova lo inventó Burt Bacharach.»

Lo creía realmente. Algo que, por supuesto, hablaba de cierta ignorancia. Pero, por otro lado, también del inmenso efecto que esta música había tenido en la cultura de masas de EEUU:

Como la pizza, los cuentos de los hermanos Grimm o Papá Noel, el bossa nova llegó a tener tal grado de popularidad que la mayoría de estadounidenses suponía que era un invento de su país.

La guinda del pastel (detesto las guindas de los pasteles; no en este caso) la encontré en la última página.

¡Un disco conteniendo las 20 canciones comentadas!

Están, entre ellas:

Luiz Bonfá con la depresiva pero dulce y hermosa Manhã de carnaval;

Say man de Bo Diddley (piedra angular en la transición del blues al rock and roll y acaso el fundador del rap);

Mack the knife en la voz de Bobby Darin (el genio a quien le quedaba poco por vivir y sus productores no querían que cambiara de estilo, pero él lo hizo: qué frescura y qué swing, dios; volveré a ocuparme de él) y:

What a diff’rence a day makes, en la versión de Dinah Washington, canción con la que ganó un Grammy y que había sido compuesta un cuarto de siglo atrás. (Como curiosidad habría que anotar que la canción también es conocida con ‘made’ al final, el pasado del verbo ‘to make’, y que es lo que canta Washington. La carátula del disco, demostrándolo, se puede ver aquí.)

Traduzco parte del artículo dedicado a este último tema:

«Cuando la diva del blues murió el 14 de diciembre de 1963 por una fatal combinación de pastillas para adelgazar y alcohol, se escuchó en la radio una y otra vez esta canción: What a diff’rence a day makes. Tan fatídico como el texto de la balada, así de dramática fue la vida de la intérprete: se casó siete veces, vivió intensamente cada momento y llegó, en una oportunidad, durante un concierto en un club nocturno, a dispararle a una rival en cuestiones de amores.»

Curiosamente, a pesar de los datos enciclopédicos que pululan en las páginas de este excelente librito, no se menciona que este último tema era, fue, es, una composición –Cuando vuelva a tu lado (1934)- de una mexicana. Y descubro de paso que la Wikipedia en inglés le atribuye espuriamente un segundo apellido: Méndez. Ver aquí.

(Debajo, una versión de Paquito D’Rivera, nombre artístico del cubano Francisco de Jesús Rivera Figueras, y mal escrito por quien colgó el video en YouTube.)

 

Me estoy refiriendo a la genial María Joaquina de la Portilla Torres.

Más conocida como María Grever, tras adoptar el apellido de su esposo usamericano, hija de un sevillano y una mexicana, y quien pudo haber nacido en un barco durante un viaje de su madre a España.

La misma compositora de Júrame, Alma mía y Te quiero, dijiste (Muñequita linda); alumna de Claude Debussy, directora de orquesta, autora de más de 800 canciones populares, de música erudita y de la música para varias películas de la 20th Century Fox y la Paramount Pictures.

La misma de quien se dice que un derrame cerebral la confinó a una silla de ruedas, al emocionarse escuchando cantar Vida mía al tenor Néstor Chayres (ella consideraba a su compatriota el mejor intérprete de sus canciones) en el Carnegie Hall, en 1948.

Qué vueltas se da a la vida, a las vidas de otros, al mundo, al pasado histórico musical, con unas simples hojas de papel impresas y esta maravilla de la Red.

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HjorgeV 11-01-2011

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RÉQUIEM POR Y DE MARÍA ELENA WALSH

Mientras termino de escribir todo esto, me entero de que María Elena Walsh (Ramos Mejía, Buenos Aires, 1930 -Buenos Aires, 10 de enero del 2010), autora de una vasta obra literaria y musical, acaba de fallecer.

Su deceso se conoció primero en las redes sociales.

La poesía de una de sus canciones me acompañó durante una larga etapa de mi vida: Serenata para la tierra de uno, en la versión de Mercedes Sosa y en los tiempos no tan lejanos de cuando todavía existían los casetes.

María Elena Walsh también cantaba sus propias canciones, es decir era, fue, una cantautora. (Aquí en la escena de una película.)

La otra canción que también acompañó ese segmento de mi vida fue una más conocida: Como la cigarra, también en la versión de Mercedes Sosa. Qué tiempos escuchando tanta poesía contenida en canciones: Tantas veces me borraron, tantas desaparecí / A mi propio entiero fui sola y llorando / Hice un nudo en el pañuelo pero me olvidé después / Que no era la única vez y seguí cantando.

 

 

Walsh escribió un Réquiem de madre, que aquí transcribo de una página hallada en la Red y que desconocía. Lean las cosas que escribía:

 

 

Aquí yace una pobre mujer
que se murió de cansada.
En su vida no pudo tener
jamás las manos cruzadas.

De este valle de trapo y jabón
me voy como he venido,
sin más suerte que la obligación,
más pago que el olvido.

Aleluya, me mudo a un hogar
donde nada se vuelve a ensuciar.

Nadie me pedirá de comer
en mi última morada
no tendré que planchar ni coser
como condenada.

Cantan ángeles alrededor
de la eterna fregona
y le cambian el repasador
por una corona.

No lloréis a esta pobre mujer
porque se encamina
a un hogar donde no hay que barrer,
donde no hay cocina.

Aleluya esta pobre mujer
bienaventurada,
ya no tiene más nada que hacer
y ya no hace nada.

 

 

Qué duro, real y raro homenaje a todas las madres del mundo, de una autora prolífica como poc@s: a lo largo de toda su carrera publicó más de 20 discos y 50 libros.

Walsh se relacionó con Violeta Parra en su estadía en París, donde cantaba en el dúo Leda y María, y se dice que, a pesar de haber ganado un concurso para actuar al lado de Edith Piaf en su espectáculo en el Olympia de la Ciudad Luz, la famosa cantante las excluyó por «razones de tipo emocional».

Otro detalle curioso en su vida fue su paso por la casa de Juan Ramón Jiménez, el autor de Platero y yo, en Maryland, EEUU, a lo largo de seis meses del año de 1949.

Tuvo palabras durísimas para con él:

«Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo. Con generosa intención, con protectora conciencia, Juan Ramón me destruía, y no tenía derecho a equivocarse porque él era Juan Ramón, y yo, nadie. ¿En nombre de qué hay que perdonarlo? En nombre de lo que él es y significa, más allá del fracaso de una relación.»

A pesar de su amor por los niños, plasmado en su extensa obra dedicada al mundo infantil, no tuvo prole.

Sara Facio (San Isidro, Buenos Aires, 1932), famosa fotógrafa argentina, había sido su cónyuge desde 1978 hasta ayer.

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HjorgeV 11-01-2011

LOS VIAJES DE PROUST Y GOETHE

Paseándome por la Red, me encontré con una afirmación atribuida a Lezama Lima que me dejó pensando.

Es la siguiente:

«El viaje es apenas un movimiento de la imaginación. Goethe y Proust, esos hombres de inmensa inmensidad, no viajaron casi nunca.»

Lo leí en una bitácora cuyo nombre me intrigó y me atrajo: Un poema al día.

Pero, ¿es cierta la reiterativa afirmación de Lezama?, me pregunté.

Recordaba que Goethe había estado en Italia, por ejemplo.

Y no me imaginaba que habiendo escrito tratados sobre botánica y la teoría de los colores (es de los rarísimos escritores de renombre con obra científica publicada, sus otros campos de interés eran la osteología, la química y la geología), no hubiera viajado «casi nunca».

Consulté la Wikipedia.

Para empezar, ya a los 16 años había abandonado su Fráncfort del Meno natal para irse a estudiar Derecho a Leipzig, a 400 kilómetros de distancia.

 

 

Sus estudios los terminó en Estrasburgo, ciudad a 600 kilómetros de la anterior.

Después volvió a Fráncfort.

En 1775 se trasladó a Weimar.

Había llegado allí invitado por la Corte de Weimar del príncipe heredero de ese entonces, Carlos Augusto.

Entre las tareas que este le encomiendó a lo largo de más de diez años y que lo alejaron de la escritura, estaba la de viajar continuamente.

Luego en 1786 se trasladó a Italia: estuvo en Venecia y terminó en Roma. Y regresó en 1788.

En esos años no se viajaba en avión, de tal manera que tuvo que pasar por una serie de pueblos y ciudades a la ida y a la vuelta.

Es decir, Goethe no solo viajó a Italia, sino que también viajó por ese país.

Por otra parte, dentro de la misma Alemania, un momento resaltante de su vida (recibió la partícula von -que significa ‘de’- como dádiva de Carlos Augusto, hecho que escandalizó a la nobleza de ese tiempo), fue su encuentro con Napoleón Bonaparte.

Ocurrió en la ciudad alemana de Érfurt, una ciudad vecina de Weimar.

Pasó el resto de su vida en esta última, pero en agosto de 1831 (un año antes de morir) viajó a la región de Turingia y volvió a Ilmenau a dejar una lágrima: en la cabaña donde 51 años atrás había escrito en la pared uno de sus más famosos poemas.

¿No viajó «casi nunca» Goethe?

Obviamente, en el caso del alemán no es cierta la afirmación atribuida a José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976).

Luego pasé a ver el caso de Proust (Auteuil, 1871 -París, 1922).

Un solo párrafo de la entrada correspondiente de la Wikipedia desmiente la afirmación del cubano.

Transcribo:

«La muerte de Ruskin en 1900 fue aprovechada por Proust para iniciar la traducción de su obra. Para este fin emprendió varios peregrinajes ruskinianos al norte de Francia, a Amiens y sobre todo a Venecia, en donde residió una temporada con su madre.»

Si hizo varios peregrinajes al norte de Francia, tuvo que recorrer su país (varias veces) para llegar a Amiens.

Y si residió un tiempo en Venecia (a 1.116 kilómetros de distancia de París), tuvo que pasar por media Francia y atravesar todo el norte de Italia hasta llegar al Mar Adriático.

 

 

Fascinante, por lo demás, la vida de Goethe.

Sus diversas inclinaciones científicas: imposibles en esta Alemania actual tan inclinada a la alta especialización en todos los campos de la vida laboral.

Su romanticismo de viejo verde: a los 72 años le declaró su amor a Ulrike von Levetzow, una joven de 19, pero fue rechazado.

Por otra parte, el poema que escribió en la cabaña cerca de Ilmenau fue uno de los primeros textos que me aprendí de memoria en mis tiempos de alumno del Instituto Goethe de Lima.

Intentaré traducirlo (tomándome algunas libertades y quedándome insatisfecho con el resultado), aunque el quid lo da un verbo (ruhen) que significa reposar, descansar, pero que también quiere decir guardar silencio. Y con este verbo, y un sustantivo derivado de él, Goethe hace un juego de palabras que no se puede trasladar a nuestra lengua.

Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde.
Warte nur, balde
Ruhest du auch.

 

En las cumbres

Reina el silencio,

En las copas de los árboles

Apenas se siente un soplo;

Los pajarillos callan en el bosque.

Espera nomás, pronto

reposarás/callarás tú también.


Proust viajó menos que Goethe, sí, pero decir que «casi nunca» viajaron es espurio.

Me pregunto si la famosa y barroca erudición de Lezama Lima, no tendrá otros ejemplos de inconsistencia como este.

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HjorgeV 09-01-2011