JAMES ELLROY: «RÉQUIEM POR BROWN»

Preparé todo para desentenderme de la partida del último día de diciembre.

Ya había probado anteriormente cómo era eso de levantarse temprano el primer día del año (cuando a pesar de que ya está completamente claro los demás todavía duermen), sin resaca y habiendo dormido bien.

Y me había gustado.

Esta vez quise recibir el nuevo calendario con la compañía de un buen libro, sin borrachos que soportar ni taxis que esperar durante horas en la madrugada y a la intemperie (0°C actuales por estos lares).

Quería probar cómo era eso de estar tan concentrado en la lectura que fuera posible ignorar a medianoche las rachas de detonaciones de los cohetes y otros artilugios pirotécnicos que se estilan encender.

Antes, limpié de nieve y hielo con una lampa y una pala especiales (y con verdadero encomio: tres horas de trabajo duro pero satisfactorio) la entrada del pasaje que acoge nuestra y otras tres casas vecinas y al que solo penetran nuestros automóviles para cargar o descargar.

La idea era que nuestros chicos pudieran salir a reventar sus cohetes (el mayor) y encender sus luces de bengala (el más pequeño) sin temer algún resbalón infeliz.

Escogí de mi caótica biblioteca una novela de James Ellroy, uno de los autores que más admiro (como escritor), que había comprado varios años atrás.


 

He terminado Réquiem por Brown y me alegro de no haber claudicado a medio camino.

Ya lo había hecho alguna vez, no sé cuándo: llegado a cierto punto había abandonado la novela sin más.

Lo sé porque las marcas que suelo hacer con la uña cuando me topo con alguna palabra que no conozco, con alguna buena frase o un error, eran perfectamente reconocibles a simple vista.

Y la novela estaba marcada hasta poco más de la mitad, el lugar donde me había rendido la primera vez.

Curiosamente, más o menos el mismo lugar en el que esta vez volví a empezar a hartarme.

Mi plan -repito- era desentenderme del cambio de calendario con un buen libro y sin nada más que lo de una noche habitual en el estómago.

Para más seguridad taponeé mis oídos.

Funcionó, pero solo porque la peor parte de la novela la enfrenté mucho antes de que dieran las doce, de tal manera que cuando empezaron a sonar las detonaciones anunciando el nuevo almanaque, ya me había vuelto a colgar de la historia y no pensaba bajarme de mi limbo lector hasta terminarla.

Réquiem por Brown fue la primera novela de James Ellroy.

Como en toda primera obra se nota la desesperación, el afán por ponerlo todo: la tensión del que tiene mucho para contar y quiere saber si podrá conseguirlo, pero que también tiene el pánico del debutante.

El profundo miedo de perder a su público en su primera actuación.

De tal manera que atiborra su obra de diversos recursos y bucles, y después se debe quedar temblando de solo pensar que ha espantado al lector con su ansiedad.

Esta fue la razón por la que estuve a punto de abandonar el libro de Ellroy por segunda vez.

Y no me estoy refiriendo necesariamente a la sordidez de lo relatado, a la serie de escenas inverosímiles, barrabasadas y absurdos de los que está plagada su novela.

No, no me estoy refiriendo forzosamente a todo aquello de lo que ahora Ellroy puede reírse sin avergonzarse demasiado porque ya es famoso y no tiene que rogar a nadie para que lo lean, o, por el contrario, sigue avergonzándose sin tregua.

Me refiero a que ese afán del escritor debutante por mostrarlo todo en la primera vez, suele también convertir lo escrito en una simple pantomima, en una clara farsa grotesca y pesada.

Porque llegado a cierto punto, las aventuras de Brown se convierten en un repetido ejercicio de bufonadas encadenadas sin más sentido que el de tratar de encarrilar la narración hacia un final pasable.

El final es flojo como cierre del argumento (pulsar si les interesa saber algo al respecto), no voy a decir por qué.

Pero Ellroy, con todo, consigue recuperar el lenguaje perdido.

Su lenguaje.

Y con este al lector.

Porque cuando su lengua viperina, áspera y filuda, y soez, deja de preocuparse por el cómo (payasear) y se centra en el qué, es decir, en el vacío absurdo que es en principio toda vida humana, entonces el autor de La Dalia Negra recobra su mejor registro.

Esa voz oscura y abisal que es su mayor tesoro. (Le costó varias novelas conseguirla y hacer todo un estilo de ello. Comenté ya aquí una de esas obras iniciáticas.)

Y no necesariamente la descripción de aberrantes conductas humanas.

Eso lo puede cualquiera: sea un entendido o no, sea alguien que lo haya experimentado directamente o no.

Este último es el caso de Lee Earle Ellroy (Los Ángeles, 1948), su verdadero nombre. Lo sabemos.

Porque es público que a los diez años quedó huérfano al ser hallada estrangulada su madre, que durmió en los bancos de los parques o en las frías celdas de una prisión en las más de 30 veces que pasó por ahí debido a delitos menores.

Que consiguió descolgarse del alcohol y de otras drogas al borde de cumplir los 30, cuando decidió convertirse en «el más grande autor de novela negra de todos los tiempos».

Y sabemos que empezó a escribir en una sucia habitación de un desvencijado hotel porque la otra posibilidad era probablemente morir joven en la cárcel o de una sobredosis.

La leyenda dice que escribió su primera novela (esta: Réquiem por Brown) de pie: para recordarse seguramente que terminar en la indigencia o en un manicomio eran otras dos buenas posibilidades en su futuro.

Y, sí, leer al primer Ellroy tiene su encanto.

James Ellroy nos invita a sumergirnos en el pantano y su canto de sirena reclamatorio es lo suficientemente convincente como para animarnos a acompañarlo sin más artilugios que una buena ‘aguantada’ de respiración antes de saltar a las profundidades (de espaldas).

Pero luego sus cabriolas en la ciénaga, sus volteretas en la podredumbre y los fuegos artificiales en la sordidez, son cosas que están bien para las revistas de historietas, los llamados cómics, pero no para alguien que se ha propuesto -bajemos su pretensión- convertirse en un buen novelista.

Hoy Ellroy ha conseguido desprenderse de su primera piel de autor novato que coquetaba permanentemente con los disfraces del mal en las novelas, arropándolo con toda la parafernalia ‘cloacal’ correspondiente: palizas, extorsiones, abusos, torturas, asesinatos.

Lo sabemos por sus posteriores novelas.

Pero cuando escribió Réquiem era un simple autor principiante que buscaba su voz revolviendo en la basura humana y social y no sabía diferenciar muchas veces entre su propia voz y un eructo (o un asesinato) hecho solo para escandalizar o mantener atento al lector.

Visto así, y salvando de la lluvia tanto sus incursiones musicales a lo mejor de la música clásica, especialmente al romanticismo alemán (la novela está llena de referencias a obras concretas de Beethoven, Bruckner, Brahms, Liszt y Mozart, entre otros), así como sus ejercicios de composición ‘escritural’ sobre la escoria social de su país, Réquiem por Brown se lee como una caricatura de un Chandler resucitado en Los Ángeles de finales de los años setenta y a quien la bebida y otras drogas le han causado un considerable daño mental.

Porque Réquiem se lee a veces como el texto inconexo de un demente lúcido, si perdonan el oxímoron.

Y mucho más encanto estructural no hay que buscarle.

Ahora, la traducción (de Raúl Quintana Muñoz) no le hace muchos favores a este primer Ellroy.

(Mucho menos la corrección: el nombre de Liszt aparece mal escrito, con la z antes que la s; lo mismo que Valhalla -el panteón de los vikingos muertos en combate-, escrito con una sola l. ¿Tengo que mencionar más ejemplos, como que aparece un par de veces la inexistente palabra güevos y que a estate -imperativo de segunda persona del singular del verbo estar- le inventan una tilde en la a?)

Lo de la traducción es parte del dilema eterno de ese oficio: ¿se debe traducir para hoy o para el futuro?

Es decir, ¿se debe trasladar lo escrito a cierto equivalente moderno para poder vender más a riesgo de pecar de temprana obsolescencia?

¿O, por el contrario, se debe tratar de trasladar el original a una especie de castellano ‘superior’, más resistente al paso del tiempo y las modas?

Plaza y Janés -los editores- se decantaron por lo primero.

De tal manera que al cúmulo de inverosimilitudes que pululan en la novela como barba pertinaz en el rostro de una muchacha adolescente, hay que agregarle la de leer a un ex policía de Los Ángles maldiciendo y despotricando como un facineroso madrileño.

Réquiem por Brown es una novela debutante con demasiadas exageraciones como para tomársela en serio, pero, paradójicamente, eso mismo obliga al lector (si no desea cerrar el libro y olvidarlo) a adoptar cierta superficialidad que es la que lo salva también.

Porque no de otra manera podrían soportarse sus páginas con mucho de mal gusto, revulsivas y, a la vez, ingenuas.

Se podría decir que se parece mucho a una novelita de bolsillo de la época de Chandler: un pulp, pero sacado del fondo de la cloaca de un bar de mala muerte.

Felizmente, Ellroy ha evolucionado y aún mucho más su escritura.

Me consta.

(Si se dice que hoy es un genio del ‘estilo telegráfico’, en su primera novela hizo simple gala de un estilo esperpéntico.)

No hace mucho, incluso, la conciencia de ese avance patente y comercialmente exitoso lo ha llevado a decir cosas como esta:

«Pero que sepan que los críticos británicos y franceses, en sus reseñas de Seis de los grandes, citan a escritores como Joyce, Céline o DeLillo, en un intento de encasillar mi estilo y mis argumentos y buscarles paralelismos.»

Se podrá decir que exagera, pero ya nadie puede negar que el Ellroy actual está cada vez más cerca de su plan inicial (salvador) aquel de convertirse en «el mejor autor de novela negra de todos los tiempos».

Si solo hubiera escrito Réquiem por Brown se habría quedado ridículamente lejos, apenas en un esperpéntico, muy flojo y risible comienzo.

Para saberlo y gozar con el contraste, hay que haberla leído primero.

.

.

. . . HjorgeV 01-01-2011

One thought on “JAMES ELLROY: «RÉQUIEM POR BROWN»

  1. Qué buena manera de pasar el año. En mi caso utilicé una técnica de meditación oriental y me desconecté del mundo, cuando vinieron los ruídos de las bombardas ya estaba de regreso feliz sin que nada me importe. Como es común en estas épocas la mejor manera que encuentra la gente de expresar estimación es la que te voy a mencionar: un clásico Feliz Año Nuevo Jorge!!! Y que vengan más escritos y lecturas más.

    Rpta.: Hola, Jorge Atarámico. Pero, ojo, que Alemania es otra cosa celebrando y que las temperaturas justo alrededor de cero grados no animan a mucho. Ya me pasó que tuve que esperar un taxi varias horas a la intemperie. Muchísimos saludos, gracias e iguales deseos. HjV

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s