NOMBRES DE LA NIEVE, ALEMANIA Y EL ÚLTIMO ROMÁNTICO

Finalmente, después de escuchar las noticias de la radio y consultar la Red, nos decidimos: a pesar de la nieve haremos el viaje de casi cien kilómetros hasta la casa de los abuelos de mis hijos, mis suegros.

Antes, un vecino nos ha ayudado a sacar la camioneta de su prisión (un simple espacio entre dos automóviles más) y nos ha recomendado poner peso en la parte trasera, que es donde tiene la tracción.

Les pedí a los dos chicos que subieran a la maletera con el perro y el vecino empezó a balancear el automóvil accionando los cambios, hasta que con nuestros empujones conseguimos mover nuestro automóvil.

Diez minutos, tres adultos, dos niños y un perro para una maniobra que en la ‘vida real’ se hace en un par de segundos con dos manos -o una- y dos pies.

 

 

Como he dejado la camioneta preparada y con el tanque de combustible lleno, salgo primero de la casa para ir a traerla.

La he dejado estacionada a unos trescientos metros, la mayor distancia desde que nos vinimos a vivir a este pueblucho de las afueras de Colonia hace más de ocho años ya.

Estacionar se ha vuelto una odisea y cada quien lo hace como puede. (Como la mayoría de los residentes de esta zona, usamos nuestro garaje para todo, menos para guardar nuestros autos dentro. Ahora es tarde.)

Salimos del pueblo en dirección a la autopista y recorremos las calles cubiertas de nieve.

Hay de diferentes alturas, colores, texturas y consistencias: nieve recién caída, apisonada, húmeda; hay nieve seca y nieve que semeja gránulos de plástico (nieve granulada); hay nieve blanda, fundida y muy dura; nieve oscura, casi negra, amarillenta y blanca como dientes de un nuevo rico; nieve espumosa y acartonada, cristalizada y apelotonada.

Hay copos de nieve; dendritas (copos de nieve con forma ramificada); carámbanos (agua congelada en forma de picos al gotear) que cuelgan de las cornisas de las casas; aguanieve (nieve mezclada con agua) limpia y sucia; pequeños témpanos flotando por aquí en los bordes; escarcha sobre los árboles y los parabrisas de los autos; un iglú a medio construir en un parque; restos de la última granizada, y la cellisca (mezcla de agua y nieve menuda impulsada por el viento) que recorre las calles.

Nos sentimos como visitantes de otro planeta.

Empiezo a entender que los esquimales puedan diferenciar varios tipos de nieve, según se cuenta. Pero nuestro idioma no se queda atrás.

El paisaje urbano tiene su encanto y su desencanto a la vez.

Me detengo un momento y a un señor muy mayor que se encuentra paleando la nieve para retirarla de la entrada de su casa, le pregunto cuántas veces ha visto algo así en su vida.

Debe pasar de los ochenta años y haber vivido toda su existencia en este pueblo.

¡Niemals! -me responde, llevándose una mano a su gorra y la otra a su cintura: nunca.

(Es el Jahrhundertwinter, el invierno del siglo, me confirma un artículo periodístico. Y no solo en Alemania.)

Al tomar la curva para entrar a la autopista, veo por el espejo retrovisor que una camioneta todoterreno quiere adelantarnos.

Es una estupidez lo que pretende hacer.

No solo por la nieve y el hielo que hay sobre la pista, sino especialmente porque nos encontramos en una curva, pero no me queda otra que pegarme al máximo a mi carril para dejarlo pasar.

Por hacerlo, patino de un carril a otro y finalmente consigo enderezar la camioneta.

No sé quién conducía el otro vehículo, pero me basta ver que se ha quedado rezagado los treinta o más metros recomendados como separación o distancia, para saber que ha regresado a la ‘realidad’:

Todo ha cambiado con la nieve y muchos parecen no haberse enterado o no querer darse cuenta.

Como lo habíamos escuchado y consultado en la Red, la autopista que nos lleva a Essen está prácticamente libre y llegamos a circular a más de cien por hora.

Dos carriles están sin ninguna huella de nieve o hielo en toda su superficie, salvo el de la izquierda: que muestra dos líneas oscuras sobre una alfombra blanca que es por donde pasan las llantas de los vehículos.

Obviamente, nadie se atreve a usar el carril que es el más rápido normalmente, porque se podría correr el riesgo de patinar al entrar o salir de él.

Hasta que pasamos debajo de un pequeño puente.

Entonces desaparece la nieve de la pista y el conductor avispado de un Jaguar se pasa raudo al carril izquierdo.

Durante unos kilómetros parece un fugitivo.

Una mancha de color rojo oscuro alejándose, orgulloso de haberse podido desprender de la manada.

La aventura le dura varios kilómetros.

Luego su problema empieza a ser cómo regresar al carril central.

Si desea hacerlo a una velocidad adecuada para integrarse a los grupos que pasan, corre el riesgo de patinar al cruzar las cintas de hielo por la alta velocidad que lleva.

Solo le queda esperar un hueco, disminuir la velocidad y regresar sin mayores riesgos al carril central, al redil moviente.

Por el espejo retrovisor veo que el Jaguar rojo oscuro regresa a la manada, pero a un lugar mucho más atrás de donde estaba antes. Gran fuga.

 

 

Llegamos a Essen en una hora y cuarto, todo un acontecimiento.

La verdadera sorpresa nos espera en el barrio de los abuelos de mis hijos.

Salimos de la autopista y entramos a una zona urbana. En una bajada cambia el semáforo a rojo (voy a 30 por hora) y piso el freno de lo más cómodo y confiado.

La camioneta tiene ABS, he empezado a frenar a unos veinte metros de la esquina. No hay nadie delante nuestro ni detrás.

Felizmente. Porque nuestra camioneta no se detiene.

Debido al sistema ABS, siento el golpe repetido en mi pie izquierdo sobre el freno al accionarlo.

Nuestro auto se ha convertido en un objeto deslizante de dos toneladas de peso sobre una bajada.

Alarma roja en mi cerebro.

Faltando poco para llegar a la esquina, finalmente se detiene.

He tenido suerte.

Pero significa que yo también tengo que volver a la ‘realidad’: hielo y nieve por todas partes, las conductas tienen que adaptarse a la nueva situación.

El último tramo es un infierno blanco. La calle final que nos lleva a la casa de mis suegros es angosta, pero por ella pueden pasar normalmente dos vehículos en sentido contrario respetando ciertas reglas de tránsito y de cortesía.

Normalmente.

Ahora, con los montículos de nieve de más de un metro de altura, la nieve que el vehículo municipal retira y amontona a un costado y el resto de hielo y nieve retirada de las veredas contiguas más los automóviles mal estacionados a izquierda y derecha, la calle se ha convertido en un canal de solo tres metros de ancho.

Tengo la impresión de haber entrado al conducto de despacho de una gran congeladora. (Solo falta que alguien meta una moneda a la gran máquina y vayamos a parar al bosque contiguo.)

Mi problema es qué hacer si viene alguien en sentido contrario.

Se lo pregunto a mi esposa.

Mueve la cabeza.

Creció en este barrio y nunca ha visto algo así.

¿Retroceder?, me pregunto. ¿Hasta dónde?

Ahora entiendo por qué los buses no circulan por esta vía desde hace un par de días.

Tenemos ‘suerte’ y llegamos hasta la casa de mis suegros: allí en donde normalmente podíamos estacionar con comodidad, ahora hay una especie de pequeño laberinto de nieve: barreras blancas, montículos, acumulaciones. Apenas hay espacio para moverse.

Como los vecinos están obligados a retirar la nieve de la vereda delante de sus casas (pueden ser obligados a pagar los costos de un resbalón de un transeúnte o peatón), todos lo han hecho, solo que nadie sabe ya adónde con tanta nieve.

Por el espejo retrovisor veo que un automóvil viene detrás de nosotros.

No veo dónde estacionar y sigo de largo porque estamos en una subida y temo quedarme en la cuesta patinando sin poder avanzar. O, peor, resbalar hacia atrás.

Cuando doy toda la vuelta a una gran manzana, por suerte sin incidentes, al volver a pasar por la casa de mis suegros veo al padre de mi esposa haciéndonos señas para que estacionemos en la entrada de su garaje.

Lo agradecemos, pero enseguida veo que no será una tarea fácil.

Lo que normalmente es una entrada amplia, aunque bastante inclinada, ahora es un simple canal, conducto o surco con entrada en ángulo recto desde la calle.

Obviamente, no puedo doblar a la izquierda haciendo una curva. Sé que el hielo que se ha acumulado sobre la pista puede dañar la parte inferior del automóvil como si se tratara de rocas o piedras.

Por suerte, nadie viene detrás, me detengo y entro en retroceso.

Final de la ruta.

La situación no es como la de Nueva York (ver fotografía), por suerte. Entramos.

Lo primero que nos dice mi suegra al vernos es que la televisión no funciona porque la nieve debe haber cubierto la antena.

Pasamos la entrada y al llegar a la puerta de la casa vemos que el jardín posterior en el que en los veranos corretean nuestros chicos y chicas ahora es una especie de almacén de nieve, recargado hasta una altura de medio metro.

Vienen los saludos, la comida y la bebida.

La vista panorámica hacia el jardín es simplemente surrealista.

Después nos enteramos de que las inundaciones en Australia abarcan un área igual a Alemania y Francia juntas (un millón de kilómetros cuadrados, un poco menos que el área de mi país, Perú) y que acaban de cerrar más de mil granjas por toda Alemania (la cifra actual es de 5.000) debido a un acto criminalmente masivo en el que están involucrados varias empresas alemanas.

Descubierto por casualidad por la propia empresa en un control rutinario (se sospecha que ya había sido descubierto antes pero no denunciado), el origen  parece situarse en Holanda.

La fábrica de piensos alemana Harles & Jentzsch habría recibido de una empresa holandesa aceite para máquinas (conteniendo dioxinas) y lo habría utilizado en la fabricación de alimentos para animales.

Se dice que hasta 3.000 toneladas del pienso contaminado habrían sido vendidas a 25 empresas alemanas.

Curiosamente, las autoridades responsables hablaron primero de solo un par de cientos de toneladas.

Hoy ya han sido cerradas más de mil (van 5.000) granjas por toda Alemania y se han retirado del mercado toneladas de huevos, carne de pollo y de cerdo.

Son cifras increíbles.

Los responsables lo atribuyen a un «error humano». Como si se tratara de un caso aislado y mínimo.

Y, como siempre o casi siempre, las leyes tan preocupadas porque un simple ladrón adronzuelo o un drogadicto angustiado por su dosis vaya a parar a la cárcel varios años (mantenido con el dinero de los contribuyentes), no contemplan penas serias para quienes lucran (y bien) a costa de poner en peligro la salud de millones de personas.

Curiosamente, de esto último me entero primero por la prensa digital española, porque la alemana parece haber hecho causa común con los delincuentes alimentarios:

En la Red, el escándalo de los alimentos contaminados con dioxina apenas recibe la atención en los medios más importantes de este país.

Es noticia, sí, pero totalmente secundaria.

¿Por qué?

Me temo que hay mucho de amor propio y falso orgullo en todo esto.

Como si los alemanes no se pudieran creer que algo así les pudiera pasar precisamente a ellos (los controladores por excelencia) e hicieran ahora todo lo posible por cerrar ojos y oídos.

Y boca.

Porque a partir de ahora todos los productos involucrados (pollos, cerdos, jamones, huevos y derivados) van a pasar un lindo calvario.

¿Nos tendremos que volver vegetarianos (veganos) por un buen tiempo?

No es una exageración lo que digo.

Pongo el último ejemplo.

Leí hace un par de días que se acaba de encontrar una fosa común de la época nazi en Austria.

Se trataría de los restos de unas 220 víctimas de los «programas de eutanasia» de la vesania nazi ejecutados en un hospital psiquiátrico en el país vecino.

¿Pude encontrar inmediata y fácilmente la noticia en los diarios alemanes de la Red?

Ustedes conocen la respuesta.

Es que este país está cambiando otra vez y no solo con la nieve.

Solo que lo de la nieve es anecdótico. Y pasará.

Lo otro es fundamental: ese esquivar con la mirada los problemas y hacer como si no existieran. Esa confianza ciega en que los mismos que estuvieron a punto de hundir la economía serán los que nos salvarán.

Y es tan crítico como el sueño de la actual bonanza coyuntural que vive este país en estos meses y que ha sido posible simplemente gracias a un mayor endeudamiento.

El futuro, por tanto, es de China.

Hoy ayuda a España.

Mañana ayudará a Alemania y los lazos (de la horca) se habrán cerrados y entonces será demasiado tarde para la respuesta europea.

Cuando Europa se dé cuenta de que se han desmantelado las prestaciones sociales, el derecho a la educación y a su desarrollo e implementación, el apoyo a los más necesitados, y, en general, todo aquello que diferencia un estado consciente de uno entregado a la orgía de la ruleta financiera, entonces -me imagino- será demasiado tarde.

Si ahora que, es aún materialmente posible, se han volcado todas las expectativas en las finanzas y los mercados, y no en la cultura ni en la educación, entonces más tarde será materialmente imposible hacerlo. Europa involucionará (aún más).

Pienso en todo esto mientras conduzco de vuelta a casa.

Los dos chicos me han pedido que ponga una grabación de la radio de mi país que tengo con canciones del recuerdo y que suelo escuchar en el auto.

Es una de mis formas más eficientes de soportar mi condición de emigrante en este país germánico.

La idea era que de tanto escuchar las canciones, mis hijos bilingües reforzaran sus conocimientos de castellano, tal como yo aprendí el poco portugués que sé.

Ha funcionado.

El menor, de seis años, ya se sabe de memoria varias canciones: El último beso en la versión de Los Doltons y Es mi vida de Adamo, por ejemplo.

Pero curiosamente últimamente me pide que le repita una en especial.

¿Su título?

El último romántico.

.

.

HjorgeV 06-01-2010

 

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Un comentario sobre “NOMBRES DE LA NIEVE, ALEMANIA Y EL ÚLTIMO ROMÁNTICO

  1. Dios mío con la noticia de las granjas me pongo a pensar ¿qué ocurrirá en Perú y nunca nos enteraremos? Lo que me tranquiliza un poco egoísticamente es que desde el 2002 soy vegetariano u ovo vegetariano. Todos los días recorro como 80 Km esquivando huecos y combis buscando y atendiendo clientes pero no en las condiciones tan adversas ni en el más frío de los inviernos limeños que prefiero en vez del verano.

    Rpta.: Hola, Jorge Atarámico. Acabo de leer que ya se sabía desde hace un año que los piensos para animales estaban contaminados con aceite tóxico. Pero este es solo uno más de varios grandes escándalos que han ocurrido en poco tiempo en Alemania. Por lo demás, ha empezado a llover y la nieve ya se está derritiendo. Una pena, porque ya me había acostumbrado al blanco paisaje. Saludos cordiales desde los arrabales de Colonia. HjV

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