CINCO LIBROS AL AZAR (Y UN RÉQUIEM POR MARÍA ELENA WALSH)

Me pasé varios años de mi vida leyendo en alemán cuanto libro me cayera a/en las manos. Últimamente leo poco en el primer idioma de mis hijos.

De vez en cuando reviso mi biblioteca y compruebo que muchos de esos libros apenas han dejado huella en mí.

También me sucede descubrir otros que había olvidado haberlos comprado.

Una de las desventajas y ventajas de tener una familia numerosa como la nuestra, con niños aún pequeños (seis y nueve los dos últimos) y tres mudanzas en más de quince años, es que las cosas que ‘viven’ en la casa suelen empezar a tomar su propio camino dentro de ella.

Los libros, por ejemplo.

Solo los míos (la mayoría en castellano) están repartidos por el sótano, la sala, el dormitorio y por mi cuarto de trabajo.

Están por allí en un orden que alguna vez sabía de memoria y que las mudanzas, la desidia, los cambios que siempre hay en un hogar y, a veces, la falta de espacio o el simple paso del tiempo, han ido deformando hasta lo irreconocible.


 

Lo bonito es que a veces, curioseando en mis estantes, puedo encontrarme con libros interesantes que ignoraba que tenía, como dije antes, o, simplemente, los había olvidado.

Acabo de tomar cinco al azar. Cuatro de ellos en alemán.

1. Paul Auster: «Mein New York» (Paul Auster’s New York es el título original, de 1997)

Auster es un faro para mí, a pesar de que solo me gustan algunos de sus libros. Este, de poco más de cien páginas, comienza bien, pero es de los absorbentes y posesivos: de los que necesitan tu atención absoluta e incondicional.

Leo el comienzo y lo dejo para un momento más acorde con el contenido. Lo mismo me debió pasar cuando lo compré y luego lo dejé por allí olvidado. Aunque también pudo ser por el cansino prólogo -de un tal Luc Sante-, que ha estado a punto de hacerme cerrar el libro esta/otra vez.

2. Greg Iles: «24 Stunden» (24 Hours, el título original, del 2000)

He leído otros títulos de Iles -autor usamericano de novela negra nacido en Stuttgart- con satisfacción. Es de los que dominan la narración en primera persona y el tiempo narrativo. No es el caso del comienzo de esta novela y tal vez la razón por la que no me enganchó entonces y parece que tampoco ahora. También podría deberse a la traducción: sin gracia desde las primeras líneas.

(Otros autores ‘mejoran’ notablemente al ser traducidos al alemán o a otros idiomas. Pienso en el éxito de Isabel Allende en este país, por ejemplo. Y también me pregunto si el éxito del chileno Bolaño en EEUU no tendrá que ver con una ‘favorecedora’ traducción al inglés de su obra.) (Su novela 2666 la empecé y, sin haberla terminado, descubrí que su grosor me servía para evitar que una ventana de mi cuarto de trabajo se abriera. Y allí sigue desde el verano pasado. O sea que.)

3. Peter Watson: «Picassos Geheimnis» (The Stalin Picasso, el original de 1997)

¿Quién es Peter Watson? La Wikipedia no menciona donde nació este escritor, historiador de la cultura y periodista británico. Ha escrito varias novelas y diversos estudios sobre arte. No me llamaría la atención que el apellido sea postizo.

Es un especialista en robos de obras de arte y ese es el tema de varias de sus novelas. En esta, dos cuadros del pintor malagueño han sido robados de la galería Tate de Londres y se ha encontrado el cadáver del comisario de la exposición. Un aparente robo con asesinato incluido. La primera página se deja leer, pero no muerde.

4. Manuel Scorza: Redoble por Rancas (1970)

Scorza (Lima, 1928 -Madrid, 1983) es uno de los autores que más aprecio (como escritor). He leído varias veces embelesado y riéndome a carcajadas constantes El jinete insomne, una de las cinco novelas que forman el ciclo «La guerra silenciosa» y que justamente lo inició con Redoble por Rancas. Esa es la magia de Scorza: hacerte reír en medio de un tema terrible: los siglos de explotación e injusticia de uno de los grupos más desfavorecidos del Perú: el de los campesinos andinos.

Se ha sido injusto (e ignorante, me atrevo a decir) con Scorza y con el estilo narrativo que usó en el mencionado ciclo: en el que mezcla una parodia de la narrativa épica (trataba, después de todo, de narrar guerras campesinas) con un lenguaje barroco y sobrecargado de imágenes inusuales y divertidas. Pero es un juego literario al que hay que entrar primero para poder entenderlo, aceptarlo y luego gozarlo, hasta la diversión.

Sus críticos deberían leer La danza inmóvil (1983), su última novela y una de mis personales biblias literarias, para conocer su verdadera talla como escritor.

Lo que pocos saben es que Scorza era un romántico empedernido.

Transcribo su poema «Serenata» sin permiso del autor (con la esperanza de contribuir a su difusión, y sin cobrar nada por ello), fallecido en un accidente de aviación justo al empezar a aproximarse al aeropuerto de Madrid la nave de Avianca en la que viajaba. Fue en el Vuelo 11 de esa compañía del 27 de noviembre de 1983.

Íbamos a vivir toda la vida juntos.
Íbamos a morir toda la muerte juntos.
Adiós.

No sé si sabes lo que quiere decir adiós.
Adiós quere decir ya no mirarse nunca,
vivir entre otras gentes,
reirse de otras cosas,
morirse de otras penas
Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse,
olvidando, como traje inútil, la juventud.

¡Íbamos a hacer tantas cosas juntos!
Ahora tenemos otras citas.
Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes.
La lluvia que te moja me deja seco a mí.
Está bien: adiós.
Contra el viento el poeta nada puede.

A la hora en que parten los adioses,
el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas
que vuelen sin cesar sobre tu sueño.

He empezado a releer Redoble por Rancas y la primera página me dice ya que volveré a leer toda la pentalogía «La guerra silenciosa» por mero placer.

5. 1959: «Ein Jahr und seine Songs» (‘Un año y sus canciones’ sería la traducción)

Un librito de esos que ciertos diarios se permiten ofrecer acompañando su edición dominical y a muy bajo precio. Este es del Süddeutsche Zeitung y eso es algo que se nota en la alta calidad de los textos sobre las 20 canciones más emblemáticas de ese año.

Son artículos elaboradísimos y ricos en información, verdaderas joyas periodísticas escritas con verdadero afán literario. De paso, me entero de que en los años sesenta, el bossa nova pegó con tal fuerza en EEUU, que muchos en ese país creían que se trataba de un invento gringo.

Traduzco:

«No me vengan con cuentos», dijo la diva del soul pop, Dionne Warwick en una visita a Río de Janeiro en 1966. «Todo el mundo sabe que el bossa nova lo inventó Burt Bacharach.»

Lo creía realmente. Algo que, por supuesto, hablaba de cierta ignorancia. Pero, por otro lado, también del inmenso efecto que esta música había tenido en la cultura de masas de EEUU:

Como la pizza, los cuentos de los hermanos Grimm o Papá Noel, el bossa nova llegó a tener tal grado de popularidad que la mayoría de estadounidenses suponía que era un invento de su país.

La guinda del pastel (detesto las guindas de los pasteles; no en este caso) la encontré en la última página.

¡Un disco conteniendo las 20 canciones comentadas!

Están, entre ellas:

Luiz Bonfá con la depresiva pero dulce y hermosa Manhã de carnaval;

Say man de Bo Diddley (piedra angular en la transición del blues al rock and roll y acaso el fundador del rap);

Mack the knife en la voz de Bobby Darin (el genio a quien le quedaba poco por vivir y sus productores no querían que cambiara de estilo, pero él lo hizo: qué frescura y qué swing, dios; volveré a ocuparme de él) y:

What a diff’rence a day makes, en la versión de Dinah Washington, canción con la que ganó un Grammy y que había sido compuesta un cuarto de siglo atrás. (Como curiosidad habría que anotar que la canción también es conocida con ‘made’ al final, el pasado del verbo ‘to make’, y que es lo que canta Washington. La carátula del disco, demostrándolo, se puede ver aquí.)

Traduzco parte del artículo dedicado a este último tema:

«Cuando la diva del blues murió el 14 de diciembre de 1963 por una fatal combinación de pastillas para adelgazar y alcohol, se escuchó en la radio una y otra vez esta canción: What a diff’rence a day makes. Tan fatídico como el texto de la balada, así de dramática fue la vida de la intérprete: se casó siete veces, vivió intensamente cada momento y llegó, en una oportunidad, durante un concierto en un club nocturno, a dispararle a una rival en cuestiones de amores.»

Curiosamente, a pesar de los datos enciclopédicos que pululan en las páginas de este excelente librito, no se menciona que este último tema era, fue, es, una composición –Cuando vuelva a tu lado (1934)- de una mexicana. Y descubro de paso que la Wikipedia en inglés le atribuye espuriamente un segundo apellido: Méndez. Ver aquí.

(Debajo, una versión de Paquito D’Rivera, nombre artístico del cubano Francisco de Jesús Rivera Figueras, y mal escrito por quien colgó el video en YouTube.)

 

Me estoy refiriendo a la genial María Joaquina de la Portilla Torres.

Más conocida como María Grever, tras adoptar el apellido de su esposo usamericano, hija de un sevillano y una mexicana, y quien pudo haber nacido en un barco durante un viaje de su madre a España.

La misma compositora de Júrame, Alma mía y Te quiero, dijiste (Muñequita linda); alumna de Claude Debussy, directora de orquesta, autora de más de 800 canciones populares, de música erudita y de la música para varias películas de la 20th Century Fox y la Paramount Pictures.

La misma de quien se dice que un derrame cerebral la confinó a una silla de ruedas, al emocionarse escuchando cantar Vida mía al tenor Néstor Chayres (ella consideraba a su compatriota el mejor intérprete de sus canciones) en el Carnegie Hall, en 1948.

Qué vueltas se da a la vida, a las vidas de otros, al mundo, al pasado histórico musical, con unas simples hojas de papel impresas y esta maravilla de la Red.

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HjorgeV 11-01-2011

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RÉQUIEM POR Y DE MARÍA ELENA WALSH

Mientras termino de escribir todo esto, me entero de que María Elena Walsh (Ramos Mejía, Buenos Aires, 1930 -Buenos Aires, 10 de enero del 2010), autora de una vasta obra literaria y musical, acaba de fallecer.

Su deceso se conoció primero en las redes sociales.

La poesía de una de sus canciones me acompañó durante una larga etapa de mi vida: Serenata para la tierra de uno, en la versión de Mercedes Sosa y en los tiempos no tan lejanos de cuando todavía existían los casetes.

María Elena Walsh también cantaba sus propias canciones, es decir era, fue, una cantautora. (Aquí en la escena de una película.)

La otra canción que también acompañó ese segmento de mi vida fue una más conocida: Como la cigarra, también en la versión de Mercedes Sosa. Qué tiempos escuchando tanta poesía contenida en canciones: Tantas veces me borraron, tantas desaparecí / A mi propio entiero fui sola y llorando / Hice un nudo en el pañuelo pero me olvidé después / Que no era la única vez y seguí cantando.

 

 

Walsh escribió un Réquiem de madre, que aquí transcribo de una página hallada en la Red y que desconocía. Lean las cosas que escribía:

 

 

Aquí yace una pobre mujer
que se murió de cansada.
En su vida no pudo tener
jamás las manos cruzadas.

De este valle de trapo y jabón
me voy como he venido,
sin más suerte que la obligación,
más pago que el olvido.

Aleluya, me mudo a un hogar
donde nada se vuelve a ensuciar.

Nadie me pedirá de comer
en mi última morada
no tendré que planchar ni coser
como condenada.

Cantan ángeles alrededor
de la eterna fregona
y le cambian el repasador
por una corona.

No lloréis a esta pobre mujer
porque se encamina
a un hogar donde no hay que barrer,
donde no hay cocina.

Aleluya esta pobre mujer
bienaventurada,
ya no tiene más nada que hacer
y ya no hace nada.

 

 

Qué duro, real y raro homenaje a todas las madres del mundo, de una autora prolífica como poc@s: a lo largo de toda su carrera publicó más de 20 discos y 50 libros.

Walsh se relacionó con Violeta Parra en su estadía en París, donde cantaba en el dúo Leda y María, y se dice que, a pesar de haber ganado un concurso para actuar al lado de Edith Piaf en su espectáculo en el Olympia de la Ciudad Luz, la famosa cantante las excluyó por «razones de tipo emocional».

Otro detalle curioso en su vida fue su paso por la casa de Juan Ramón Jiménez, el autor de Platero y yo, en Maryland, EEUU, a lo largo de seis meses del año de 1949.

Tuvo palabras durísimas para con él:

«Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo. Con generosa intención, con protectora conciencia, Juan Ramón me destruía, y no tenía derecho a equivocarse porque él era Juan Ramón, y yo, nadie. ¿En nombre de qué hay que perdonarlo? En nombre de lo que él es y significa, más allá del fracaso de una relación.»

A pesar de su amor por los niños, plasmado en su extensa obra dedicada al mundo infantil, no tuvo prole.

Sara Facio (San Isidro, Buenos Aires, 1932), famosa fotógrafa argentina, había sido su cónyuge desde 1978 hasta ayer.

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HjorgeV 11-01-2011

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