DISPARATARIO

 

I

Cuando tenía que atender mi negocio en la ciudad, organizaba mis cosas de tal manera que podía jugar fútbol tres veces a la semana.

Lo hacía aprovechando una oferta para ex estudiantes del programa de deportes de la universidad de Colonia. Había que pagar unos 50 euros por semestre y se podía ‘entrenar’ con otros estudiantes en canchas oficiales.

En el verano, cuando no llovía, podíamos jugar incluso sobre el césped.

Con arcos y medidas oficiales.

Un verdadero sueño para alguien que se pasó la niñez jugando en la calle, los parques o en la playa, y en el colegio ( a pesar de ser particular o privado) lo máximo que había era una cancha pelada de apenas cincuenta metros de largo.

II

Cuando nos mudamos a este pueblucho de las afueras de Colonia, me puse a correr a diario para mantenerme en forma.

Pisar en el asfalto, solo, sin compañía, era otra cosa.

Extrañaba eso de jugar en grupo. El fabuloso encanto de ver la hora y descubrir que se había pasado hora y media como un soplo, y te la habías pasado corriendo como un conejo tonto.

Hasta que mis rodillas se empezaron a quejar del diario martilleo contra el asfalto y dejé de correr.

Pero mi cuerpo reclamaba el movimiento y la pelota.

III

Me enteré entonces de que en el pueblo vecino (contiguo al nuestro y solo separado por una zona verde de unos cien metros) había un club de fútbol.

El club también tenía su equipo de Alte Herren (que significa ‘señores mayores’, aunque el límite inferior es de 32 años).

Me inscribí y por una cuota de socio de unos 120 euros al año empecé a jugar con ellos.

Los miércoles teníamos ‘entrenamiento’ (un partido entre los diez a doce jugadores que normalmente llegaban) y los lunes se jugaba un partido oficial con algún club vecino: con camisetas, campo oficial demarcado y árbitro.

IV

Hasta que me di cuenta de que a los partidos oficiales llegaba más gente que a los ‘entrenamientos’ y que siempre jugaban los mismos, independientemente de si llegaban a entrenar y de cómo jugaran.

La famosa argolla.

Me quejé y fue peor.

V

Me busqué otro equipo de un pueblo cercano en dirección a Colonia.

Lo primero que me llamó la atención fue que de pronto podía entender el alemán de todos.

Lo comenté.

Me respondieron que en el pueblo donde jugaba antes (donde vivo) se habla una especie de dialecto regional y que muchos (alemanes de otras regiones) tenían problemas para entenderlo.

Me sentí aliviado.

VI

Mi nuevo equipo estaba formado por empleados y académicos, empresarios y profesores.

Gente con la que te podías entender sin mayores problemas.

Además, hablaban el llamado alemán culto, el que yo hablo porque lo aprendí en el Goethe.

Pero apenas le daban a la pelota.

A veces había un clima ideal para jugar fútbol y solo llegaban cuatro o cinco jugadores. A jugar mal además.

VII

Había escuchado que había otro equipo en ese mismo pueblo y que entrenaban muy cerca, en un campo de césped.

También había escuchado que tenían muy buen nivel.

Un día me animé y me presenté.

Tenían un campo de ensueño, demasiado bello como para correr por él.

Pregunté si podía jugar con ellos.

Me miraron raro. Me dijeron que tendría que esperar meses.

Acepté y empecé a entrenar con ellos.

VIII

Ahora que ya llevo medio año entrenado en este nuevo equipo, puedo reírme de lo que pasé al comienzo.

De cómo las apariencias juegan muchas veces un mayor papel del que de verdad tienen.

Y de cómo uno puede sobrestimar a otros y subestimarse a sí mismo por simples apariencias. Pasa en la vida ‘real’.

Unas veces es la vestimenta o los signos exteriores de riqueza, otras, los títulos profesionales o los puestos que ocupan las personas.

IX

Mi nuevo equipo tiene buenos jugadores, algún ex profesional incluso, qué duda cabe.

Pero todos también solo dos piernas y un solo corazón y dos pulmones.

Soy un fanático del fútbol (de jugarlo, no de un equipo: me gusta ver cualquier partido que sea bueno: por lo que tiene de ajedrez, o sea, de ideas, pero también por lo que tiene de baile y de movimiento), así es que me propuse mejorar mi juego para poder ser aceptado.

X

Este lunes por la noche celebro mi inclusión en el nuevo equipo.

Curiosamente, es con una droga con la que se celebra después de cada partido.

Este vez me toca a mí poner las chelas para todo el equipo y llevaré botellas de Corona.

Ya las tengo en mi camioneta y también los limones (verdes) de rigor.

Acabo de ver en la Red que las temperaturas van a rondar los 5°C en los próximos días.

De tal manera que no será necesario que las meta a la refrigeradora.

.

.

HjorgeV 15-01-2011

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