HERR SCHULTZ, SEÑOR GOETHE

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Debe tener más de setenta años. Viste una camisa casi por completo raída en el cuello y en las mangas, y pantalones cortos. Por la piel de las rodillas le aumento cinco años más a mi cálculo. Luego dudo, porque el hombre se arrodilla una y otra vez, se levanta y permanece por un rato en cuclillas.

Muchos no podrían permitirse tales movimientos ni con veinte años menos. Lo ayuda su contextura física: no parece tener acumulaciones de grasa en el cuerpo ni problemas de movilidad.

Me cuenta que estuvo en «la guerra» mientras sigue maniobrando con sus herramientas. Está poniendo a punto la bicicleta que me quiere vender y se nota que usa a diario sus herramientas.

Por el aspecto que tiene, en otro lugar podría ser fácilmente confundido con un anciano indigente: sus ropas raídas y casi andrajosas, sus largos cabellos recogidos desordenadamente sobre la nuca, la montura de sus lentes con grumos de grasa en varios puntos.

Me provoca sacudir la cabeza, a ver si despierto, pero continúo observando.

Me ha pedido un precio razonable por la bicicleta usada que me va a vender. Estamos en la entrada de su casa. Esta podría ser una más de las que cubren este pueblo vecino al nuestro y en el que prácticamente no hay edificaciones de más de dos pisos. Un típico pueblo alemán de clase media.

Y este hombre se dedica a vender bicicletas usadas.

Deben ser unas cincuenta y las mantiene cubiertas con un toldo de plástico azul. Levanta la puerta de su garaje y veo muchas más. También reconozco una nueva entre ellas. Junto al ‘campamento’ de bicicletas hay un Golf con la parte lateral derecha destrozada.

-¿También se dedica a arreglar automóviles? -le pregunto.

El hombre se ríe. Pelos grises, blancos y oscuros parecen brotar en este instante de su nariz y de sus orejas. Descubro más por todo su rostro. Pienso que muchas veces un púber sueña con tener pronto bigote y barba, sin saber que una vez iniciado el proceso bien puede terminar en una proliferación incontrolada.

-Un camión estuvo a punto de aplastarme en la autopista. He tenido suerte. Y usted también -me dice-. Sino no podría estar aquí arreglando su bicicleta.

-Todavía no la he pagado -digo, por decir algo.

-¿Qué? ¿Ya no la quiere? -se inquieta. Hago un gesto mínimo, porque sé que ni él mismo se cree lo que acaba de preguntar.

La entrada de la casa está adornada con piezas diversas y extrañas. Solo al mirarlas con detenimiento reconozco que podrían ser piezas de colección. La intemperie y los demás rigores del clima han dejado su clara huella en ellas.

-También soy coleccionista -me explica, al descubrirme recorriendo el contorno de la fachada de su casa como un visitante indiscreto.

Junto al timbre de la puerta hay un letrero que dice «Schultz», el apellido de la joya arqueo-antropológica viva que tengo delante. Debajo hay otro timbre, cuyo nombre acompañante no logro descifrar. Es raro, porque no parece que detrás de la puerta pueda haber alguna división de viviendas.

-Pero mi esposa no soporta tantos trastos dentro de la casa -añade, explicando así (es lo que me imagino) la existencia del otro timbre para una única entrada.

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Cuando le voy a pagar, después de comprobar que todo funciona y está en orden en la bicicleta, se me ocurre probar a debatir el precio que me ha mencionado.

El hombre hace aspavientos y se indigna. Entra a su garaje y vuelve con un periódico en las manos. Que mire los precios de una bicicleta nueva. ¿No me doy cuenta de la ganga que me está ofreciendo?

No, no me doy cuenta, quiero decirle. Todo es demasiado raro. No quiero pensar «sospechoso», porque a pesar de estar en un país que adora el orden, sé que está plagado de excepciones y rarezas.

Aprovecho su pretendida indignación para escucharlo más. Como casi todos los ancianos que he conocido en este país, me imagino que sus ansias de conversar, o de simplemente hablar, deben ser ingentes.

Le hago un par de comentarios y preguntas. No me equivoco. Empieza a hablar y no hay quién lo detenga.

Se pone a contar historias y parte de su vida, sus aventuras durante la Segunda Guerra Mundial. Al final entra a su casa y saca un libro de fotografías. Me lo presta. Me lo puedo llevar a casa y devolvérselo al cabo de unos días, me dice.

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El libro es de comienzos de la década de los sesenta.

Alemania ya se ha recuperado de la guerra y está en pleno Milagro Económico. El país puede permitirse por fin hacer un repaso de su más reciente pasado. Apenas han transcurrido quince años desde el final de la guerra.

Las imágenes son impresionantes.

Conozco bastante bien Colonia y me asombro descubriendo detalles que, luego, al tratar de entenderlos y reconocerlos en el todo, en el conjunto que veo, se vuelven a perder, como si se tratara de una ilusión óptica.

El dato lo había leído alguna vez y no lo había podido creer: 80% de la ciudad fue destruido en el bombardeo cruel de las tropas aliadas.

Las fotografías lo documentan.

Allí por donde hoy camina la gente bamboleándose de orgullo consumista con sus bolsas en la mano, alguna vez hubo montañas de escombros, niños jugando a la guerra en la desgracia producida por la guerra, mujeres y hombres removiendo restos de edificaciones en busca de ladrillos y material de construcción aún utilizable.

Las fotos también lo documentan: sin el pundonor, el trabajo y la fe indesmayable de las mujeres colonesas, no habría sido posible esa reconstrucción. No en los términos cuyos frutos ahora conocemos.

El libro está en relativo buen estado. Tiene un forro, cubierta suelta o camisa que no ha soportado bien el paso del tiempo.

Con las ruinas de esa cubierta, ayudado por goma, papel y cinta autoadhesiva, inicio su reconstrucción y le devuelvo el libro al señor Schultz.

Antes de hacerlo, se me ocurre leer el prefacio.

Descubro, con una sensación vibrante sobre el cuero cabelludo y por todo el cauce de mi médula espinal, que está firmado por Heinrich Böll.

Fueron justamente las novelas de Böll las que me convencieron alguna vez de que tenía que visitar Alemania.

No podía saber que de una visita iba a hacer una segunda vida en este país.

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En el segundo encuentro Herr Schultz me cuenta de los problemas que tiene con los vecinos: lo creen loco y varias veces se han ido a quejar a la policía.

Sufre robos constantes a pesar de que tiene sus bicicletas encadenadas y la gente no quiere pagar un precio justo.

Me cuenta que «la mafia» lo ha amenazado varias veces, pero sin entrar en detalles de quién o quiénes podrían ser esos mafiosos.

Esta vez me doy cuenta de que, si bien toda su vestimenta está raída y por partes presenta huecos, también está limpia y hasta parece planchada.

Lo tomo, finalmente, por un anciano medio loco, contento de poder ocupar su tiempo en algo y de poder así, de paso, mantener en forma sus articulaciones y ganar algo de dinero.

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El otro día, buscando saber más sobre epigramas, me encontré con los Epigramas venecianos de Goethe: pinceladas poéticas y breves que el autor fue escribiendo en su segunda estadía en Italia sobre Europa, su política y sus costumbres.

Leí algunos y encontré algo común en todos ellos: una tremenda amargura.

¿Qué había pasado con el Goethe que había llegado a hablar de una nueva vida, de un renacer, en su primer viaje a Italia?

Las circunstancias habían sido las siguientes.

Después de alcanzar la fama continental con Die Leiden des jungen Werther (las ‘cuitas’, ‘desventuras’ o ‘sufrimientos’ del joven Werther) y habiendo fracasado en su intento de casarse con la hija de un banquero, Goethe había aceptado la invitación del joven duque Carlos Augusto para visitar Weimar.

La visita se convirtió en residencia al aceptar el abogado Goethe un puesto como consejero gubernamental del duque.

Hasta que se enamoró perdidamente de una noble casada y mayor que él.

Entonces los diez años que se había pasado en Weimar sin haber escrito apenas y con un amor sin futuro a cuestas, le pasaron la factura.

¿Su solución?

Dedicarse a otro tipo de estudios e intereses (geología, botánica, mineralogía, osteología), desgastar de alguna forma su enorme capacidad de trabajo, su inventiva y su espíritu emprendedor.

No lo consiguió.

En medio de una crisis de identidad, frustrado por los magros resultados en su actividad política y plagado de un mal de amor, su solución fue escaparse a Italia.

Lo hizo secretamente, entre otras cosas para no dejar de percibir su sueldo como asistente de gobierno del ducado de Weimar.

Dos años se quedó en Italia, maravillado con la cultura, la comida, las costumbres, las mujeres y el arte del país. (Se conservan 850 de sus dibujos pergeñados en tierra italiana.)

Regresó convertido en otro hombre, convencido de que debía concentrar todos sus esfuerzos y energías en escribir.

Otros dos años después, en 1790, regresa a Italia.

La Revolución Francesa acaba de ocurrir y Europa ha empezado a transformarse.

Lo que antes era cielo ahora es infierno para Goethe.

Si antes admiraba la gastronomía italiana, ahora solo parece detectar el olor a ajo, que ha empezado a detestar.

Transcribo y traduzco luego libremente:

Sankt Johannes im Kot heißt jene Kirche: Venedig
Nenn ich mit doppeltem Recht heute Sankt Markus im Kot.
(San Juan en las Heces le decían a cierta iglesia: a Venecia
con doble derecho la nombro hoy San Marcos en las Heces.)

Sus Epigramas venecianos son un compendio inquinoso y enconoso, entre satírico y atrabiliario, de su nueva forma de ver las cosas.

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Hasta que me vuelvo a encontrar a Herr Schultz de casualidad en otro pueblo, en un supermercado.

Está vestido más o menos con el mismo estilo que le conocía, pero ahora todo es nuevo y reluciente. Desde la gorra que lleva puesta hasta las botas de escalador. Es ostensible que lleva encima varias marcas de las llamadas de renombre.

No sé si acercarme a saludarlo.

No me sorprendo, la verdad.

La última vez me ha vendido una bicicleta sin usar (nueva) por un precio nada despreciable, pero que a la primera se me estropeó.

Intenté recuperar el importe pagado, pero el señor Schultz, argumentando de todas las maneras posibles («¿Me quiere echar la culpa por haber pedaleado?», fue una de mis últimas preguntas), se negó.

Por haber pedaleado supuestamente mal, perdí la cuarta parte de mi inversión y una buena fuente de historias con él, porque decidí no volver a acudir al bicicletero del pueblo vecino.

Desde lejos lo contemplo. Ya debe tener más de ochenta años, pero se le ve vigoroso y decidido.

Sé que me ha reconocido también, pero hace como si no me hubiera visto. Su forma de moverse ya no tiene nada que ver con las del viejito con aspecto de indigente que se gana el pan de cada día con el sudor diario de su frente y la caridad de los vecinos compradores.

Empiezo a dirigirme hacia él.

No pienso reclamarle nada. Es simplemente la dirección en la que está la caja, hacia donde me dirijo.

Se voltea temeroso cuando paso a su lado.

Me hace una mueca con la boca abierta, al notar que no era él mi objetivo. Me lo imagino como soldado, habiendo hecho una barrabasada en el ejército y temiendo una represalia de sus compañeros o de un superior.

Es una mueca que he visto varias veces en fotografías y, personalmente, en todos los zoológicos que he visitado.

Una mezcla de miedo y alivio, disfrazada de agresividad.

Tal vez porque nunca se puede saber.

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Transcribo un extracto de los epigramas de Goethe (aquí algunos más en nuestra lengua).

Das ist Italien, das ich verließ. Noch stäuben die Wege,
Noch ist der Fremde geprellt, stell’ er sich, wie er auch will.
Deutsche Redlichkeit suchst du in allen Winkeln vergebens;
Leben und Weben ist hier, aber nicht Ordnung und Zucht;

Traduzco, con bastante libertad, pero sin alejarme del sentido:

Esta es la Italia que dejé. Siguen polvorientos los caminos,

sigue estafándose al forastero, haga lo que haga.

La honestidad/honradez alemana buscas en vano por todas partes;

aquí hay vida y movimiento, pero no orden ni disciplina.

 

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HjorgeV 26-01-2011

 

 

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