90 AÑOS DE «EL ASESINO DEL TANGO»

Si aún viviera, hoy celebraría su nonagésimo cumpleaños.

Se fue apesadumbrado porque aún deseaba tocar su bandoneón y el cuerpo ya no le daba para hacerlo.

Una de sus aficiones era pescar.

Tiburones.

Decía que el día que no pudiera halar más del agua un tiburón de 30 kilos de peso, no podría tampoco con el bandoneón.

Para tocarlo, el maestro ponía un pie sobre una silla y colocaba su instrumento sobre el muslo. Y entonces empezaba un baile de poco alcance pero con la intensidad de un amor eterno expresado en un par de minutos.

En cada concierto llegaba a bajar hasta dos kilos de peso.


 

En 1989 llegó al punto de no poder halar ningún tiburón más del agua.

Se pasó 2 años en el hospital.

«No puedo vivir sin tocar», le decía a su familia.

Cuando murió el 4 de julio de 1992, tenía más de 3.500 composiciones en su haber.

«Me dedico al tango y el tango es algo que se lleva bajo la piel», había dicho alguna vez.

Pero el deseo de diferenciarse de los tangueros tradicionales, de alejarse del compadrito y de los demás lugares comunes del tango tradicional, le consiguió la indiferencia y el odio. Los tangueros ortodoxos lo llamaban «el asesino del tango».

«Eso no es tango», le decían.

Cuando en 1967 empieza su colaboración con el poeta uruguayo Horacio Ferrer en Buenos Aires, ya había aceptado el fracaso del jazz-tango y se encontraba enfrascado en pulir algo nuevo, su propio estilo.

La época dorada del tango ya había pasado y ahora tenía que competir con músicas foráneas y su masiva difusión por la radio y el nuevo medio: la televisión.

María de Buenos Aires ópera nacida del trabajo conjunto de Ferrer y Piazzolla fue recibida así por los críticos:

«La obra es incomprensible, no tiene pies ni cabeza, y encima con música de ése.»

Ése era Astor Pantaleón Piazzolla, por supuesto.

Pero Astor era una persona luchadora. En una entrevista de 1954 a la revista Antena de Buenos Aires había dicho:

«Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos.»

Había “descubierto” la música a los 11 años en Nueva York, al escuchar por una ventana abierta a un pianista ensayando durante horas piezas de Bach.

En Nueva York, adonde había migrado con su familia a la edad de cuatro años, había escuchado mucho más: música judía y jazz, mientras su padre no podía otra cosa que añorar su Buenos Aires querido escuchando tango todo el día.

Había nacido en Mar de Plata, el 11 de marzo de 1921, como hijo único de los inmigrantes italianos Vicente Nonino Piazzolla y Asunta Mainetti.

En Greenwich Village su padre se estableció como peluquero y notó pronto el talento musical de su hijo.

En 1929 Nonino le regaló un bandoneón como complemento de sus estudios de piano y Astor aprendió a tocarlo por hacerle un favor a su padre.

Pero la música clásica -especialmente Bach- y el jazz ya habían calado demasiado hondo en él.

Nonino le decía que eso no era música.

En 1934, un tanguero estaba de paso por Manhattan, y su padre le encargó llevarle un regalo. También le pidió que ayudara al visitante con el idioma.

El cantante argentino encontró simpático al chiquillo. Para agradecerle por su ayuda como traductor e intérprete lo invitó a participar al año siguiente en una película que se iba a rodar en el mismo EEUU.

La película era El día que me quieras (1930) y Carlos Gardel -la leyenda del tango- el cantante y protagonista.

Astor hizo de canillita en ella.

El primer tango de su vida (antes solo había tocado música clásica con su bandoneón: lo cuenta él mismo en una entrevista) lo tocó, precisamente, acompañando a Gardel, algo que describe en una carta imaginaria de 1978:

«Jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de El día que me quieras. Fue un honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche, Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango.
Primer tango de mi vida y ¡acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré. Al poco tiempo te fuiste con Lepera y tus guitarristas a Hollywood. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a ustedes con mi bandoneón? Era la primavera del 35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.»

Charlie es el Carlitos que cada vez canta mejor y lo del arpa es una alusión al cielo, puesto que Gardel lo había invitado a unirse a su gira en la que perdió la vida con toda su banda poco después en un accidente aéreo en Colombia.

En 1937, la familia regresa a Buenos Aires, y allí Piazzolla tiene la oportunidad de tocar en la orquesta de Aníbal Troilo.

Un día no se aparece el bandoneonista y Astor se ofrece para tocar en su lugar:

«Lo puedo reemplazar. Conozco todo el repertorio y tengo mi bandoneón.»

Tenía 18 años y desde que había escuchado al sexteto del violinista Elvino Vardaro por la radio y había descubierto con fascinación que podía haber otra lectura del tango, se había entregado con verdadero devoción a la música que amaba su padre. (Después Vardaro tocó en la banda de Piazzolla.)

Por las noches trabajaba como músico tanguero y de día estudiaba piano. Andaba en busca de algo nuevo. No sabía bien de qué, pero trabajaba duro.

La idea de juntar la música clásica, el jazz y el tango rondaba por su cabeza incesantemente.

Justamente a los 18 tuvo otro encuentro determinante en su vida al conocer a Arthur Rubinstein, el genial y excéntrico pianista polaco de origen judío, y que en ese momento vivía en Buenos Aires. Piazzolla le había llevado una composición para piano que le había dedicado. Tras escucharla, Rubinstein le preguntó si le gustaba la música. El jovencito asintió entusiasmado. ¿Entonces por qué no se va a estudiarla?, obtuvo como respuesta. Lejos de amilanarse, replicó: “Para eso he venido”. De esa manera terminó estudiando composición con Alberto Ginestera.  (Lo cuenta el mismo Piazzolla en una entrevista que pueden ver aquí.)

Una beca del gobierno francés le volvió a cambiar la vida, al ganar un concurso de composición de música erudita en el que había causado un escándalo al incluir dos bandoneones en la orquesta. Toda una herejía para algunos.

Ya en París, Nadia Boulanger, su profesora, pudo convencerlo de que lo suyo era verdaderamente algo nuevo y que tenía que seguir los pasos de Bartók y Stravinski, grandes compositores que revolucionaron la música erudita.

La famosa pedagoga le dijo, al escuchar su tango Triunfal, después de que su discípulo le ‘confesara’ su pasado tanguero y que tocaba el bandoneón:

«Astor, sus obras eruditas están bien escritas, pero aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca.»

El argentino quería ponerle swing al tango y se avergonzaba de sus esfuerzos. Boulanger lo alentaba.

Como persona, siempre estaba dispuesto a gastarle alguna broma a sus compañeros.

En una oportunidad metió un gato al estuche del instrumento de uno de ellos y cuando este lo abrió, el animal salió espantado causando un gran alboroto en la orquesta.

Le decían que estaba loco porque había cambiado el tango: un pecado mortal para los argentinos.

Cuando regresó a Buenos Aires, se dio cuenta de que con su octeto no iba a conseguir sobrevivir económicamente (porque no lo contrataban) y por ello regresó a Nueva York.

Cuando murió su padre, Nonino, pidió a sus hijos que lo dejaran solo.

Se encerró durante dos horas y cuando salió tenía listo Adiós Nonino, acaso su obra más emblemática y característica. El dolor hecho estilo y género.

Entonces su música se radicaliza aún más, pero apenas le hacen caso a su Nuevo Tango (el nombre de su quinteto también) cuando regresa a la Argentina.

Hasta que en los 80 empieza a ser reconocido y se le abren los grandes escenarios del planeta.

«Me moví y por eso mi música no está muerta. Mi música es Buenos Aires», sentenció alguna vez.

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HjorgeV 11-03-2011

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Fuentes:

http://es.wikipedia.org/wiki/Astor_Piazzolla

http://de.wikipedia.org/wiki/Astor_Piazzolla

http://www.piazzolla.org/biography/biography-espanol.html

http://www.wdr5.de/sendungen/zeitzeichen/s/d/11.03.2011-09.05.html

http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/musica/noventa-anos-Piazzolla-Horacio-Ferrer_0_441556078.html

One thought on “90 AÑOS DE «EL ASESINO DEL TANGO»

  1. Excelente post amigo! Desconocia la historia completa de Piazzolla, el anio pasado estuve en Buenos Aires y a Piazzolla se le ve como idolo, cercano a Gardel, probablemente el tiempo vaya puliendo su recuerdo en el colectivo gaucho. Saludos desde America Latina (con teclado anglosajon sin acentos ni letra enie)

    Rpta.: Hola, Eduardo. Gracias por el combustible dominguero. Mi teclado es alemán (la x intercambiada con la y, más las letras ä, ö y ü) pero he cambiado el idioma en el panel de control. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

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