¿APRENDEREMOS DE LA CATÁSTROFE NIPONA?

Pasé esta mañana por una gasolinera y lo primero que me llamó la atención fue el gran titular de un diario alemán sensacionalista (el de mayor tirada):

«¡Explota otro reactor!»

Las imágenes de Japón que muestra la televisión en estos días hacen recordar las peores producciones (de películas de catástrofes) de Hollywood, de esas con efectos especiales que nos parecían imposibles y de mal gusto.

Sin embargo, la realidad, una vez más, ha ‘superado’ al ‘arte’.

Creo que todos llevamos, a la vez, un periodista y un gran curioso dentro.

Necesitamos saber qué sucede en nuestro entorno cercano y lejano y, muchas veces, por ese afán, terminamos absorbiendo simples mentiras.

Una cosa es informar y, otra, engañar por el simple afán de vender: eso es el sensacionalismo.


 

Para empezar: no ha explotado ningún reactor en Japón.

Si llegará a suceder o no, es algo que, lamentablemente, se hace cada vez más probable si hay que atender a lo que dicen los medios.

Las grandes explosiones ocurridas se han debido al contacto del hidrógeno con el aire al dejarse escapar gases (radioactivos) para evitar consecuencias peores. Ha habido también otras explosiones e incendios en las centrales.

Veamos los hechos concretos.

¿Por qué, estando Japón en una zona conocida por sus -relativamente- frecuentes sismos de alta intensidad y los consecuentes tsunamis, ha construido sus centrales nucleares justo a la orilla del mar?

¿Y cómo ha llevado esto último a la catástrofe japonesa?

Para empezar, opino que en el fondo de todo esto, hay una característica humana que explica gran parte de lo ocurrido: la Necedad Humana.

La compartimos todos. Sin excepciones de credo, raza o ideología.

Cuando ocurrió el accidente de Chernóbil en 1986, por ejemplo (el más grave accidente nuclear de la historia y uno de los mayores desastres medioambientales del planeta), hasta en 13 países europeos llegó a detectarse radioactividad.

El accidente de Chernóbil había ocurrido en el transcurso de una simple operación de rutina, mientras se simulaba el corte del suministro eléctrico.

Sin embargo, a pesar de los daños irrebatibles inmediatos y de posteriores estudios como el espeluznante informe de la sección alemana de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (AIMPGN), aquí en Alemania no se cerraron las centrales nucleares.

Algo parecido ocurrió en el resto de Europa.

Los seres humanos creemos que somos capaces de vencer a la naturaleza. De imponernos a los más fieros desafíos y a todo tipo de riesgos.

Es la misma creencia que nos hace confiar en la ingeniería genética, por ejemplo, por más que sepamos que una vez que llegue al mercado libre las consecuencias de su uso indiscriminado y delincuente podrían ser monstruosas.

Lo demostramos también en cosas menores: como cuando creemos que los escudetes de aire de los automóviles (los airbags) nos pueden salvar la vida independientemente de la velocidad a la que vayamos.

Es la misma característica humana que nos lleva a creer que cada nueva guerra será la última y que la nuestra es justa e inevitable.

Es probable que lo llevemos en los genes: empezamos a fumar por esa misma razón: queremos demostrar que somos más fuertes y mejores.

Por eso nos dejamos convencer por los cabilderos de determinadas empresas para emprender viajes a la Luna y a otros planetas, cuando ni siquiera podemos con el hambre y la injusticia del nuestro.

No somos capaces siquiera de regular nuestros recursos de energía.

Seguimos sin adoptar otras formas de energía (como la eléctrica) para nuestros vehículos, por más que sabemos que con el petróleo solo existe un futuro limitado e inseguro.

Personalmente, sigo sin entender cómo a estas alturas de nuestra llamada civilización hemos podido conseguir incluir la educación sexual en las escuelas (por más que haya fanáticos religiosos que se opongan y en grandes partes del mundo sea todavía un gran tabú), pero seguimos sin un curso escolar sobre la Necedad Humana.

Aunque no fuera todo un curso, por lo menos deberíamos impartir en las escuelas conocimientos históricos y ejemplos reales y prácticos que nos alertaran de lo estúpidos que podemos ser y de lo fácilmente influenciables que somos.

(Algo así pondría también en un lugar crítico a la democracia tal como la conocemos hoy, puesto que se ha convertido en una simple lotería circense de dos resultados -malos-; pero podría ayudar a mejorarla.)

Esta vez, por lo menos, después de que la catástrofe nipona haya dejado claro que una central nuclear implica riesgos que los humanos no podemos controlar, Suiza ha reaccionado inmediatamente y ya ha anunciado la cancelación de todos los proyectos de renovación de sus 5 reactores nucleares. Y eso a pesar de que representan el 40% de la producción requerida en ese país.

Pero Alemania, sin embargo, sigue cojeando.

El gobierno de la señora Merkel acaba de anunciar una moratoria de 3 meses al plan de extender la existencia de las centrales nucleares aprobado el año pasado.

La ley respectiva fue aprobada con el argumento de que las centrales son seguras.

Si son seguras, la pregunta de cajón es: ¿por qué entonces la moratoria?

Solo quedan dos posibilidades:

  1. El gobierno de Merkel mintió. O:
  2. No tiene verdadera idea sobre la seguridad de las centrales nucleares.

Lo segundo parece lo más probable, visto que pronto habrá elecciones y entonces el principal partido en el gobierno podrá tocar el tema de la seguridad de los reactores en funcionamiento de acuerdo a sus ‘necesidades’ electorales.

Vale decir, la seguridad de un reactor nuclear se hace depender en este país de un calendario electoral.

Algo que parece desconocer el ciudadano alemán promedio.

Pero volvamos al caso concreto de Japón.


EL CASO NIPÓN

Japón es la tercera economía mundial.

Es un país de casi 130 millones de habitantes que necesita ingentes fuentes de energía para sus industrias y su modelo de vida.

Pero no posee recursos naturales como el gas, carbón ni petróleo.

Por otra parte, es un archipiélago rodeado por el Mar del Japón (un brazo del Océano Pacífico), en el que el suministro exterior de energía es dificultoso.

Por todo esto, Japón optó por la energía nuclear y hasta el viernes pasado el 29% de la energía japonesa provenía de sus reactores nucleares.

Una verdadera bomba de tiempo, en una región donde hay terremotos y tsunamis regularmente.

Sin embargo, Japón tomó la decisión a sabiendas.

(Ahora Chile, que había empezado estudios para abastecerse de fuentes de energía nuclear, va a tener que pensárselo seriamente, porque está en una zona de alto riesgo como Japón, con terremotos y tsunamis similares.

¿Qué sucederá este viernes 18 que se pensaba firmar en Santiago de Chile un acuerdo sobre cooperación en energía nuclear con EEUU?)

Según la Asociación Nuclera Mundial, las centrales japonesas fueron construidas para soportar terremotos de hasta 8,25 en la escala de Richter.

Soportaron incluso este reciente terremoto de magnitud 9.

Lo que ocurrió fue algo no previsto.

Los tres reactores de la central de Fukushima (la más afectada) se apagaron automáticamente y se activó el sistema de refrigeración de emergencia.

Es un procedimiento previsto que tiene como objetivo evitar la fusión del núcleo.

Sin embargo, una hora después del terremoto, el tsunami dañó los generadores de emergencia que refrigeraban el núcleo.

Sin refrigeración se empezaron a acumular gases radioactivos, aumentando la presión interna.

Para reducir esta presión se empezaron a liberar controladamente gases radioactivos hacia el exterior.

Las grandes explosiones reportadas se han producido al soltarse los gases, entre ellos el hidrógeno, que es el que en contacto con el aire provoca una explosión.

Por eso, no es cierto lo que decía el titular del diario sensacionalista alemán cuyo titular leí esta mañana: no ha explotado un reactor.

(Aunque podría suceder.)

Ahora, ¿por qué las centrales nucleares japonesas están en la costa, justo donde los efectos de un tsunami son directos?

Todas las centrales nucleares necesitan una fuente continua de agua para refrigerarse.

Esta es la razón por la que se busca la cercanía del mar o de ríos.

Aunque normalmente se usa agua destilada, en Fukushima se ha usado ya agua marina (no destilada), con lo cual ha quedado estropeada la central.

Por otro lado, conforme pasan los días, la temperatura va bajando, aumentando la esperanza de que se aleje el peligro.

Lo malo es que es dudoso que el gobierno de Japón esté informando sobre el verdadero alcance de los daños.

Hay dos razones para ello:

1. La economía y los mercados financieros nipones podrían verse mucho más afectados de desatarse aún más el pánico.

(El banco central japonés ya invirtió 60.000 millones de euros para frenar la crisis y la bolsa de Japón cae en un 10%. es la pérdida más grande desde el desastre de Lehman.)

2. No decir la verdad por cortesía (tatemae) y no mostrar símbolos exteriores de debilidad forman parte de la idiosincrasia japonesa.

«Los japoneses lloran en silencio», han relatado españoles residentes en el Japón:

«¿Sabes lo peor de todo? Ver en la televisión a una japonesa buscando a sus padres… ver que encuentran a sus padres vivos y que no corre a abrazarlos, no hace nada ni los toca… Sólo coge al perro que llevaba su padre en manos, se pone a llorar y salen los tres andando. ¿Acaso no es triste?»

¿Qué sucederá en Japón?

Aunque por ahora todavía hay cierto control de las centrales y a pesar de las explosiones, incendios en los reactores, de que la vasija que protege al reactor 2 podría estar dañada, de que los supermercados empiezan a quedarse vacíos, de que la bolsa de Tokio sigue cayendo y de que ya existe radioactividad en el aire, el verdadero peligro se dará si continúa la evacuación del personal de la central nuclear de Fukushima.

Porque mientras haya alguien para (intentar) mantener la refrigeración de las centrales hay una esperanza.

Sin embargo, de producirse una reacción en cadena hasta llegar a la fusión nuclear, o de llegarse a niveles de radioactividad tan grandes que nadie pueda ni quiera quedarse a intentar controlar la refrigeración (ahora solo quedan 50 ingenieros intentándolo), las leyes físicas podrán seguir su curso natural (reacciones en cadena) dentro de las centrales sin control alguno.

Entonces las consecuencias podrían ser incalculablemente catastróficas no solo en cuestiones de salud pública.

Y no solo para Japón.

Es probable que los medios no estén exagerando actualmente cuando empiezan a mostrar los más temibles escenarios futuros, entre ellos el de un colapso económico de la tercera economía mundial y una reacción en cadena que afecte al resto del mundo.

Mi temor es que la Necedad Humana sea tan grande, que ni de esta catástrofe podamos aprender para el futuro.

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HjorgeV 15-03-2011

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