DIVAGACIONES SOLARES DESDE TEUTONIA

1

Mi rodilla está mejor.

Anteayer, por primera vez después de casi dos meses, bajé y subí las escaleras rápidamente sin pensar en mi rodilla.

Cuando volví al segundo piso, me di cuenta de ese pequeño ‘milagro’.

Haber pensado que no volvería a poder pisar con la pierna izquierda sin miedo (y sin necesidad de una operación) es todavía un hecho cercano.

Tan perceptible en la memoria como las dos semanas que me pasé con un agudo dolor al caminar.

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2

Se lo dije al médico y me quedó mirando.

-A reforzar la musculatura y esperar -me dijo.

Por lo menos estoy más tranquilo ahora que me ha dicho que no cree necesario hacer ninguna artroscopia ni alguna otra terapia invasiva.

Pienso en todas esas personas que salen a la calle y sus sentidos están puestos (incómoda e infelizmente) en cierta parte de su cuerpo.

Pienso también en todos aquellos que deben cargar con el lastre de tener que pensar en cierto aspecto de su ser (el color de su piel, sus inclinaciones sexuales, su visible pobreza, su gran infelicidad) cada vez que salen a la calle.

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3

Al salir del hospital me crucé con dos estudiantes o internos de medicina.

Me hicieron recordar a esos ‘jóvenes’ que se reúnen a patinar junto a la catedral de Colonia y que deben llegar de ciudades y pueblos vecinos.

Aunque todos desearían pasar -a lo máximo- por veinteañeros, entre ellos hay varios treintones y hasta algún cuarentón.

Los estudiantes del hospital habían pasado claramente la treintena, pero caminaban como solo suelen hacerlo sin rubor los adolescentes.

Solo les faltaba su patinete bajo los pies.

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4

Estaban vestidos del cuello a los pies de blanco.

Si no son médicos o aspirantes a médico, me dije, entonces todavía no ha acabado el carnaval en Colonia.

Me hicieron recordar mi época limeña de estudiante universitario..

Pensé en los alumnos de Medicina de la facultad de San Fernando.

Esos tipos no se sacaban sus batas blancas ni para jugar un partido de fulbito.

Su mayor interés no parecía ser aprender a curar a la gente sino vestir eternamente de blanco.

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5

Llegué a Colonia a finales de los ochenta.

Apenas había extranjeros entonces en Alemania. Los latinos éramos un puñado: estudiantes la mayoría de nosotros.

(Latinas había muy pocas. Contadísimas. Eran casi una rareza.)

De nuestra relación con los alemanes, recuerdo especialmente la facilidad con la que algunos solían burlarse de ciertas y supuestas debilidades nuestras.

Siempre me quedé intrigado con esa facilidad.

¿Supondrían que nuestro supuesto permanente buen humor nos hacía indolentes a todo tipo de bromas?

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6

En una oportunidad, mientras corríamos por una montaña, un profesor se asombró de mi facilidad para correr por las alturas.

-Las llamas son peruanas -me dijo, creyendo que hacía un gran chiste.

Ya llevaba yo algunos años en este país y había aprendido a defenderme.

Reaccioné mal, pero logré taparle la boca:

-Y eso que no tuvieron que cargar con el oro de las dentaduras de los judíos -fue mi respuesta.

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7

¿Cómo son los alemanes?

Ayer acompañé a mi hijo de diez años a su partido de fútbol en una localidad vecina y me volví a juntar con otros padres de familia.

No pude resistir hacer las correspondientes observaciones como cada vez que se presenta una oportunidad así.

Para empezar, partimos en caravana.

Lo digo, porque a los pocos kilómetros al que iba delante -guiando supuestamente al grupo- lo perdimos de vista.

En la autopista, un BMW descapotable nos pasó a toda caña. Íbamos a 150.

Mi hijo me dijo que era el auto del entrenador.

¡Caravana!

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8

En la época en que llegué a Alemania, muchas de las chicas de la universidad tenían la sana costumbre de quitarse la blusa o la camiseta en el prado vecino al campus en sus horas libres.

A los muchachos de entonces (especialmente a los latinos, recuerdo que los alemanes se hacían los desentendidos) nos fascinaba algo así.

No creo estar diciendo algo especialmente penoso, desconocido o especial.

Recuerdo que nuestra reacción natural era tomar una pelota y ponernos a pelotear en ese prado: la famosa Uni-Wiese de Colonia.

Así podíamos observar discretamente aquello que hasta entonces solo conocíamos de las revistas que nuestros padres nos prohibían.

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9

Vengo del Perú. El dios principal de mis antepasados era (¿el?) Inti, el sol.

Junto al campo donde juega mi hijo (en todo pueblo o localidad alemana, casi sin excepción, hay una cancha oficial de fútbol, lamentablemente de gravilla por lo general) recibo en pleno rostro los rayos solares y me asombro de haber salido tan abrigado.

Un poco más allá un padre de familia está en mangas de camisa y varias madres se han puesto sus lentes o gafas de sol.

Hay una onda casi vacacional en el ambiente. Los fuertes rayos solares de este día de fin de marzo han empezado a enloquecer a la gente.

Sé que luego se lanzarán todos a copar las alamedas y los parques, las playas del Rin y, especialmente, los Biergarten (‘jardines cerveceros’ en la traducción literal).

¿Por qué no hicieron los alemanes como los incas?

¿Nunca se les ocurrió adoptar como dios al Sol?

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10

Hay una luna casi irreal colgando del cielo en esta noche con ambiente casi veraniego, ahora que saco al perro a dar su último paseo del día. (Es la superluna.)

El termómetro marca 5ºC y sé que en un par de horas los 15ºC alcanzados durante el día se convertirán en 4 bajo cero.

Recuerdo una conversación telefónica con mi primera novia alemana.

La había conocido en un viaje al interior de mi país y aún después de haber regresado a su país (aquí a Alemania, justamente), seguíamos llamándonos de vez en cuando por teléfono.

(Esa simple actividad de hoy era toda una empresa y un gasto oneroso en ese entonces. Recuerdo que tenía que ir al centro de Lima para llamarla desde unos locutorios especiales.)

-¿Qué tal? -le pregunté una vez.

-Tenemos un tiempo maravilloso -me respondió.

-¿Cuántos grados? -le pregunté, porque tenía entendido que estaban en invierno.

-Casi 0ºC -fue su respuesta.

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11

Un día de mediados de comienzos de este siglo (no habían pasado ni diez años desde mi paso por la universidad) me di una vuelta por el prado vecino al campus colonés.

Allí donde antes había universitarias luciendo sus pechos al aire, me encontré ahora con un nuevo espectáculo: basura por doquier.

Latas y botellas de cerveza y otros envases vacíos desperdigados por el pasto.

Parrillas improvisadas abandonadas a su suerte después de su uso. Parrillas de aluminio de usar y tirar desparramadas por casi todo el perímetro del antaño agradable prado universitario.

¿Cuándo había ocurrido el cambio?

¿Y por qué?

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12

¿Qué es ser extranjero en Alemania?

¿Qué es ser peruano, concretamente?

Trató de explicármelo hoy mi hijo de 6 años.

Se acercó y me dijo que es alemán, pero también peruano, porque su padre es peruano.

No español ni castellano, me aclaró.

Pero que en verdad es alemán porque ha nacido en Alemania, habla alemán y su mamá es alemana.

-Claro -le respondí, sabiendo que las verdades infantiles son irreductibles.

-O sea que soy peruano pero no la mitad, sino menos.

-Puede ser -le dije-. Claro. Si has nacido y crecido en Alemania, eres hijo de alemana y hablas alemán, entonces eres más alemán que peruano. Tiene sentido.

-Pero no puede ser -insistió.

-¿Por qué?

-¡Porque yo soy medio peruano, pues!

Me quedé confundido.

Le propuse darle un poco a la pelota para divertirnos un poco y olvidarnos del tema.

Aceptó.

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13

Este sol, tremendo, me ilumina y me calienta mientras jugamos e intento perder contra mi hijo menor sin que lo note.

¿Cuántos días al año se tiene un sol así, tan generoso, en este país?

(Mi padre, quien también pasó un par de años por estos lares, contaba un chiste que recién entendí como tal décadas más tarde: «¿El verano alemán? ¿No fue un miércoles?»)

Me doy cuenta de que mis antepasados incas hicieron bien en elegir al Sol como dios principal.

Si los teutones lo hubieran hecho su dios, me digo, tal vez le podrían haber inculcado algo de su disciplina.

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HjorgeV 20-03-2011

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