ALEXANDER ALEKHINE: MONSTRUO Y GENIO TRÁGICO

Su padre era un rico empresario textil moscovita, terrateniente y miembro de la Duma.

Su madre, hija de un empresario, vivía entregada a obras benéficas, a reuniones sociales y, supuestamente, también a la bebida.

La vida de Alexander Alekhine (Moscú, 1892- Estoril, Portugal, 1946) casi coincidió con la primera época de los mundiales de ajedrez (1886-1948) en la que el campeón escogía a sus rivales e imponía sus condiciones arbitrariamente al defender su título.

Se dice que como sus padres solían dejarlos solos, su abuela les enseñó un buen día a los tres hermanos a jugar al ajedrez.

No existen constancias de que Alexander practicara el ajedrez formalmente de niño.

La leyenda -y muchas se han tejido alrededor de su vida- cuenta que cuando tenía 13 años se coló a la presentación del ajedrecista usamericano Harry Nelson Pillsbury, evento prohibido para menores de edad en ese entonces, y que este hecho marcó su futuro interés por el juego ciencia.

La buena posición económica de su padre le permitió entonces al jovencito dedicarse con pasión al ajedrez.

Su primer torneo lo ganó en 1908 a la edad de 16 años.

 

 

Su fama había empezado poco antes, cuando ese mismo año (aún con 15) quedó 5º en un torneo en Düsseldorf y le ganó al campeón alemán Curt von Bardeleben días después en una partida en la misma ciudad.

En 1914 se graduó en Derecho en la Escuela Imperial Superior de Leyes de San Petersburgo, entonces la capital del Imperio Ruso.

Como no le había estado permitido por ser menor de edad el ingreso a los clubes de ajedrez, lo había practicado jugando por correspondencia, algo nada inusual entonces.

Como estudiante leyes, se habría pasado muchas de las clases resolviendo partidas de ajedrez mentalmente.

Un ejercicio que le sirvió después para adquirir renombre en la modalidad a ciegas, también llamada a la ciega.

Ese mismo año recibió el título de Gran Maestro de manos del zar Nicolás II.

Junto al legendario ajedrecista cubano José Raúl Capablanca, Emmanuel Lasker, Frank Marshall y Siegbert Tarrasch, fueron los primeros jugadores en recibir ese título.

Aunque el ajedrez moderno ya existía cuatro siglos como tal (el poema valenciano Scachs d’amor, considerado el documento más antiguo sobre el ajedrez moderno, data de 1470 a 1490), el primer Campeonato Mundial de Ajedrez había tenido lugar en 1886, poco antes de su nacimiento.

Entonces el excéntrico Wilhelm Steinitz le había ganado a Johannes Zukertort.

Pero solo porque Steinitz se había proclamado a sí mismo campeón del mundo en 1872: sin que nadie lo pusiera en duda hasta que lo retó Zukertort, quien también se había proclamado a sí mismo campeón mundial poco después.

Algo difícil de comprender hoy.

Al parecer, Alekhine llegó a ejercer la judicatura antes de que la I Guerra Mundial lo pescara en tierras alemanas mientras jugaba un torneo.

Fue apresado en Mannheim junto a otros compatriotas y los meses de su cautiverio en Triberg los aprovechó para jugar a ciegas con sus compañeros de prisión.

Los extraños avatares de su vida se continuaron cuando fue liberado y regresó a Moscú para ser testigo de la Revolución de Octubre.

Su familia sufrió entonces la confiscación de todos sus bienes y Alekhine fue a parar a la cárcel en Odesa, en 1919.

Acusado de espionaje y condenado a muerte.

Allí contrajo la escarlatina, una enfermedad que lo marcaría para toda la vida.

Hay diversas leyendas sobre cómo llegó a salir de la prisión para luego abandonar Rusia, en un momento en el que a nadie le estaba permitido hacerlo.

Una de ellas cuenta que León Trotski, entusiasta del ajedrez, se presentó en su celda para jugar una partida y quedó tan fascinado que ordenó que lo dejaran libre.

(Otra leyenda cuenta que Trotski le habría propuesto jugarse en una sola partida la libertad y la vida.)

Alekhine emigró de su país acaso más por buscar mejores perspectivas para su futuro como ajedrecista que por razones ideológicas.

De hecho, hasta su exilio voluntario, se encontraba trabajando como juez instructor en la administración castrense.

De mayo de 1920 hasta su emigración en febrero de 1921, trabajó en ese puesto.

Nunca más volvería a su país.

No podía imaginar el gran papel que el ajedrez iba a tener en la Unión Soviética, ni la supremacía de más de medio siglo de los jugadores soviéticos.

Siguiendo la ruta habitual de los emigrantes de su país de ese entonces, llegó a Berlín, donde existía toda una colonia rusa.

Pero no duró mucho en la capital alemana.

Pasó a la Ciudad Luz, donde adquirió cuatro años después la ciudadanía francesa y homologó sus estudios de Derecho.

A partir de 1926 se hizo llamar «doctor Alekhine», por un supuesto doctorado hecho en la Sorbona, sin que existan pruebas de él ni de la tesis con el supuesto título de «El sistema penitenciario en China».

En París llevaba una vida mundana y cosmopolita, gracias al ajedrez y a que hablaba ruso, francés, alemán e inglés.

En 1925 había batido su propia marca de 26 partidas en una sesión de partidas simultáneas a ciegas.

La fama de Alekhine aumentaba cada día.

Lo mismo que sus ataques coléricos.

Su máxima meta era convertirse en campeón mundial, objetivo que la guerra había truncado momentáneamente y en el que ahora podía concentrarse.

Para conseguirlo tenía que vencer al legendario Capablanca.

José Raúl Capablanca y Graupera (La Habana, 1888- Nueva York, 1942) exigía 10.000 dólares de la época a quien lo quisiera retar a un duelo por el título mundial.

En Nueva York, en un torneo en 1926, Alekhine quedó segundo detrás del cubano, quedando validado como aspirante al título.

Faltaba vencer el llamado «muro dorado» de Capablanca: una suma para que la necesitaba un patrocinador.

Lo encontró en el gobierno argentino (Argentina era una potencia mundial en aquel momento), quien se comprometió a pagar la suma mencionada a cambio de que el encuentro se realizara en Buenos Aires.

En septiembre de 1927, contra casi todos los pronósticos y después de más de una treintena de partidas y cuatro meses de juego, Alekhine consiguió su sueño.

En el banquete de agasajo, prometió a Capablanca la revancha.

Promesa que nunca cumplió. (Al contrario, evitó cualquier posible encuentro con el cubano. Recién casi diez años después se volvieron a enfrentar en Nottingham en 1936, pero no por el título.)

Tal era el poderío de Alekhine y su reconocimiento mundial, que la recién fundada FIDE, la Federación Internacional de Ajedrez (la 2ª en el mundo, después de la FIFA, por el número de afiliados), no se atrevió a reclamarle el título.

En cambio, le opuso a su propio campeón, Max Euwe, en dos oportunidades.

Y en las dos -1929 y 1934- Alekhine le ganó al holandés, deslegitimando así a la FIDE.

Después de ganarle a Capablanca en Buenos Aires, el genio ruso se tomó un año sabático y se dedicó a dar exhibiciones por Europa y América.

También escribió libros, artículos y análisis de partidas.

Es posible que en ese periodo haya descubierto o alentado su afición a la bebida. En todo caso, empezó a tener claros problemas para organizar su vida y controlar su economía, acaso porque había crecido sin preocupaciones pecuniarias.

Es posible que esa haya sido también la razón que lo llevó a casarse cuatro veces, siempre con mujeres mayores y bien situadas económicamente, y con las que tuvo dos hijos.

De vuelta al mundo de la competencia, en 1935 volvió a defender su título frente al holandés Max Euwe.

Confiado en que le ganaría sin problemas, llegó a presentarse alcoholizado a las partidas.

Se dice que para poder asistir a una de ellas tuvo que ser reanimado, después de haber sido encontrado tirado en la hierba de un prado vecino, completamente borracho.

El holandés ganó finalmente.

Pero Alekhine se preparó para la revancha: dejó el alcohol y el tabaco y retó al nuevo campeón.

Cometiendo el mismo error que su oponente, Euwe descuidó su preparación y no contó con que Alekhine había cambiado el alcohol por la leche.

A partir de ese momento la vida privada y la vida profesional de Alekhine se convirtieron en un caos permanente: había dejado de ser invencible en el mundo del ajedrez y su estrella empezaba a declinar.

Se encontraba preparando encuentros contra la nueva élite ajedrecística de la Unión Soviética, cuando una nueva guerra (la tercera en su vida) volvió a interferir en sus planes.

Entonces empiezan a producirse raros cambios en la conducta de Alekhine.

Tras dos décadas como ciudadano francés, y ya comenzada la guerra, participa en la Olimpiada de Ajedrez de Buenos Aires de 1939 defendiendo los colores franceses y muestra una clara postura antigermana.

Al regresar a Francia se alista en la Resistencia francesa como traductor e intérprete. Y como tal es capturado por los alemanes.

Al ser reconocido como el campeón mundial de ajedrez, se le ofrece un trato especial a cambio de jugar torneos en la Alemania nazi y en los territorios ocupados.

Alekhine acepta.

Y cuando Alemania ataca a la Unión Soviética en 1941, se vuelve un fanático propagandista de los nazis y un asiduo de Hans Frank, el gobernador general alemán de la Polonia invadida, gran aficionado al ajedrez.

Ese mismo año aparecen artículos suyos (seis en total) con claro contenido antisemita en la prensa de la ocupación alemana. Concretamente, en el Pariser Zeitung (‘Diario de París’) y en el Deutsche Zeitung in den Niederlanden (‘Diario alemán en los Países Bajos’).

Poco después, se publican más artículos suyos en el Deutsche Schachzeitung, la publicación alemana especializada en ajedrez.

Alekhine propugnaba y alentaba una supuesta superioridad de los ajedrecistas arios sobre sus pares judíos: cobarde y defensivo era el juego de estos, frente al romántico y atrevido de los primeros.

Aquí se inicia el calvario de Alekhine.

(Es interesante anotar en este punto, que Alekhine, la modalidad de su apellido que se usa tanto en nuestro idioma como en francés e inglés, no era precisamente lo que él prefería.

En alemán se le conoce como Aljechin, pronunciado más o menos como Aliejin, con la jota aspirada.

En vida reclamó que su apellido se pronunciara de esta forma. Deseo respetado hasta hoy por los alemanes. En nuestro idioma también se le conoce como Aliejin.)

Asentado en Praga desde 1942, y consciente de que el final de la guerra se acercaba, se dio cuenta de que se encontraba en un punto geográficamente vulnerable.

Sus contactos con los nazis le permitieron viajar a España y ser recibido cordialmente por la España fascista de Franco, donde vivió el final de la guerra.

El conflicto mundial había terminado, pero los más graves conflictos de Alekhine recién acababan de empezar.

Después de la guerra, los ingleses asumen la responsabilidad de organizar el primer campeonato mundial postbélico e invitan a cinco ajedrecistas.

Entre ellos, y a pesar de ostentar el título, no se encontraba el nombre de Alekhine.

Quiso justificar sus artículos antisemitas con su amor por el ajedrez: argumentaba que él no había hecho otra cosa que rendirse ante su pasión por el juego ciencia.

Afirmó que sus artículos no los había escrito él mismo.

Nadie le creyó. Y no existen constancias de sus aseveraciones.

Tischa -como también era llamado por su familia- trasladó entonces casi por completo su pasión por el tablero a la botella.

Cuando llega a España es ya un hombre casi destrozado y le advierten que su hígado no soportará más borracheras.

El haber orinado borracho en plena sala de un torneo le podía garantizar su paso al libro de las anécdotas de la historia del ajedrez, pero no le servía de nada para aliviar sus penurias económicas.

La I Guerra Mundial lo había infectado con la escarlatina, la Revolución de Octubre había despojado a su familia de sus bienes y a él de su herencia, y la II Guerra Mundial lo había dejado sin su título.

«Me han destruido las dos guerras» tituló un artículo que escribió por ese entonces.

Sin apoyo en España, busca refugio en Portugal.

Concretamente, en la costa de Estoril, a unos 25 km de Lisboa.

En ese balneariol ocupa una habitación de un establecimiento de lujo, parcialmente cerrado por ser temporada baja, el Hotel do Parque. Es invierno.

Mikhail Botvínnik, el ganador del quinteto invitado a disputar el título, le acaba de dar una luz de esperanza en una carta.

Le dice que, a pesar de la oposición de la mayoría de ajedrecistas debido a su historial en la guerra, lo reconoce como legítimo campeón y que está dispuesto a disputar su flamante título con él, tal como habían acordado antes del inicio de la guerra.

Tischa, el virtuoso del ajedrez de ataque, se emociona.

La BCF, la Federación Británica de Ajedrez, le confirma en un telegrama del 23 de marzo de 1946 que se ha alcanzado un acuerdo entre los dos campeones.

Alekhine hace un último esfuerzo, se encomienda a la diosa Caissa y consigue una tregua con su gran rival: la bebida.

Tiene 53 años.

Ha sido campeón mundial durante 17 años.

Estaba intentando cuidarse y mantener alcohol alejado al alcohol, cuando un rival mayor -el mayor rival humano- lo sorprendió sentado a la mesita de su habitación cuando se disponía a cenar.

Era la noche del sábado 23 de marzo de 1946.

Prácticamente en la indigencia -a pesar del hotel de lujo, seguramente un favor de sus contactos- y confiando en poder concertar alguna partida importante, murió mientras comía.

Su muerte obligó a la Federación Internacional de Ajedrez (creada en 1924) a ocuparse de la organización y control de los campeonatos mundiales a partir de 1948.

Sobre su deceso se tejieron una serie de conjeturas.

Habría sido el primero (por sus iniciales A.A.) en una lista de personas a ejecutar por su colaboración con los nazis.

La policía portuguesa encontró su cuerpo en la habitación de su hotel al día siguiente, el domingo 24 de marzo, después de haber sido alertada por el personal del negocio.

En la foto que le tomó un agente, estaba vestido como para salir al invierno de Estoril y ligeramente inclinado sobre su asiento, como si se encontrara echando una cabeceada antes de proseguir sus actividades.

Al lado había un tablero con las piezas listas para iniciar una partida que nunca empezó.

La autopsia indicó que un pedazo de carne de unos 8 cm de longitud -sin masticar- había bloqueado su laringe produciéndole la asfixia.

¿Se queda tranquilamente sentado a esperar su muerte (sin mover un solo objeto de todos los cercanos de su mesa, ni siquiera su silla) alguien que se ha atragantado con algo?

¿No lucha, no se retuerce por toser o conseguir respirar?

Alekhine bien pudo morir de un simple ataque al corazón repentino, provocado por la asfixia también repentina.

Era aficionado a comer con las manos, siempre que podía (y por eso habría preferido comer solo), sin utilizar cuchillo ni tenedor.

Al ser encontrado muerto en su habitación, se habría encontrado también un pedazo de bistec en su mano derecha.

Sus restos reposan en el cementerio de Montparnasse desde 1956, año en que fueron trasladados a iniciativa de la FIDE del cementerio de Estoril a París.

Un crítico lo llegó a llamar el Wagner del ajedrez. Otros lo llamaron genio y monstruo en uno.

Trágico, en todo caso.

Fue el creador de la extravagante Defensa Alekhine (o Aliojin), a pesar de ser conocido por su ataque singular y agresivo.

Era de los jugadores genialmente tácticos que podían sacrificar un caballo o, incluso, una dama al comienzo de la partida como parte de su estrategia vencedora.

Alguna vez dijo que no veía el ajedrez como un juego, sino como una lucha. A la que también añadía estrategias psicológicas propias del juego sucio:

Como amante de los gatos, conocida es la anécdota al enfrentarse a Max Euwe por el título mundial: sabiendo que el holandés no los soportaba, mantuvo a un minino sobre sus rodillas durante toda la partida.

Es muy posible que para la novela La defensa de Luzhin (1929-1930), su compatriota y contemporáneo Vladimir Nabokov, se haya inspirado en él. (En la novela, el protagonista termina rindiéndose.)

En 1999, debido a un fuerte vendaval en la capital francesa, el monumento de la cabecera de la tumba -una pieza de mármol de Carrara sobre un pedestal de granito rojo- cayó sobre la lápida principal y se partió.

La tumba fue reparada.

Pero, curiosamente, el tablero de ajedrez que la preside, al ser reparado, fue erróneamente girado 90º, dejando un escaque negro a la derecha y no uno blanco como debería ser.

Una incongruencia.

Una menor, encuentro personalmente.

¿Por qué estaba vestido con un abrigo (gabardina o gabán) si se había sentado a cenar?

¿Se disponía a salir?

Era marzo, finales del invierno europeo. Tanto frío no podía hacer fuera y menos en la misma habitación.

¿Esperaba a alguien para jugar (por el tablero listo para iniciar una partida)?

Alekhine era un experto en el juego a ciegas. No requería necesariamente de un tablero para ejercitarse.

Otro detalle: en la inscripción de su tumba figura el 25 de marzo de 1946 como el día de su deceso.

Según otras fuentes bien documentadas la mañana del domingo 24 de marzo de 1946, un camarero del Hotel do Parque de Estoril se acercó a su habitación con el número 43 a llevarle el desayuno.

Y se encontró con que el famoso huésped no había llegado a tocar la sopa de la noche anterior.

Y se encontró con que el famoso huésped no había llegado a tocar la sopa de la noche anterior..

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HjorgeV 24-03-2011

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Fuentes:

http://www.ajedrezdeataque.com/04%20Articulos/06%20Alekhine/Alekhine.htm

http://www.chessbase.com/espanola/newsdetail2.asp?id=4120

http://www.elabedul.net/Ajedrez/Documentos/campeones_mundiales.php

http://es.wikipedia.org/wiki/Alexander_Alekhine

http://de.wikipedia.org/wiki/Alexander_Alexandrowitsch_Aljechin

http://www.wdr5.de/nachhoeren/zeitzeichen.html

http://www.chesshistory.com/winter/extra/alekhine3.html

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