MICHAEL CONNELLY: «EL VUELO DEL ÁNGEL»

Si una característica principal tienen las novelas de Connelly, es que son como la (buena) (perdón por la redundancia) literatura:

Quiero decir que dan para más de una lectura: se pueden leer más de una vez.

Es más, a veces, como con las novelas de Raymond Chandler, se hace imperativo regresar a ellas.

Especialmente cuando -para el lector adicto- la vida se ha convertido momentáneamente en un hueco lleno de soledad y perplejidad porque no se tiene ninguna lectura que permita el escape a otro mundo.

Connelly no es Chandler.

Ni El vuelo del ángel (1999) es la mejor novela del escritor nacido en Filadelfia en 1956 y que desde que descubrió su compulsión por la lectura de novelas del género negro supo que alguna vez tenía que escribirlas.


Para conseguir ese objetivo, se las pasó doce años trabajando para el Los Ángeles Times, diez de ellos como reportero de policiales.

Esa fue parte de su preparación, su forma de aprender los mecanismos de la labor policial para poder aplicarlo a la escritura de novelas.

El resultado fue Hieronymus Harry Bosch.

Un detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, cuya madre, una prostituta de Hollywood asesinada cuando Bosch tenía 11 años, le puso ese nombre como homenaje a la fascinación que le producía el cuadro El jardín de las delicias.

Hieronymus Bosch es el nombre del pintor neerlandés conocido en nuestra lengua también como Jerónimo Bosch o El Bosco: en neerlandés Den Bosch, la ciudad donde nació en 1450.

Cuando aún trabajaba como reportero, Connelly inició con Bosch la serie formada por El eco negro, Hielo negro y The concrete blonde (La rubia de hormigón).

El Premio Edgar 1993 por El eco negro, lo convenció de que iba por buen camino.

Pero su meta no eran los premios sino escribir.

La obtención del Edgar lo animó a convencerse de que tenía que abandonar todo lo demás y dedicarse solo a escribir.

El último coyote (1995), su cuarta novela, fue el resultado de esa independencia del mundo periodístico, de su alimentador externo.

Con El poeta (1996) hizo una pausa en la serie de Bosch, que luego retomó con Pasaje al paraíso (1997) y con esta que nos ocupa: El vuelo del ángel, de 1999.

No es la mejor novela de Connelly, repito.

Tiene los mismos defectos que son comunes a muchas obras del género negro:

Una necesidad imperiosa de cimentar la trama (un autor de novela negra sabe que por bueno que sea como escritor y por refinadas que sean sus tramas, sus historias siempre son ficticias).

Cierta manía por la argumentación genial (tratando de contrarrestar lo anterior).

Un exagerado acento en determinado tics y manías de los personajes principales (la novela no debe pasar de las 400 a 500 páginas y la condensación debe ser efectiva) con el fin de vivificarlos como personajes.

Vías e historias paralelas que se abren sin esperanza (como en todo buen relato) y caminos demasiado obvios como subsidiarios.

Y uno de los defectos que -particularmente- más me atizan: esa compulsión por explicar todo al final del relato.

De ser posible, de la misma boca de los culpables.

Y entonces se echan a soltar su expiación y culpa como un chorro que todo lo contamina, a la vez que les sirve de redención.

Y de explicación al lector, claro.

Rafael Chirbes, un escritor español del género negro, dijo, hace poco en una entrevista, una verdad de Perogrullo, que sin embargo muchos olvidan:

«Un escritor no debería hablar sobre su libro. Lo que quiso decir con su libro está en sus páginas y no en lo que pueda decir sobre él.»

Lo mismo podría valer para esas escenas finales que algunos autores utilizan para explicar su trama dentro del mismo libro:

Si el autor no ha conseguido mostrarlo (su argumento, su trama) a lo largo de su historia, puede resultar cargante que intente hacerlo en un resumen final.

Y si lo consiguió, si su trama está bien expuesta, ¿para que remacharla?

Con todo.

Las novelas de Connelly, por sus elementos que se repiten y van formando mundos y submundos unidos y dependientes entre sí, me hacen recordar las geometrías fractales.

Tal vez por eso también soportan varias lecturas: porque sus historias pueden verse desde diferentes puntos de vista y están tan bien escritas que resisten el cambio de perspectiva del lector.

De la escritura de Connelly aprecio especialmente los finales de los capítulos: se nota un esfuerzo claro por empaparlos de poesía o por darles el carácter de un epitafio o de una anunciación esperanzadora.

El vuelo del ángel, comienza con Bosch al borde del fracaso matrimonial y esperando ansiosamente la llamada de su esposa.

Cuando el teléfono suena, se apresura a preguntarle dónde se ha metido.

Pero es su jefe quien le habla y le ordena que se apersone de inmediato a la escena de un crimen.

El lugar es el Angel Flights, un funicular construido en 1901, que funciona a contrapeso de sus dos únicos coches y que también es conocido como «la línea de ferrocarril más corta del mundo».

De allí el título de la novela.

El caso es especialmente delicado porque el asesinado es nadie menos que Elias Howard un abogado afroamericano que se ha hecho famoso ganando litigios contra los abusos de la policía de Los Ángeles y odiado, por lo tanto, por el cuerpo policial.

Bosch comprende enseguida que lo que se espera de él no es la solución del caso sino una especial demostración de acrobacia y malabarismo: cómo hacer para dejar contentos a todos, a la opinión pública, a las masas de marginados que esperan volver a salir a manifestar su descontento, y, acaso especialmente, a la misma policía.

El relato turbulento y emocionalmente profundo de Connelly no da tiempo a preguntarse cómo diablos se le ha podido encargar justo un caso así a alguien conocido por no soltar su presa una vez que la ha mordido.

Todo se complica y se torna más interesante (para el lector, especialmente), cuando Bosch descubre que Howard estaba a punto de desenmascarar al verdadero asesino en el caso que lo ocupaba.

Noto un juego claro con el lector en esta sexta novela de la serie de Harry Bosch.

Si un buen relato promueve toda una serie de identificaciones con uno o más protagonistas por parte del lector.

En esta novela, Bosch/Connelly se lo pone difícil.

De una manera sutil, pero creíble, por humana.

Porque el mensaje es que no hay seres (tampoco Bosch, por supuesto) ni mundos perfectos.

Pero que en esa imperfección, bien vale la pena seguir luchando por los propios principios.

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HjorgeV 28-03-2011

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