LUNA PLANA (Engendro)

.

Mareo fugaz en el

mediodía vibrante

Jaqueca al borde del sol

Una oreja cubre

unos ojos

Dos sombreros se inclinan

acercándose para llorar

una despedida

.

Las horas que nadie ha solicitado

Pasan hasta que llega una luna plana

.

Desde el fondo de

un zapato abandonado

-su nueva morada-

un gusano asoma la cabeza

en dirección del borracho

que se ha quedado dormido

a la vera del camino

.

Un automóvil pasa

Uno de los dos sombreros ha quedado

abandonado sobre

la arena

.

.

HjorgeV 23-04-2011

E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (y IV)

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«Por una noche de infidelidad tal vez no habría dicho nada», decía una frase de la canción de Grönemeyer.

La completaba con algo así como «Pero tú tenías que convertirla en toda una historia de amor».

En ese entonces ya llevaba yo casi tres años en Alemania y seguía sin entender cómo funcionaban las relaciones de pareja en este país.

No solo no lo entendía, tampoco me funcionaba ninguna relación. (Hay gente que se puede pasar funcionando en algo toda una vida, sin entender nada.)

¿Podría ser cierto que la famosa frialdad alemana llegaba al extremo, como pregonaba la canción, de perdonar sin más las infidelidades del otro o de la otra?

¿Era eso lo que esperaba E. de mí: que soportara sus posibles amoríos y amantes?

Nunca lo llegué a saber.

Tampoco creo que me hubiera atrevido a preguntárselo aquella vez.

No lo sé.

Juzgar nuestro actos pasados es como juzgar a otra persona. Es ignorar que en cada momento, a diario, escogemos solo un camino de muchos posibles.

(Somos, en el fondo, nada más que una sola solución de entre infinitas más, sobre un mapa de caminos que se expanden y bifurcan como ramas laberínticas que se dirigen todas hacia la muerte.)

.

.

Hace un par de días, mientras buscaba algo nuevo para leer porque había empezado a saltearme las páginas del libro que estaba leyendo para ver si mejoraba (señal inequívoca de que no valía la pena seguir), tomé al azar una novela de uno de mis estantes.

Resultó ser El invierno en Lisboa (1987) de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956).

No tenía mucho tiempo en ese momento. Tenía solo unos minutos para leer y me alegré de haber escogido a un autor cuya columna semanal de Babelia leo consuetudinaria y compulsivamente todos los sábados.

Me alegré porque con Muñoz Molina sabía que había garantía de buena lectura. De literatura. Y lo había escogido al azar.

Para mi sorpresa, la cita inicial -de La educación sentimental de Flaubert- explicaba perfectamente cómo me había sentido al final de mi relación con E.:

«Existe un momento en las separaciones en el que la persona amada ya no está con nosotros.»

Así me había sentido con ella.

Sin saberlo, a partir de determinado momento de nuestra relación yo había seguido en trabazón solo con su sombra.

Aún recuerdo esa vaga -pero no por eso menos dolorosa- sensación de vacío cuando regresamos de Formentera.

La despedida después del vuelo. Cada uno por su lado.

Pero continuamos viéndonos esporádicamente.

No me reclamó la llave de su casa.

Aunque yo ya presentía que solo seguíamos caminando juntos por simple inercia.

O tal vez porque nos sentíamos al borde un abismo e intuíamos que era mejor esperar para separarnos cuando el camino fuera menos peligroso.

Una noche llegué tarde a su departamento. Sería casi la una de la madrugada.

Usé la llave que aún tenía y entré.

Había bebido varias cervezas Pils después de mis horas de trabajo y mi ropa debía apestar a tabaco, justo lo que ella más detestaba.

La encontré dormida. Me eché a su lado a percibir su calor.

Como solía dormir desnuda, muchas veces me había bastado descorrer un poco las sábanas para quedar embelesado con la belleza de su cuerpo. Fascinado, me la quede contemplando un buen rato.

Esta vez había una especie de calor mágico y magnético que parecía envolver su cuerpo.

Como había hecho tantas otras veces, en otras tantas noches, empecé el juego amoroso. Con extremo cuidado para no asustarla.

Fui correspondido. Había deseo en nuestros besos. Y, en ambos, ese sentimiento de quien busca en el sexo las fuerzas para no caer, la red de protección del acróbata.

Cuando quise entrar en ella, pareció negarme el acceso.

Bebido como estaba, lo ignoré y continué.

Terminamos poseyéndonos de una forma rara, como pocas veces me ha pasado con alguien: una conjunción de deseo y la negación de su satisfacción a la vez.

Mucho después supe qué había ocurrido.

Por lo pronto, al día siguiente o a los dos días me llamó para decirme que ya no deseaba verme.

Me mordí la lengua y los labios. Le dije que todavía tenía sus llaves. Me pidió que las dejara en su buzón postal.

Dije que me parecía bien. La mentira más grande del universo.

Sabía que era su forma de decirme que no quería saber nada más de mí -ni siquiera volver a verme- y lo tenía que aceptar.

Fue duro.

Fue oscuro, terrible, angustioso.

Para no terminar de hundirme en la repentina penumbra de los días, rescaté la novela que había arrojado a la papelera y el personaje se me convirtió en un ser más estúpido todavía.

Me sucedió con la misma impotencia con la que un niño ve que una ola destroza su castillo de arena y no puede hacer nada para detenerla.

Pasé por días aciagos, mustios. Por noches deshechas, demasiado vehementes en su oclusión.

Me eché la culpa en y por todo.

Por celoso, por ingenuo, por no ser más alto (más de un metro ochenta, como a ella le hubiera gustado), por no poder corresponderle su invitación a Formentera, por haberla molestado tantas veces más allá de la medianoche (cuando yo salía de trabajar del bar que me permitía mantenerme en Colonia).

Quise retroceder el tiempo hasta el momento en que habíamos subido a la azotea de la masía de Formentera. Me detesté aún más por desearme tantos imposibles.

Pero supe aceptarlo al fin.

Había sido claramente una relación condenada al fracaso desde el comienzo y yo no había querido darme cuenta.

Me había quedado un gran consuelo: tarde o temprano volvería a empezar una nueva relación. Me bastaría con levantar la cabeza.

A pesar de no ser creyente, me había dado cuenta de la importancia de saber levantar la frente para dejar entrar la luz en los ojos.

Traté de seguir mi vida.

Intenté recomponer mis pasos entregándome a la rutina de mis actividades diarias.

Volví a escribir los versos más tristes durante largas noches. Pude escribir, por ejemplo: “Mi ventana vive angustiada / por la mirada de un caballo nocturno”.

Un buen día, E. me llama inesperadamente y me dice que desea hablar conmigo. Me entusiasmo como un niño que ya ha olvidado que acaba de llorar desconsoladamente.

Le pregunto si desea que vaya a visitarla.

Me dice que preferiría visitarme ella a mí.

Me quedo asombrado, pero veo el destello de una chispa de esperanza en el fondo del pozo oscuro.

Cuando le abro la puerta me estremezco con el brillo de sus ojos. Deseo abrazarla y besarla. Ella me aparta con cuidado.

No sé qué pensar. Ni menos qué hacer.

Tomamos asiento en mi habitación de estudiante (una cama pegada a la pared, un paso y se llegaba al sofá pegado a la pared de enfrente; a la izquierda de la puerta de entrada había un lavatorio o lavamanos; a la derecha, un gran ropero; frente al ropero, a dos pasos, un gran calefactor; al fondo de los diez o doce metros cuadrados: un escritorio flanqueado por dos estantes y con vistas a una ventana que iba a dar a un patio interior urbano y anodino).

Me dice que tiene algo muy importante que comunicarme, pero sobre lo que no tengo ya ninguna influencia.

No sé de qué se puede tratar. Vendiendo mi ingenuidad de ese entonces podría haberme hecho rico, pienso ahora.

-Estoy embarazada.

Antes de derrochar más ingenuidad preguntando «¿De quién?» (en el chiste de las dos rubias, la otra le pregunta «¿Crees que sea tuyo?»), logro contenerme y callar.

-Quería que lo supieras -continúa.

Por miedo a pecar de ingenuo (y ahora me arrepiento) no le pregunto por qué.

Cuando quiero decir algo diferente, cualquier cosa, mis lágrimas me toman prisionero. Por lo menos esta vez no siento vergüenza de ellas.

E. también prorrumpe en sollozo.

-Si no hubiéramos estado peleados -moquea-, me habría planteado tenerlo.

Antes de retirarse, me dice que abortará en Holanda. Le pregunto si desea que la acompañe. Me responde que su amiga S. (la que le presta el descapotable) se encargará de llevarla y traerla.

No le digo que ya me han contado y que S. es lesbiana y que su interés por ella debe ir más allá que el de la simple amistad.

Son cosas que ya no me incumben.

Mundos a los que ya no pertenezco. Decisiones y deseos que no me atañen.

E. se despide con una mirada melancólica.

Creo que ha esperado una gran escena de mi parte: con reproches, juramentos, promesas, penitencia y solicitudes de perdón.

Pero no ha sido así.

Recién ahora me doy cuenta de que la cita de Flaubert había sido recíproca en nuestro caso.

Había aprendido también que los sueños no se persiguen.

Solo se sueñan.

Y que luego suceden o no (mejor si hemos ido creando las condiciones para su materialización). Pero que muchas veces eso no depende del grado de fervor que ponemos al soñarlos.

Aprendí, por otra parte, que una fijación sexual no es la mejor consejera en asuntos del amor y de relaciones de pareja.

Que quien ve en alguien nada más que un buen trasero, no debería asombrarse si luego recibe una patada en el propio.

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HjorgeV 21-04-2011

E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (III)

¿Los hombres escriben más que las mujeres?

¿O publican más porque la mayoría de negocios -incluido el editorial- están copados por hombres?

Me hacía estas preguntas tras leer una queja sobre el androcentrismo de un reportaje sobre la literatura española de los últimos 70 años del suplemento Babelia.

Y me interesó el tema porque recordando a E., me di cuenta de que nuestra relación estuvo plagada de una serie de elementos y tics sexuales que tanto la definieron como la contaminaron.

Para empezar, la conocí porque su trasero me impresionó tanto que me llevó a levantar la cabeza y ‘despertar’ de la abulia depresiva en que me había sumido la ruptura con S.

Me pregunté entonces si mi modo de escribir (contar) no sería típicamente masculino.

Por otro lado, fue estrictamente así.

Me fijé en ella por su trasero.

Como todos, tengo mis fijaciones y mis gustos, y con E. no fue la primera vez que inicié una relación más enamorado de una figura que de algo (cualidad, característica, faceta) que todavía no conocía ni podía conocer.

Cuando me aparecí sin haber sido llamado en la puerta de su baño y le pregunté si le podía enjabonar la espalda, no quería otra cosa que enjabonarle la espalda.

Era un atrevimiento, claro.

Tal vez me cansé de esperar sentado en la cocina a que terminara su baño de espuma y quería saber dónde estaba parado: si me había dado su dirección porque se la daba a todo el mundo (así había conocido a mi primera esposa) o porque de verdad le interesaba yo.

Recuerdo su mirada al preguntárselo.

Unos días atrás me había sucedido -en otro contexto- algo parecido en un bar de la Zülpicher.

La camarera (una estudiante de teatro que después llegó a ser una estrella de la televisión alemana) me entendió mal y creyó que le había pedido que me invitara una cerveza.

Me quedó mirando y me dijo algo que en ese momento no entendí. Me dijo: «Ich habe ein Herz für freche Männer».

Traducido literalmente: «Tengo un corazón para los hombres frescos.»

Confieso que nunca entendí si lo dijo irónicamente, como una forma de demostrarme que yo le gustaba o, incluso, para expresar cierto desprecio por mi supuesta frescura.

¿Qué hombre va a un bar para decirle a una camarera que le invite una cerveza?

La tipa me la dio con una sonrisa. (No lo he vuelto a intentar.)

E. me quedó mirando más o menos de la misma forma.

Estaba desnuda dentro de la tina y ya quedaba poca espuma.

Me senté al borde de la tina y empecé a frotarle la nuca y la parte superior de la espalda.

Ella debía o debió suponer que yo estaba ardiendo de deseo. En verdad, yo estaba ‘en otra’.

Había supuesto que E. me había engañado dándome una dirección falsa y ahora resultaba que no había sido así.

Me había dicho que la podía visitar cuando quisiera y también había cumplido su palabra. Y eso, a pesar de que había llegado cuando se encontraba tomando un baño de espuma.

En realidad, yo estaba fascinado.

Me había fijado en una muchacha, me había deseado poder conocerla y cinco minutos después alguien nos había presentado.

Había más de 500 personas en ese concierto (bailable dirían en mi país) de carnaval. Las probabilidades de que pudiera haberla conocido sin la amiga común de intermediaria no habrían sido grandes.

Si alguien me hubiera dicho -además- que a los pocos minutos del siguiente encuentro yo ya estaría masajeando su espalda desnuda, me habría reído a carcajadas.

No continué el ‘enjabonamiento’ de su espalda para no mojarme la ropa.

Salí del cuarto de baño y esperé a que E. terminara su ablución. Cuando salió, tenía una toalla hecha un torniquete sobre su cabeza. Otra, muy grande, sujeta por encima de sus pechos.

Sentado en el único sillón que había en su habitación, la vi dejar caer la toalla que cubría su cuerpo y empezar a vestirse.

Creo estar seguro que no lo hacía para provocarme, sino para demostrarme cómo serían las cosas entre nosotros dos si llegábamos a ser una pareja.

¿Cómo era E. desnuda?

Menciono la pregunta, porque muchas veces la ropa suele engañar bastante respecto a lo que realmente hay debajo de ella.

Una estudiante española, con la que tuve una aventura rarísima de una sola tarde y que vio una foto que yo le había tomado a E. en una playa nudista de Formentera y que ya perdí, la respondió así: «Esta tía es de Playboy.»

¿Era así de impresionante su figura?

Seguro, me imagino. Pero ya no lo sé bien, por la sencilla razón de que me enamoré de E. y mi foco de atención se desplazó a otras cosas, a otros aspectos de su persona.

E. vivía en un departamento que compartía con F., una indo-germana muy simpática.

F. tenía unos pechos pornográficos y (debido a ello o no) trabajaba eventualmente haciendo doblajes de películas porno al alemán.

(Después dirigió su propio programa musical en la televisión alemana.)

Creo que cuando E. me contó que era estudiante del Instituto de Teatro, Cine y Televisión de la universidad y yo le dije que asistía a varios cursos como estudiante “huésped” (oyente), se selló nuestra decisión de conocernos más.

Esa segunda noche en su casa, cuando terminó de vestirse, me levanté del sillón y la abracé.

Sin habérmelo propuesto, le demostré con ese gesto que, aunque me había fijado inicialmente solo en su figura, mi interés iba más allá de la pura atracción sexual.

Terminamos besándonos.

Pero no fuimos más allá en ese segundo encuentro.

A E. le gustaba el glamour.

Nominalmente era una estudiante universitaria (tenía ambiciones cinematográficas y había ganado un premio por un cortometraje: su sueño era convertirse en una cineasta), pero trabajaba a tiempo completo para una discográfica.

Le gustaban los descapotables, la ropa de moda, la ropa interior impresionante y cantar, entre otras cosas.

Una amiga suya le prestaba su Triumph descapotable algunos fines de semana y E. era feliz conduciéndolo con gafas oscuras y la cabellera al viento.

En ese entonces yo trabajaba en un bar por las noches y después del trabajo me iba a su departamento, del cual me había dado una llave.

La encontraba dormida y me echaba a su lado. Muchas veces la despertaba con mis caricias. Sufría porque mis ropas olían a tabaco. Y eso a pesar de que de vez en cuando ella misma fumaba.

Un día me llevó a presentarme a su padre.

Vivía en Leverkusen. Fuimos en tren.

El padre me recibió cordialmente, sin asomos de celos o sentimientos negativos. Recuerdo que pensé que esa era la mejor señal de que lo nuestro iba por buen camino.

A E. también le gustaban las fiestas y ser el centro de atención de los hombres. Lo descubrí muy tarde.

La primera vez que en una fiesta a la que habíamos asistido juntos desapareció y la encontré después en un rincón conversando con otro chico, me desquicié.

Como venía de un país con otras costumbres, no supe cómo interpretarlo. Más aún: no quería siquiera interpretarlo.

E. estaba especialmente atractiva esa noche. Vestía una minifalda de cuero negra y unos zapatos muy altos. Cuando los usaba me pasaba por casi media cabeza. A mí no me molestaba. En Lima había tenido dos novias alemanas mucho más altas que yo y, aunque había sido un poco raro, había llegado a acostumbrarme. Pero E. sí lo sufría.

Una vez, medio en broma, me había dicho que su hombre ideal tendría que ser mucho más alto que ella.

Controlándome para no hacer una escena, me di media vuelta y me fui de la fiesta.

Llevaba varios días sin pisar mi cuarto de estudiante y pensé que me haría bien reencontrarme con mis cosas.

Tardé bastante en darme cuenta de que ese era el inicio del final de nuestra relación. O tal vez, simplemente, no lo quería o quise aceptar.

Con todo, nos seguimos viendo.

Pero era claro que ya no era todo como antes.

Al poco tiempo me dijo que se iba de vacaciones a Formentera.

-¿No vienes conmigo?

-No lo sé -le respondí.

Era sinceridad: sentía un miedo inefable y no sabía bien de qué. Por lo demás, simplemente no tenía dinero para esas cosas. Los vuelos baratos y el turismo masivo de hoy aún no existían entonces.

-Yo te invito -replicó ella-. Si lo deseas, claro.

Ella partiría primero y yo me aparecería en la segunda semana de su estadía en Formentera.

Recuerdo la llegada a Ibiza y la espera del transbordador tomando una copa de hierbas ibicencas con hielo en la terraza de un bar. (Un trago al cual vuelvo con gusto de cuando en cuando.)

Noté que los españoles usaban la palabra equivalente del inglés: ferry.

En esos días trataba de continuar una novela que llegó a tener más de 200 páginas y tiré a la papelera. Mientras esperaba el transbordador me puse a continuar con mis apuntes.

El personaje era un estúpido como yo que no sabía dónde estaba parado y no podía entender las cosas que sucedían a su alrededor.

Llegué a Formentera confundido.

E. me mostró la isla y sus encantos.

Por la noche terminamos en un bar muy particular con varios ambientes. En uno de ellos cualquiera podía participar tocando un instrumento. Por entonces me había comprado un bajo eléctrico y llevaba algunos meses practicándolo, pero no me atreví a subir al escenario. Había excelentes músicos de diferentes nacionalidades y apenas conocía lo que tocaban.

Al final de la noche, en la casa del pintor alemán que alquilaba cuartos a sus compatriotas, E. me llevó a la azotea para echarnos a contemplar las estrellas.

Pensé que quería hacer el amor bajo el cielo infinito.

Me pareció una excelente idea.

Pero me había equivocado.

Yo había bebido de más e insistí. Era la primera vez que E. me negaba su cuerpo. No podía entender nada. ¿Me había hecho subir a la azotea solo para contemplar las estrellas y decirme que no?

¿No me deseaba después de varios días sin vernos?

En ese momento tendría que haberme despedido de ella. Tendría que haber dejado correr una lágrima -o muchas- y aceptar el nuevo fracaso.

Pero -otra vez- no. No fui capaz de cerrar el cuaderno y empezar uno nuevo.

O de arrancarle las hojas correspondientes y empezar un nuevo capítulo de mi vida en las hojas restantes.

Peor aún: perdí los papeles.

Recuerdo que me puse a correr y gritar en la playa vecina para desfogarme.

Un borracho aullando destemplado como un lobo herido al pie del mar.

Era de noche y la casa más próxima estaba a más de medio kilómetro de distancia, felizmente.

No sé cómo será ahora, pero a finales de los ochenta Formentera era una isla bastante desierta. Recuerdo que en un mismo día podíamos llegar a visitar por lo menos dos playas de la isla y los únicos presentes éramos nosotros dos.

En una de esas playas le tomé la foto en la que se le veía a E. saliendo desnuda del mar.

En Formentera tuve también mi primera y una de mis pocas experiencias nudistas.

Pocas formas tan efectivas hay de quitarle ese sutil morbo que hace más placentero al sexo.

Llegamos a reconciliarnos.

Lo sé, porque volvimos a hacer el amor, después de una paellada (no sé si existirá esta palabra, pero así se llamaría en mi país a una reunión alrededor de una paella) que hizo un muchacho formentero al calor de una fogata y con su guitarreada de colofón.

También corrieron tronchos de marihuana.

Pero seguía sin acostumbrarme a su costumbre de flirtear con otros hombres.

(Uso esta palabra porque E. no coqueteaba precisamente, pero creo que le gustaba crear esperanzas. O acaso solo gozaba sabiéndose deseada.)

Una noche me contó que su anterior novio le pegaba y que le había costado mucho separarse de él.

¿Trataba de provocarme a veces para saber si yo también era capaz de reaccionar incontroladamente hasta llegar a usar la violencia física con ella?

¿Quién podía explicarme el mundo?

Por un absurdo juego de espejos y vasos comunicantes, había terminado convirtiéndome en el personaje estúpido y confundido de mi frustrada novela.

Me sentía maduro para ser arrojado al basurero. Por la radio el genial Herbert Grönemeyer cantaba a diario su Was soll das? (nunca he sabido cómo traducir esta expresión tan común en alemán, algo así como ‘¿Qué es esto?’, en el sentido de ‘¿Cómo tengo que entender esto?’ para quejarse por una conducta inesperada de alguien).

(Es la canción del video del comienzo. Grönemeyer es un gran desconocido en otros países. Sus textos son geniales pero de difícil adaptación a otros idiomas.)

La historia de un tipo que cuando va a visitar a su amada, se la encuentra preparándole a otro hombre su plato favorito.

«Por una noche de infidelidad tal vez no habría dicho nada», decía a mitad de la canción. 

Me.

.

Continúa…

      HjorgeV 18-04-2011

E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (II)

Como recordé que la música del álbum Nada como el sol de Sting había acompañado mis días de pareja con E., busqué en la Red.

La música me permite ordenar mejor mis recuerdos. Una canción puede transportarme al pasado y hacer revivir detalles que creía olvidados.

Recordaba especialmente los temas Mariposa libre y Fragilidad, que se podían escuchar en las radios alemanas en ese entonces a diario y por lo menos en dos idiomas.

No pude encontrar ninguno de ellos en YouTube, solo un mensaje que se ha puesto de moda en ese portal:

«Este video incluye contenido de UMG y no está disponible en tu país».

Escribiendo estos recuerdos también he podido recordar que había conocido a E. en pleno carnaval colonés. Me tomó tiempo recordarlo porque ninguno de los dos llevaba disfraz o maquillaje mínimo, gran parte de los asistentes a ese concierto sí.

Recordé que cuando E. se despidió y se fue después a otra fiesta esa misma noche, me quedé por unos minutos como si me hubieran expulsado de un barco y dejado abandonado en una playa solitaria y desconocida.

La ruptura del hechizo provocado por la separación de S. había durado poco.

Mi princesa caída del cielo se había retirado después de bailar conmigo un buen rato.

-En verdad no tendría que haber estado aquí -le dije en un momento determinado.

Inquirió por ello, mientras seguíamos bailando.

-No termino de salir de un fracaso amoroso -le expliqué, sin saber bien cómo decirlo en alemán. Solo sabía que deseaba ser abierto y sincero.

-No me preocupa -fue su respuesta. Su máxima preocupación parecía ser no perder el paso.

Cuando se despidió imprevistamente más tarde, me quedé un buen rato oyendo a la orquesta sin escucharla realmente.

Solo sabía que una chica que me gustaba me había despertado de forma agradable de mi hechizo de semanas (o meses) y luego había desaparecido con la misma liviandad.

Cuando me acerqué a la barra a pedir más cerveza y recapacité, me alegré porque me dije que me había dejado su dirección y debía saber apreciar ese detalle.

Algo era algo.

E. me había dicho que vivía cerca de la universidad y que podía visitarla cuando quisiera.

-¿Cuando quiera?

-Cuando quieras -había sido su réplica.

-Así conocí a mi esposa.

-No me digas que eres casado. ¿De ella te has separado?

-No. Esa es una historia vieja. Ya estamos separados. Pero así la conocí: me dijo que podía visitarla cuando quisiera y cuando fui a hacerlo me dijo que no tenía ganas de ver a nadie.

E. sonrió, casi rió.

Se imaginó el resto. Pero lo de B. había sido más complicado. Otra historia más enredada aún.

Antes de que se fuera a su otra fiesta de carnaval, le pregunté por su teléfono.

-Te doy mi dirección -me había dicho.

Y yo me la había aprendido de memoria.

Ya tenía algo con lo que volver a empezar.

Bebí mi cerveza casi de un trago y me fui a bailar.

A E. me la había presentado una amiga común: C., una rubia alemana muy guapa que yo había conocido en Los Cactus, un bar de la Zülpicher, en el barrio universitario de Colonia, punto de reunión de los pocos estudiantes latinos y españoles de ese entonces.

C. apenas bailaba con nadie (aunque le gustaba, no sabía bailar salsa), y se quedaba hasta que cerraban como si estuviera a la espera de alguien, pero nunca se iba con nadie.

Una noche, bailando muy pegados y sudorosos (gozaba sabiéndose deseada sin llegar a ser infiel), me explicó que solo entraba a Los Cactus para esperar el primer tren de la madrugada y llegar a Leverkusen, donde vivía.

Para C., Colonia debía ser algo así como París. En sus ojos se podían leer sus ansias de aventura y perdición controlada.

Después me contó que tenía un novio argentino, pero que apenas ya hablaba castellano porque había llegado de niño a Alemania. (Lo llegué a conocer: era bajito y parecía una mala imitación punk de Travolta. Pero chévere y correcto en todo.)

Los Cactus era un local de apenas 50 ó 60 metros cuadrados -o tal vez menos-, pero allí se armaban unas fiestas increíbles y a veces se terminaba bailando sobre las mesas porque no había dónde.

Esa noche de carnaval, después de conocer a E., terminé en la fiesta eufórico y borracho.

El daño que había sufrido con la separación de S. empezaba a disiparse.

Dejé pasar unos días y un buen día me decidí visitar a E.

Era un domingo de febrero. Llovía y hacía frío.

En ese entonces me gustaba vestir una especie de abrigo impermeable que en varios países es conocido como gabardina.

Tenía tres, uno de color caqui, uno marrón y otro negro. Elegí el claro esa noche y no me dejé impresionar por la fuerte lluvia.

El nombre de la calle empezaba con Meister (‘maestro’) y ya sabía dónde quedaba. Estaba a un paso de la universidad.

Llegué en tranvía al paradero de la Dassel y subí a pie pasando por la Mensa (el comedor universitario) hasta dar con la callecita. Tendría que haberme bajado en la estación anterior, pero había calculado mal.

Me alegré de encontrar la calle, no me había equivocado. Leí: Meister Ekkehart. Estoy bien, me dije. Busqué el edificio con el número que recordaba bien.

La Meister Ekkehart es una calle en L que está en el cruce de la Zülpicher con la Universität. La recorrí de cabo y rabo y no di con el número.

¿Había memorizado mal el número?

No lo creía. Coincidía con el día de mi cumpleaños. No podía ser.

Volví a recorrerla. No había llevado paraguas (en ese entonces casi nunca llevaba uno o lo perdía rápidamente), pero esa no era mi preocupación en absoluto. Continué buscando.

Media hora después y tras haber probado con otras combinaciones y haber leído los nombres en las entradas de los edificios (es una calle de solo dos cuadras), ya lo sabía:

E. se había burlado de mí.

Caminé hasta Los Cactus, unos 500 metros más allá. Quería desfogar mi frustración.

Los domingos tocaba flamenco un alemán, Willy Grotte. Algunos latinos y españoles se burlaban de su forma de tocar: «Si eso es flamenco, yo soy Paco de Lucía», decían.

Por lo menos se armaba un buen ambiente, diferente al de las fiestas de los viernes y los sábados. Había parejas que llegaban a escuchar con atención. Mujeres mayores que habían estado de vacaciones en España y llegaban a beber sangría. Un par de estudiantes perdidos, como yo.

Si había suerte, los domingos por la noche, al final del “concierto de flamenco”, nos juntábamos con otros latinos y terminábamos guitarreando.

Esa noche no pude salir de mi actitud depresiva y no encontré a nadie más. Tal vez allí fue cuando perdí el poco gusto que tenía por el flamenco.

Pasaron uno o dos meses.

Una noche me encontré a C. por la calle, en el Ring colonés. Me preguntó por E.

-No la he visto desde el carnaval.

-Qué raro. Pensé que le interesabas.

-Me dio una dirección falsa.

-No es su estilo.

-Pero ha sido así.

Me pidió que le dijera la dirección que me había dado. Se la nombré: Meister Ekkehart, número tanto.

-No puede ser. Ella vive en la Meister Gerhard.

Entonces caí en la cuenta.

En la euforia por recibir su dirección, había confundido la Meister Ekkehart con la Meister Gerhard, calles apenas separadas, además, por escasos tres o cuatro hectómetros.

C. me hizo prometerle que lo volvería a intentar.

Al día siguiente era domingo. El día que más temíamos muchos estudiantes extranjeros.

Hice de tripas corazón y me animé.

No llovía.

Encontré su dirección inmediatamente. Toqué el timbre y creí reconocer su voz por el intercomunicador. Zumbó el dispositivo y empujé la puerta.

Tenía que subir un piso.

Cuando me abrió, solo llevaba una toalla encima y me dijo que estaba tomando un baño de burbujas.

No supe cómo reaccionar.

Pensé que tal vez tendría que retirarme. Pero ella me invitó a pasar.

-Has tardado en encontrar la dirección -comentó, con sarcasmo indisimulado.

Le conté lo que me había sucedido. Se rió, como quien dice “tontito” a alguien.

Me senté en la cocina a esperarla. Después de un rato, me levanté y me dirigí al cuarto de baño.

Le pregunté directamente si quería que le enjabonara la espalda.

Todavía recuerdo su sonrisa, que quería decir: «Qué fresco eres, pero me caes bien».

Lo que ella no sabía era que yo solo deseaba enjabonarle la espalda.

Nada más ni nada menos.

Me lo había prometido y jurado antes de levantarme de la silla de su cocina.

Si volvía a meterme a una relación, me había dicho, quería empezarla bien y cumpliendo mi palabra.

Me senté sobre el borde de la tina o bañera. Empecé por la nuca. Escuché su respiración expresando satisfacción. Dejé trabajar a mis manos.

Me sentía como un marinero confundido que sabe que ha llegado a buen puerto y le han entrado ganas de dejar para siempre la navegación sin rumbo fijo.

.

.

Continúa…

       Hjorge 14-04-2011

E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (I)

¿Cómo se han podido escribir historias de amor en el mundo cuando la realidad de “afuera” puede ser tan espeluznante?

Hoy, me ha bastado ver la foto que ilustra la noticia sobre el atentado terrorista en el metro de Minsk.

¿Tal vez precisamente por eso se escriben historias de amor, para refugiarse de la realidad del mundo?

Acabo de empezar a releer El tercer chimpancé. Origen y futuro del animal humano del genial Jared Diamond.

Y sí, nos diferenciamos de los demás animales por el arte y el lenguaje (y la asombrosa tecnología), pero también nos diferenciamos por nuestra capacidad para matarnos masivamente (incluso por puro gusto), por nuestra gran curiosidad por las drogas y porque no nos importa destruir el medio ambiente que habitamos y nos da de comer.

(Añadiría otra gran característica: nuestra gran capacidad para maquillar nuestros actos pasados y futuros, para engañarnos y arreglar las cosas según nos convenga.)

¿Cómo escribir de amor cuando en Fukushima vuelve a haber un terremoto y las cosas siguen como un mes atrás, sin haberse podido contener la fuga de radiación?

Las noticias se presentan y se mezclan en la Red como si se tratara de una gran almazuela (otros prefieren decir patchwork, siendo lo mismo) o de un collage.


En las páginas de la gran Red, las tragedias se codean con conciertos, catástrofes con musivideos (también llamados videoclips) y partidos de fútbol con revoluciones sociales.

Hace ya mucho tiempo que las catástrofes empezaron a mostrarse en los medios de comunicación como si se trataran de obras de arte. La televisión les ha añadido un fondo musical.

(Aquí un ejemplo de la televisión alemana, ver a partir del minuto 53:18.) (En un programa de televisión, en el que estaba de invitado el embajador japonés, la presentadora se despidió diciendo: «Ich drucke Ihnen die Daumen». Una expresión que se usa para desear suerte en los deportes.)

Los antiguos romanos no pudieron embridar su ambición voraz y salieron a ampliar su imperio. No se podían detener en su angurria de poder y conquista.

Los impunes tiburones financieros de hoy no necesitan salir de sus mansiones.

Los antiguos romanos entendieron pronto que al pueblo había que ofrecerles circo y pan para mantenerlo contento.

Los banksters de hoy vienen solo a llevarse la recaudación del circo-catástrofe que han construido.

El pan que te lo dé tu abuela.

El circo de los antiguos romanos no tenía un payaso.

Berlusconi -milanés no romano-, lo ha visto como una veta.

Es de antología su última ocurrencia.

Ha acabado él solo con la prostitución: le dio dinero a Ruby «para que no cayera» en ese oficio.

A partir de ahora, entonces, los burdeles podrán ser declarados como Centros de Lucha Contra la Prostitución.

Por otra parte, ¿cómo escribir de amor cuando los países empiezan a negarse a pagar sus deudas nacionales creando impredecibles precedentes para el futuro de la economía mundial?

Mi país -el Perú del ‘primer’ Alan García- intentó dejar de pagar su leonina deuda externa en los años 80 y el resultado fue devastador.

El día que la gasolina subió treinta veces (30) de la noche a la mañana, yo me encontraba (sin saber de la que me había escapado) en París.

Islandia lo está haciendo ahora mejor y esta es una de las verdaderas y grandes buenas noticias de estos tiempos.

Los islandeses se niegan a pagar los desmanes de sus banqueros.

Qué coraje.

Y, al contrario de lo que ha sucedido en EEUU y otros países (donde no hay ningún banquero encarcelado), Islandia sí ha empezado a encarcelar a los responsables.

Ahora que la lucha por el poder continúa en Libia y otros países árabes, y que en mi país se acaban de realizar unas elecciones que podrían llevarlo a un nuevo rumbo poco esperanzador, ahora, decía, me parece casi perverso ocuparme de amores pasados.

Pero el inicio de cómo conocí a E. también fue casi perverso.

Le voy a poner título de telenovela.

UN AMOR NACIDO PARA FRACASAR

Conocí a E. por sus curvas.

Suena a banal e impostado. Pero fue así.

Me imagino que esa no es la mejor forma de conocer a alguien, aunque se sea del rubro que gusta de las mujeres y sus formas.

Fue bizarro.

La vi desde lejos. La descubrí, por así decirlo, cuando aún me hallaba inmerso en mi fase de duelo amoroso después de que S. terminara (en el sentido recto y en el figurado de la palabra) conmigo.

Me sentía con saudade (muchos brasileños lo pronuncian con la s inicial muy vibrante y la sílaba casi como una ‘chi’ muy suave), ese término tan difícil de traducir y que no solo abarca la melancolía y la nostalgia por una alegría ausente y pasada, sino que es también un sentimiento anticipatorio.

Si el futuro siempre es incierto, esa incertidumbre se potencia con nuestros miedos y nuestras ansias.

Pasaba por un momento en el que simplemente no me creía capaz de volverme a interesar por ninguna mujer: la típica pena del amante herido de amor.

Pero allí estaba E., unos quince o veinte metros más adelante.

Su presencia me había hecho levantar la cabeza. Su figura me acababa de aturular.

¿Cuánto tiempo habría pasado desde el final con S.? ¿Meses? ¿O apenas un par de semanas?

E. se estaba acomodando su largo cabello castaño y había abierto ligeramente las piernas para mantener mejor el equilibrio.

¿Cuántas veces nos pasa eso de toparnos con una persona desconocida que nos gusta, desear luego secretamente poder conocerla y que solo minutos después estemos conversando con ella?

Me dirigía a la entrada de un concierto-baile de salsa (al que en principio no había querido asistir por la onda depresiva en la que me encontraba) cuando la vi.

La nostalgia me había hecho decidir entre quedarme en mi cuarto de estudiante a continuar con mi duelo amoroso o asistir a una actividad que me recordara mi continente de procedencia.

Estaba ella de espaldas, arreglándose el cabello, ya lo he dicho.

Ahora sé que debía estar en el periodo ovulatorio, porque llevaba el pelo suelto y por experiencia sé que muchas mujeres suelen amarrarse fuertemente el cabello cuando les llega o está por llegarles su periodo. En su caso era así.

Tenía una figura simplemente impresionante.

Me la quedé observando como un tonto que nunca se ha asomado a las ventanas de su casa para echar un vistazo afuera y lo hace después de décadas.

Sé que fue en 1988 porque poco después las canciones de Sting (especialmente de su álbum en castellano Nada como el sol) se pusieron de moda en las radios de Alemania, pero ya no sé el mes exacto. Digamos que ese primer encuentro ocurrió en marzo o abril de ese año.

(Abajo Sting cantando en castellano Fragilidad acompañado por los cubanos de Buena Vista. Si entonces me lo hubieran contado -a E. y a mí-, que Sting cantaría acompañado alguna vez por salseros, simplemente lo habríamos tomado como una burla o un despropósito.)


¡Ahora lo sé: fue en febrero!, el mes de aparición del álbum de Sting.

Lo sé porque he recordado más detalles de esa noche mientras escribía estas líneas: fue en pleno carnaval colonés. (Después de que E. se despidió porque se iba a otra fiesta a la que no quise ir, me quedé un buen rato turulato y luego me animé y me dejé ganar por la euforia. Pero vayamos por partes.)

E. vestía un pantalón de cuero negro y una chaqueta corta del mismo material y color. El atuendo lo completaban unas botas vaqueras embutidas en las perneras.

Estaba parada delante de la entrada al salón de baile, conversando con alguien. Me imagino que con alguna amiga, porque de haberlo hecho con un hombre seguramente mi reacción habría sido otra.

El momento quedó grabado en mi memoria por dos razones.

Por mi sorpresa, primero.

Me había quedado asombrado de que alguien pudiera ser capaz de romper el hechizo.

De tanto pensar en mi mala suerte en el amor, había llegado a creer que mi destino ya estaba sellado y que solo me esperaban duras decepciones.

La ruptura con S. me había catapultado a un situación paradójica, difícil de explicar sin pasar por un fanfarrón o un simple estúpido.

Lo intentaré.

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Continúa…

HjorgeV 12-04-2011

S.: UNA VIEJA DEUDA OLVIDADA

¿Quién no ha tenido un amor imposible?

Hace poco me acordé de S.

La conocí en la Mensa (el comedor) de la universidad de Colonia. Era atractiva y dinámica. Hablaba castellano con cierto acento, pero se defendía bastante bien en nuestra lengua.

En esos tiempos yo compartía un departamento muy barato con Andreas, el amigo alemán que me animó a quedarme en Colonia.

Víviamos en Ehrenfeld, un barrio que ahora se ha transformado parcialmente por completo y ya no es el barrio más o menos marginal al que yo llegué a vivir a finales de los ochenta.

A S. le gustaba la fotografía. Su padre era camarógrafo de la WDR, el canal estatal. Aún conservo las fotos que nos tomamos a la ribera del lago vecino a la universidad, el Aachener Weiher.

En ninguna de ellas estamos juntos, porque nos turnamos para tomarlas.


Una de las primeras cosas que me contó fue que había tenido un novio que se llamaba Guido. Un nombre de perro, pensé entonces, seguramente azuzado por celos retroactivos.

El verdadero amor es una tragedia.

Los sentimientos más profundos no pueden ser eternos, para empezar.

Es raro que se mantengan vivos, con la misma intensidad, a lo largo de años. Alguna vez decaen o desaparecen. Las personas cambian, además. Lo que alguna vez se dijo con convicción, puede perder su valor con el simple paso del tiempo.

Por otro lado, dos personas no se pueden amar con la misma intensidad: uno de los dos está condenado a sufrir de alguna manera, generalmente el que ama ‘más’.

Pocas son las relaciones que terminan extinguiéndose sin causar ningún daño en los dos.

Quien sabe de verdaderos amores, también sabe de incomprensión, de sufrimiento, de miedo absoluto, de falta de reciprocidad o de no ser correspondido.

S. me contó que a Guido le gustaba orinarse encima de ella.

Debí poner la mayor cara de tonto de mi vida, porque enseguida añadió:

-Lo hacíamos en la tina, claro.

En una bañera, como se dice en España. No supe qué decir ni cómo reaccionar. Estaba en Alemania, debía ser hora de que terminara de enterarme.

S. se desplazaba en un Honda rojo que le había regalado su abuela y era de las pocas estudiantes con movilidad propia.

Me gustaban sus ojos verdes y su cabello grueso y fuerte. Sus labios carnosos apenas podían esconder el corrector dental que usaba.

Su madre era profesora de colegio y bebía todas las noches un litro de vino antes de acostarse.

Una vez bebí con ella y creo que no le hizo ninguna gracia que me bebiera también un litro de su vino.

Un día S. me dijo que se iba a pasar una temporada en la universidad de Clermont-Ferrand para mejorar su francés.

-Me puedes ir a visitar. Vas a ver que los tres meses se van a pasar volando -me consoló al partir.

Empezó a escribirme unas cartas muy amorosas que ya no sé dónde las perdí.

Me he puesto a rememorar todo esto, porque recordé una canción que cantaba una compañera de estudios de la U.N.I. de Lima.

Recordaba el estribillo y que cuando la cantaba en el local del coro de la universidad siempre había alguien que soltaba alguna lágrima.

Ahora lo sé, pero entonces nos hacíamos los locos: la chica -se llamaba Raquel- estaba enamorada de un chico que nunca se iba a fijar en ella.

Conseguí recordar el nombre de la cantante: María Martha Sierra Lima. Probé en YouTube, pero no obtuve ningún resultado. En cambio, me enteré del título, que resultó ser igual que el estribillo: Amar amando.

Para mi sorpresa, me enteré también de que el autor era/es Horacio Guarany (se pronuncia con acento en la y).

Y el viaje en tren de Colonia a Clermont-Ferrand me lo había pasado escuchando un casete de Mercedes Sosa y de ese casete especialmente una canción, Si se calla el cantor, del mismo Guarany.

¿Por qué me había obsesionado con una canción de las llamadas de protesta en plena historia amorosa?

Lo desconozco.

Ya no recuerdo si S. fue a esperarme a la estación.

En ese tiempo no existían los teléfonos celulares, los emilios ni la Red.

Recuerdo el reencuentro en su cuarto de estudiante.

Estaba una de sus amigas francesas en la habitación y hablaban entre ellas dos, ignorándome. Qué recibimiento.

Entendía casi todo lo que decían porque yo había vivido un par de meses en París antes de pasar a Alemania.

Me había imaginado un recibimiento con largos abrazos, besos y lágrimas (guiándome por las cartas que me escribía: sí, en ese tiempo todavía se escribían cartas) y ahora estaba sentado en la única silla de un diminuto cuarto estudiantil esperando que se fuera la compañera de estudios de S.

Tengo otro recuerdo claro de esos días.

Lo sé porque fuimos al cine y vimos una película de Brian de Palma.

Actuaba Kevin Costner, entonces todavía un desconocido, junto a Andy García, Roberto de Niro y Sean Connery. Un raro lujo.

(En la Red ‘descubro’ que la película, Los intocables, es de 1987, de tal manera que puedo fechar con exactitud ese momento.)

La amiga tardó en retirarse.

Cuando lo hizo una media hora después, yo ya estaba enojado.

Pensaba que lo había hecho a propósito, para irritarme y demostrarme el poder que ejercía sobre S.

Pasé unos días raros en Clermont-Ferrand.

Tendría que haber admitido que esa fría recepción y el hecho de que S. se hubiera dejado manipular por su amiga eran la mejor prueba de que lo nuestro ya se había pasmado.

Pero no, aguanté estoicamente.

Regresé a Colonia escuchando aún más obsesionado Si se calla el cantor en mi walkman, todo un lujo en ese entonces.

Las cartas de S. volvieron a animarme.

Seguían emanando el mismo cariño y confianza en lo nuestro de siempre.

Cuando llegó el momento de su regreso a Colonia, me llamó al día siguiente de su llegada.

Recuerdo que me enojé por ese detalle, pero no me atreví a reprochárselo.

Al ir a visitarla, compré las únicas rosas que he comprado en mi vida para halagar a una mujer.

Me abrió la puerta y me dijo que teníamos que hablar.

En ese momento tendría que haberle dicho que solo venía a dejarle las rosas y haberme marchado.

Pero, otra vez, no.

Quise ser testigo de mi propia ejecución.

Tuve que tragarme el discurso de la pausa tan necesaria en ciertas relaciones y todas esas cosas que se dicen cuando no se sabe qué decir. Felizmente lo hizo de una forma bastante fría, manteniendo la distancia debida.

Aunque habría bastado con decir la verdad: «No tengo idea de por qué ni en qué momento dejé de quererte».

Cuando salí a las duras calles de Colonia, me odié por mi ingenuidad y noté que sobre mis ojos se había posado el fino velo oscuro de la pena.

Anduve como un zombie un par de semanas.

Desperté en una fiesta latina al quedarme prendado de los contornos de E., sin saber que poco después íbamos a ser presentados por una amiga común.

Cuando me preguntó si podía enseñarle a bailar salsa, le dije que en verdad no tenía ganas de bailar porque aún estaba enfermo de amor.

-No me importa -fue su respuesta.

Me dedicó esa noche y muchas más.

Al final, la relación con ella fue otra tragedia (porque salió embarazada justo cuando estábamos separándonos), pero lo pasamos bien.

No hace mucho una conocida me comentó que era compañera de trabajo de S. y que sabía que habíamos estado juntos 20 años atrás.

Por sus referencias, entendí que ahora llevaba el cabello corto y que había cambiado mucho desde entonces. Recordé lo que me había contado de su antiguo novio y la ‘lluvia dorada’. Tal vez esa había sido su forma de decirme que le gustaban las perversiones y yo no le había entendido.

Lo sentí como quien recuerda una vieja deuda.

Una que uno siempre quiso pagar pero no llegó a hacerlo y después olvidó y ya no sabe por qué.

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HjorgeV 07-04-2011