S.: UNA VIEJA DEUDA OLVIDADA

¿Quién no ha tenido un amor imposible?

Hace poco me acordé de S.

La conocí en la Mensa (el comedor) de la universidad de Colonia. Era atractiva y dinámica. Hablaba castellano con cierto acento, pero se defendía bastante bien en nuestra lengua.

En esos tiempos yo compartía un departamento muy barato con Andreas, el amigo alemán que me animó a quedarme en Colonia.

Víviamos en Ehrenfeld, un barrio que ahora se ha transformado parcialmente por completo y ya no es el barrio más o menos marginal al que yo llegué a vivir a finales de los ochenta.

A S. le gustaba la fotografía. Su padre era camarógrafo de la WDR, el canal estatal. Aún conservo las fotos que nos tomamos a la ribera del lago vecino a la universidad, el Aachener Weiher.

En ninguna de ellas estamos juntos, porque nos turnamos para tomarlas.


Una de las primeras cosas que me contó fue que había tenido un novio que se llamaba Guido. Un nombre de perro, pensé entonces, seguramente azuzado por celos retroactivos.

El verdadero amor es una tragedia.

Los sentimientos más profundos no pueden ser eternos, para empezar.

Es raro que se mantengan vivos, con la misma intensidad, a lo largo de años. Alguna vez decaen o desaparecen. Las personas cambian, además. Lo que alguna vez se dijo con convicción, puede perder su valor con el simple paso del tiempo.

Por otro lado, dos personas no se pueden amar con la misma intensidad: uno de los dos está condenado a sufrir de alguna manera, generalmente el que ama ‘más’.

Pocas son las relaciones que terminan extinguiéndose sin causar ningún daño en los dos.

Quien sabe de verdaderos amores, también sabe de incomprensión, de sufrimiento, de miedo absoluto, de falta de reciprocidad o de no ser correspondido.

S. me contó que a Guido le gustaba orinarse encima de ella.

Debí poner la mayor cara de tonto de mi vida, porque enseguida añadió:

-Lo hacíamos en la tina, claro.

En una bañera, como se dice en España. No supe qué decir ni cómo reaccionar. Estaba en Alemania, debía ser hora de que terminara de enterarme.

S. se desplazaba en un Honda rojo que le había regalado su abuela y era de las pocas estudiantes con movilidad propia.

Me gustaban sus ojos verdes y su cabello grueso y fuerte. Sus labios carnosos apenas podían esconder el corrector dental que usaba.

Su madre era profesora de colegio y bebía todas las noches un litro de vino antes de acostarse.

Una vez bebí con ella y creo que no le hizo ninguna gracia que me bebiera también un litro de su vino.

Un día S. me dijo que se iba a pasar una temporada en la universidad de Clermont-Ferrand para mejorar su francés.

-Me puedes ir a visitar. Vas a ver que los tres meses se van a pasar volando -me consoló al partir.

Empezó a escribirme unas cartas muy amorosas que ya no sé dónde las perdí.

Me he puesto a rememorar todo esto, porque recordé una canción que cantaba una compañera de estudios de la U.N.I. de Lima.

Recordaba el estribillo y que cuando la cantaba en el local del coro de la universidad siempre había alguien que soltaba alguna lágrima.

Ahora lo sé, pero entonces nos hacíamos los locos: la chica -se llamaba Raquel- estaba enamorada de un chico que nunca se iba a fijar en ella.

Conseguí recordar el nombre de la cantante: María Martha Sierra Lima. Probé en YouTube, pero no obtuve ningún resultado. En cambio, me enteré del título, que resultó ser igual que el estribillo: Amar amando.

Para mi sorpresa, me enteré también de que el autor era/es Horacio Guarany (se pronuncia con acento en la y).

Y el viaje en tren de Colonia a Clermont-Ferrand me lo había pasado escuchando un casete de Mercedes Sosa y de ese casete especialmente una canción, Si se calla el cantor, del mismo Guarany.

¿Por qué me había obsesionado con una canción de las llamadas de protesta en plena historia amorosa?

Lo desconozco.

Ya no recuerdo si S. fue a esperarme a la estación.

En ese tiempo no existían los teléfonos celulares, los emilios ni la Red.

Recuerdo el reencuentro en su cuarto de estudiante.

Estaba una de sus amigas francesas en la habitación y hablaban entre ellas dos, ignorándome. Qué recibimiento.

Entendía casi todo lo que decían porque yo había vivido un par de meses en París antes de pasar a Alemania.

Me había imaginado un recibimiento con largos abrazos, besos y lágrimas (guiándome por las cartas que me escribía: sí, en ese tiempo todavía se escribían cartas) y ahora estaba sentado en la única silla de un diminuto cuarto estudiantil esperando que se fuera la compañera de estudios de S.

Tengo otro recuerdo claro de esos días.

Lo sé porque fuimos al cine y vimos una película de Brian de Palma.

Actuaba Kevin Costner, entonces todavía un desconocido, junto a Andy García, Roberto de Niro y Sean Connery. Un raro lujo.

(En la Red ‘descubro’ que la película, Los intocables, es de 1987, de tal manera que puedo fechar con exactitud ese momento.)

La amiga tardó en retirarse.

Cuando lo hizo una media hora después, yo ya estaba enojado.

Pensaba que lo había hecho a propósito, para irritarme y demostrarme el poder que ejercía sobre S.

Pasé unos días raros en Clermont-Ferrand.

Tendría que haber admitido que esa fría recepción y el hecho de que S. se hubiera dejado manipular por su amiga eran la mejor prueba de que lo nuestro ya se había pasmado.

Pero no, aguanté estoicamente.

Regresé a Colonia escuchando aún más obsesionado Si se calla el cantor en mi walkman, todo un lujo en ese entonces.

Las cartas de S. volvieron a animarme.

Seguían emanando el mismo cariño y confianza en lo nuestro de siempre.

Cuando llegó el momento de su regreso a Colonia, me llamó al día siguiente de su llegada.

Recuerdo que me enojé por ese detalle, pero no me atreví a reprochárselo.

Al ir a visitarla, compré las únicas rosas que he comprado en mi vida para halagar a una mujer.

Me abrió la puerta y me dijo que teníamos que hablar.

En ese momento tendría que haberle dicho que solo venía a dejarle las rosas y haberme marchado.

Pero, otra vez, no.

Quise ser testigo de mi propia ejecución.

Tuve que tragarme el discurso de la pausa tan necesaria en ciertas relaciones y todas esas cosas que se dicen cuando no se sabe qué decir. Felizmente lo hizo de una forma bastante fría, manteniendo la distancia debida.

Aunque habría bastado con decir la verdad: «No tengo idea de por qué ni en qué momento dejé de quererte».

Cuando salí a las duras calles de Colonia, me odié por mi ingenuidad y noté que sobre mis ojos se había posado el fino velo oscuro de la pena.

Anduve como un zombie un par de semanas.

Desperté en una fiesta latina al quedarme prendado de los contornos de E., sin saber que poco después íbamos a ser presentados por una amiga común.

Cuando me preguntó si podía enseñarle a bailar salsa, le dije que en verdad no tenía ganas de bailar porque aún estaba enfermo de amor.

-No me importa -fue su respuesta.

Me dedicó esa noche y muchas más.

Al final, la relación con ella fue otra tragedia (porque salió embarazada justo cuando estábamos separándonos), pero lo pasamos bien.

No hace mucho una conocida me comentó que era compañera de trabajo de S. y que sabía que habíamos estado juntos 20 años atrás.

Por sus referencias, entendí que ahora llevaba el cabello corto y que había cambiado mucho desde entonces. Recordé lo que me había contado de su antiguo novio y la ‘lluvia dorada’. Tal vez esa había sido su forma de decirme que le gustaban las perversiones y yo no le había entendido.

Lo sentí como quien recuerda una vieja deuda.

Una que uno siempre quiso pagar pero no llegó a hacerlo y después olvidó y ya no sabe por qué.

.

.

HjorgeV 07-04-2011

2 thoughts on “S.: UNA VIEJA DEUDA OLVIDADA

  1. Que tal historia mi amigo! Pero es asi, las relaciones humanas nunca son constantes, lo unico constante es el cambio (gran paradoja, lo otro “unico” constante es la muerte) y los tira y afloja pan de cada dia en todo, tanto en el trabajo, en la familia, con la pareja, amigos, etc. Y esa frase, “asistir a su propia ejecucion”, es una frase literaria por completo! y claro, como siempre, la realidad supera a la ficcion. Aqui entre nos Jorge, de repente puedas subir algunos post sobre la caida del Muro, la efervescencia que rodeaban dichos momentos, el contraste entre el Berlin Occidental y Oriental, etc. Un abrazo desde las costas pacificas por ahora pero a la espera de un remezon este domingo electoral.

    Eduardo

    Te dejo un temita, a proposito de que estoy viendo de nuevo “Band of Brothers”:

    Rpta.: Hola, Eduardo. Gracias por tu amable comentario. Te cuento que, a pesar de que ya vivía en Alemania, me “perdi” la caída del Muro. Acababa de perder dinero en un negocio (me estafó un alemán), trabajaba duro y apenas tenía tiempo para leer los diarios. ¿Para qué sigo? Mejor lo cuento en una próxima entrada. Me has hecho recordar otras cosas. Por otra parte, como no veo televisión (no sé si han pasado esta serie aquí en Alemania), no conocía Band of brothers. Lo he visto en la Red y parece interesante. Saludos colonenses. HjV

  2. El tema musical aparece al inicio del capítulo “Why we fight”, donde la escena completa del recojo de escombros me parece espectacular. La serie es de hace unos 5 o 6 años, es super buena aunque claro, con su tendencia yankee. ¡Saludos!

    Rpta.: Hola, Eduardo. El tema no me pareció nada especial al escucharlo. Recién al imaginármelo como fondo musical de una escena en la que se recogen escombros, ya cambia la cosa. Gracias por el dato. Saludos desde este domingo casi veraniego alemán. HjV

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