E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (I)

¿Cómo se han podido escribir historias de amor en el mundo cuando la realidad de “afuera” puede ser tan espeluznante?

Hoy, me ha bastado ver la foto que ilustra la noticia sobre el atentado terrorista en el metro de Minsk.

¿Tal vez precisamente por eso se escriben historias de amor, para refugiarse de la realidad del mundo?

Acabo de empezar a releer El tercer chimpancé. Origen y futuro del animal humano del genial Jared Diamond.

Y sí, nos diferenciamos de los demás animales por el arte y el lenguaje (y la asombrosa tecnología), pero también nos diferenciamos por nuestra capacidad para matarnos masivamente (incluso por puro gusto), por nuestra gran curiosidad por las drogas y porque no nos importa destruir el medio ambiente que habitamos y nos da de comer.

(Añadiría otra gran característica: nuestra gran capacidad para maquillar nuestros actos pasados y futuros, para engañarnos y arreglar las cosas según nos convenga.)

¿Cómo escribir de amor cuando en Fukushima vuelve a haber un terremoto y las cosas siguen como un mes atrás, sin haberse podido contener la fuga de radiación?

Las noticias se presentan y se mezclan en la Red como si se tratara de una gran almazuela (otros prefieren decir patchwork, siendo lo mismo) o de un collage.


En las páginas de la gran Red, las tragedias se codean con conciertos, catástrofes con musivideos (también llamados videoclips) y partidos de fútbol con revoluciones sociales.

Hace ya mucho tiempo que las catástrofes empezaron a mostrarse en los medios de comunicación como si se trataran de obras de arte. La televisión les ha añadido un fondo musical.

(Aquí un ejemplo de la televisión alemana, ver a partir del minuto 53:18.) (En un programa de televisión, en el que estaba de invitado el embajador japonés, la presentadora se despidió diciendo: «Ich drucke Ihnen die Daumen». Una expresión que se usa para desear suerte en los deportes.)

Los antiguos romanos no pudieron embridar su ambición voraz y salieron a ampliar su imperio. No se podían detener en su angurria de poder y conquista.

Los impunes tiburones financieros de hoy no necesitan salir de sus mansiones.

Los antiguos romanos entendieron pronto que al pueblo había que ofrecerles circo y pan para mantenerlo contento.

Los banksters de hoy vienen solo a llevarse la recaudación del circo-catástrofe que han construido.

El pan que te lo dé tu abuela.

El circo de los antiguos romanos no tenía un payaso.

Berlusconi -milanés no romano-, lo ha visto como una veta.

Es de antología su última ocurrencia.

Ha acabado él solo con la prostitución: le dio dinero a Ruby «para que no cayera» en ese oficio.

A partir de ahora, entonces, los burdeles podrán ser declarados como Centros de Lucha Contra la Prostitución.

Por otra parte, ¿cómo escribir de amor cuando los países empiezan a negarse a pagar sus deudas nacionales creando impredecibles precedentes para el futuro de la economía mundial?

Mi país -el Perú del ‘primer’ Alan García- intentó dejar de pagar su leonina deuda externa en los años 80 y el resultado fue devastador.

El día que la gasolina subió treinta veces (30) de la noche a la mañana, yo me encontraba (sin saber de la que me había escapado) en París.

Islandia lo está haciendo ahora mejor y esta es una de las verdaderas y grandes buenas noticias de estos tiempos.

Los islandeses se niegan a pagar los desmanes de sus banqueros.

Qué coraje.

Y, al contrario de lo que ha sucedido en EEUU y otros países (donde no hay ningún banquero encarcelado), Islandia sí ha empezado a encarcelar a los responsables.

Ahora que la lucha por el poder continúa en Libia y otros países árabes, y que en mi país se acaban de realizar unas elecciones que podrían llevarlo a un nuevo rumbo poco esperanzador, ahora, decía, me parece casi perverso ocuparme de amores pasados.

Pero el inicio de cómo conocí a E. también fue casi perverso.

Le voy a poner título de telenovela.

UN AMOR NACIDO PARA FRACASAR

Conocí a E. por sus curvas.

Suena a banal e impostado. Pero fue así.

Me imagino que esa no es la mejor forma de conocer a alguien, aunque se sea del rubro que gusta de las mujeres y sus formas.

Fue bizarro.

La vi desde lejos. La descubrí, por así decirlo, cuando aún me hallaba inmerso en mi fase de duelo amoroso después de que S. terminara (en el sentido recto y en el figurado de la palabra) conmigo.

Me sentía con saudade (muchos brasileños lo pronuncian con la s inicial muy vibrante y la sílaba casi como una ‘chi’ muy suave), ese término tan difícil de traducir y que no solo abarca la melancolía y la nostalgia por una alegría ausente y pasada, sino que es también un sentimiento anticipatorio.

Si el futuro siempre es incierto, esa incertidumbre se potencia con nuestros miedos y nuestras ansias.

Pasaba por un momento en el que simplemente no me creía capaz de volverme a interesar por ninguna mujer: la típica pena del amante herido de amor.

Pero allí estaba E., unos quince o veinte metros más adelante.

Su presencia me había hecho levantar la cabeza. Su figura me acababa de aturular.

¿Cuánto tiempo habría pasado desde el final con S.? ¿Meses? ¿O apenas un par de semanas?

E. se estaba acomodando su largo cabello castaño y había abierto ligeramente las piernas para mantener mejor el equilibrio.

¿Cuántas veces nos pasa eso de toparnos con una persona desconocida que nos gusta, desear luego secretamente poder conocerla y que solo minutos después estemos conversando con ella?

Me dirigía a la entrada de un concierto-baile de salsa (al que en principio no había querido asistir por la onda depresiva en la que me encontraba) cuando la vi.

La nostalgia me había hecho decidir entre quedarme en mi cuarto de estudiante a continuar con mi duelo amoroso o asistir a una actividad que me recordara mi continente de procedencia.

Estaba ella de espaldas, arreglándose el cabello, ya lo he dicho.

Ahora sé que debía estar en el periodo ovulatorio, porque llevaba el pelo suelto y por experiencia sé que muchas mujeres suelen amarrarse fuertemente el cabello cuando les llega o está por llegarles su periodo. En su caso era así.

Tenía una figura simplemente impresionante.

Me la quedé observando como un tonto que nunca se ha asomado a las ventanas de su casa para echar un vistazo afuera y lo hace después de décadas.

Sé que fue en 1988 porque poco después las canciones de Sting (especialmente de su álbum en castellano Nada como el sol) se pusieron de moda en las radios de Alemania, pero ya no sé el mes exacto. Digamos que ese primer encuentro ocurrió en marzo o abril de ese año.

(Abajo Sting cantando en castellano Fragilidad acompañado por los cubanos de Buena Vista. Si entonces me lo hubieran contado -a E. y a mí-, que Sting cantaría acompañado alguna vez por salseros, simplemente lo habríamos tomado como una burla o un despropósito.)


¡Ahora lo sé: fue en febrero!, el mes de aparición del álbum de Sting.

Lo sé porque he recordado más detalles de esa noche mientras escribía estas líneas: fue en pleno carnaval colonés. (Después de que E. se despidió porque se iba a otra fiesta a la que no quise ir, me quedé un buen rato turulato y luego me animé y me dejé ganar por la euforia. Pero vayamos por partes.)

E. vestía un pantalón de cuero negro y una chaqueta corta del mismo material y color. El atuendo lo completaban unas botas vaqueras embutidas en las perneras.

Estaba parada delante de la entrada al salón de baile, conversando con alguien. Me imagino que con alguna amiga, porque de haberlo hecho con un hombre seguramente mi reacción habría sido otra.

El momento quedó grabado en mi memoria por dos razones.

Por mi sorpresa, primero.

Me había quedado asombrado de que alguien pudiera ser capaz de romper el hechizo.

De tanto pensar en mi mala suerte en el amor, había llegado a creer que mi destino ya estaba sellado y que solo me esperaban duras decepciones.

La ruptura con S. me había catapultado a un situación paradójica, difícil de explicar sin pasar por un fanfarrón o un simple estúpido.

Lo intentaré.

.

.

Continúa…

HjorgeV 12-04-2011

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