E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (II)

Como recordé que la música del álbum Nada como el sol de Sting había acompañado mis días de pareja con E., busqué en la Red.

La música me permite ordenar mejor mis recuerdos. Una canción puede transportarme al pasado y hacer revivir detalles que creía olvidados.

Recordaba especialmente los temas Mariposa libre y Fragilidad, que se podían escuchar en las radios alemanas en ese entonces a diario y por lo menos en dos idiomas.

No pude encontrar ninguno de ellos en YouTube, solo un mensaje que se ha puesto de moda en ese portal:

«Este video incluye contenido de UMG y no está disponible en tu país».

Escribiendo estos recuerdos también he podido recordar que había conocido a E. en pleno carnaval colonés. Me tomó tiempo recordarlo porque ninguno de los dos llevaba disfraz o maquillaje mínimo, gran parte de los asistentes a ese concierto sí.

Recordé que cuando E. se despidió y se fue después a otra fiesta esa misma noche, me quedé por unos minutos como si me hubieran expulsado de un barco y dejado abandonado en una playa solitaria y desconocida.

La ruptura del hechizo provocado por la separación de S. había durado poco.

Mi princesa caída del cielo se había retirado después de bailar conmigo un buen rato.

-En verdad no tendría que haber estado aquí -le dije en un momento determinado.

Inquirió por ello, mientras seguíamos bailando.

-No termino de salir de un fracaso amoroso -le expliqué, sin saber bien cómo decirlo en alemán. Solo sabía que deseaba ser abierto y sincero.

-No me preocupa -fue su respuesta. Su máxima preocupación parecía ser no perder el paso.

Cuando se despidió imprevistamente más tarde, me quedé un buen rato oyendo a la orquesta sin escucharla realmente.

Solo sabía que una chica que me gustaba me había despertado de forma agradable de mi hechizo de semanas (o meses) y luego había desaparecido con la misma liviandad.

Cuando me acerqué a la barra a pedir más cerveza y recapacité, me alegré porque me dije que me había dejado su dirección y debía saber apreciar ese detalle.

Algo era algo.

E. me había dicho que vivía cerca de la universidad y que podía visitarla cuando quisiera.

-¿Cuando quiera?

-Cuando quieras -había sido su réplica.

-Así conocí a mi esposa.

-No me digas que eres casado. ¿De ella te has separado?

-No. Esa es una historia vieja. Ya estamos separados. Pero así la conocí: me dijo que podía visitarla cuando quisiera y cuando fui a hacerlo me dijo que no tenía ganas de ver a nadie.

E. sonrió, casi rió.

Se imaginó el resto. Pero lo de B. había sido más complicado. Otra historia más enredada aún.

Antes de que se fuera a su otra fiesta de carnaval, le pregunté por su teléfono.

-Te doy mi dirección -me había dicho.

Y yo me la había aprendido de memoria.

Ya tenía algo con lo que volver a empezar.

Bebí mi cerveza casi de un trago y me fui a bailar.

A E. me la había presentado una amiga común: C., una rubia alemana muy guapa que yo había conocido en Los Cactus, un bar de la Zülpicher, en el barrio universitario de Colonia, punto de reunión de los pocos estudiantes latinos y españoles de ese entonces.

C. apenas bailaba con nadie (aunque le gustaba, no sabía bailar salsa), y se quedaba hasta que cerraban como si estuviera a la espera de alguien, pero nunca se iba con nadie.

Una noche, bailando muy pegados y sudorosos (gozaba sabiéndose deseada sin llegar a ser infiel), me explicó que solo entraba a Los Cactus para esperar el primer tren de la madrugada y llegar a Leverkusen, donde vivía.

Para C., Colonia debía ser algo así como París. En sus ojos se podían leer sus ansias de aventura y perdición controlada.

Después me contó que tenía un novio argentino, pero que apenas ya hablaba castellano porque había llegado de niño a Alemania. (Lo llegué a conocer: era bajito y parecía una mala imitación punk de Travolta. Pero chévere y correcto en todo.)

Los Cactus era un local de apenas 50 ó 60 metros cuadrados -o tal vez menos-, pero allí se armaban unas fiestas increíbles y a veces se terminaba bailando sobre las mesas porque no había dónde.

Esa noche de carnaval, después de conocer a E., terminé en la fiesta eufórico y borracho.

El daño que había sufrido con la separación de S. empezaba a disiparse.

Dejé pasar unos días y un buen día me decidí visitar a E.

Era un domingo de febrero. Llovía y hacía frío.

En ese entonces me gustaba vestir una especie de abrigo impermeable que en varios países es conocido como gabardina.

Tenía tres, uno de color caqui, uno marrón y otro negro. Elegí el claro esa noche y no me dejé impresionar por la fuerte lluvia.

El nombre de la calle empezaba con Meister (‘maestro’) y ya sabía dónde quedaba. Estaba a un paso de la universidad.

Llegué en tranvía al paradero de la Dassel y subí a pie pasando por la Mensa (el comedor universitario) hasta dar con la callecita. Tendría que haberme bajado en la estación anterior, pero había calculado mal.

Me alegré de encontrar la calle, no me había equivocado. Leí: Meister Ekkehart. Estoy bien, me dije. Busqué el edificio con el número que recordaba bien.

La Meister Ekkehart es una calle en L que está en el cruce de la Zülpicher con la Universität. La recorrí de cabo y rabo y no di con el número.

¿Había memorizado mal el número?

No lo creía. Coincidía con el día de mi cumpleaños. No podía ser.

Volví a recorrerla. No había llevado paraguas (en ese entonces casi nunca llevaba uno o lo perdía rápidamente), pero esa no era mi preocupación en absoluto. Continué buscando.

Media hora después y tras haber probado con otras combinaciones y haber leído los nombres en las entradas de los edificios (es una calle de solo dos cuadras), ya lo sabía:

E. se había burlado de mí.

Caminé hasta Los Cactus, unos 500 metros más allá. Quería desfogar mi frustración.

Los domingos tocaba flamenco un alemán, Willy Grotte. Algunos latinos y españoles se burlaban de su forma de tocar: «Si eso es flamenco, yo soy Paco de Lucía», decían.

Por lo menos se armaba un buen ambiente, diferente al de las fiestas de los viernes y los sábados. Había parejas que llegaban a escuchar con atención. Mujeres mayores que habían estado de vacaciones en España y llegaban a beber sangría. Un par de estudiantes perdidos, como yo.

Si había suerte, los domingos por la noche, al final del “concierto de flamenco”, nos juntábamos con otros latinos y terminábamos guitarreando.

Esa noche no pude salir de mi actitud depresiva y no encontré a nadie más. Tal vez allí fue cuando perdí el poco gusto que tenía por el flamenco.

Pasaron uno o dos meses.

Una noche me encontré a C. por la calle, en el Ring colonés. Me preguntó por E.

-No la he visto desde el carnaval.

-Qué raro. Pensé que le interesabas.

-Me dio una dirección falsa.

-No es su estilo.

-Pero ha sido así.

Me pidió que le dijera la dirección que me había dado. Se la nombré: Meister Ekkehart, número tanto.

-No puede ser. Ella vive en la Meister Gerhard.

Entonces caí en la cuenta.

En la euforia por recibir su dirección, había confundido la Meister Ekkehart con la Meister Gerhard, calles apenas separadas, además, por escasos tres o cuatro hectómetros.

C. me hizo prometerle que lo volvería a intentar.

Al día siguiente era domingo. El día que más temíamos muchos estudiantes extranjeros.

Hice de tripas corazón y me animé.

No llovía.

Encontré su dirección inmediatamente. Toqué el timbre y creí reconocer su voz por el intercomunicador. Zumbó el dispositivo y empujé la puerta.

Tenía que subir un piso.

Cuando me abrió, solo llevaba una toalla encima y me dijo que estaba tomando un baño de burbujas.

No supe cómo reaccionar.

Pensé que tal vez tendría que retirarme. Pero ella me invitó a pasar.

-Has tardado en encontrar la dirección -comentó, con sarcasmo indisimulado.

Le conté lo que me había sucedido. Se rió, como quien dice “tontito” a alguien.

Me senté en la cocina a esperarla. Después de un rato, me levanté y me dirigí al cuarto de baño.

Le pregunté directamente si quería que le enjabonara la espalda.

Todavía recuerdo su sonrisa, que quería decir: «Qué fresco eres, pero me caes bien».

Lo que ella no sabía era que yo solo deseaba enjabonarle la espalda.

Nada más ni nada menos.

Me lo había prometido y jurado antes de levantarme de la silla de su cocina.

Si volvía a meterme a una relación, me había dicho, quería empezarla bien y cumpliendo mi palabra.

Me senté sobre el borde de la tina o bañera. Empecé por la nuca. Escuché su respiración expresando satisfacción. Dejé trabajar a mis manos.

Me sentía como un marinero confundido que sabe que ha llegado a buen puerto y le han entrado ganas de dejar para siempre la navegación sin rumbo fijo.

.

.

Continúa…

       Hjorge 14-04-2011

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