E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (III)

¿Los hombres escriben más que las mujeres?

¿O publican más porque la mayoría de negocios -incluido el editorial- están copados por hombres?

Me hacía estas preguntas tras leer una queja sobre el androcentrismo de un reportaje sobre la literatura española de los últimos 70 años del suplemento Babelia.

Y me interesó el tema porque recordando a E., me di cuenta de que nuestra relación estuvo plagada de una serie de elementos y tics sexuales que tanto la definieron como la contaminaron.

Para empezar, la conocí porque su trasero me impresionó tanto que me llevó a levantar la cabeza y ‘despertar’ de la abulia depresiva en que me había sumido la ruptura con S.

Me pregunté entonces si mi modo de escribir (contar) no sería típicamente masculino.

Por otro lado, fue estrictamente así.

Me fijé en ella por su trasero.

Como todos, tengo mis fijaciones y mis gustos, y con E. no fue la primera vez que inicié una relación más enamorado de una figura que de algo (cualidad, característica, faceta) que todavía no conocía ni podía conocer.

Cuando me aparecí sin haber sido llamado en la puerta de su baño y le pregunté si le podía enjabonar la espalda, no quería otra cosa que enjabonarle la espalda.

Era un atrevimiento, claro.

Tal vez me cansé de esperar sentado en la cocina a que terminara su baño de espuma y quería saber dónde estaba parado: si me había dado su dirección porque se la daba a todo el mundo (así había conocido a mi primera esposa) o porque de verdad le interesaba yo.

Recuerdo su mirada al preguntárselo.

Unos días atrás me había sucedido -en otro contexto- algo parecido en un bar de la Zülpicher.

La camarera (una estudiante de teatro que después llegó a ser una estrella de la televisión alemana) me entendió mal y creyó que le había pedido que me invitara una cerveza.

Me quedó mirando y me dijo algo que en ese momento no entendí. Me dijo: «Ich habe ein Herz für freche Männer».

Traducido literalmente: «Tengo un corazón para los hombres frescos.»

Confieso que nunca entendí si lo dijo irónicamente, como una forma de demostrarme que yo le gustaba o, incluso, para expresar cierto desprecio por mi supuesta frescura.

¿Qué hombre va a un bar para decirle a una camarera que le invite una cerveza?

La tipa me la dio con una sonrisa. (No lo he vuelto a intentar.)

E. me quedó mirando más o menos de la misma forma.

Estaba desnuda dentro de la tina y ya quedaba poca espuma.

Me senté al borde de la tina y empecé a frotarle la nuca y la parte superior de la espalda.

Ella debía o debió suponer que yo estaba ardiendo de deseo. En verdad, yo estaba ‘en otra’.

Había supuesto que E. me había engañado dándome una dirección falsa y ahora resultaba que no había sido así.

Me había dicho que la podía visitar cuando quisiera y también había cumplido su palabra. Y eso, a pesar de que había llegado cuando se encontraba tomando un baño de espuma.

En realidad, yo estaba fascinado.

Me había fijado en una muchacha, me había deseado poder conocerla y cinco minutos después alguien nos había presentado.

Había más de 500 personas en ese concierto (bailable dirían en mi país) de carnaval. Las probabilidades de que pudiera haberla conocido sin la amiga común de intermediaria no habrían sido grandes.

Si alguien me hubiera dicho -además- que a los pocos minutos del siguiente encuentro yo ya estaría masajeando su espalda desnuda, me habría reído a carcajadas.

No continué el ‘enjabonamiento’ de su espalda para no mojarme la ropa.

Salí del cuarto de baño y esperé a que E. terminara su ablución. Cuando salió, tenía una toalla hecha un torniquete sobre su cabeza. Otra, muy grande, sujeta por encima de sus pechos.

Sentado en el único sillón que había en su habitación, la vi dejar caer la toalla que cubría su cuerpo y empezar a vestirse.

Creo estar seguro que no lo hacía para provocarme, sino para demostrarme cómo serían las cosas entre nosotros dos si llegábamos a ser una pareja.

¿Cómo era E. desnuda?

Menciono la pregunta, porque muchas veces la ropa suele engañar bastante respecto a lo que realmente hay debajo de ella.

Una estudiante española, con la que tuve una aventura rarísima de una sola tarde y que vio una foto que yo le había tomado a E. en una playa nudista de Formentera y que ya perdí, la respondió así: «Esta tía es de Playboy.»

¿Era así de impresionante su figura?

Seguro, me imagino. Pero ya no lo sé bien, por la sencilla razón de que me enamoré de E. y mi foco de atención se desplazó a otras cosas, a otros aspectos de su persona.

E. vivía en un departamento que compartía con F., una indo-germana muy simpática.

F. tenía unos pechos pornográficos y (debido a ello o no) trabajaba eventualmente haciendo doblajes de películas porno al alemán.

(Después dirigió su propio programa musical en la televisión alemana.)

Creo que cuando E. me contó que era estudiante del Instituto de Teatro, Cine y Televisión de la universidad y yo le dije que asistía a varios cursos como estudiante “huésped” (oyente), se selló nuestra decisión de conocernos más.

Esa segunda noche en su casa, cuando terminó de vestirse, me levanté del sillón y la abracé.

Sin habérmelo propuesto, le demostré con ese gesto que, aunque me había fijado inicialmente solo en su figura, mi interés iba más allá de la pura atracción sexual.

Terminamos besándonos.

Pero no fuimos más allá en ese segundo encuentro.

A E. le gustaba el glamour.

Nominalmente era una estudiante universitaria (tenía ambiciones cinematográficas y había ganado un premio por un cortometraje: su sueño era convertirse en una cineasta), pero trabajaba a tiempo completo para una discográfica.

Le gustaban los descapotables, la ropa de moda, la ropa interior impresionante y cantar, entre otras cosas.

Una amiga suya le prestaba su Triumph descapotable algunos fines de semana y E. era feliz conduciéndolo con gafas oscuras y la cabellera al viento.

En ese entonces yo trabajaba en un bar por las noches y después del trabajo me iba a su departamento, del cual me había dado una llave.

La encontraba dormida y me echaba a su lado. Muchas veces la despertaba con mis caricias. Sufría porque mis ropas olían a tabaco. Y eso a pesar de que de vez en cuando ella misma fumaba.

Un día me llevó a presentarme a su padre.

Vivía en Leverkusen. Fuimos en tren.

El padre me recibió cordialmente, sin asomos de celos o sentimientos negativos. Recuerdo que pensé que esa era la mejor señal de que lo nuestro iba por buen camino.

A E. también le gustaban las fiestas y ser el centro de atención de los hombres. Lo descubrí muy tarde.

La primera vez que en una fiesta a la que habíamos asistido juntos desapareció y la encontré después en un rincón conversando con otro chico, me desquicié.

Como venía de un país con otras costumbres, no supe cómo interpretarlo. Más aún: no quería siquiera interpretarlo.

E. estaba especialmente atractiva esa noche. Vestía una minifalda de cuero negra y unos zapatos muy altos. Cuando los usaba me pasaba por casi media cabeza. A mí no me molestaba. En Lima había tenido dos novias alemanas mucho más altas que yo y, aunque había sido un poco raro, había llegado a acostumbrarme. Pero E. sí lo sufría.

Una vez, medio en broma, me había dicho que su hombre ideal tendría que ser mucho más alto que ella.

Controlándome para no hacer una escena, me di media vuelta y me fui de la fiesta.

Llevaba varios días sin pisar mi cuarto de estudiante y pensé que me haría bien reencontrarme con mis cosas.

Tardé bastante en darme cuenta de que ese era el inicio del final de nuestra relación. O tal vez, simplemente, no lo quería o quise aceptar.

Con todo, nos seguimos viendo.

Pero era claro que ya no era todo como antes.

Al poco tiempo me dijo que se iba de vacaciones a Formentera.

-¿No vienes conmigo?

-No lo sé -le respondí.

Era sinceridad: sentía un miedo inefable y no sabía bien de qué. Por lo demás, simplemente no tenía dinero para esas cosas. Los vuelos baratos y el turismo masivo de hoy aún no existían entonces.

-Yo te invito -replicó ella-. Si lo deseas, claro.

Ella partiría primero y yo me aparecería en la segunda semana de su estadía en Formentera.

Recuerdo la llegada a Ibiza y la espera del transbordador tomando una copa de hierbas ibicencas con hielo en la terraza de un bar. (Un trago al cual vuelvo con gusto de cuando en cuando.)

Noté que los españoles usaban la palabra equivalente del inglés: ferry.

En esos días trataba de continuar una novela que llegó a tener más de 200 páginas y tiré a la papelera. Mientras esperaba el transbordador me puse a continuar con mis apuntes.

El personaje era un estúpido como yo que no sabía dónde estaba parado y no podía entender las cosas que sucedían a su alrededor.

Llegué a Formentera confundido.

E. me mostró la isla y sus encantos.

Por la noche terminamos en un bar muy particular con varios ambientes. En uno de ellos cualquiera podía participar tocando un instrumento. Por entonces me había comprado un bajo eléctrico y llevaba algunos meses practicándolo, pero no me atreví a subir al escenario. Había excelentes músicos de diferentes nacionalidades y apenas conocía lo que tocaban.

Al final de la noche, en la casa del pintor alemán que alquilaba cuartos a sus compatriotas, E. me llevó a la azotea para echarnos a contemplar las estrellas.

Pensé que quería hacer el amor bajo el cielo infinito.

Me pareció una excelente idea.

Pero me había equivocado.

Yo había bebido de más e insistí. Era la primera vez que E. me negaba su cuerpo. No podía entender nada. ¿Me había hecho subir a la azotea solo para contemplar las estrellas y decirme que no?

¿No me deseaba después de varios días sin vernos?

En ese momento tendría que haberme despedido de ella. Tendría que haber dejado correr una lágrima -o muchas- y aceptar el nuevo fracaso.

Pero -otra vez- no. No fui capaz de cerrar el cuaderno y empezar uno nuevo.

O de arrancarle las hojas correspondientes y empezar un nuevo capítulo de mi vida en las hojas restantes.

Peor aún: perdí los papeles.

Recuerdo que me puse a correr y gritar en la playa vecina para desfogarme.

Un borracho aullando destemplado como un lobo herido al pie del mar.

Era de noche y la casa más próxima estaba a más de medio kilómetro de distancia, felizmente.

No sé cómo será ahora, pero a finales de los ochenta Formentera era una isla bastante desierta. Recuerdo que en un mismo día podíamos llegar a visitar por lo menos dos playas de la isla y los únicos presentes éramos nosotros dos.

En una de esas playas le tomé la foto en la que se le veía a E. saliendo desnuda del mar.

En Formentera tuve también mi primera y una de mis pocas experiencias nudistas.

Pocas formas tan efectivas hay de quitarle ese sutil morbo que hace más placentero al sexo.

Llegamos a reconciliarnos.

Lo sé, porque volvimos a hacer el amor, después de una paellada (no sé si existirá esta palabra, pero así se llamaría en mi país a una reunión alrededor de una paella) que hizo un muchacho formentero al calor de una fogata y con su guitarreada de colofón.

También corrieron tronchos de marihuana.

Pero seguía sin acostumbrarme a su costumbre de flirtear con otros hombres.

(Uso esta palabra porque E. no coqueteaba precisamente, pero creo que le gustaba crear esperanzas. O acaso solo gozaba sabiéndose deseada.)

Una noche me contó que su anterior novio le pegaba y que le había costado mucho separarse de él.

¿Trataba de provocarme a veces para saber si yo también era capaz de reaccionar incontroladamente hasta llegar a usar la violencia física con ella?

¿Quién podía explicarme el mundo?

Por un absurdo juego de espejos y vasos comunicantes, había terminado convirtiéndome en el personaje estúpido y confundido de mi frustrada novela.

Me sentía maduro para ser arrojado al basurero. Por la radio el genial Herbert Grönemeyer cantaba a diario su Was soll das? (nunca he sabido cómo traducir esta expresión tan común en alemán, algo así como ‘¿Qué es esto?’, en el sentido de ‘¿Cómo tengo que entender esto?’ para quejarse por una conducta inesperada de alguien).

(Es la canción del video del comienzo. Grönemeyer es un gran desconocido en otros países. Sus textos son geniales pero de difícil adaptación a otros idiomas.)

La historia de un tipo que cuando va a visitar a su amada, se la encuentra preparándole a otro hombre su plato favorito.

«Por una noche de infidelidad tal vez no habría dicho nada», decía a mitad de la canción. 

Me.

.

Continúa…

      HjorgeV 18-04-2011

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