E.: UN AMOR CONDENADO AL FRACASO (y IV)

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«Por una noche de infidelidad tal vez no habría dicho nada», decía una frase de la canción de Grönemeyer.

La completaba con algo así como «Pero tú tenías que convertirla en toda una historia de amor».

En ese entonces ya llevaba yo casi tres años en Alemania y seguía sin entender cómo funcionaban las relaciones de pareja en este país.

No solo no lo entendía, tampoco me funcionaba ninguna relación. (Hay gente que se puede pasar funcionando en algo toda una vida, sin entender nada.)

¿Podría ser cierto que la famosa frialdad alemana llegaba al extremo, como pregonaba la canción, de perdonar sin más las infidelidades del otro o de la otra?

¿Era eso lo que esperaba E. de mí: que soportara sus posibles amoríos y amantes?

Nunca lo llegué a saber.

Tampoco creo que me hubiera atrevido a preguntárselo aquella vez.

No lo sé.

Juzgar nuestro actos pasados es como juzgar a otra persona. Es ignorar que en cada momento, a diario, escogemos solo un camino de muchos posibles.

(Somos, en el fondo, nada más que una sola solución de entre infinitas más, sobre un mapa de caminos que se expanden y bifurcan como ramas laberínticas que se dirigen todas hacia la muerte.)

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Hace un par de días, mientras buscaba algo nuevo para leer porque había empezado a saltearme las páginas del libro que estaba leyendo para ver si mejoraba (señal inequívoca de que no valía la pena seguir), tomé al azar una novela de uno de mis estantes.

Resultó ser El invierno en Lisboa (1987) de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956).

No tenía mucho tiempo en ese momento. Tenía solo unos minutos para leer y me alegré de haber escogido a un autor cuya columna semanal de Babelia leo consuetudinaria y compulsivamente todos los sábados.

Me alegré porque con Muñoz Molina sabía que había garantía de buena lectura. De literatura. Y lo había escogido al azar.

Para mi sorpresa, la cita inicial -de La educación sentimental de Flaubert- explicaba perfectamente cómo me había sentido al final de mi relación con E.:

«Existe un momento en las separaciones en el que la persona amada ya no está con nosotros.»

Así me había sentido con ella.

Sin saberlo, a partir de determinado momento de nuestra relación yo había seguido en trabazón solo con su sombra.

Aún recuerdo esa vaga -pero no por eso menos dolorosa- sensación de vacío cuando regresamos de Formentera.

La despedida después del vuelo. Cada uno por su lado.

Pero continuamos viéndonos esporádicamente.

No me reclamó la llave de su casa.

Aunque yo ya presentía que solo seguíamos caminando juntos por simple inercia.

O tal vez porque nos sentíamos al borde un abismo e intuíamos que era mejor esperar para separarnos cuando el camino fuera menos peligroso.

Una noche llegué tarde a su departamento. Sería casi la una de la madrugada.

Usé la llave que aún tenía y entré.

Había bebido varias cervezas Pils después de mis horas de trabajo y mi ropa debía apestar a tabaco, justo lo que ella más detestaba.

La encontré dormida. Me eché a su lado a percibir su calor.

Como solía dormir desnuda, muchas veces me había bastado descorrer un poco las sábanas para quedar embelesado con la belleza de su cuerpo. Fascinado, me la quede contemplando un buen rato.

Esta vez había una especie de calor mágico y magnético que parecía envolver su cuerpo.

Como había hecho tantas otras veces, en otras tantas noches, empecé el juego amoroso. Con extremo cuidado para no asustarla.

Fui correspondido. Había deseo en nuestros besos. Y, en ambos, ese sentimiento de quien busca en el sexo las fuerzas para no caer, la red de protección del acróbata.

Cuando quise entrar en ella, pareció negarme el acceso.

Bebido como estaba, lo ignoré y continué.

Terminamos poseyéndonos de una forma rara, como pocas veces me ha pasado con alguien: una conjunción de deseo y la negación de su satisfacción a la vez.

Mucho después supe qué había ocurrido.

Por lo pronto, al día siguiente o a los dos días me llamó para decirme que ya no deseaba verme.

Me mordí la lengua y los labios. Le dije que todavía tenía sus llaves. Me pidió que las dejara en su buzón postal.

Dije que me parecía bien. La mentira más grande del universo.

Sabía que era su forma de decirme que no quería saber nada más de mí -ni siquiera volver a verme- y lo tenía que aceptar.

Fue duro.

Fue oscuro, terrible, angustioso.

Para no terminar de hundirme en la repentina penumbra de los días, rescaté la novela que había arrojado a la papelera y el personaje se me convirtió en un ser más estúpido todavía.

Me sucedió con la misma impotencia con la que un niño ve que una ola destroza su castillo de arena y no puede hacer nada para detenerla.

Pasé por días aciagos, mustios. Por noches deshechas, demasiado vehementes en su oclusión.

Me eché la culpa en y por todo.

Por celoso, por ingenuo, por no ser más alto (más de un metro ochenta, como a ella le hubiera gustado), por no poder corresponderle su invitación a Formentera, por haberla molestado tantas veces más allá de la medianoche (cuando yo salía de trabajar del bar que me permitía mantenerme en Colonia).

Quise retroceder el tiempo hasta el momento en que habíamos subido a la azotea de la masía de Formentera. Me detesté aún más por desearme tantos imposibles.

Pero supe aceptarlo al fin.

Había sido claramente una relación condenada al fracaso desde el comienzo y yo no había querido darme cuenta.

Me había quedado un gran consuelo: tarde o temprano volvería a empezar una nueva relación. Me bastaría con levantar la cabeza.

A pesar de no ser creyente, me había dado cuenta de la importancia de saber levantar la frente para dejar entrar la luz en los ojos.

Traté de seguir mi vida.

Intenté recomponer mis pasos entregándome a la rutina de mis actividades diarias.

Volví a escribir los versos más tristes durante largas noches. Pude escribir, por ejemplo: “Mi ventana vive angustiada / por la mirada de un caballo nocturno”.

Un buen día, E. me llama inesperadamente y me dice que desea hablar conmigo. Me entusiasmo como un niño que ya ha olvidado que acaba de llorar desconsoladamente.

Le pregunto si desea que vaya a visitarla.

Me dice que preferiría visitarme ella a mí.

Me quedo asombrado, pero veo el destello de una chispa de esperanza en el fondo del pozo oscuro.

Cuando le abro la puerta me estremezco con el brillo de sus ojos. Deseo abrazarla y besarla. Ella me aparta con cuidado.

No sé qué pensar. Ni menos qué hacer.

Tomamos asiento en mi habitación de estudiante (una cama pegada a la pared, un paso y se llegaba al sofá pegado a la pared de enfrente; a la izquierda de la puerta de entrada había un lavatorio o lavamanos; a la derecha, un gran ropero; frente al ropero, a dos pasos, un gran calefactor; al fondo de los diez o doce metros cuadrados: un escritorio flanqueado por dos estantes y con vistas a una ventana que iba a dar a un patio interior urbano y anodino).

Me dice que tiene algo muy importante que comunicarme, pero sobre lo que no tengo ya ninguna influencia.

No sé de qué se puede tratar. Vendiendo mi ingenuidad de ese entonces podría haberme hecho rico, pienso ahora.

-Estoy embarazada.

Antes de derrochar más ingenuidad preguntando «¿De quién?» (en el chiste de las dos rubias, la otra le pregunta «¿Crees que sea tuyo?»), logro contenerme y callar.

-Quería que lo supieras -continúa.

Por miedo a pecar de ingenuo (y ahora me arrepiento) no le pregunto por qué.

Cuando quiero decir algo diferente, cualquier cosa, mis lágrimas me toman prisionero. Por lo menos esta vez no siento vergüenza de ellas.

E. también prorrumpe en sollozo.

-Si no hubiéramos estado peleados -moquea-, me habría planteado tenerlo.

Antes de retirarse, me dice que abortará en Holanda. Le pregunto si desea que la acompañe. Me responde que su amiga S. (la que le presta el descapotable) se encargará de llevarla y traerla.

No le digo que ya me han contado y que S. es lesbiana y que su interés por ella debe ir más allá que el de la simple amistad.

Son cosas que ya no me incumben.

Mundos a los que ya no pertenezco. Decisiones y deseos que no me atañen.

E. se despide con una mirada melancólica.

Creo que ha esperado una gran escena de mi parte: con reproches, juramentos, promesas, penitencia y solicitudes de perdón.

Pero no ha sido así.

Recién ahora me doy cuenta de que la cita de Flaubert había sido recíproca en nuestro caso.

Había aprendido también que los sueños no se persiguen.

Solo se sueñan.

Y que luego suceden o no (mejor si hemos ido creando las condiciones para su materialización). Pero que muchas veces eso no depende del grado de fervor que ponemos al soñarlos.

Aprendí, por otra parte, que una fijación sexual no es la mejor consejera en asuntos del amor y de relaciones de pareja.

Que quien ve en alguien nada más que un buen trasero, no debería asombrarse si luego recibe una patada en el propio.

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HjorgeV 21-04-2011

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