«LA SALSA DE IGUANA» (Relato)

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I

Se acercó al ventanal de la sala. La casa que le había dejado el padre de su hijo tenía una linda vista a los campos vecinos. Reconoció a dos caballos del establo de los Hansemann retozando a lo lejos. Y, más allá, paseando, a unas cuantas parejas sin hijos. Siempre las podía reconocer como tales a la distancia. Juana no sabía por qué, pero ya había acertado varias veces.

Era sábado y normalmente se habría pasado el día paseando por las calles de Colonia. Ahora tenía varias tareas por delante. Los días sin Philip ya no le causaban tanto daño como antes.

Había llegado a temer incluso por su vida cuando el padre se llevaba al niño y se quedaba sola en la casa. Entonces las bonitas vistas a los campos vecinos y el saberse con un techo seguro sobre la cabeza, habían llegado a convertirse en una amenaza. Las depresiones se le instalaban entonces como una piel repentina que luego quería arrancarse y no sabía cómo.

Por suerte, había aprendido a encontrar refugio en sus largos paseos por las calles de Colonia, como perdida entres los turistas y visitantes.

Aunque para llegar a Colonia tenía que hacer dos trasbordos y le podía tomar hasta dos horas, dependiendo de la hora y del día, perderse en el anonimato de la metrópolis le resultaba menos doloroso que soportar la espera sola en casa, en el anodino y poco accesible pueblo de las afueras al que se habían mudado poco después del nacimiento de Philip. Cuando los tres eran una familia como cualquier otra.

Ahora se refiere a Robert como «el padre del niño». Después de la separación, la sola mención de su nombre le atolondraba el cerebro con los buenos recuerdos de épocas pasadas. Recordaba especialmente el primer viaje al Perú, cuando su madre todavía vivía. Entonces cómo se habían alegrado sus padres de ver a su nieto «alemán» y saber a su hija casada.

«Ay, nuestra hijita se casó», había sido la frase favorita de su madre, repetida hasta el cansancio, tanto que parecía expresión de un triunfo personal especialmente ansiado y esperado.

Cuando se le escapaba «Robi» de los labios, también recordaba sus primeros días en su nuevo país. Cómo había cambiado todo en tan pocos años. Juana lo había visto acontecer como en una película. Ahora lo llama «el padre de su hijo» y siente que está ejerciendo justicia.

Se quedó contemplando un buen rato el jardín. El sábado prometía. Se sentía contenta y llena de energía. Había aprendido que las más pequeñas tareas, especialmente las manuales, podían abstraerla por completo y ayudarla a pasar el tiempo sin notar su mecanismo de relojería.

A veces se proponía recortar la mala hierba del jardín, pasar el trapo por toda la casa o hacer orden en el sótano, y, cuando finalmente levantaba la cabeza para respirar y dar por terminado el trabajo, se daba cuenta de que se había pasado horas haciéndolo. Hoy tenía otro tipo de tarea por delante.

Angelika la había llamado el viernes para anunciarle que la próxima reunión de las «chicas» sería el domingo. Si tenía ganas de asistir, le había preguntado.

-¿O tienes a Philip en casa? -había añadido.

-No. Se lo ha llevado su padre.

-Ojalá no lo vuelva a devolver recién el lunes como la otra vez, el muy desgraciado.

-Ojalá -había dicho Juana, sintiendo que Angelika hablaba de su hijo como si se tratara de un objeto.

-Deberías denunciar a Robert cada vez que lo hace.

-Te aviso entonces si me animo a ir -había escapado abruptamente del tema.

-Pero tienes que confirmarlo hoy o a más tardar mañana al mediodía.

Juana no le dijo que sabía que las demás recibían la invitación con una semana de antelación, pero se había alegrado de que Angelika la volviera a llamar después de mucho tiempo. Se alegró también de poder hacer algo diferente en su fin de semana sin su hijo.

-Ya sé qué voy a hacer -se le había escapado antes de colgar, ya no sabía bien por qué. Se odiaba cuando hacía promesas que después le costaba cumplir, pero a veces no podía controlarlo.

-¿Y qué?

-Mi salsa.

-¡Excelente! -había exclamado Angelika-. Oye, ¿no estarás pensando en traer salsas de diferentes sabores, no? Sería fabuloso. Han anunciado un bonito día para el domingo. Te podrías lucir con las chicas.

Las «chicas» se reunían de vez en cuando para compartir un brunch: un invento para comer más con menos remordimiento en la opinión de Juana, porque se juntaba el desayuno con el almuerzo.

-Ya veré -había dicho entonces.

Sus famosas salsas.

En el momento más álgido de su matrimonio había llegado a verlas como su salvación: cuando había estado harta de escuchar decir a su esposo que su gran problema era que no tenía un hobby, una ocupación que pudiera absorberla. Que su frustración provenía de tener que dedicarse solo a su casa.

-¿Cómo puede frustrarme trabajar para mi propia familia? -le replicaba ella.

-¿Entonces por qué lo haces como un trabajo pagado? -insistía él.

Juana no era una ama de casa. No se sentía como una de ellas. Se había cansado de tratar de explicárselo a Robert.

Hacía las labores caseras como cualquiera de sus conocidas y «amigas», pero las hacía como si se tratara de un trabajo común y corriente.

Lo hacía con la misma convicción y empeño con que otros iban a una oficina o una fábrica. Y eso era tal vez lo que le irritaba a Robert.

Por supuesto que a Juana le habría gustado ejercer su oficio de actriz, pero, mientras no encontrara la oportunidad de hacerlo (y ya se había resignado a la idea de que en Alemania nunca la contratarían como actriz), se había prometido entregarse a sus labores de ama de casa como si fueran un trabajo cualquiera.

Sus «amigas».

Hasta antes de su primera crisis matrimonial, la habían tratado casi como una más de ellas. Pero cuando empezó con lo de los llantos repentinos en plena crisis matrimonial, empezaron a evitarla.

¿Cómo explicarles que una latina no podía estar siempre de buen humor y menos con un matrimonio yéndose al carajo?

II

El resto del sábado se concentró en los preparativos.

En el supermercado del pueblo vecino compró los ingredientes necesarios. En el fondo de la congeladora encontró ají que ya no sabía cuándo había puesto allí. Había pensado ir a pie, pero después pensó que cargar una bolsa más o menos pesada los tres kilómetros de vuelta no sería ningún chiste.

Montada en la bicicleta, y con una tarea concreta en mente, se sintió como la extranjera recién llegada y feliz que había sido al comienzo.

Decidió dejar preparado todo esa misma noche.

Aunque en un principio había pensado hacer diferentes tipos de salsa, luego había cambiado de idea. Haría su salsa más alabada, la que la había hecho «famosa» en el pueblo.

En el sótano seguían varias cajas con los frascos que alguna vez le iban a servir para conseguir su independencia económica.

-Cuando seas una mujer económicamente independiente -había sido uno de los argumentos más machacados por Robert-, entonces serás otra persona.

Él la había animado a abrir el primer y único negocio de su vida. Si Juana hubiera sabido que no iba a llegar a devolverle el dinero invertido, jamás hubiera emprendido esa aventura.

Pero la ilusión había sido grande entonces. La idea del negocio se la había dado Angelika.

Todo había empezado con un frasco de salsa picante.

Un buen día le había regalado a su vecina el resto de la salsa picante que había hecho por miedo a que se pudiera echar a perder y el bichito se había echado a andar.

A Angelika la había conocido en una reunión de padres de familia de la escuela del pueblo. Se le había acercado y le había preguntado, con una gran sonrisa y en un castellano mal masticado pero inteligible: «¿Usted es de Perú, no? Uno de mis sueños es comer un cebiche en Machu Picchu.»

-Sí, vengo del Perú -le había respondido Juana, contenta de poder hablar castellano y no su alemán defectuoso-. Con lo de Machu Picchu no la puedo ayudar, pero para comer un buen cebichito no tiene que viajar tan lejos. Puedo preparar uno un día de estos.

Otra promesa que se le había escapado de la boca.

Para cumplirla, Juana había aprendido de golpe varias cosas.

Para empezar, que en cuestiones de buen cebiche siempre era mejor no hacer promesas. Lo sabía de sus tiempos en el Perú, pero lo había olvidado.

También había aprendido que las amistades en su nuevo país se mantenían por una serie de vínculos que más parecían tener que ver con el calendario y una buena capacidad de organización que con un sentimiento, afecto o simpatía especial.

Un amigo de años se podía perder, por ejemplo, si uno se olvidaba de su cumpleaños. O si uno no cumplía con una cita programada.

-Faltar a una cita es equivalente a demostrarle falta de respeto por su tiempo y sus obligaciones -le había explicado Angelika.

-En el Perú, un buen amigo, justamente -había replicado Juana-, es alguien que te puede perdonar algo así.

Con el tiempo, había llegado a aprender y a aceptar eso y más.

Habiendo aprendido, la amistad con Angelika la había mantenido con un detalle regular: le regalaba un pomo con su salsa todos los jueves.

A cambio, Angelika se había ocupado de propagar las bondades de su salsa por todo el pueblo.

La llamaba «Die Salsa von Juana», la salsa de Juana. Ella lo había odiado inmediatamente porque cuando los alemanes lo pronunciaban sonaba a «Salsa de Iguana», por la «j» que se pronunciaba como una «i» en alemán.

-Tienes que abrir una tienda. Con el sabor de tus salsas podrías volverte rica -le había insistido Angelika.

-No lo haría por el dinero. No lo necesito.

-Tu salsa es fantástica.

Hasta que se había decidido a seguir las recomendaciones de Robert de «hacerse independiente».

¡Qué fácil le había parecido entonces todo!

En la localidad vecina, «la capital de la región» como ella la llamaba porque había un cine y varios supermercados, ya le había puesto el ojo a una tiendecita vacía. Estaba en la esquina de la plaza principal y el sol le caía de golpe en las mañanas.

Preguntando, se dio con que había sido el negocio de una brasileña que había intentado su suerte con una tienda de jugos frescos de frutas exóticas y algunos dulces de su país.

Se animó a contactarla para pedirle información.

-En un país en el que los momentos más excitantes de la vida de un niño son los que pasa en McDonalds -le dijo la brasileña por teléfono-, ¿cómo podía haber futuro para mi negocio? Lo peor era cuando la fruta se me empezaba a podrir porque nadie entraba al negocio.

-¿Intenta desanimarme?

-Le quiero hacer un favor.

-No me sucederá. Lo mío son las salsas ya preparadas. Duran hasta cuatro semanas.

-Disculpe, disculpe. Solo quería que estuviera advertida.

Creía que era un buen momento para intentarlo: Philip había crecido y su marido había ido escalando en la jerarquía de la empresa en la que había empezado como el único empleado hasta convertirse en el administrador. Ya apenas lo veía porque viajaba mucho.

-Cuando ganes tu propio dinero, serás una mujer más equilibrada.

-Soy equilibrada.

-Entonces, ¿por qué haces las cosas de la casa como si fuera un trabajo para una familia ajena? ¿Por qué no lo haces con gusto como todas las demás mujeres?

-Muchas mujeres no gozan siendo amas de casa, Robi. Y yo no soy una ama de casa. Te lo dije desde el primer día. Te lo repetí cuando me hiciste la propuesta de matrimonio en El Charro: «No te vas a casar con una ama de casa.»

-Tesoro -se había mostrado conciliador Robert, en esos días tan lejanos que su lejanía la sentía como una navaja muy filuda sobre su piel-. Deberías buscar algo en qué ocuparte.

-Ya he encontrado algo interesante -se decidió a contárselo.

-Yo pongo el dinero para la inversión -había dicho Robert después de escucharla.

-No quiero nada regalado.

-Está bien, entonces te lo presto -había dicho Robert, para no contrariarla.

Y él había cumplido con su palabra.

De la noche a la mañana le había salido entonces a ella una vena empresarial que no se conocía.

Se pasó varios días recorriendo como una loca tiendas de decoración. Lo más duro fue estandarizar las salsas y obtener los correspondientes permisos. No sabía que existía otro alemán aparte del coloquial y del literario: el idioma de los funcionarios. Pero lo consiguió.

Cuando pensaba en todo eso se preguntaba: ¿cómo pude conseguirlo? ¿Cómo tuve el valor para enfrentarme a todo eso?

III

Dejó las bolsas con las compras y empezó a trabajar.

Se sabía de memoria la receta. Se había pasado días enteros haciendo diferentes pruebas y experimentos hasta conseguir las proporciones ideales. Ahora le bastaba mirar un pimiento o una cebolla para saber su peso y seguir fielmente a su receta.

Conforme fue pasando el día, se sintió mejor. El dinero que ganaría con la venta sería el primero ganado con el sudor de su frente en mucho tiempo.

Como siempre, le regalaría un frasco a Angelika. Tal vez incluso volvería a retomar la costumbre de regalarle uno todos los jueves y volver a ser las amigas de antes. Trató de no pensar en Philip, pero, como siempre, le fue imposible.

Al llegar la noche, dejó todo preparado sobre la mesa de trabajo de la cocina. Se sintió orgullosa, serena.

Empezó a sentir una casi olvidada tranquilidad interior.

Recordó sus días más duros con cierta distancia. Una sensación casi desconocida para ella. Recordó el chiste que había tratado de hacerle a Angelika y había terminado enturbiando su amistad.

Para no volverse loca creía haber descubierto un truco, le había dicho: ella no vivía en Alemania sino en Armymania, en un ejército.

Le contó a Angelika que así había aprendido a entender mejor a la gente, a su forma de hablar casi como dando órdenes en un cuartel. El entrar a una panadería ya no se le hacía un mundo, había continuado. Solo tenía que entrar y dar una orden. Era todo. Cuando llegaba el señor que controlaba la calefacción, le bastaba verlo como un sargento para soportar su forma de hablar casi gritando.

Hasta que Angelika se había puesto a llorar.

-O has empezado a volverte loca u odias a este país.

-No es cierto. Ni lo uno ni lo otro. Era una simple broma.

-No me mientas. Sé que lo dices como una broma, pero ya lo has llevado a la práctica.

Juana había tenido que reconocer que sí. Que había sido una de sus estrategias para poder entender por qué la gente hablaba como si los separara un campo de fútbol cuando estaban a solo dos metros de distancia. Trató de olvidarlo.

Se acostó pensando en Philip y recordó a sus padres. Antes de que se le cerraran los ojos volvió a pensar en Angelika.

No. Su amistad no se había roto por esa broma de mal gusto. Ya había empezado a tambalearse cuando Angelika le había dicho que no soportaba que llorara cada vez que se encontraban.

Era una «carga emocional demasiado pesada», le había dicho.

Al día siguiente, se dijo, le mostraría cuánto había cambiado desde entonces. Se le ocurrió incluso entrar a la Red para aprenderse de memoria algunos chistes.

No quería volver a ser la Iguana Sonriente de antes, pero podría mostrar cuánto había madurado en los últimos tiempos.

IV

La reunión transcurrió como el paso de las páginas de una buena novela.

-Tengo una sorpresa -anunció Juana con una gran sonrisa, justo antes de que Anja Maier, la anfitriona, anunciara la apertura del bufé-. He vuelto a hacer mis salsas -añadió, agachándose para tomar uno de los frascos que llevaba en un maletín de deporte-. Bueno, por ahora solo una. La que todos conocen y que es con la que inicié mi amistad con Angelika.

Le lanzó una mirada de perdón y las demás «chicas» se pusieron a aplaudir cuando Juana la abrazó después de darle el frasco como gesto de reconciliación.

Angelika le dio un beso en la mejilla para agradecerlo.

Después, las demás la rodearon y Juana empezó a repartir los frascos. Se sentía maravillosa.

-¿Alguien quiere uno más? -preguntó, al ver que todavía le quedaban varios después de haber dado uno a todas las «chicas».

-¡Claro! -dijeron en coro varias de ellas, entusiasmadas.

Mientras volvía a repartir, a Juana se le pasó por la cabeza vender sus salsas en casa, sin necesidad de abrir una tienda. Se imaginó recibiendo pedidos por emilio y por teléfono.

Se imaginó abriendo una tienda virtual en la Red, su salsa en las estanterías de los supermercados.

Sabía que solo era un sueño, pero todo sueño empezaba con un simple granito de arena.

Se prometió invertir todo el dinero de ese día solo en hacer nuevas salsas. Abriría una página en la Red con sus recetas. Pondría una foto de Philip con ella a su lado para resaltar el carácter familiar de la empresa.

Una pareja podía separarse y una familia podía romperse, pero no los vínculos entre padres e hijos.

Se asombró cuando ninguna de las «chicas» usó la salsa durante la comida, pero después se dijo que seguro la estaban guardando para momentos especiales en familia.

Apenas comió, debido a la excitación que sentía, y dijo que se sentía cansada al empezar a despedirse. Había esperado a que todas terminaran de comer.

Lo que quería era llegar a casa, contar el dinero de la venta y empezar a trabajar en su nueva idea. Poner el siguiente granito de arena.

Se despidió de todas con un beso en la mejilla y un corto abrazo. Luego se puso delante del ventanal de la sala de los Meier y se quedó mirando a todas. ¿Quién sería la primera en pagarle? Mentalmente, se decidió a bajarle un euro al precio que había pensado. Hasta ahora nadie había preguntado por él y ella lo había tomado como una buena señal.

Volvió a sonreír, esperando que alguna empezara.

Hizo otro gesto para animarlas a todas. ¿Qué esperaban? Juana se sentía bien, fuerte y orgullosa. Sonrió con ganas. Solo quería cobrar e irse a casa.

Angelika dijo en voz alta: «¡Gracias por la salsa!»

Entonces las demás empezaron a repetir la frase.

Cuando Juana quiso preguntar «¿Cómo que gracias por la salsa?», sintió que la garganta se le cerraba. Lo percibió como un rayo cayendo directamente sobre su cabeza.

Para contener las lágrimas hizo rápidamente adiós con una mano y pasó al interior de la casa. Desde la puerta de la cocina, el señor Maier le dijo:

-Su salsa es riquísima. Debería venderla.

Juana no pudo responderle. Todavía tenía un gran nudo en la garganta. Tampoco hubiera sabido qué responderle

Afuera empezó a caminar rápidamente. No quería que nadie del pueblo la viera derramando una sola lágrima. Sabía que habían empezado a llamarla «la extranjera que se la pasa llorando».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta, presionando su espalda sobre ella como si alguien la estuviera persiguiendo, soltó la primera lágrima.

La vio caer sobre el piso de losas blancas y le pareció rojiza, casi anaranjada.

Del color de su salsa.

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HjorgeV 01-05-2011

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