N.N.: UN SOPLO FUGAZ

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Ya no recuerdo su nombre.

Puede parecer una desfachatez calculada. O -como diría el Pedro Camacho de Vargas- una argentinada, un acto de soberbia necia.

¿Quién olvida el nombre de una muchacha que con su aspecto y gracia, de haber nacido en el momento y el lugar adecuados, bien le podría haber hecho competencia a ciertas estrellas de Hollywood?

Estudiaba teatro en la universidad de Colonia y nos conocimos por el idioma, por decir algo ahora, pues ya no recuerdo las circunstancias exactas.

Era ágil, emprendedora, de ánimo desbordante y ojos claros.

Había que detenerla para que las cosas y la gente a su alrededor recuperaran su ritmo natural, la cadencia que permite que algo madure, crezca y desarrolle, aunque solo sea para concluir su inexorable ciclo vital.

Baste decir que era tan activa que una de las primeras cosas que hicimos juntos (nada menos que al pie de la catedral de Colonia, el Dom) fue una pantomima:

Me enseñó cómo caminar sin avanzar.

Ella misma me hizo una demostración de cómo había que mover los pies y mantener el resto del cuerpo, balanceándolo. Luego se entretuvo supervisando mis movimientos y mis progresos.

Tenía unos labios carnosos, muy bien formados, que ella solía resaltar con colorete (carmín o pintalabios). Ya no sé quién dijo que eran mercadotécnicos (por publicitarios de alguna marca de París) y pornográficos.

Esto último, me imagino, porque te incitaban a pensar en tareas más allá de las habituales en un ósculo común.

Hablaba un castellano fluido y algo extraño. Era hija de española y al final el alemán de su padre, de sus amigos y de toda su vida, terminaba imponiéndose en sus conversaciones.

En su caso, con esa transparencia y naturalidad que son muy raras de ver y oír.

(En algunas personas el paso a su otro idioma es como el de un piyama a un frac. En otras, es como una arrogancia académica: la del que cree que dominar más de un idioma es fruto de su talento y no la suma y división de ciertas circunstancias históricas, de las que esa persona solo es administradora a lo sumo, o simple víctima o testigo, por lo general.)

Nos juntábamos para pasar el rato, tomar una copa o para hacer y hablar tonterías.

Nos gustábamos, quiero creer.

Ninguna chica te propone así nomás ir a tu propia habitación si no es así.

Con todo, no pasamos de un par de besos mal robados.

Aún conservo el sabor en los labios de una crema carmín, ilusa y pastosa, así como la convicción de que resultaba tan absurdo querer limpiársela como pretender que se podía conseguirlo.

Recuerdo un par de noches agitadas y farragosas, intentos bobos en la intimidad de mi cuchitril de la calle Palanter.

Una de esas noches me preguntó si deseaba un poco de speed. Después de una vuelta por los bares de la Zülpicher habíamos terminado refugiándonos en mi cuartucho de estudiante.

Las anfetaminas no estaban en mi particular y corta lista de experimentos históricos farmacéuticos.

Tomándolo como pretexto, acepté, diciéndome que una mujer como ella no podía ser poca garantía de la calidad de la incursión.

Terminé con un terrible dolor de cabeza.

Con esa angustia, tan típica de ciertos aceleradores artificiales, de haber querido hacerlo todo en menos tiempo del disponible y razonable, y solo haber conseguido el estrés del que se esfuerza concentradamente en algo sabiendo que es solo para perder; y con la percepción del que sabe que no va a poder cumplirlo (porque la sombra de la anfetamina siempre es más rápida que tu propio cuerpo) y continúa sin embargo.

¿Para qué necesitaba un acelerador una muchacha de por sí acelerada como ella?

Lo ignoro por completo.

Con todo, gocé su presencia.

Su belleza, su boca auguriosa, su buen humor, sus ocurrencias.

Medía casi un metro setenta y cinco, tenía una bonita figura. Pero, sobre todo, con su conversación y su ingenio, te hacía olvidar que caminar a su lado o compartir una copa con ella podía considerarse todo un gran privilegio.

Con ella a tu lado podías llegar a tener esa insana impresión de que su sola presencia podía salvarte o solucionarte la vida.

Recuerdo su cabellera rubia, sedosa, sana.

Tenía una melena dorada que hacía batir en el aire cuando creía que se había quedado sin argumentos.

Entonces se ponía a jugar con alguna mecha de su trigal, enroscándola alrededor de alguno de sus índices.

O pasaba su melena de un lado a otro con un movimiento elegantísimo, dejando al descubierto su nuca por un instante:

Allí tenía la piel más blanca, con sus cortos vellos dorados convirtiéndola en una zona tan pudorosa como el nacimiento del pubis.

Hacía esos movimientos con la conciencia de una exhibicionista que sabe impagable su visión para el mirón del edificio del otro lado de la calle, parapetado detrás de una cortina, dios y esclavo -en uno- de su mirada.

A mí se me aflojaban las rodillas. 

Y podía llegar a sentirme parte de un aviso o anuncio publicitario, cuyo rodaje el productor y el cineasta se negaban a detener para no romper la magia de su presencia.

A pesar de la atracción mutua (solo supuesta en mi caso: un par de besos robados no son prueba de nada, a lo más de que ella no deseaba ir más allá), un día la dejé de ver.

Su paso fugaz por mi vida me dejó una sensación ambigua, auspiciosa y desesperanzadora a la vez, como la del número de lotería que no hemos acertado por una sola cifra.

O como la imagen de una chica bella a la que de pronto ves desnuda en la playa, pero solo porque un golpe de viento le ha robado por un instante la toalla.

Has estado allí y lo has visto.

El destello, un fogonazo del paraíso (si es de las cosas que te gustan), pero solo sabes que existe por ese augurio fugaz.

Un día me la volví a encontrar en la calle.

Caminaba al lado de un muchacho desgarbado que empujaba un cochecito para bebés que ya debía haber conocido muchos pañales.

Su inverosímil acompañante tenía el aspecto de haber sido despertado muy temprano después de una juerga descomunal.

Alguien a quien se le había pedido asumir responsabilidades (que no conocía ni se había imaginado jamás asumirlas) como condición y exigencia para volver a la juerga.

Los dos tenían el aura que imprimen los sucesos ocurridos a destiempo:

El haber perdido a los padres muy joven, por ejemplo.

O un embarazo a punto de cumplir los 50.

O el destino de quien se lanza al agua sin haber aprendido a nadar primero.

Ella aunaba, a todo eso, una mezcla desconcertante en su actitud.

Se le notaba, por una parte, el orgullo de ser madre, de haber concebido.

Por otra, el saber que todo había llegado sin haber estado preparados ni para afrontar la compra de un cochecito de bebé nuevo ni para acertar a conseguir un lugar donde vivir de a tres.

La maternidad y la paternidad los había pescado simplemente desprevenidos a los dos.

Leyendo un libro sobre Marilyn Monroe he recordado todo esto.

Especialmente su boca, su manera de reír, la forma de lanzar su melena.

Esa sensación de eternidad que tal vez solo te pueden transmitir ciertas chicas verdaderamente bellas e inteligentes.

Percepción tan extravagante e inútil como (una) flor de un día.

O como el sabor oleoso de un carmín ajeno en tus labios que no alcanzó para convertirte en padre.

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HjorgeV 08-05-2011

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